domingo, 30 de octubre de 2011

El pulso de la semana: El mundo que nos espera a los argentinos



Fue una de las semanas que quedarán para la historia. Desde el domingo a la tarde en que se iban conociendo los cómputos de las elecciones y se confirmaba no sólo el liderazgo de Cristina sino la correcta apreciación de cómo dialogar con sectores sociales más remisos a acompañar al kirchnerismo y lograr su voto. Porque, no sólo en los grandes distritos urbanos el Frente para la Victoria hizo una excelente elección sino también en distritos pequeños, rurales o de dependencia de la producción agropecuaria. Hablaron las urnas y confirmaron que la sociedad argentina aceptó las razones expuestas por el relato de la Presidenta y no el de los medios opositores. Las urnas mostraron algo de lo que poco se habla en la cultura política argentina: la ciudadanía acompañó un discurso emocional, vívido, que combina –tal como es la vida misma– dolores que brotan en el momento menos pensado y alegrías que surgen desde el fondo del alma.
Los dolores de esta semana tuvieron dos hitos muy marcados. Uno fue el momento, tremendo, de la lectura del fallo en la causa Esma en los tribunales de Comodoro Py. Con las condenas, severas, a 16 genocidas que fueron acompañadas por dos absoluciones que, vale la pena remarcar, no eximió de la prisión preventiva que pesa sobre esos represores por otras acusaciones en la megacausa Esma (ver pags. 30-31). Estas condenas, especialmente sobre Jorge Acosta y Alfredo Astiz, tuvieron para todo el país el mismo efecto que las condenas para los genocidas Luciano Menéndez en Córdoba o Antonio Bussi en Tucumán. Cada uno de estos juicios tiene un valor reparador sobre las víctimas y se convierte en un ejemplo del modelo institucional de país del cual es sujeto el pueblo argentino. Una sola mención más, sobre el inmenso Rodolfo Walsh, cuyo caso se ventiló en Comodoro Py. Walsh fue emboscado por la patota de la Esma el 25 de marzo de 1977, dejando ese documento póstumo llamado “Carta abierta a la Junta Militar”, en el que da cuenta detallada de los crímenes que se estaban cometiendo. Esa carta había sido tipeada de modo artesanal –por correo y con copias a carbónico hechas por el mismo Walsh y por su compañera Lilia Ferreyra– y enviada por correo a diplomáticos y periodistas de múltiples redacciones. Entre quienes hoy se llenan la boca hablando de Walsh hay muchos que recibieron esa carta y jamás dijeron una palabra sobre qué hicieron con ella. No es para aborrecerlos ni para pedirles que se arrepientan de no haber sido héroes. Simplemente es para que cuenten la verdad. Hace algunos años, el mundo literario y especialmente el pueblo alemán se conmocionaron ante la publicación de una autobiografía de Günter Grass en la que confesaba que su inclusión en las filas del ejército alemán fue voluntaria y no como auxiliar de artillería, tal como se conocía públicamente, sino en las temibles SS. La sociedad argentina necesita que los buenos ejemplos cundan. En la sentencia del miércoles se habló en los corrillos de la muerte del prefecto Héctor Febres, ocurrida el 9 de diciembre de 2007, la noche anterior a la toma de posesión de Cristina. Entonces se lo presentó como un suicidio. Luego cobró fuerza la versión del "mensaje". Y no faltaron "mensajes" estos años de parte de los genocidas o de quienes pretendieron meter miedo con que la Argentina, como dijo Eduardo Alberto Duhalde en febrero de 2010 cuando, impulsado por Héctor Magnetto, sentenció por Radio Mitre: "2011 tiene que parir un gobierno para los que quieren a Videla y los que no". Ahí quedó sepultada la ambición de Duhalde, que batió el récord de reducción de adhesiones, de algo más del 12% el 14 de agosto a algo menos del 6% el 23 de octubre. Con el fracaso de Duhalde se certificó el fin de cualquier intento de extorsión a los juicios a los genocidas.
Volviendo a Walsh, es imprescindible recuperar todos los aportes de ese gran escritor-periodista-militante. El primer aporte al periodismo de Walsh fue Operación Masacre, la mejor obra de investigación de hechos reales relatados en clave de ficción. En el epílogo, Walsh cuenta la suerte que corrió la denuncia presentada por él mismo acompañando al sobreviviente Carlos Livraga (“el fusilado que habla”) y que llegó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación previo dictamen del procurador Sebastián Soler. Los cinco ministros del alto tribunal y el procurador se apresuraron en hacer desaparecer el crimen de Estado con el pueril argumento de que la Policía Bonaerense estaba subordinada a las Fuerzas Armadas. Walsh señaló aquella impunidad y 20 años después los genocidas le aplicaban la misma medicina. Estos juicios por los crímenes cometidos en la última dictadura tienen fallos ejemplares emanados de un Poder Judicial independiente en términos de la Constitución y comprometidos en que nunca más haya impunidad en la Argentina.
