jueves, 11 de noviembre de 2010

Destructor Candia al grupo "CRISTINA KIRCHNER YO TE SIGO HACIENDO EL AGUANTE"

PRESUPUESTO Diputada del PRO devela la trampa de la oposición Cómo fue la maniobra coordinada entre Elisa Carrió y el Grupo Clarín para armar un escándalo con la sesión por el presupuesto 2011 que se concretó ayer en la Cámara de Diputados del Congreso.

PRESUPUESTO

Diputada del PRO devela la trampa de la oposición

Cómo fue la maniobra coordinada entre Elisa Carrió y el Grupo Clarín para armar un escándalo con la sesión por el presupuesto 2011 que se concretó ayer en la Cámara de Diputados del Congreso.

Diputada del PRO, Laura Alonso
Diputada del PRO, Laura Alonso
Una serie de hechos que se conocieron antes y durante la sesión que comenzó a ayer y terminó hoy despiertan sospechas sobre la presunta búsqueda de hacer de la situación un escálalo mediático.

"La verdad es que tengo una decisión tomada hace un mes, pero no hablé porque lamentablemente en nuestro bloque no hubo oportunidad de conversar estas diferencias respecto de votar favorablemente el proyecto de Presupuesto enviado por el Poder Ejecutivo". La declaración pertenece a la diputada del PRO Laura Alonso y devela parte de la maniobra con la que se pretendía generar un escándalo con el tratamiento del Presupuesto 2011.

Pese a los dichos de la diputada Elisa Carrió, Alonso aseguró que decidió hace un mes votar a favor del proyecto del gobierno sobre el presupuesto 2011 ya que comprendía "lo importante que es para la Nación contar con una Ley de Presupuesto" aunque sostuvo que nunca pudo hablar del tema con Federico Pinedo, jefe del bloque macrista en Diputados.

En tanto explicó que su ausencia fue "por una cuestión de gentileza política, dado que no hubo oportunidad de discutir internamente su posición y la de algunos otros diputados" y "para evitar el mal momento de tener un voto contrario al del bloque".

Durante la sesión de ayer en el recinto para votar el Presupuesto 2011 elaborado por el Poder Ejecutivo,  Carrió planteó sospechas respecto a los diputados que ayer faltaron al debate, entre los que estuvo incluida Laura Alonso.

"No he recibido ningún tipo de presión ni de oferta del oficialismo. Descarto absolutamente todas las sospechas que se han intentado inventar sobre mi y sobre otros diputados colegas. Yo tenia la decisión tomada desde hace varios días", dijo Alonso y adelantó que pedirá a la compañía telefónica "un listado de las llamadas entrantes y salientes" para demostrarlo.

En este marco, el jefe de la bancada oficial Agustín Rossi acusó: "Tengo la sensación de que armaron todo esto porque nosotros teníamos número para aprobarlo"dijo en referencia a la oposición a la que señeló por  haber "generado ese escenario", teniendo en cuenta las denuncias de la jefa de la Coalición Cívica sobre supuestos llamados del gobierno a legisladores para que ayudaran al oficialismo a aprobar la iniciativa.

A esto se suman las sorpresivas declaraciones que realizó Carrió antes del inicio de la sesión a modo de preludio. La diputada había calentado motores al hablar de "un Pacto de Olivos 2" en referencia a un supuesto acuerdo entre la UCR y el oficialismo para dar luz verde al presupuesto enviado por la presidenta.

El clima previo ya estaba generado pero a su vez fue llamativa la cobertura mediática de las señales de noticias 24 horas, como TN del Grupo Clarín, que inició la transmisión en directo -cerca de las 2 AM- precisamente minutos antes de que la diputada Cynthia Hotton del monobloque Valores por mi País (ex Macri) diera a entender con escasa precisión que había recibido supuestas presiones para no participar de la sesión.

Hoy el tema es tapa de su diario: ya desde el título Clarín trata de crear un escenario de miedo y terror. "Presupuesto: denunciaron presiones del Gobierno y el debate se cayó con escándalo". Presiones y escándalo, denuncia el matutino. 

EL PAJARO REVOLUCIONARIO, por JORGE CAFRUNE, DEDICADO A TODOS LOS EXPLOTADORES DE LOS TRABAJADORES, ESPECIALMENTE DEL CAMPO, PARA VOS DE ANGELI, BUZZI, BIOLCATI ETC...!!!


