miércoles, 22 de junio de 2011

Ahora sí, háganse los rulos, Por Mario Wainfeld

Siempre lo supe, dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y no hay margen para dudarlo. Siempre se supo, podría agregar el cronista, salvo en casos de extrema ingenuidad de gentes de a pie o de marcada malevolencia (cuanto menos, intencionalidad) de ciertos dirigentes opositores o “formadores de opinión”. Cristina Kirchner es (lejos) la principal figura del Frente para la Victoria (FpV), su mejor candidata, la única que garantiza la unidad de su espacio. Aquella cuya presencia organiza la interna entre peronistas que siempre se las trae y siempre tiene como viga de estructura la perspectiva del éxito.
La continuidad de su proyecto, su trayectoria, su vocación le indicaban el camino. Un protagonista político tiene deberes o tareas ineludibles, la suya era mantenerse en la brega.
Las versiones acerca de presuntas cuitas familiares fueron, usualmente, interesadas. Y, además, muy pobres en el diagnóstico. Sin entrar en la crónica doméstica, que el cronista aprecia poco, sus hijos siempre la acompañaron. Máximo Kirchner ya no es un chico, milita en el FpV con un perfil menos alto que el que desearían su adversarios, aunque suficiente para estar consustanciado con la continuidad. Florencia Kirchner entra en su mayoría de edad y sabe en qué hogar se crió.
Siempre lo supo, porque su objetivo es seguir adelante. Apenas, manejó los tiempos como le pareció más funcional.
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Si se repasa el pasado, se advierte que el ex presidente Néstor Kirchner y Cristina Kirchner predispusieron decisiones tácticas relevantes de modo similar. Irlas instalando, suscitar que se comenten en el Agora, en Palacio, en los medios. Acostumbrar, por así decir, a la opinión pública al tema, aunque reservándose el momento del anuncio, lo que les permitió (aun en desenlaces presumibles) el plus de la sorpresa.
Cierto es que durante el mandato de Kirchner regía otro modo de insinuar sus resoluciones. Era habitual que el presidente las discurriera, con más o menos precisión, con algunos compañeros, periodistas, dirigentes políticos o corporativos. Las anticipaba, “pensaba en voz alta” alternando interlocutores. Así fue con su decisión de no ir por la reelección en 2007, introducida en 2004, cuando la viabilidad de su gobierno era todavía una hipótesis en cuestión. El desendeudamiento con el Fondo Monetario Internacional, las candidaturas de la actual presidenta en 2005 y 2007 fueron otros ejemplos. Kirchner insinuaba, escuchaba, propiciaba un diálogo en el que podía cambiar de lugar según la posición del interlocutor. Cristina Fernández restringió mucho ese tipo de conversaciones.
Claro que discurrir o analizar un tema es algo radicalmente distinto a decidir. La decisión no es un silogismo ni un acto de pura razón, es un atributo de la voluntad. La decisión puede acometerse consultando, disponiendo de buen bagaje racional, de background, de números de todo tipo. Pero es –quien frecuenta el primer nivel de la política lo sabe– un momento de intensa soledad. En algún punto, el líder decide solo, se hace cargo de las consecuencias, buenas o fatídicas.
El manejo de los tiempos le permitió organizar su fuerza, enviar mensajes a la dirigencia sindical para que moderara demandas eventualmente desbordadas, “contener” a la inmensa mayoría de los cuadros peronistas, recomponer la relación con el gobernador Daniel Scioli. Y también diferir entreveros palaciegos acerca de otras candidaturas, como la de vicepresidente, que ahora debe zanjarse en cuestión de horas.
Ese enigma subsiste, la oradora sugirió (sin decirlo del todo, lo que le deja las manos libres) que contemplará la incorporación de nuevas generaciones. El concepto “generación” es de ardua traducción en política, no se compadece del todo con las edades. Por ejemplo, los comedidos de Palacio se preguntarán (por contados días) cómo “calza” el ministro Amado Boudou, que está más cerca de los 50 años que de los 40, aunque se inició en la política mucho después que la Presidenta.
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Algo de mayor volumen supo la Presidenta, que fue construir el escenario para que esa candidatura tuviera las mejores chances para los comicios de octubre. En primer término, junto a su compañero, supo remontar dos derrotas fuertes (la resolución 125 y las elecciones de hace dos años), recuperar terreno, reconquistar adhesiones y sumar nuevas, recobrar legitimidad.
Supo hacerlo después del fallecimiento de Kirchner, cuando el sentido común de los medios dominantes la decretó incapaz de proseguir sin él. Faltó poco para que se dijera que no embocaría con la puerta de la Casa Rosada, que no sabría usar el teléfono. Que (mero espejo o delegada del poder de Kirchner) no daría en el clavo.
La ausencia del ex presidente dista de ser baladí. Es verosímil que hubiera ayudado a ahorrarle algunas dificultades o goles en contra en el lapso posterior a octubre, aunque conviene precaverse de atribuir infalibilidad a los que ya no están. El criterio es excesivo, máxime cuando se sabe que en vida cometieron errores severos, como todos los humanos o como todos los dirigentes, aun los mejores.
Lo real es que la Presidenta ejerció el comando, asumió su rol, adecuó su discurso y hasta su transmisión emocional a las nuevas, difíciles, circunstancias. Hoy día tiene la mejor imagen y la mayor intención de voto de todo su mandato, si se ponen entre paréntesis los poquitos días de la “luna de miel” postelectoral.
Nadie gana las elecciones en las vísperas, ningún horizonte está sellado a cuatro meses vista en un país dinámico inserto en un mundo en crisis. Pero su posición relativa es óptima, lo que también le sirve para disponer del manejo interno. Su liderazgo es una consecuencia de la gestión y la aprobación. Un buen tramo, el final que vale doble, lo recorrió sola.
Siempre lo supo, porque un dirigente de raza sabe que le están vedados determinados escondrijos o ausentismos (imaginables, y hasta por ahí no más, en las vidas privadas). Supo cómo llegar a una compulsa con la oposición dividida, con varios presidenciables que se apearon porque no les dieron el cuero o los sondeos. Con un gobierno que conserva sus coordenadas básicas, discutibles y mejorables, pero en cualquier caso previsibles en su direccionalidad. Y porque dobló la apuesta en las coyunturas más desafiantes y desalentadoras. Así llegó al anuncio de ayer, que todos descontaban en una política con vocación.

