miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un fiscal pidió que se cite a declarar a Morales Solá

Un fiscal pidió que se cite a declarar a Morales Solá

El fiscal federal de Tucumán, Carlos Brito, solicitó que el juez federal Daniel Bejas llame al periodista para prestar testimonio. En la fotografía publicada por Miradas al Sur el columnista de La Nación aparece junto con el comandante Acdel Vilas en 1975.

El Argentino publicó hoy que el funcionario también pidió que se llame a declarar al periodista Oscar Gijena, actual secretario general de la Asociación de Prensa de Tucumán, quien trabajó en esos años en La Gaceta de Tucumán. La decisión sobre si hacer lugar o no a esta citación y a la de Morales Solá quedará pendiente hasta que termine la feria judicial en enero.

En la imagen se ve a Morales Solá y, según Eduardo Anguita, el autor de la nota, "dos fuentes calificadas sostuvieron que el edificio al cual va a ingresar la comitiva (de Acdel Vilas) es la tenebrosa Escuelita de Famaillá", el primer centro clandestino de detención del país, donde Vilas y su sucesor Antonio Domingo Bussi utilizaron como campo de concentración para secuestrar y torturar a más de 2000 presos políticos.

A raíz de este descubrimiento el fiscal Brito se presentó en el Juzgado Federal N° 1, que investiga los delitos de lesa humanidad cometidos en Tucumán. Allí le pidió al juez Bejas que cite a declarar a Morales Solá. El pedido surge con el objetivo de determinar si puede aportar información sobre los centros clandestinos de detención que funcionaron en esa provincia.

La visión de Perfil y la justificación "periodística" de las conexiones de periodistas y militares

Hoy Perfil publicó un articulo llamado "Lo que Miradas al Sur no mostró de la foto de Morales Solá con militares". Allí se hace hincapié en que en la foto publicada por el medio dirigido por Anguita fue recortada ya que no se ve que el acompañante de Solá es un fotógrafo. Según Perfil "lo que no dijo el diario K es que esa foto estaba recortada para omitir un detalle que le daba sentido claramente periodístico".

Pese a esta acusación de Perfil, en el artículo original dice "por entonces, Joaquín Morales Solá trabajaba en La Gaceta de Tucumán y era corresponsal de Clarín en esa provincia". Aunque advierten que quedará en manos de la Justicia "averiguar las circunstancias que llevaron a Morales Solá a acompañar al carnicero Vilas".

Hoy El Argentino, diario del mismo grupo que Miradas al Sur, sostuvo que, con la citación buscan también investigar cómo funcionaba La Gaceta, el principal diario de Tucumán, para conocer qué grado de control tenían los militares sobre los medios. Allí se difundían datos sobre las víctimas fatales, y se cree  que gran parte de información provino del Tercer Cuerpo del Ejército, como parte de la ¨guerra psicológica¨ que después se difundió en todo el país para crear un enemigo, el subversivo.

En ese sentido, el fiscal también solicitó la declaración del periodista Oscar Gijena, quien compartió la redacción de La Gaceta con Morales Solá, para que aporte datos sobre si existió un plan para censurar o manipular la información en los medios de la provincia.

En una nota de Miradas al Sur, el sindicalista señaló que ¨algunos periodistas (de La Gaceta de Tucumán), por miedo o temor a perder sus familias, publicaban todo lo que Bussi les decía en las reuniones que se realizaban en su despacho militar. Lo hacían porque no les quedaba otra¨. Sin embargo, al referirse al caso de Joaquín Morales Solá, Gijena recordó que "lejos de tener miedo, alentaban la publicación de los escritos militares, o mejor dicho, arengaban a la tropa".

Tras la publicación de lo fotografía, Morales Solá aseguró que en el momento de la foto "tenía 25 años y estaba amenazado por la Triple A. Estaba trabajando, cubriendo un hecho, haciendo periodismo".