POESIA - EL PAJARO REVOLUCIONARIO - OSCAR ALFARO


El Pajaro Revolucionario

Ordena el cerdo granjero:
“ ¡ Fusilen a todo pájaro ¡ “.
Y suelta por los trigales
su policía de gatos.

Al poco rato le traen
un pajarillo aterrado,
que aún tiene dentro del pico,
un grano que no ha tragado.

“¡ Vas a morir, por ratero ¡”.
“¡ Si soy un pájaro honrado,
de profesión carpintero,
que vivo de mi trabajo ¡ “.

“ ¿ Y por qué robas mi trigo ¿”.
“¡ Lo cobro por mi salario,
que Vd. se negó pagarme,
y aún me debe muchos granos ¡,
y lo mismo está debiendo,
a los sapos hortelanos,
a mi compadre el hornero,
y al minero escarabajo,
a las abejas obreras,
y a todos los que ha estafado.

¡ Vd. hizo su riqueza,
robando a los proletarios ¡ “.
“ ¡ Qué peligro ¡, ¡ Un socialista ¡.
¡ A fusilarlo en el acto ¡”.
“ Preparen, apunten..., ¡ fuego ¡”.
“ ¡Demonios, si hasta los pájaros
en la América Latina,
se hacen revolucionarios ¡”.

Oscar Alfaro

FESTEJOS FASCISTAS “El campo” y la muerte de KirchnerDe Angeli, hiena ,“¡Che, otro brindis por los Montoneros muertos!”, gritaba el Ronco Marcó y Bonin desde el fondo del quincho El asado de la Infamia No eran las 11 de la mañana del miércoles 27, hacía apenas una hora que la noticia de la muerte de Néstor Kirchner recorría los hogares de toda la Argentina dejando pegadas al televisor y sin creer

FESTEJOS FASCISTAS
deangelis2.jpg“El campo” y la muerte de KirchnerDe Angeli, hiena reptando entre Hilux.


Reproducimos a continuación la nota publicada en el portal de noticias de Concordia Diario del Sur bajo el título “El asado de la infamia”. Allí se narra cómo, apenas una hora después de conocida la muerte de Néstor Kirchner, se reunieron para festejar “abogados, dirigentes históricos de la Unión Cívica Radical, funcionarios de la Justicia local y Federal” de Concordia a las afueras de Concepción del Uruguay. “Todos productores agropecuarios”, asegura la nota. Entre ellos estaba Alfredo de Ángeli: “¡Volvé Néstor, te olvidaste de Cristina!”, gritó el ruralista entre whiskys, risas, gritos y camionetas Hilux.
¡Che, otro brindis por los Montoneros muertos!”, gritaba el Ronco Marcó y Bonin desde el fondo del quincho
El asado de la Infamia
No eran las 11 de la mañana del miércoles 27, hacía apenas una hora que la noticia de la muerte de Néstor Kirchner recorría los hogares de toda la Argentina dejando pegadas al televisor y sin creer lo que pasaba a millones de familias que esperaban al censista. En esa misma hora, en la estancia "La Primavera" del abogado Luis Rodríguez, en las afueras de Concepción del Uruguay, el odio había encontrado nuevamente un motivo más que importante para brindar por la muerte. En esa misma hora los celulares y las camionetas fueron el medio para que, en cuestión de minutos, se conformara un grupo de gente feliz que no pensaba que este feriado se convertiría en el mejor día del año.
Las sonrisas y los abrazos entre los amigos que compartían esa felicidad parecían sacados de una filmación casera de la noche de Navidad o Año Nuevo. Era bajar de la camioneta, mirarse a los ojos, levantar los brazos, reírse de forma incontenible y apretarse fuerte en un abrazo que los unía en una alegría que solo ellos comprendían tan bien.
La noticia de la muerte de Kirchner era el mejor regalo que tanto se habían imaginado pero que parecía tan lejano. “Ahora si que lo sacamos del gobierno a este hijo de puta!!!, celebraban. Abogados, dirigentes históricos de la Unión Cívica Radical, funcionarios de la Justicia local y Federal de esa ciudad. Todos productores agropecuarios.
Luisito, el lobbista por excelencia del grupo, como en tantas otras oportunidades volvió a ser el anfitrión. Alfredo De Angeli, el mismo que fue rescatado de gendarmería por el propio Luisito en la Hilux blanca, no lo podía creer. “Dios existe hermano, te dije que éste hijo de puta las iba a pagar”, le decía el Luis mientras lo miraba a los ojos y lo agarraba de los hombros. De Angeli, con un vaso en la mano, confirmaba devolviéndole la mirada con los ojos brillantes de incredulidad y felicidad: “El de arriba no nos podía fallar”, decía. “Che, otro brindis por los Montoneros muertos!”, gritaba el Ronco Marcó y Bonin desde el fondo del quincho donde se agregaba más asado porque seguían agregándose invitados.
“Despacito va a volver el orden, les dije que teníamos que ser pacientes, les dije o no les dije?”, se vanagloriaba el escribano Negri. “Y ahora que van a hacer?, la loca esta es pan comido”, decía el Tiqui Dieci sin poder disimular la alegría.
“Volvé Néstor, –gritaba De Angeli– te olvidaste de Cristina!”, y otra carcajada colectiva para rematar la humorada del dirigente ruralista y ambientalista acompañado de otro brindis con vino y whisky mientras se hacían las primeras brasas. Sería un día de varios asados y que terminaría muy tarde con interminables brindis de celebración por la muerte de Néstor Kirchner y el futuro que ahora aparecía mucho más claro y prometedor para todos ellos.
Eran apenas las 11 y 20 de la mañana del miércoles 27 de octubre de 2010.
(Fuente: Diario del Sur)
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LA ANOMALÍA KIRCHNERISTA Por Ricardo Forster