El futuro. Las primeras medidas que tomó la Presidenta después del 23 de octubre tienen un valor concreto, pero también indicativo de su propia voluntad. El decreto 1722, que impone a las empresas petroleras y a las mineras liquidar en la Argentina el 100% de los dólares provenientes de sus exportaciones no sólo modifica la normativa anterior (que permitía a las petroleras dejar fuera del país el 70% de las divisas y a las mineras el 100%) sino que resulta una muestra más en la línea de acotar las ventajas obtenidas por corporaciones y sectores económicos en otros tiempos de la Argentina. El diputado Miguel Bonasso, que acaba de publicar un libro –El mal– sobre el tema de la minería abierta salió de inmediato a decir que durante ocho años las mineras gozaron de estas ventajas. Es tan cierto como que no vivimos un proceso repentino que se base en medidas de gobierno ausentes de consenso. Esta semana, el latiguillo preferido de La Nación y Clarín fue que hay fuga de divisas y que el Banco Central pierde reservas. Primero que es, al menos, una exageración completa. Pero vivimos un mundo de unas turbulencias financieras impresionantes y la Argentina, pese a haber crecido de modo impresionante en ocho años, también es cierto que, entre las 500 empresas más grandes, creció la extranjerización y que, más allá de las chicanas de los medios opositores, es preocupante que esas empresas aumenten la remisión de ganancias en cambio de reinvertir en el país.
Algunos se olvidan del país en el que viven. Recién en los últimos meses comenzó un diálogo respetuoso por parte de las dirigencias empresariales, tanto industriales como agropecuarias, hacia el gobierno. Recién en estos días los directivos del grupo de Paolo Rocca, el Grupo Techint, comenzaron a mostrar una actitud lógica hacia los directores públicos por las acciones de la Anses en empresas de Techint. Pero, por ejemplo, todavía la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, no tuvo los votos para confirmarla al frente de la entidad. Eso porque desde la rebelión de Martín Redrado la oposición se había descubierto, de la noche a la mañana, redradista. Ahora, pese a tanto cartel y tanta nota de medios del corazón, el ex Chicago boy se quedó fuera del juego y no llegará al Congreso.
La Argentina no es un país fácil. Fue destruido, literalmente, en sus perfiles industriales y financieros de cara a un proyecto nacional. La recuperación de aquel país se está haciendo como un proceso colectivo, racional y emocional. Con aportes de la dirigencia, con el liderazgo de Cristina pero, necesariamente, con un diálogo con una sociedad que todavía descree de la política, sobre todo de lo público. Si, además, se piensa en los sectores que manejan poder económico, el escenario es más delicado. En estos temas se avanza de a poco, pero se avanza. Caso inversiones: en 2010, la tasa de inversión fue del 22,6% del PBI y la proyección para este año es del 23%. Respecto de países industriales no es mucho, para la Argentina es récord. En 2003, la tasa de inversión fue apenas del orden del 14,6%.
Como vivimos en un mundo en crisis severa, el trato a los capitales externos no es algo sencillo. Basta ver los bancos españoles que registran pérdidas en su país (que tiene una desocupación mayor del 20% y está en recesión) y ganancias en sus filiales en Latinoamérica. En la lógica empresaria, sus accionistas y directivos quieren llevarse las ganancias a España. En la lógica de la política pública, están sobre el horizonte cercano la posibilidad del debate legislativo de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y de la Ley de Entidades Financieras. Pero no todo se hace por decreto: un informe de la Cepal indica que, respecto del primer semestre del año pasado, las inversiones externas directas crecieron un 54%. Es indicativo de cómo muchas empresas de los países llamados centrales buscan nuevos destinos de modo acelerado. Los casos testigos son China e India, que cuentan con la presencia cada vez mayor de empresas europeas y norteamericanas. Y cada cual con distintas normativas. China es muy exigente con el capital externo. Otro de los casos destacados es Brasil, por eso el informe de Cepal aclara que ese 54% está repartido de modo muy diverso: mientras Brasil registró un crecimiento del 157%, la Argentina no tuvo grandes modificaciones. Como todo dato, tomado de forma aislada no sirve de nada. Lo que debe tenerse presente es que el camino de Argentina no requiere en este momento de la atracción particular de inversiones externas. Las escalas de la economía y las ventajas comparativas requieren más de la movilización de recursos hacia la industria y, sobre todo, hacia los sectores con perfil tecnológico.
Por último, jueves y viernes próximo, con la presencia de Cristina en la Cumbre del G-20 y con la reunión que sostendrá con Barack Obama, queda claro que la Argentina y su gobierno están en el mundo y de modo protagónico. Eso sí, lo que no está claro es en qué mundo y en qué dirección va el mundo.

