lunes, 28 de noviembre de 2011

LEÓN GIECO - EL ÁNGEL DE LA BICICLETA

de Luis Gurevich y León Gieco - Homenaje a Claudio Lepratti (Pocho).

Cambiamos ojos por cielo
sus palabras tan dulces, tan claras
cambiamos por truenos.

Sacamos cuerpo, pusimos alas
y ahora vemos una bicicleta alada que viaja
por las esquinas del barrio, por calles
por las paredes de baños y cárceles.
¡Bajen las armas
que aquí solo hay pibes comiendo!

Cambiamos fe por lágrimas
con qué libro se educó esta bestia
con saña y sin alma
Dejamos ir a un ángel
y nos queda esta mierda
que nos mata sin importarle
de dónde venimos, qué hacemos, qué pensamos
si somos obreros, curas o médicos.
¡Bajen las armas
que aquí solo hay pibes comiendo!

Cambiamos buenas por malas
y al ángel de la bicicleta lo hicimos de lata.
Felicidad por llanto
ni la vida ni la muerte se rinden
con sus cunas y sus cruces.

Voy a cubrir tu lucha más que con flores
Voy a cuidar de tu bondad más que con plegarias.
¡Bajen las armas
que aquí solo hay pibes comiendo!

Cambiamos ojos por cielo
sus palabras tan dulces, tan claras
cambiamos por truenos
.
Sacamos cuerpo, pusimos alas
y ahora vemos una bicicleta alada que viaja
por las esquinas del barrio, por calles
por las paredes de baños y cárceles.
¡Bajen las armas
que aquí solo hay pibes comiendo!