Sobre el Operativo Independencia hay dos megacausas que investigan las dos etapas de la represión: el momento en el que lo comandó Acdel Vilas (desde el 5 de febrero de 1975, cuando Isabel Martínez de Perón firmó el decreto para "neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos¨, hasta diciembre de ese año), y la comandancia de Antonio Domingo Bussi, desde diciembre de 1975 hasta el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, cuando el represor fue nombrado gobernador de la provincia, informa El Argentino.

El amor y la política, Por Norberto Galasso

El amor y la política, Por Norberto Galasso

Norberto Galasso
En la historia de nuestro pueblo latinoamericano, se reiteran los casos de importantes figuras políticas unidas por una fuerte relación sentimental y al mismo tiempo, por un mismo ideal de redención social o nacional.

Pero, como la Historia no sólo la escriben los que ganan sino especialmente “los hombres que ganan” y no las mujeres, resulta que muchas admirables luchadores han quedado en el olvido o son apenas reconocidas sin otorgársele la debida importancia.

Una de estas mujeres fue Manuela Sáenz, quien luchó junto a Simón Bolívar. Como se sabe, Bolívar fue traicionado por su vicepresidente, Francisco de Paula Santander -indignidad que suele ocurrir en nuestra América Morena- y precisamente a Santander se lo acusó por el golpe comando del 25 de septiembre de 1828 en el cual intentaron asesinar a Bolívar, ocasión en la cual Manuela impidió el crimen, enfrentando a los conjurados y dando así tiempo a la fuga del Libertador.

Manuela salvó así a su hombre y al mismo tiempo a su líder político, a quien acompañó en una lucha que le había valido, años atrás, una condecoración del General San Martín.
Otro caso semejante es el de Elisa Lynch, en la cual encontró su gran compañera el mariscal Francisco Solano López, en su trágica epopeya de la Triple Alianza.

Aunque escocesa de nacimiento, Elisa unió su destino al de la Patria Grande Latinoamericana martirizada por aquel infame genocidio y cuando quince años después de la tragedia -luego de sufrir toda clase de humillaciones por parte de las damas aristocráticas- arribó al puerto de Buenos Aires, la abucheó un grupo de mitristas hasta que le abrió paso a bastonazos el poeta Carlos Guido Spano para rescatarla y protegerla.
En estas historias se puede ir más lejos, como cuando las guerrillas altoperuanas impidieron una y otra vez el avance de las fuerzas realistas. Allí combatió también una pareja, consolidando su amor en la lucha por la libertad: Juana Azurduy y Manuel Ascencio Padilla.

Una y otra vez enfrentaron a la reacción, pero en 1816, en la acción de Villar, Padilla fue muerto y degollado, siendo clavada su cabeza en lo alto de una pica en el pueblo de la Laguna. La Juana no pudo soportar semejante ignominia y tiempo después, al frente de sus amazonas, ocupó la Laguna y recuperó la cabeza de su esposo. Luego, acompañó la lucha de las guerrillas de Güemes en el Norte, ya con el título de Teniente Coronel que le otorgó el General Belgrano.

También se puede ir más cerca y recordar la entrega total de Evita junto a Juan Domingo Perón, donde la pasión por el compañero de lucha, se consolidaba en el común proyecto político de emancipación social.
Y por supuesto, se reitera en el matrimonio Kirchner, en estos días: más allá de la maledicencia de los diversos opositores, algunos para quienes no gobernaba él entre 2003 y 2007 sino que era ella la que dirigía; otros, para los cuales no era ella la verdadera presidenta entre 2007 y 2010 sino él quien gobernaba desde las sombras, míseras chicanas de quienes personificaban en el matrimonio su rechazo al avance popular, cuando resultaba evidente la complementariedad de ambos en la acción política.

También en este caso, las circunstancias produjeron la muerte de uno de ellos y la soledad del otro, soledad que sólo puede superarse con la presencia popular en las calles.
Néstor, a pesar del alerta de los médicos, no puso límite alguno a su militancia llevado hacia la muerte por su consecuencia porque, como él decía, no había llegado a la presidencia para abandonar sus convicciones sino para empujar en el camino de los cambios necesarios.