Cristinazo


 Razones y desafíos de un triunfo histórico. Cristina Fernández obtuvo la reelección con un resultado arrasador. Economía, revalorización de la política y profundización del modelo: las claves de los comicios y lo que viene.

Fue con baile. En sentido metafórico y literal. En el argot futbolero se denomina “baile” cuando un equipo supera ampliamente a otro. Eso fue, exactamente, lo que hizo la presidenta Cristina Fernández: ganó las elecciones por el 53,6 por ciento de los votos, le sacó casi 37 puntos al segundo, obtuvo casi diez puntos más que la suma de todos sus rivales. CFK fue reelecta batiendo récords. Goleando y gustando.
Al baile electoral que la Presidenta le propinó a la oposición le siguió el baile literal durante los festejos. Cómo no ocurría desde hacía un año, la Presidenta liberó su cuerpo arrullada por la multitud que ocupó espontáneamente la histórica Plaza de Mayo para celebrar junto a ella. Toda una postal de los tiempos que corren: en ese mismo lugar, dónde hace diez años los argentinos marchaban su bronca y recibían balas –y hace un año, otra multitud lloraba la muerte de su líder–, la democracia se vistió de fiesta. Y la muchedumbre danzó. Como hacen los pueblos desde tiempos inmemoriales para expresar las alegrías colectivas. Porque eso fue, al fin y al cabo, lo que ocurrió el domingo: se celebró el triunfo de la política como construcción colectiva.

Existen múltiples factores que permiten explicar, con frialdad analítica, por qué la Presidenta obtuvo una contundente muestra de respaldo popular. Para los que consideran que las sociedades son apenas un conjunto de consumidores egoístas y pragmáticos, a la cabeza de esas razones está la vigorosa marcha de la economía. Es un hecho –sería una grosera ingenuidad negarlo– que el órgano más sensible de los ciudadanos occidentales suele ser el bolsillo. Depreciados los dogmas ideológicos y espirituales, abunda la feligresía del consumo. Y para ser consumidor, hay que tener plata en el bolsillo.

En la Argentina, el consumo es una de los pilares sobre los cuales se asienta la eficaz estrategia económica implementada por el gobierno de CFK. Fue, si se quiere, una necesidad que se volvió virtud. La Presidenta ahora reelecta asumió su primer mandato en 2007, en la antesala de una crisis financiera global que obligó a reforzar el mercado interno como un modo de sostener los superávits fiscal y comercial, motores de la recuperación económica en los albores de la era K. Pero los estímulos al consumo no sólo permitieron que la macroeconomía se mantenga a flote en medio del temporal, sino que aceleraron, además, la movilidad social ascendente por tres vías: la creación de empleo, la recuperación del poder adquisitivo del salario y la incorporación al mercado de casi 4 millones de consumidores a través de la instauración de la Asignación Universal por Hijo, una medida de alto impacto social cuyos efectos benéficos serán aún más visibles en el futuro que en el presente.

El acceso al consumo como igualador social. En otros tiempos, la sola formulación hubiese detonado como una herejía en el pensamiento blindado de la izquierda local. Pero los tiempos, es evidente, no son los mismos. Y ese es quizás uno de los mayores aportes del kirchnerismo a la cultura política local: se puede ser flexible en los métodos, pero nunca en los objetivos.

En el caso de los K, el objetivo que guía sus acciones es igualar oportunidades en un país cruzado por las desigualdades. Para lograrlo, Cristina perpetuará la alianza policlasista que hasta aquí le permitió afrontar dificultades y asentar aciertos. Trabajadores organizados, empresarios, organizaciones sociales, un partido con vocación de gestión –el PJ– y nuevas generaciones de dirigentes seguirán integrando el dispositivo de un gobierno reformista que, por romper con la inercia histórica de la Argentina, adquirió rasgos revolucionarios. Al frente de ese proceso, la Presidenta deberá afrontar ahora la etapa más delicada de su proyecto: convertir las transformaciones de estos ocho años en políticas de Estado. Aunque el contexto internacional otra vez se presenta desfavorable, el contundente aval de las urnas le permitirá avanzar por ese camino con menos espinas internas que las que tuvo hasta aquí.