Entradas y salidas Por Eduardo Aliverti



El viejo y nunca bien ponderado “dime de qué se habla y te diré qué se oculta” anda de esplendor por la Argentina política de estos días. Más específico, habría que citar al país mediático. Y si acaso –y con razón– se piensa al refranero de ese tipo como de vigencia eterna, apuntemos de todas maneras lo relativamente asombroso del vértigo que, al respecto, se observa en la coyuntura.
A la salida del 23 de octubre, aunque el trompazo ya efectivo fue el 14 de agosto, se redujeron notablemente los espacios para atacar al Gobierno mediante construcciones de prensa de gran monta. Fracasó todo lo que se suponía susceptible de pegar en la sensibilidad de vastos sectores medios de las grandes urbes. La debilidad de Cristina muerto el esposo; su incierta muñeca para timonear a la mafia de devaluados barones del conurbano bonaerense; la ausencia del piloto económico que ejercían Kirchner y su libretita diaria, con el imperativo de que hubiera un ministro preponderante en el área; las guarangadas de Guillermo Moreno; la fantochada del Indek; la prensa corporativa que se victimizó, cual si rigiera una dictadura que extrañan; el capitalismo de amigotes; la imagen esparcida de corrupción generalizada, no dieron resultado. Sea porque el todo o las porciones de esa estigmatización eran o son falsas, o fuere por la evidencia de que estaban y están al servicio de perforar al oficialismo sin otra pretensión que proteger negocios, la gente votó a Cristina y a lo que representa en forma demoledora. Ya habían quedado muy atrás las alucinaciones despertadas por la victoria macrista en Capital, con títulos y semblanzas que hablaban del kirchnerismo hundido. Pero esperaron no más que un par de días. El 54 por ciento sólo provocó inquina contra la fragmentación de las candidaturas anti K, que para los medios periodísticos opositores apenas consistió en eso y no en la ausencia completa de propuestas alternativas serias. Tampoco se detuvieron mucho que digamos en ese factor: enseguida hablaron de que producido el voto político faltaba saber cuál sería el económico. Un colega llegó a decirlo de modo literal.
Primero con las andanzas del tipo de cambio, se otorgaron el lujo de indicarle lo que debía hacer a una gestión recién reelecta por mayoría abrumadora. Fue con lo que más tiraron pero, tras las correcciones operativas del Gobierno, se quebraron. Después ingresó el serrucho a los subsidios estatales de servicios públicos y se vieron en figurillas para ponerse en contra de lo que reclaman hace años. Concluida, parcialmente, esa terapéutica que también naufraga, arrecian con Aerolíneas. Un primer dato es que muy bien no les va, si tienen que recurrir a un aspecto del funcionamiento estatal ajeno al interés de las mayorías. Quienes viajan en avión son un alfeñique numérico visto a gran escala social, y que los medios se emperren en demostrar lo contrario es otra cosa. El periodista no conoce demasiado del negocio aeronáutico; y lo que conoce no amerita para meterse en el escruto de si Mariano Recalde y compañía son el desastre administrativo que acusa la oposición. Pero lo más importante: uno ya tiene años y largos conocimientos acerca de las operaciones mediáticas. No mucho más de lo que está al alcance de cualquiera que sepa leer entrelíneas. Denigrar a la empresa aeronáutica del Estado no se relaciona con la presunta impericia de quienes la gestionan, sino con la necesidad de que retorne el fantasma de un Estado bobo, paquidérmico e incapaz de gestionar nada.