Esta vez no fue, como en el 52, que el hombre quedó solo prosiguiendo la lucha sino que, en cambio, Cristina vive su lucha por superar su dolor mientras redobla esfuerzos para continuar el camino que había comenzado con Néstor en las luchas estudiantiles del pasado.

En sus palabras de estos días, Cristina ratificó la clave de esa identidad en la lucha: “El nos diría seguramente: seguir adelante, para eso vinimos, a cambiar la Argentina”.

En todos estos casos, se ensamblan los afectos personales profundos con la identidad en el proyecto político de liberación.
Quizás todavía haya muchos que no lo entiendan porque se lo impide su cerrado sentido de clase que abomina de todo progreso popular y de los líderes que lo representan, y que, además, en su formación enciclopedista, conocen seguramente los entretelones de alcoba de las corruptas dinastías europeas, pero no comprenden estas historias de la propia patria, donde el amor no se expresa en predominio alguno entre dos seres que se complementan en la lucha política, sino que se sublima en una sola palabra: Compañeros.

La paloma de Duhalde, Por Sandra Russo

La paloma de Duhalde

› Por Sandra Russo
Cuando Eduardo Duhalde llegó a presidente, después del verano ardiente del 2002, puso orden. Su llegada al poder fue la consecuencia de una escena de la que él fue un constructor. No sólo por haber fogoneado los saqueos en el conurbano para darle un empujón a De la Rúa (que por otra parte se hubiera ido igual con sus 39 muertos en la conciencia), sino desde antes, sobre todo desde antes. Duhalde ayudó a construir esa escena también por haber sido uno de los principales protagonistas de las políticas neoliberales que implantó el menemato. Cuando se reformó el Estado por ley, cuando se lo achicó, cuando se decidió trasladar al poder económico, al mercado, la brújula de la democracia, Duhalde era vicepresidente. De modo que cuando llegó a presidente también puso orden en lo que había colaborado a gestar, ese Conurbano que era una brasa de rabia contenida, la trampa cazabobos para los excluidos de todo el país. Lo que antes habían sido las villas de emergencia quedaron congeladas en la pobreza estructural. Desde pueblos fantasma del interior, ya devastados por las privatizaciones generalizadas, llegaban los desesperados. Pero nunca pudieron ingresar, sólo asentarse.
Si Menem era la versión un poco libertina del paisaje neoliberal, Duhalde fue siempre la versión cuáquera, la que podía sostener un hombre casado con Chiche. Menem declaró el sorprendente “Día del Niño No Nacido” para hacer rosca con el Vaticano, pero ahí salió poco después su ex esposa, a la que había echado de Olivos, relatando el viejo y doloroso recuerdo de un aborto. Menem inflaba su fama de mujeriego y coqueteaba con las divas de la televisión. Mirtha Legrand le decía: “Las mujeres se vuelven locas por usted” y él se reía, cachondo, mientras una decena de actrices y vedettes se jactaban de visitarlo en privado.
Los Duhalde siempre fueron otra cosa. Pareja estable, vida en familia, hija con vocación religiosa, rectitud. Boliches que cerraban a las tres de la mañana. Padres al tanto de dónde están sus hijos pero no por onda, por sospecha. Sospechar lo oscuro del otro es inherente a esa subjetividad que hace pie en la “rectitud”: por eso en el reciente debate sobre la Ley de Matrimonio Igualitario, Chiche se preguntaba si no empezarían casándose personas del mismo sexo para después habilitar otras yuntas muy raras, de tío con sobrina, por ejemplo. A este tipo de gente se le pasan cosas muy rebuscadas por la cabeza.
Georges Bataille decía que no hay peor perversión que la abstinencia–, y aclaró que lo escribió con vuelo poético, para que no se malentienda. Pero es que el abstinente de experiencias, de impulsos, de deseo, generalmente está enojado. La gente muy recta tiene cara de culo.