Eso es, precisamente, lo que no comprende la troupe de medios, periodistas, analistas y opositores que se empeñan en adjudicarle a Cristina un apetito voraz por el poder. O con “voluntad hegemónica”. Su marido ya lo había advertido con todas las letras cuando puso un pie en la Casa Rosada: “No vine hasta acá para dejar mis convicciones en la puerta”. Acostumbrado a líderes políticos maleables –cuando no pusilánimes–, el establishment creyó que aquellas eran palabras de ocasión. Que, más temprano que tarde, domarían a ese matrimonio sureño y usarían el gobierno como gestor de sus intereses. Cuando verificaron que la advertencia K se materializaba, se dedicaron entonces a machacar sobre las formas como un modo de invisibilizar el fin, que en el caso de los Kirchner es transformar el país de las injusticias en una patria para todos.

Resulta obvio que, para obtener semejante objetivo, es indispensable demoler algunos privilegios, conjurar inmunidades y derrumbar prejuicios. Tareas que, como en cualquier obra en construcción, provocan ruidos molestos. ¿O acaso es posible reducir a escombros lo viejo y edificar lo nuevo sin subir los decibeles? El silencio sólo habita en los cementerios.

La inevitable confrontación con el statu quo no implica, sin embargo, la intención de expulsar a unos para ubicar a otros. En la noche de la victoria, la propia Presidenta reelecta llamó a evitar “enfrentamientos innecesarios” y redoblar esfuerzos para que reine “la concordia entre los argentinos”. En las horas siguientes, los habituales profetas del caos pusieron en duda esas intenciones. “Cristina llegó al punto máximo. Ahora debe mover las piezas. Y en el armado del nuevo gobierno podrá verse si finalmente va por el diálogo o elige la confrontación”, escribió, por caso, el Editor General Adjunto de Clarín, Ricardo Roa. En su intento poco sutil de influir en la conformación del Gabinete, el editor dejó en claro que el factor de poder que representa sigue sumido en la misma confusión que lo arrastra a la decadencia: Clarín, como otros habitués del poder, concibe el diálogo como un acuerdo de cúpulas, como un ejercicio sectario. Todavía no acepta que, con los K, se sentaron a la mesa millares de actores históricamente relegados al papel de espectadores.

Esa multitudinaria irrupción de los nadies será, para Cristina, un blindaje y un corset a la vez: la Presidenta sabe que esa multitud que el domingo bailó y se emocionó con ella abrazará sus causas, entenderá sus métodos, se irritará ante las traiciones y gozará cada triunfo. Pero también será implacable custodio de aquel legado que expresó su marido: lo único imperdonable es olvidar las convicciones.


La noche de la victoria
Por F.M.

Apenas 15 minutos antes de las 20, el aire se había vuelto espeso en el subsuelo dos del Hotel Intercontinental: militantes, funcionarios, legisladores y periodistas habían desbordado el ambiente y sus respectivos salones. Nadie se quería perder el discurso de la presidenta electa.

Cristina Fernández arribó al hotel pasadas las 20 y se alojó en el piso 19 junto a su familia. Un piso más abajo estaban los ministros. Menos afortunados fueron los restantes invitados que debieron conformarse con un salón vip en el subsuelo donde estaba la prensa. Allí se pudo ver a Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini y Alejandro Dolina, entre otros. 

A las 21.30 llegó el momento más esperado: la Presidenta salió a escena y el subsuelo dos vibró a más no poder. A su lado, un escalón más abajo, estaba Amado Boudou, el vicepresidente electo. Apenas fue nombrado por Cristina, los militantes entonaron: “Y ya lo ve, es para Cobos que lo mira por TV”. Cristina emitió un discurso emotivo, en el que recordó a Néstor Kirchner y llamó a la unidad nacional. Y hasta retó a los militantes que chiflaron cuando le agradeció a Mauricio Macri su llamado: “No sean pequeñitos -les dijo-. En la victoria hay que ser más grande aún”. Para el cierre invitó a subir a sus hijos y a su nuera.
Minutos antes había anunciado sus próximos pasos: “Quiero ir a la plaza a saludar”. Allí, una multitud se iba agolpando para vivar el triunfo. Los militantes que se encontraban en el hotel festejaron la decisión tanto como la victoria, mientras cientos de papelitos volaban por el aire que quedaba del subsuelo, anunciando junto con “Dar es dar”, de Fito Páez, que el acto había concluido.