Sale el 54 por ciento, entra la cotización del dólar. Sale el dólar, entra el recorte a los subsidios. Salen los subsidios, entra el desmanejo en Aerolíneas Argentinas. Sale Aerolíneas... No es necesariamente fácil acertarle a lo próximo de la inmediatez mediática. A su urgencia por mostrar un país con complicaciones entre serias y graves, a falta de que algo, lo que sea, permita agujerear desde una oposición capaz de insistir con sus papelones y carencias. La convención radical. El estallido al parecer último de la Coalición Cívica, con expulsión de la tránsfuga permanente más Carrió de misa y banquete para conmemorar los diez años de la fuerza que destruyó y ahora, dicen, dedicada a armar un movimiento social extrapartidario. Binner guardado en lo que no sabe si serán gateras. Duhalde recluido en su quinta de San Vicente, con el dolor de haber sido y la convicción de que no volverá a ser jamás. Les queda Macri, pero por lo pronto el intendente porteño reposa en que su delfín Angelici gane las elecciones de Boca; en convencer sobre que el gobierno nacional le tira de golpe y porrazo la administración de los subtes, asistiéndole en eso alguna cuota de razonabilidad; en seguir gozando de la protección periodística que agiganta el golpe tarifario a la clase media y relega los aumentos de hasta el 300 por ciento en la tasa porteña de alumbrado, barrido y limpieza. No da para sorprenderse. Los medios de la hegemonía depreciada ya venían de ocultar a troche y moche que Macri es un procesado.
¿Qué debe esperarse, entonces, de la prensa angustiada por su necesidad de angustiar? Nada de aquello por lo que el kirchnerismo merece ser mejor interpelado. El asesinato de un militante del Mocase a manos de sicarios sojeros, sumando a una lista salvaje de aprietes e impunidad; lo que se denomina “criminalización de la protesta social”, que en buena medida es así apenas se aprecia la cantidad de gente judicializada por su lucha a favor de los desprotegidos, son mierdas de las que el Gobierno debe hacerse cargo a diferentes niveles. En algunos casos, marcando la responsabilidad de las gestiones provinciales (Formosa y Santiago del Estero a la cabeza, o en el podio). En otros, al menos, reconociendo esa problemática con el mismo fervor que se le escucha a la Presidenta cuando habla de las aristocracias gremiales, empresarias y sectoriales, boicoteadoras del país. Pero claro: el sufrimiento de indios y campesinos no da rating en la escala de horadación mediática. En todo caso paga mejor la discriminación de género, si es por las apetencias discursivo-culposas de una clase media a la que los lobos de la prensa opositora deben satisfacer con estrujes gorilas de impacto instantáneo. Así que, si es por pronosticar cómo habrán de gastárselas en lo inmediato, puede ser cómo hará Cristina para controlar a Moyano. Se recomienda en torno de eso la lectura del artículo firmado por Lucrecia Bullrich, en La Nación del viernes pasado. En realidad basta con el ingenio del título, de cuya semántica es probable que no se hayan percatado. “Cristina vs. Moyano: la guerra que (siempre) recién empieza.” El entre paréntesis del adverbio connota que esa contienda terrible entre la Presidenta y la CGT, o los sindicatos globalmente expresados, es algo de lo que se departe hace mucho tiempo sin que termine de concretarse jamás, aunque sea cierto que las relaciones del camionero con Casa Rosada atraviesan su peor momento. Podrá ser que continúen intimando con eso. O con algún otro episodio de “inseguridad”, que siempre pagan bien. O con las cifras del déficit fiscal y el superávit comercial, como para ver si las reservas aguantarán contra su certeza de que aguantan de sobra. O con hacerlo girar a Adrián Suar alrededor su propio eje, para contar lo bueno que es Magnetto, en los medios del grupo.
Valga Perogrullo, se puede estar seguro de que algo habrán de inventar u operar, semana a semana y hasta día por día. La clave no es acertarle a cuál cosa habrá de ser, sino saber que la cosa pasa por ahí. Una de las grandes cosas, por lo menos.