LA ANOMALÍA KIRCHNERISTA Por Ricardo Forster

1
La actualidad argentina tiene la marca de lo excepcional y, claro, de lo no previsible. Como un viento huracanado que se lleva todo por delante, algo de lo no esperado se abrió paso en mayo de 2003 y cristalizó alrededor de la figura, anómala y desconocida para la mayor parte de la sociedad, de un hombre alto y desgarbado, gracioso e informal, extrañamente memorioso de lo que muchos ya querían archivar y olvidar, venido del sur patagónico. Decir que somos contemporáneos de una anomalía no supone, como algunos creen, desconocer las fuerzas, muchas veces ocultas o subterráneas, de la historia ni caer en una suerte de providencialismo. Significa algo más sencillo pero no por eso menos enigmático: reconocer los momentos de ruptura o de inflexión que desplazan las fuerzas inerciales y dominantes en esa historia que aparecía como repetitiva e inexpugnable, para asumir que algo distinto, quizás imprevisto y no escrito en ninguna causalidad ni en ninguna garantía histórica, se hace presente y hace saltar los goznes de esas continuidades asfixiantes que, la mayoría de las veces, suelen ser la expresión de un discurso del fin de la historia y de la muerte de las ideologías que, claro, terminan por afirmar el modelo de la dominación proyectándolo hacia una eternidad inexorable.