Las cuatro cuadras que separan el hotel de la Plaza de Mayo se convirtieron en un desfile carnavalesco: columnas militantes, banderas y hasta un colectivo de La Cámpora con una orquesta le pusieron color a la noche histórica. 

Frente a una Casa Rosada iluminada, jóvenes de todas las edades y muchas familias escucharon el segundo discurso de la Presidenta. Tras la ovación sonó, cual metáfora, “Avanti morocha”, de Los Caballeros de la Quema. Con la música de fondo, la multitud se fue desconcentrando en forma escalonada. Mientas unos bajaban hacia la avenida Alem y otros surcaban las diagonales, los restantes se quedaban en la plaza festejando, captando en sus retinas un momento imborrable para sus vidas. Ni los bocinazos de la victoria, que se escuchaban media hora más tarde por el Bajo, lograron despabilarlos. Estaban en su noche soñada.

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Opiniones

Otra sensibilidad
Por José Natanson, politólogo, director de Le Monde Diplomatique

Se abre una etapa nueva. Hubo un primer kirchnerismo, desde el 2003 hasta la noche de la 125, que fue el de la reconstrucción de la autoridad presidencial, de la organización económica, de la creación de un orden nuevo en el peronismo. Hubo un segundo, con la derrota de la 125 y las legislativas del 2009 y que terminó el domingo. Fue un kirchnerismo de minoría intensa que se expandió con medidas como la AUH. Ahora comienza una tercera etapa, la oportunidad de generar políticas públicas con una sofisticación en su implementación. El llamado a la unidad nacional me pareció muy bueno. Cristina está demostrando tener una sensibilidad política diferente a la de Néstor.          


Nunca menos
Por Carlos Girotti, sociólogo

El 23 de octubre ocurrió un voto masivo, incontrastable, una puesta en escena de la subjetividad popular. Todos los logros de los gobiernos de Néstor y Cristina posibilitaron recuperar la confianza en la política como instrumento de cambio, lo que puso de manifiesto una nueva subjetividad. Ahora intervendrán sujetos conscientes: la mayoría del pueblo sabe que tiene un piso, lo que se denomina Nunca menos. Esta concepción lleva a los nuevos actores políticos y sociales a profundizar el cambio y resignificar el sentido de la democracia. Ya no se puede pensar el panorama político de la Argentina sin contabilizar esta nueva subjetividad que se venía gestando desde el Bicentenario, las exequias de Kirchner y las primarias.


Profundizar el modelo
Por Ernesto Laclau, filósofo

Vivimos en un país distinto. Si esta vez no es posible llevar a cabo una pluralidad de proyectos de transformación, será falta nuestra. El Congreso va a acompañar al Gobierno y una serie de medidas progresivas van a poder implementarse porque existe una voluntad política de distintos sectores para llevar adelante los cambios. Pienso en la ley de tierras, en la necesidad de profundizar la institucionalización del Estado y su papel regulatorio, en las demandas culturales que deben extenderse, en la democratización plena del sistema de medios. En este nuevo período también deberá existir un proceso de ruptura mayor con el poder corporativo. Es hora de profundizar el modelo.


El motor industrial
Por Mario Rapoport, economista

Tenemos un contexto mundial que hay que tener en cuenta. Se trata de un contexto de crisis y recesión que no nos va a afectar tanto porque nuestro comercio no está dirigido a los países más ricos sino a los emergentes, que son los que seguirán creciendo. Desde el punto de vista interno, los indicadores son positivos. Nuestro crecimiento este año fue fuerte y así continuará, en la medida en que continúen las políticas macroeconómicas fuertes, que apuntan al proceso de industrialización como motor de este proceso. Aún faltan reformas importantes como la ley de inversiones financieras y el tema tributario. Va a ser un período en alguna medida tormentoso pero soy optmista.

Néstor y Cristina: el triunfo, el recuerdo y lo excepcional Por Ricardo Forster


La anticipación, de la que escribía –sin ser portador de ningún don profético– en esta misma columna la semana pasada, se ha consumado. El triunfo de Cristina ha sido extraordinario, de una contundencia novedosa para lo que va de este ciclo democrático abierto en 1983. Hay que retroceder muy lejos en la historia nacional para recordar un tercer mandato consecutivo de la misma fuerza política (eso fue en 1928 cuando Hipólito Yrigoyen logró ser electo por segunda vez y sucediendo, en esa ocasión, a Marcelo T. de Alvear que si bien provenía del mismo partido se había convertido en su antagonista). El Frente para la Victoria ha logrado transformar el mapa político argentino de un modo hasta ahora desconocido allí donde la diferencia entre la primera fuerza y la segunda ha sido de más de 37 puntos, arrojando al resto de los candidatos a una intemperie que amenaza con descargar sobre ellos una severa tormenta. La novedad del acontecimiento exige eludir las simplificaciones y buscar, en el vértigo de lo desplegado en estos caudalosos ocho años, los motivos de este respaldo inédito que le ha brindado la mayoría del pueblo a Cristina. 