“Desaparecido reaparecido, ése fue mi paso por el infierno” Por Nora Veiras


Mario Villani, el sobreviviente que quizás haya estado más tiempo preso en los campos clandestinos.
Mario Villani sobrevivió porque arreglaba lo que robaban en los secuestros. Lo obligaron a reparar la picana y la modificó con menos carga eléctrica. El cautiverio más largo en los campos clandestinos de la dictadura.

“Soy un desaparecido, un sobreviviente, o si se quiere un desaparecido reaparecido. Este es el relato de mi paso por el infierno.” Así se presenta Mario Villani en Desaparecido. Memorias de un cautiverio. El libro escrito junto a Fernando Reati es mucho más que un testimonio, es una despiadada y lúcida reflexión sobre el dilema de la vida en cinco centros clandestinos de detención. A lo largo de cuarenta y cuatro meses pasó por el Club Atlético, El Banco, El Olimpo, el Pozo de Quilmes y la ESMA. “Maldito si lo haces, maldito si no lo haces”, repite este físico que a los 72 años desmenuza sin pudor qué significa “colaborar”, cuál es el límite que cada uno le pudo poner a esa convivencia con el terror. “En mí vieron la posibilidad de utilizarme, de reparar lo que les robaban a los secuestrados, me tuvieron trabajando de bricoleur”, dice con una ironía elaborada durante años de pensar en la complejidad de la condición humana de torturadores y torturados.
Villani contó ante tribunales de Argentina, Francia, Italia, España cómo después de negarse a reparar la picana eléctrica de Antonio Del Cerro, alias “Colores”, un torturador que se ufanaba de su arte en la aplicación de tormentos, aceptó hacerlo. Le disminuyó la descarga. Durante una semana había escuchado los gritos de compañeros sometidos a la corriente directa. Los paros cardíacos se repetían, las muertes también. En Desaparecido, Villani y Reati, recuerdan esta y otras historias.
–¿Cómo jugaba la inexistencia de fronteras entre represores y secuestrados en los centros clandestinos?
–Eso fue determinante para todo. Estábamos inmersos en el espacio del represor. No existía la posibilidad de discutir entre nosotros, de analizar entre nosotros lo que nos estaba pasando, de apoyarnos: estábamos siempre mezclados con los torturadores. Ese borrado de fronteras, además, es unilateral: la libertad que el preso tiene a pesar de estar preso que es el momento de privacidad en la cárcel, nosotros no lo teníamos. Había torturadores como El Turco Julián, por ejemplo, que se quedaban a dormir.
–Usted estuvo casi cuatro años secuestrado.
–Estuve en cinco campos: desde noviembre del ’77 a agosto del ’81. He sido uno de los que más estuvieron. No es común que haya gente que haya estado tanto tiempo y en tantos campos. Supongo que debe haber influido el hecho de que a mí me usaron para reparar equipos de electrónica, electrodomésticos, que además eran cosas que se robaban y tenían que ponerlos en condiciones para llevárselos a sus casas o para venderlos.
–Es increíble cuando usted les pide herramientas y le traen la mesa de trabajo que había diseñado y tenía en su casa.
–A mí me habían secuestrado el 17 de noviembre del ’77 y eso me lo trajeron alrededor de marzo-abril del ’78, es decir que en algún lado lo tenían.
–En el libro estremece la reflexión sobre el significado de colaborar en un campo clandestino. ¿Qué significa colaborar, cuál es el límite?
–Me resultó difícil procesar eso. Todo es colaboración: que te vean vivo ya es una colaboración, aunque uno simplemente respire delante de otro. El otro recién secuestrado ve que uno está vivo y piensa a lo mejor “yo me salvo también”, es una forma de controlarlo mejor, es involuntaria e inconsciente, no es una colaboración deliberada, pero los tipos utilizaban ese mecanismo. De ahí para adelante hay un montón de escalones de colaboración. Yo colaboré. Colaboré reparando. No colaboré torturando, no colaboré interrogando, no colaboré entregando gente. Pero, por ejemplo, secuestraron a uno de mis mejores amigos, en una cita conmigo.
–¿Cuénteme cómo fue?
–A Gorfinkiel lo secuestran a pesar de los esfuerzos que yo había hecho. Yo tenía una cita agendada codificada para el mismo día en que me secuestraron, no dije nada, me callé la boca y se dieron cuenta al siguiente, me volvieron a torturar. Supongo que debo haber admitido que sí porque total había pasado la cita. Además teníamos un convenio los que estábamos en el mismo ámbito: normalmente usábamos un número de teléfono alquilado para pasarnos mensajes. La única forma de comunicarnos era a través de lo que llamábamos buzones, pero sospechábamos que ese teléfono estaba pinchado, entonces decidimos conservar ese buzón para pasar mensajes de alarma: si un mensaje llegaba a ese buzón había que desconocerlo y pensar “se pudrió todo”. Cuando me ordenaron llamar, pensé: “Esta es la mía” y dejé un mensaje ahí porque era el que usábamos como alarma, yo lo llamo a ese buzón y le dejo una cita... Y Jorge fue... No tendría que haber ido. Poco después, yo repartiendo la comida en el campo, le llevo la comida a la celda y se pone a llorar y me pide disculpas por no haber cumplido con la consigna. Ahí nos pusimos a llorar los dos. Yo le dije: “Pero escuchame, soy yo el que te entregó”.
