lunes, 7 de noviembre de 2011

Percepción Por Alfredo Zaiat



La medida dispuesta por la AFIP para la fiscalización de la compraventa de divisas, sumada a la implementada días previos por el Banco Central de eliminación del privilegio de petroleras y mineras de mantener dólares de exportación en el exterior, intensificó el debate sobre el nivel del tipo de cambio. Desde hace bastante se ha instalado la polémica sobre la competitividad de la paridad cambiaria, con una amigable comunión entre economistas neoliberales y algunos heterodoxos. Los argumentos más enérgicos se refieren a que en los últimos años los precios de la economía han subido más que el del dólar. También afirman que los salarios han avanzado a un ritmo más acelerado, afectando los costos empresarios. Son aspectos que resulta interesante precisar para tener una perspectiva un poco más compleja que la poco rigurosa “percepción” de atraso. Ese estado de ánimo fue expresado en estos días de tensión en la city por no pocos economistas del establishment, que han asegurado sin ruborizarse que “la gente tiene la percepción de que el dólar es un bien barato”. Esta definición gaseosa encierra una presunción de superioridad de “la gente” argentina sobre “la gente” brasileña, por ejemplo. Porque si hay una economía donde el atraso cambiario es notable es la brasileña y, por lo tanto, el dólar sería lo más barato que cotiza en ese mercado. Pero en esa plaza no se han montado shows de miedos sobre la paridad cambiaria ni se han registrado corridas desesperadas para desprenderse de reales para comprar dólares, al margen de que existen muchas más restricciones para la adquisición de divisas de las que aquí se han establecido. La supuesta “racionalidad argentina” que difunden esos economistas sólo revela desprecio por saberes técnicos, preocupación por sus propias finanzas, puesto que algunos reciben financiamiento externo por sus trabajos, y defensa de intereses de grupos exportadores.
La “economía perceptiva” es la más reciente innovación de profesionales que no dan cuenta, ni se los interpela, sobre sus antecedentes en la gestión económica de gobiernos pasados, en el mercado financiero local o internacional ni sobre sus reiterados errores de diagnósticos y pronósticos de las principales variables. Uno de ellos, molesto porque lo categoricen como neoliberal, pero no como ex ejecutivo de la banca JP Morgan, ha reiterado, consciente de la ignorancia de sus interlocutores ocasionales, que una muestra del atraso cambiario es que ha desaparecido el superávit comercial, cuando no hay registro alguno de ese resultado. En septiembre, el saldo entre exportaciones e importaciones fue positivo en 1064 millones de dólares, pocos millones más que el mismo mes del año pasado, acumulado en nueve meses de este año 8162 millones apuntando a poco más de 10 mil millones el superávit comercial en 2011.
La conducta de ahorrar en dólares tiene motivos económicos, políticos y culturales, en una economía bimonetaria que aún arrastra la pesada mochila de un régimen de convertibilidad de diez años que profundizó sus rasgos de dolarización. Los motivos del incremento de la formación de activos externos de residentes locales, comúnmente denominada “fuga de capitales”, no se explican por “la percepción de un dólar barato”, comentario preferido de economistas de la city en los últimos días, anotándose el éxito de que gran parte de los medios lo repitan y amplifiquen. Otra forma de analizar la destacada propensión a la compra de dólares por parte de agentes económicos es la existencia de abultados excedentes de capital, obtenidos por un ciclo de crecimiento extraordinario que se extiende desde el 2003 a una tasa acumulativa promedio del 7,6 por ciento anual. O sea, no es que compran más dólares porque su precio “está barato”, sino porque contabilizan ganancias crecientes, parte no declarada. Es lo mismo que sucede con la evolución del mercado automotor, donde se venden más autos como nunca antes, o el de electrodomésticos que registra despachos record, o con el mayor flujo de viajes turísticos al exterior, o con el incremento del consumo de alimentos y bebidas, indumentaria, o con el aumento del gasto en restaurantes. El proceso dinámico de adquisición de esos bienes no es interpretado por esos “economistas perceptivos” por su precio “barato”. Por el contrario, afirman, en contradicción con sus propios postulados, que “la inflación no para de subir”. Entonces, la compra de dólares, equiparada al comportamiento del consumo de bienes y servicios, revela un sustancial incremento del poder adquisitivo como también de las utilidades de empresas, más que el atraso en su cotización. Quienes sugieren la existencia de un “dólar barato” y alientan una fuerte devaluación están proponiendo, en realidad, disminuir ese margen incremental de compra acumulado en los últimos años.