En todo caso, estamos ante una nueva etapa de un ciclo histórico con características excepcionales que, de una manera insospechada, le ha cambiado la fisonomía a la vida argentina. Si quisiéramos mirar en espejo la historia tratando de buscar algún equivalente tendríamos que, tal vez y salvando distancias y diferencias, regresar sobre el primer peronismo que constituyó, de eso no hay ninguna duda ni polémica entre los historiadores, una profunda y decisiva inflexión que modificó de cuajo identidades, cultura, mundo social y geografía política y económica dándole forma, en sus zigzagueos, ambivalencias, realizaciones, sueños, esperanzas, tragedias y frustraciones a la Argentina de los últimos 60 años. Lo cierto es que partiendo de un magro 22 por ciento de los votos y en circunstancias harto difíciles en las que cualquier decisión constituía un riesgo y una incertidumbre, el proyecto inaugurado por Néstor Kirchner en mayo de 2003 llega a una legitimación social, con las elecciones del 23 de octubre, que marca un verdadero hito histórico. 

El nivel de las iniciativas y la intensidad de los cambios producidos señalan la excepcionalidad de este momento y su altísima capacidad para romper la inercia de crisis y decadencia que se había instalado como un mal crónico entre nosotros. Pero esas transformaciones asumieron un rol completamente distinto del de los años ’90, década también atravesada por un proyecto (asociado oscuramente y deudor de lo iniciado y no concluido por Martínez de Hoz y la dictadura) que conmovió desgarradoramente la vida de los argentinos dejando marcas profundas en una sociedad que recién ahora comienza a salir de las determinaciones de ese tiempo dominado por la quimera de la globalización, el individualismo consumista, el sueño de ingresar al primer mundo y las relaciones carnales. Nunca estará de más recordar la persistencia, entre nosotros, de esas marcas que le dieron forma a un sentido común hegemonizado por los valores emergentes de una trama económico-social construida para terminar de destruir lo que quedaba de la Argentina heredada, con idas y vueltas, desde la irrupción del peronismo. En un sentido no menor, y bajo la imperiosa necesidad de reparar lo dañado, el kirchnerismo tuvo que remontar una cuesta muy empinada que, entre otras cosas, exigía reconstruir relato, valores y memoria. 

Invirtiendo radicalmente la matriz neoliberal que dominó la etapa del menemismo, lo abierto el 25 de mayo de 2003 vino a sorprender a una sociedad que, esto hay que decirlo, no imaginaba que ese hombre alto, flaco y desgarbado se pondría a la altura de su discurso inaugural. Una sociedad fragmentada, moral y socialmente dañada, con un nivel de desconfianza proporcional a las vastas desilusiones de una democracia que languidecía mientras crecían exponencialmente la miseria, la exclusión social, la desigualdad y lo sombrío dominaba a las almas cabizbajas de un país en llamas, no parecía muy dispuesta a creerle a un desconocido gobernador santacruceño que venía en nombre de “una generación diezmada” y afirmaba, como se había hecho recurrentemente en el pasado pero invirtiendo después esa promesa, que “no pensaba dejar sus convicciones en la puerta de entrada a la Casa Rosada”. Entre la sorpresa, el azar que hizo lo suyo, la incredulidad y el coraje para quebrarle el espinazo a la profecía autocumplida de la catástrofe, ese desaliñado caminante del viento patagónico, acostumbrado a inclinar el cuerpo hacia adelante para seguir avanzando, inició un giro espectacular de la historia nacional que encontró su punto de máximo reconocimiento en el cierre, provisorio, de esa tremenda etapa de reconstrucción y de reparación de la vida argentina. Cristina, con su triunfo aluvional, vino a sellar lo que previamente había inaugurado su compañero de toda la vida. Ahora, consumada la hazaña de remontar la derrota de junio de 2009, se abre, bajo la lógica de la continuidad de un proyecto poderoso, una nueva etapa en este complejo y apasionante camino. 