Momentos excepcionales en los que la continuidad se quiebra en mil pedazos y surge lo no previsto, que recoge fuerzas y experiencias preexistentes pero que, fundamentalmente, les da una nueva dimensión, incorporándolas a un giro de la historia que acaba por englobar y por trascender a esas fuerzas, a veces –incluso– contra la dinámica que las constituyó. Esas circunstancias se presentan muy de vez en cuando y la mayoría de las veces acaban en frustración o en resignada aceptación de la imposibilidad de torcer las fuerzas inerciales del sistema. Alfonsín, que llegó en un momento clave de la historia argentina, que tuvo el apoyo popular para avanzar hacia otro proyecto de país, supo del poderío de las corporaciones económicas y también supo de la resignación que, como una maldición, recorrió los gobiernos democráticos desde Frondizi en adelante.
La profunda desilusión que siguió a la frustración de Semana Santa marcó a una generación de jóvenes que había sentido que algo nuevo se abría después del horror de la dictadura; esa desilusión dejó, entre otras cosas, habilitado el camino de la frivolidad prostibularia del menemismo y de la desactivación de las mejores tradiciones populares. La banalidad, el egoísmo hiperindividualista, el vacío, el cinismo y el desinterés fueron la consecuencia de aquella frustración. Más de una década tardó el país para intentar salir de esa resignación de fin de mundo que envenenó la vida social, cultural y política. Lo inesperadamente abierto el 25 de mayo de 2003 vino a enloquecer ese devenir inercial de una historia decadente y sin salida. Pero también vino a dar cuenta de sonidos roncos que se guardaban por debajo de la superficie y que buscaban su camino hacia la luz del día.
Kirchner, su nombre, vino a catalizar fuerzas visibles y subterráneas de una realidad en estado de intemperie; de un país que zigzagueaba al borde del precipicio y que no terminaba de sustraerse a los designios malditos de la década del noventa y de su tremenda capacidad para destruir tejido social, instituciones, trabajo, vida cultural y tradiciones políticas. Un modelo, el neoliberal, que hundía sus raíces en la noche dictatorial, y que pareció quebrarse en las jornadas de diciembre de 2001, cuando una extraña y anómala rebelión que cruzó distintas expectativas sociales hizo saltar por los aires no sólo el gobierno de la Alianza con De la Rúa a la cabeza, sino prácticamente a las estructuras institucionales y políticas del país. Una sociedad que quedó girando en el vacío, que vio de qué manera se sucedían en el término de unos pocos días cinco presidentes mientras las heridas brutales dejadas por el menemismo se mostraban con toda su crudeza. Un país desfondado material, social y moralmente que no sabía qué sucedería al girar la esquina de los acontecimientos y que seguía atrapado entre las protestas de los más débiles y las diversas y asesinas acciones represivas que culminarían en los asesinatos del puente Avellaneda, que acabarían por apurar la salida de Duhalde del gobierno y habilitando, de forma inesperada, la llegada de Néstor Kirchner una vez que el riojano impresentable desistió del ballottage en un último intento por deslegitimar al santacruceño. Muy de vez en cuando la taba cae del lado bueno y eso sucedió cuando muy pocos lo esperaban. Gran parte de la sociedad no sólo no lo esperaba ni lo conocía, sino que de haber sabido lo que pensaba ese flaco desgarbado hubiera salido huyendo de pánico, atemorizada, como otras veces, de su propia sombra y de su cualunquismo de clase media despolitizada, como solía denominarla Nicolás Casullo.
Pero la anomalía que significó la llegada de Kirchner debe ser inscripta también en una época, la de principios de siglo, muy poco dispuesta para aceptar y procesar aquello que traía en su mochila alguien que insistía con reconstruir los puentes rotos entre la generación del setenta y una actualidad que había atravesado la hegemonía neoliberal, la caída del modelo socialista, la crisis de las tradiciones nacionalpopulares junto con el “olvido” del legado de Marx y de las izquierdas en general. Un tiempo termidoriano que había dejado a nuestras espaldas las grandes ideas de una modernidad en estado de disolución, ideas arrojadas al tacho de los desperdicios o convertidas en objeto de estudio sin relevancia en las encrucijadas del presente, materia prima de historiadores y de arqueólogos de objetos en desuso. Kirchner, su nombre, al igual que otros procesos contemporáneos que se abrieron en Sudamérica, produjo un asalto anacrónico a la fortaleza del “fin de la historia” y a las resignaciones de una posmodernidad entre banal y despolitizada. Su irrupción debe ser leída en el interior de la ruptura de esa linealidad recurrente y repetitiva que venía asolando toda esperanza en un cambio del decurso de la historia. No nació de un repollo ni careció de antecedentes; simplemente enloqueció lo esperado abriendo las compuertas de otro tiempo de la vida nacional a contrapelo de la tendencia mundial dominante.
2