Más interesante sería analizar las razones que impulsan destinar gran parte de esos excedentes al atesoramiento de una moneda que está siendo cuestionada como unidad de referencia global. La pérdida de capacidad de compra del dólar a nivel internacional es una de las características más evidentes de la actual crisis económica de Estados Unidos. Pese a ello, el billete verde se mantiene como refugio preferido de ahorristas, pequeños y sofisticados. Muchos empresarios habrían perdido bastante dinero si hubieran seguido los consejos de economistas de la city a lo largo de los últimos años. En cambio, muchos ahorristas sí han perdido de ganar más con la inversión de sus capitales porque quedaron atrapados de la idea del dólar atrasado, postulado que no ha cesado de replicarse en estos años.
Si bien la tasa de interés en pesos se ubica por debajo de la evolución del índice de precios promedio, según la estimación de institutos de estadísticas provinciales, en términos de dólares ha ofrecido un rendimiento real del 4 al 6 por ciento anual. En comparación con la tasa cercana a cero que devengan depósitos en los mercados centrales resulta atractiva, aunque es más baja que la que se consigue en la plaza brasileña, por ejemplo. Ese particular comportamiento inversor no se explica apelando a la racionalidad financiera, que no se hace presente en el mercado argentino. La conveniencia entre dólar y tasa de interés en pesos o respecto de cualquier otra alternativa, como inmuebles urbanos, campos, acciones, títulos públicos, oro, bienes durables, encuentra al billete verde como la peor opción inversora de los últimos años. Esto sin considerar que es una moneda que se ha devaluado a nivel internacional y que su perspectiva no es alentadora como reserva de valor.
Aparecen por lo tanto otros factores que exceden el estricto análisis económico-financiero sobre las motivaciones de comprar dólares. La persistencia en el espacio público de la especulación sobre una futura devaluación y el debate sobre la competitividad de la economía consolidan la obsesión con el tipo de cambio, pese a que se aplicó en forma gradual un ajuste nominal de la paridad del 32 por ciento entre julio de 2008 y noviembre de 2010, cuando la mayoría de los países de la región estuvieron apreciando sus respectivas monedas. Algunos economistas están preocupados legítimamente por la competitividad de la economía, en especial de ciertas actividades de mano de obra intensiva exportadora o vulnerable a importaciones. Esos rubros requerirán de políticas específicas más que una devaluación general. Otros, en cambio, proponen un fuerte ajuste encubriendo que de esa manera proponen deprimir costos laborales en términos del dólar, lo que implica consolidar mayores márgenes de ganancias. Se trata de la receta tradicional del ajuste recesivo, que como enseña la experiencia reciente de la década del ‘80 y ‘90, implica crisis económica y debilitamiento del poder político, para subordinarlo así a los intereses del poder económico. Abandonar hoy la estrategia de un tipo de cambio administrado con pequeñas variaciones periódicas por otra que incorpore una fuerte devaluación significaría convocar al estallido del conflicto sociolaboral debido a la recuperación de la capacidad de organización de los trabajadores, además de sumar tensión inflacionaria y turbulencias financieras.
Aclaración a los lectores. No es un recurso periodístico ortodoxo, pero es necesaria la siguiente notificación: mi columna de opinión de la edición de mañana será una continuación del presente Panorama Económico, con el objetivo de brindar más información para el debate sobre la competitividad del tipo de cambio.