El kirchnerismo, porque de él se trata, ha logrado, remando contracorriente, torcer el rumbo de un país que no podía salir de su eterna frustración y que no acababa de reponerse de la peor crisis social de su historia. Y lo hizo, en primer lugar, gracias a la voluntad inquebrantable y a la potencia política de Néstor Kirchner que llegó inesperadamente y en condiciones de extrema fragilidad a un lugar que quemaba a todo aquel que se le acercaba. Tomó un país incendiado, sin brújula y corroído económica, política e institucionalmente y lo hizo sabiendo de las dificultades y de los escollos con los que no dejaría de toparse, en especial los que vendrían, como casi siempre en nuestra historia, del poder económico. Supo, Kirchner, entrelazar, como no se hacía desde tiempos lejanos, convicciones con acción de gobierno; comprendió que era indispensable reconstruir tanto vida económica y social en conjunto con una reconstrucción de la memoria y la justicia. Pero también supo mirar más lejos y afianzó los lazos estratégicos con el Brasil de Lula que fue el punto de partida para la definitiva inserción de la Argentina en América latina y, a la par, avanzó con audacia en un proceso de desendeudamiento que terminó por ser decisivo a la hora de proteger al país de la inclemente crisis económica mundial (también, junto con Lula, canceló la deuda con el FMI rompiendo una dependencia histórica que los gobiernos democráticos tenían con esa entidad financiera). La impronta de Kirchner ha sido fundamental y es el punto de partida sin el cual no hubiera sido posible alcanzar una victoria tan contundente. 

No fue, entonces, casual que en su discurso del domingo a la noche, discurso tocado por recuerdos y fantasmas, potente y medular, y testimonio de tanto camino recorrido, Cristina, como respondiendo al coro mediático opositor que buscaba separar su aplastante triunfo de la impronta abierta el 25 de mayo de 2003, le dedicase su parte más emotiva y políticamente intensa a resaltar a Néstor Kirchner, a su voluntad y a su tozudez para ir contra lo que el poder y el sistema buscaron imponerle desde un comienzo. Cristina rescató al militante, al estratega y al arquitecto de un proyecto que, muy poco tiempo atrás, resultaba apenas un sueño trasnochado, una quimera inalcanzable. Pero también selló la profunda y decisiva imbricación entre su gobierno y lo que, en otro lugar, he denominado el “nombre de Kirchner”, es decir la emergencia excepcional de una figura que vino a enloquecer la historia argentina abriendo lo que parecía imposible de abrir. Voluntad, coraje, audacia, invención, determinación y una pizca de locura están en la alquimia de este tiempo nacional en el que tantas cosas sorprendentes no han dejado de impactarnos e interpelarnos. 

El país fue testigo de un emocionado homenaje que se convirtió, al mismo tiempo, en un extraordinario reconocimiento de quien fuera, según las palabras de Cristina, “uno de los cuadros políticos más potentes de la historia argentina”. Por fuera de las especulaciones morbosas o de las lucubraciones mezquinas y descalificadoras de algunos intelectuales que suelen despacharse a gusto en las páginas de La Nación, lo que simplemente hizo Cristina, en la noche del triunfo y el recuerdo emocionado y aclarando que no hablaba en su condición de viuda sino de militante, fue reconstruir el largo camino recorrido junto a Kirchner, un camino que logró lo que parecía una quimera: darle forma a una fuerza política capaz de reencontrarse con el apoyo y el fervor de una parte sustancial del pueblo argentino no a través de las trampas pospolíticas y espectacularizantes de los estetas noventistas sino a partir de decisiones y acciones de gobierno que modificaron de cuajo la persistencia del modelo neoliberal. Lo que reivindicó fue lo olvidado por quienes siguen creyéndose los sutiles intérpretes de la actualidad: la dimensión esencialmente política de Néstor Kirchner, su voluntad para ponerse al hombro un país estallado y su coraje para sacarlo de su indigencia económica, política y moral. Nada más insustancial y vacío de ideas que interpretar el triunfo del 23 de octubre como si fuera el resultado de las dotes, como lo señaló sin pudor Beatriz Sarlo en el diario fundado por Mitre, de consumada actriz de Cristina, capaz, con un puñado de “publicistas e ideólogos”, de diseñar el camino que, apropiándose de su condición de viuda, le permitió llegar a donde llegó. Sarlo no ha logrado salir de la matriz despolitizadora que contaminó, como una epidemia, al progresismo en los años ’90 y que sigue presente en algunos de sus actuales representantes tan fervorosos y nostálgicos de la “República perdida” y de las estéticas posmodernas. 