La candidata y la estadista, Por Roberto Caballero


El lanzamiento de Cristina  Fernández a la reelección es la gran certidumbre política nacional ante un escenario electoral volátil e histérico, hasta ahora animado por la hibridez ideológica de una oposición envuelta en la más trivial pelea de egos y vanidades.
Si el ex progresista Ricardito Alfonsín se abraza al mismo Francisco de Narváez que hace 15 minutos era macrista confeso, el socialista moderado Hermes Binner juega a las escondidas con el mismo Pino Solanas al que respaldan Joaquín Morales Solá, el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST);   y hasta Elisa Carrió, cuyo fuerte eran las profecías pero se equivocó feo en la última que decía que Cristina no iba a ser candidata, el anuncio presidencial de ayer pone orden donde hay, por lo menos, desorientación evidente, cuando no estado de infecunda crisis de propuestas alternativas.
Será interesante ver en los diarios tradicionales de hoy cómo será maltratada la noticia y su emisora, porque esta vez la jefa de Estado hizo su anuncio en cadena nacional, cuando lo verdaderamente destacable es el contexto histórico donde lo dijo. Fue el mismo día que impulsó el nacimiento de la columna vertebral tecnológica de la Ley de Medios de la Democracia: las 220 licencias de la TV digital que se distribuirán entre grupos privados, públicos y sociales, medida que viene a sepultar el viejo paradigma comunicacional desde el cual Clarín y la Argentina patronal y conservadora nos dijeron qué teníamos que pensar y hacer los argentinos durante décadas, y que tanto nos hicieron equivocar en beneficio de los grupos más concentrados.
Ayer, la democracia y el pluralismo, la diversidad de opiniones y la socialización del discurso público vivieron una revolución en paz, al calor de una política de Estado antimonopólica. Héctor Magnetto debería preocuparse, esta vez más que nunca, porque si antes con tres tapas volteaba a un gobierno o lo condicionaba, la sociedad democrática está experimentando en tiempo real que ni con 1500 tapas adversas se puede torcer la voluntad popular. No hay vuelta atrás: ya no genera temor ni adhesión el brulote mediático opositor que lidera el dueño de Clarín. ¿Cómo cree que toma la sociedad lo que escribió Fernando Laborda, editorialista de La Nación, que en su columna de ayer se refirió al “márketing del duelo” del que abusaría la presidenta? ¿Acaso, se supone, que Cristina mató a su marido para ser reelecta? ¿O creen, Laborda, Saguier y Bartolomé Mitre, que Kirchner está vivo en una isla paradisíaca y se mantiene oculto para que su clan retenga el poder? El extravío en el análisis no sólo demuestra debilidad conceptual, eso sería lo de menos, subyace en él una patología antipolítica preocupante: es la misma que llevó a Carrió a decir que los funerales de Néstor Kirchner fueron obra de Fuerza Bruta, y a Mirtha Legrand a dudar de que dentro del cajón estuviera el ex presidente en una suposición que no tiene, siquiera, categoría de mito urbano, sino de insultante pavada, rayana en la agresión a las decenas de miles de argentinos que participaron, compungidos, de sus exequias. Y que ahora ya tienen a quién votar.
La decisión de la presidenta, decía, viene a poner certeza donde hasta ahora hablaban los relatores de lo que pasa y no sus reales protagonistas: las multitudes que se expresan en las calles a favor del modelo “nacional y popular”, algo que no se sabe muy bien qué es pero conecta con las aspiraciones de millones de personas hartas de lo ya vivido en el pasado sin trabajo, sin producción, sin justicia, sin soberanía y, sobre todo, sin esperanza.
Cristina se propone como puente de plata entre las viejas y nuevas generaciones. Esa sola intención la coloca diez centímetros por encima del suelo. Es, junto a su marido, la líder democrática que más desafió a los poderes permanentes, consciente del rol político e institucional trascendente para el que fue elegida, y eligió vivir.
La que ayer habló no era la candidata. Fue la estadista, aceptando, una vez más, que hará lo que el pueblo decida en las urnas.
La estadista que tenemos, la que sabe hablar sin leer, abogada de profesión, surgida de la universidad pública, a la que le gusta pintarse como una puerta, viuda y madre de dos hijos. Parecida a muchos de nosotros. La estadista que supimos darnos, con sus aciertos, sus errores y su verdades relativas, que sin embargo acepta exponer al juicio del voto.
Es ella.
Aunque les cause indigestión a los Magnetto, a los Techint y a todos los que quieren gobernar desde la oscuridad sin tomarse la molestia de confrontar una elección.
Es ella.
Mal que les pese
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