El barullo Por Eduardo Alivert


No es que nunca se vio, sino todo lo contrario. Pero la insistencia de chocar contra la misma piedra es digna de respeto.

Aunque ya venía amenazando poco antes de las elecciones, el clima de que "algo anda mal" no tardó ni un par de días en expandirse tras el 54 por ciento. El vehículo fue, es y será, cada vez que pueda o tenga que ser, el dólar como pasión argentina; como refugio hacia el cual escapar, o en el que guarecerse por si las moscas, según la convicción de sectores de una clase media que es la destinataria exclusiva del humor mediático. En la creación o amplificación de atmósferas conflictivas, importa tres pitos lo que ocurra con aquellos cuyo poder adquisitivo tiene nada que ver, en forma directa, con la cotización de la divisa estadounidense. En los grandes medios que motorizan expectativas desfavorables no existen ni la estabilidad del empleo, ni la asignación universal por hijo, ni el impacto de ésta en los índices de escolaridad, ni que precios crecientes no es igual a precios altos. Ni, menos que menos, los indicadores populares de que la política volvió a sentirse como algo que no discurre, necesariamente, por su sujeción a los agentes del poder económico. Esto no significa cargar culpas o responsabilidades decisorias en el papel de la prensa opositora; ni ignorar que en efecto hay dificultades en el flanco externo de la economía, por mucho que "problemas" y "algo anda mal" no sea la misma cosa. Es cierto que las importaciones crecen más que las exportaciones y que lo girado al exterior por las multinacionales se incrementó, porque también lo hicieron sus ganancias y por los requerimientos de sus casas matrices debido a la crisis financiera mundial. Es cierto que eso debe reubicar el alerta por el grado de extranjerización de la economía argentina. Y es cierto que el gobierno argentino, como lo explica Enrique Martínez en un análisis de circulación electrónica, cometió un error. "Reglamentar la compra de dólares, aun en muy pequeña cantidad (...), avivó fantasmas del pasado sin necesidad y, rápidamente, fue aprovechado por quienes quieren sabotear esta política con una intención muy clara: conseguir que Argentina tome deuda externa nuevamente, y reinicie la rueda perversa que ya sabemos a dónde conduce (...) Un error que en política no es admisible: tomar una decisión sin prever qué hará el adversario sobre ella. La prensa hostil, más varios operadores cambiarios, reaccionaron con agilidad y sembraron el temor, porque en ese burbujeo es donde más ganan." Basta citar alguna cifra, como la que habla de que los exportadores sojeros, desde hace alrededor de dos semanas, liquidan un 40 por ciento menos de lo que les corresponde impositivamente. Y también es cierto, como especifica el titular del INTI, que debe diferenciarse a quien guardó o guarda dólares en el colchón de quien busca colocarlos en un banco del exterior, usualmente por una vía irregular. "Cierta prensa malintencionada llama a ambas cosas 'fuga de capital', cuando en rigor sólo la segunda lo es. La primera forma de ahorro les quita recursos a los bancos, pero eso es mucho menos grave que llevarse el dinero fuera del país."
En línea análoga con esos manipuleos mediáticos, el recorte en los subsidios del Estado a las empresas de servicios públicos, como a compañías financieras y de seguros, juegos de azar, puertos y aeropuertos, etcétera, fue presentado cual demostración del estrangulamiento que atravesarían las arcas fiscales. La impertérrita gata Flora sale a escena una vez más, tras su insistencia de hace tiempo con lo imperioso de que el Gobierno recorte ese tipo de beneficios. Ahora que lo hace, por las cuentas requirentes de ajuste pero en un marco que puede impedir su traslado a las porciones sociales más desprotegidas, resulta que es símbolo de soga casi al cuello.