También, en esta hora de consolidación exponencial, hay que recordar las dificultades, la inclemencia de la corporación mediática que se lanzó, sin contemplaciones, a horadar al gobierno de Cristina. A veces la actualidad suele velar lo previo y nos hace olvidar lo que sucedió entre marzo de 2008 –cuando estalló el conflicto con las patronales agrarias que encontraron en los medios de comunicación concentrados sus mejores aliados– y junio de 2009, cuando las elecciones de medio mandato expusieron la debilidad, en ese momento, del apoyo popular al Gobierno. Y, sin embargo, en cada uno de esos momentos extremadamente difíciles y complejos la respuesta del kirchnerismo, de Cristina y Néstor, fue no sólo no retroceder sino, con una contundencia innovadora en la vida política democrática, doblar la apuesta como respuesta a las presiones y a los chantajes de las corporaciones. Así se hizo después del voto no positivo del invisible Cobos que motivó, para sorpresa del poder, que Cristina no se replegara sino que, en una decisión desafiante y estratégicamente inobjetable, produjera un cambio estructural de la economía al reestatizar el sistema jubilatorio. La respuesta a la derrota de junio de 2009 fue la aprobación de la ley de servicios audiovisuales después de amplificar en todo el país un debate excepcional, la decisión de implementar la asignación universal que cambió el mapa de la pobreza y de la indigencia habilitando una transformación fundamental en la relación entre el Gobierno y esos sectores dañados hasta la médula por un sistema reproductor de injusticias, desigualdades y exclusiones que la implementación de la asignación vino en parte a reparar. Ese año terminó con el cambio de mando en el Banco Central que llevó a Mercedes Marcó del Pont a su presidencia eyectando al Golden Boy y redefiniendo lo que hasta ese momento había sido una supuesta matriz intocable respecto del uso de las reservas. 

Y qué decir del inolvidable 2010 que contuvo, en su interior, tanto como para ocupar la totalidad de un tiempo apasionante: desde los impresionantes y multitudinarios festejos del Bicentenario hasta ese acontecimiento parteaguas que fue la muerte sorpresiva de Néstor Kirchner, pasando previamente por la ley de matrimonio civil igualitario. Un año de intensidades extremas, de alegría y tristeza, que mostró hasta dónde había desplegado el kirchnerismo una profunda ofensiva contracultural que, a caballo de un proyecto capaz de ir generando cambios estructurales en la vida de los argentinos, le había logrado torcer el brazo a la hegemonía cultural ejercida por la corporación mediática. Cristina, en un sentido incluso más radical que Néstor, jugó a fondo la carta de la disputa por el relato. Ella estuvo en cada detalle y se hizo cargo de darle contenido político a esa disputa. 

El resultado electoral no es, entonces, y como intentó presentar el arco opositor junto con el “periodismo independiente”, la consecuencia unilateral de los altos índices de consumo y de la marcha exitosa de la economía. Es en parte eso y muchísimo más: la consolidación de una figura extraordinaria de la política como lo es Cristina, la presencia poderosa de Néstor Kirchner en lo más entrañable y profundo del sentimiento popular, la capacidad para salir a disputar sentido y relato de la mano de una decisiva reescritura de la historia nacional que se conjugó con la emergencia de actores cultural-políticos que le aportaron mucho al proceso de construcción del kirchnerismo, el desenmascaramiento de las estrategias engañosas de la corporación mediática, la puesta en evidencia de una oposición política famélica de ideas y cooptada hasta los huesos por la agenda armada por esos mismos medios, la audacia para enfrentar la crisis económica mundial, la política científica y de recuperación de la industria, la inversión inédita en educación, y tantas otras cosas que la autoceguera le impidió ver a una oposición que leyó un diario especialmente escrito para ella. 

Ahora se abre una nueva y compleja etapa cuyo eje, así lo ha dicho con elocuencia Cristina, será avanzar en la construcción de una sociedad más igualitaria. Ese es el desafío de los cuatro años que se abren, desafío que tendrá la impronta de quien sellara a fuego un nuevo tiempo argentino un día de mayo que, cuando la distancia lo permita, será recordado como un parteaguas de la historia. Entre el 23 y el 27 de octubre, y por esos caprichos del almanaque, en lo que va de una a otra fecha, la del triunfo y la del recuerdo, la del compromiso y la de la tristeza, se conjuga la pasión política que le abrazó el alma a Néstor Kirchner y la voluntad de seguir ese mandato guardado en la memoria popular y nacido en otro tiempo argentino por quien hoy, sola y acompañada por millones, seguirá su propio camino para consolidar lo que soñaron, siendo muy jóvenes, con su compañero de amor, vida e ideales.

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