El nombre de Kirchner vino a romper esa continuidad malsana, vino a desequilibrar la marcha regular hacia la barbarie de un modelo económico-político que, desde hace mucho tiempo, no sólo venía ejerciendo su poderío sobre la vida material de los desposeídos sino, también, había logrado capturar los núcleos más profundos y decisivos de la vida cultural apuntalando, de ese modo, sus propios intereses, transformándolos en los únicos visibles de cara a una sociedad que se mostraba como vaciada de sí misma y demudada. Kirchner, su nombre, interrumpió esa marcha triunfal de los poderosos de siempre. Logró, de manera inesperada, desviar el curso decadente de una sociedad que desde hacía mucho tiempo había perdido la brújula. Lula lo dijo con una frase sencilla, directa y justa: les devolvió la autoestima a los argentinos.
Algunos actos simbólicamente decisivos le dieron encarnadura a un gobierno que nacía de la noche argentina, de una noche que arrastraba nuestros peores fantasmas y que parecía proyectarse hacia una perpetuación insoportable. Kirchner comprendió que para comenzar a “curar” las profundas heridas que atravesaban el cuerpo social hacía falta entrelazar acciones reparadoras en el sentido económico-material (la primera fue recuperar trabajo y reducir los índices de pobreza y de indigencia, que eran los más oprobiosos y brutales de la historia) con otras acciones que rearticularan un discurso y una conciencia que habían sufrido los duros embates de la derrota, la desilusión y la invisibilización; comprendió, porque lo llevaba dentro suyo, el papel fundamental de rediseñar enteramente la política de derechos humanos haciéndolo, al comienzo, a través de un gesto descomunal en su valor simbólico-reparador: ordenarle al jefe del Ejército que descolgase los cuadros de Videla y de Bignone.
Ese acto, que algunos intelectuales progresistas caracterizaron como sobreactuado e impostado, implicó un quiebre fenomenal que se acopló con la construcción de una nueva Corte Suprema de Justicia y con el avance decidido hacia el enjuiciamiento de los genocidas. Los movimientos de derechos humanos supieron, casi desde un principio, valorar en su extraordinaria dimensión lo abierto por esas reparaciones simbólicas e institucionales desarrolladas por un Kirchner que se atrevió a derogar las leyes de la impunidad. El aire fresco que recorrió la vida nacional a partir de esas acciones tuvo mucho que ver con la refundación de un mundo democrático envilecido por años de vaciamiento, impudicia y complicidad con lo peor de nuestra historia. A veces un gesto viene a romper la monotonía de la repetición, abriendo horizontes que permanecían enturbiados. Esa orden no sólo habilitaba el camino de la reparación y de la justicia, no sólo les devolvía encarnadura a las víctimas del terrorismo de Estado, sino que también producía un hecho inédito: afirmaba la supremacía del poder político democrático, por primera vez en décadas, respecto, en este caso, del poder militar. Simbólicamente vino a remover la lápida que pesaba sobre una democracia que se había mostrado, hasta ese día, débil y resignada. Entre las grietas de esa resignación histórica se metieron, siempre, los poderes corporativos para limitar y chantajear a los sucesivos gobiernos. Primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández produjeron una inflexión histórica, entramando legitimidad y soberanía como atributos siempre extraviados de la democracia argentina. Algunos antiguos progresistas que forjaron sus argumentos políticos en los años noventa no supieron o no quisieron comprender la hondísima significación de esos gestos y comenzaron a utilizar, como caballito de batalla que se prolongó hasta la muerte de Kirchner, la impresentable argumentación de la “impostura”. Cientos de miles de argentinos y argentinas humildes, más miles y miles de jóvenes y de otros actores sociales mostraron, en los días inolvidables y tristes de finales de octubre, la impudicia de transformar el giro histórico que Kirchner gestó inesperadamente en nuestro país en un relato de ficción, en una suerte de pura impostura. Las multitudes, el pueblo que regresa del ostracismo, quebraron en mil pedazos esa argumentación.
Kirchner, su nombre, habilitó el regreso, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia. Un desafío que nada tiene que ver con la melancolía de un retorno a antiguos paradigmas, pero que tampoco cree en la tierra arrasada ni en la absoluta novedad que nace de sí misma, sino que vuelve a reencontrar los mil hilos de una memoria desgarrada entretejidos, ahora, con los lenguajes que buscan, de diversos modos, nombrar lo inédito de una actualidad sorprendente y conmovedora de tradiciones anquilosadas. Algo de todo esto se vio en la Plaza del adiós y del juramento, de la tristeza y de la nueva conjura portada por una generación que busca producir su propio tiempo con sus palabras y sus experiencias, pero sabiendo de antiguas deudas que se cuelan con las nuevas demandas. Tal vez algo de todo esto, que quedará por seguir vislumbrando, sea lo que hoy nombramos bajo el nombre de kirchnerismo. Un nombre que sabe de la memoria del peronismo, que conoce de sus laberínticos zigzagueos, de sus vaciamientos, de sus límites y de su potencia reencontrada bajo ese giro impensado y tan difícil de encasillar y de comprender para aquellos que se habían instalado cómodamente en el fin de la historia y en la retórica de la resignación. Allí, en esa extraordinaria encrucijada, alguien, una figura extraña que vino del sur patagónico, escribió para siempre su nombre en la memoria popular.