Hay en esa pulsión que luego derivará en la mano dura una predisposición al control. Políticamente, eso recorre una zona social que es a la vez una zona individual, el área privada del miedo. Eso está presente en cada uno, basta escuchar lo que dicen los automovilistas embotellados en Buenos Aires y que son la larga nota que se ve todas las tardes en los canales de noticias: no es que uno no comprenda lo insoportable que es estar embotellado porque las calles están cortadas por protestas. No pedir represión a las protestas sociales no implica estar de acuerdo con todas ellas, y mucho menos ahora, en estos días, cuando algunas parecen coreografiadas para los apetitos políticos de Duhalde. Pero entre lo insoportable, entre el mal humor o la irritación, y el “hay que matar a todos estos negros de mierda”, hay un trecho importante. Tanto, que es el que mide nuestro grado de civilización.
No son los hombres y las mujeres encerrados en sus autos los únicos o más destacados exponentes de nuestro grado de civilización. Nunca se ha asociado esa construcción mediática del automovilista como sujeto habilitado para exabruptos de todo tipo, con otros exabruptos que terminan en accidentes de tránsito. El uso obsesivo e iracundo de la bocina quizá sea el rasgo distintivo de este tipo de sujetos, que son los mismos que taponan las bocacalles cuando el semáforo ya está rojo, y cortan la circulación en las esquinas.
¿En qué consiste ser “civilizado”, es decir, bañado por la propia calidad de civil, sino en sublimar los instintos de ira y de violencia? Poder hablar en lugar de pegar, negociar en lugar de matar, terciar en lugar de enfrentar, es lo que nos hace humanos. Pero no es de esa civilización de la que nos habla nuestra historia. Es de otra, una que deriva de las sociedades etnocéntricas que brillaron en el siglo XIX. Deriva en buena parte de la abstinencia de la reina Victoria.
En esa tradición de la rectitud, la crueldad es un ingrediente indispensable. Así fuimos colonizados y así colonizamos, despreciando, ignorando, violentando. Hay una larga tradición de representantes del orden y la rectitud de la que Duhalde se presenta tributario. Quizá por eso el candidato no ve tan mal el genocidio, o por eso no habla de genocidio y elige otros rodeos. Quizá tenga ese punto de vista por su idea de la rectitud, y porque cree que “el estilo de vida argentino” es el que había que defender de aquellos “intentos de implantar ideologías foráneas”. Esta semana fue todo un déjà vu.
La apelación a recrear la escena de los setenta, sólo caracterizada por la violencia, obliga a generar violencia. Pero es que ya todos somos más viejos, ya lo hemos visto, se ha investigado, se estudia en las escuelas, los pibes lo saben, uno se da cuenta aunque los canales de noticias cubran solamente –qué cosa– la violencia, y nunca raspen demasiado ni a Macri ni a Duhalde. Todo es obvio, menos, quizá, la cucaracha en la oreja y los gestos de pastor electrónico que ha recomendado el consultor ecuatoriano. Kosteki y Santillán no han sido dolorosos para Duhalde. Tuvo que irse del poder por esos asesinatos, pero no hubo arrepentimiento. Kosteki y Santillán fueron asesinados en el curso de una represión policial que ordenó liberar el Puente Pueyrredón. El candidato ahora defiende la represión “sin tiros”. Puede que tenga otras cosas en mente. Hay aparatos muy sofisticados de represión que no necesariamente matan, aunque si lo hacen parece un accidente, como las pistolas Tazer que Macri no pudo usar en la ciudad. El Screamer que el gobierno golpista hondureño había instalado en la puerta de la embajada de Brasil, cuando se refugió allí Manuel Zelaya, produce ultrasonidos que provocan desmayos, y emite olores tóxicos que provocan gastroenteritis y vómitos. Estos aparatos represivos son los que se empezaron a usar contra los movimientos globalifóbicos de los ’90. La pionera en usarlos fue la Organización Mundial de Comercio.
Día tras día se hacen más evidentes los fórceps con los que se quiere estimular la escena propiciatoria del orden, que es el desorden. Día tras día la paloma se queda atascada en la manga del mago, muere ahogada por las malas artes de quien pretende que la trae en son de paz.