En sentido más universal acerca de las andanzas discursivas de la derecha, no sólo en plano periodístico, en Página/12 del martes pasado hay una excelente entrevista del colega Javier Lewkowicz a Pablo Bortz, economista argentino de la Universidad Tecnológica de Delft, Holanda. La nota merece ser leída en su totalidad porque, tanto desde la sencillez explicativa como por los datos y conclusiones que brinda Bortz, echa muy buena luz estructural sobre la presunta insensatez del "rescate" que la Unión Europea le (se) propone para la caldera griega. Pero el remate, sobre todo, es neurálgico. A la pregunta de qué efecto produce a nivel político la crisis económica, Bortz señala que "los partidos de ultraderecha, que luego de la Segunda Guerra Mundial no tenían gran relevancia, ahora han crecido en muchos distritos hasta ser, casi, opción de gobierno (...) La derecha hizo (...) un discurso muy inteligente. Si en Argentina apela a 'Doña Rosa' (bueno, podría decirse que apelaba), en Holanda inventaron a 'Hank y Greta', una pareja cincuentona que 'paga impuestos para que en las universidades estudien vagos y los extranjeros les quiten el trabajo a los nativos' (...) Dicen que Grecia es el ejemplo de descontrol fiscal, se quejan de 'los vagos griegos', pero Grecia no paga en pensiones, como porcentaje del PBI, más que Alemania o Austria. En cambio, los griegos trabajan un 40 por ciento más, en horas, que los alemanes y los holandeses". Y entonces sigue el apunte que, como bien dice Bortz, nadie menciona. "Grecia tiene un importante gasto militar, (...) por el conflicto con Turquía por Chipre. Y no por casualidad, sus principales proveedores de armas son Alemania y Francia. De hecho, (...) hubo un rescate de 100 mil millones de euros, condicionado a que Grecia compre 20 mil millones en armas."
¿Esto vendría a ser el "anarco-capitalismo financiero"? No, esto es capitalismo en el más puro de sus estados. El periodista podría observar, acerca de eso, un matiz de diferencia con el discurso impactante que dio la presidenta argentina esta semana, en Francia, durante la cumbre de los desarrollados más los emergentes. Vale reparar, como marcaje excedente de la nota de color, que volvió a prescindir de hasta un mero ayudamemoria como sostén de su oratoria excepcional: imaginemos, por un segundo, que delante de esa crema de presidentes y primeros ministros hubiera tenido que exponer cualquiera de los espectros de nuestra oposición. Fuera de eso, Cristina ratificó su confianza en el sistema, aludiendo a la necesidad de un capitalismo más serio que, en vez de controlar a los países a ver cómo ajustan, regule a los que verdaderamente deben regularse. Obama y Sarkozy se rindieron mediáticamente a los pies de esta jefa de Estado que les chanta en la cara cuánto están equivocándose, pero asoma alguna dosis de ingenuidad --de cínica brillantez, es probable-- en la pretensión de que se corrijan. La mirada o demanda del suscripto es un tanto rebuscada, políticamente hablando, porque la correlación de fuerzas internacional es la que es. Debería bastar con que Cristina llegó hasta el límite de correrlos por izquierda. Pero si pasamos a lo ideológico, estaría claro que el capitalismo ya no tiene respuestas de justicia social y que se impone una instancia superadora. Un foro como el G-20 no da para decir eso, con toda seguridad. Jamás debe perderse de vista la distancia abismal entre la responsabilidad de un líder político y las facilidades de un comentarista. Y por lo pronto, se advierte en el discurso presidencial la idea subyacente de que, así como están, no van a ninguna parte que no sea horrible para la mayoría y las mayorías de los pueblos. Cristina es lo más a la izquierda que haya surgido de mucho tiempo a esta parte, en este país y en el subcontinente, desde una concepción de estadista respetada. Y encabeza aquí la única herramienta política que, hoy por hoy, es capaz de consolidar un rumbo de reparación para esas grandes mayorías, sin que eso quiera decir más que eso.
A la hora de fijarse o alarmarse por el barullo con la compra autorizada de dólares, sin ir más lejos, es mejor tenerlo en cuenta porque a la película de joder con la economía y la desconfianza de la clase media, a falta de opciones políticas de derecha que tengan votos, también ya la vimos.