–Usted cuenta que paradójicamente al ser secuestrados sentían cierto alivio por no seguir siendo perseguidos.
–Además del alivio de no estar perseguido se sumaba el hecho de que yo, por lo menos, no tenía la certeza de que me iban a matar: pensaba que por ahí me salvaba. Pensaba “se acabó, no corro más”. Fue pasando el tiempo y llegué a convencerme de que estábamos todos condenados a muerte. El alivio se terminó, continuó en el sentido que no seguía la pelea, no tenía que seguir escapando, pero estaba condenado.
–A pesar de todo su objetivo era sobrevivir un día más, renovar la esperanza a pesar del horror en que vivía...
–Es agotador pero a mí me resultó imprescindible. No me podía permitir hacer planes de futuro, no me podía permitir lamentarme y decir si salgo en libertad, me voy al exterior, no milito más o milito más. Me di cuenta de que si hacía eso no estaba prestando atención al aquí-ahora y era imprescindible que estuviera siempre atento, si no podía ligármela en cualquier momento. El único plan que me permitía hacer era llegar vivo al día siguiente.
–Usted reflexiona sobre la dificultad de armonizar la necesidad de afecto con la desconfianza sobre todo. ¿Cómo se resolvía ese dilema?
–La vida en un campo de concentración es una vida esencialmente dilemática. Continuamente estás frente a situaciones de “Maldito si lo haces” y “Maldito si no lo haces”. A mí me sirvió el olfato, como línea general sabía que tenía que desconfiar pero no se puede vivir desconfiando. Llega un momento que uno lo siente por la piel, a veces te equivocás pero es el riesgo que corrés. Largabas alguna opinión pero no todas, con otro te abrías totalmente. Eso viene mezclado con la cuestión afectiva que es muy importante, que no es solamente formar pareja, lo afectivo se puede reducir a una mirada, un roce, los pequeños toques de contenido afectivo son básicos en un marco como ése. Para mí, la situación más importante fue con Juanita... (N de R: Juana Armelín, una chica que había militado en el Partido Marxista Leninista de La Plata que entabló una relación con Villani que el represor Samuel Miara, alias “Cobani”, detectó y usó para humillarlos hasta que la hizo desaparecer).
–El caso que muestra la perversión de Cobani.
–A Cobani lo tengo acá (se señala entre ceja y ceja). Yo no tengo odio, tengo bronca, pienso que hay que condenarlos. Pienso que si bien yo en mi interior los condeno, no soy quién para condenar a nadie, será un juez o la Justicia, pero con Cobani no puedo ser tan objetivo. Por suerte después conocí a los hijos de Juanita, nos hicimos amigos y a través de esa relación por lo menos les pude contar.
–¿Cómo superó el saber que hubo secuestrados que colaboraron al punto de torturar a sus compañeros?
–Es una tortura más para el conjunto: para los prisioneros que ven que hay ex compañeros que se dieron vuelta, no saben si ellos no pueden llegar a caer en la misma. Antes creían que eran puros y resulta que terminaron así, en el fondo implica que nadie está a salvo de eso. Por otro lado, no es lo mismo que te torture un torturador que un ex compañero, pero además esa tortura no es sólo para el que está siendo torturado sino que el que tortura está sufriendo una tortura aunque no tenga conciencia de ello.
–Ni siquiera esa degradación extrema les garantizaba la vida, no implicaba un salvoconducto.
–No fue una garantía. En general fueron bastante despreciados, los usaban porque eran útiles, salvo algunos que terminaron pasándose con armas y bagajes para el otro lado. En general los usaban y los tiraban, eran forros.
–Usted cuenta el caso de un hijo de un secuestrado-torturador al que no dejan entrar a la agrupación Hijos.
–Eso es muy duro: qué culpa tiene el hijo de lo que hizo el padre. Son situaciones muy complejas, el ser humano es complejo, no es lineal. Esos hijos que no lo dejaron entrar estaban viendo un retoño del que torturó a sus padres y de un traidor. No se trata de justificar o no, hay que tratar de entender.
–Usted dice que le sirvió comprender que eran seres humanos los torturadores.
–Hitler era un ser humano. Me sirvió para manejarme con ellos. El relato ése del torturador que me torturaba y le dije: “No te entiendo”, me abrió los ojos. Cuando le dije que a él lo estaban usando, me dijo hijo de puta pero paró de torturarme. Otra cosa, todavía hoy tengo que pelear contra una parte de mí que se pasa de rosca pensando “a estos hijos de puta los quiero reventar” porque en ese caso yo no me diferencio de ellos. Yo no soy como ellos y eso lo tengo que defender a muerte. Esa lucha que fue dentro de los campos, sigue hoy. Que ellos me vieran a mí como una cucaracha, como un ser despreciable, primero es su visión maniquea del mundo. Si yo tengo esa misma visión, soy igual que ellos.
–¿Cómo vive el desenlace de los juicios a los represores: como una reparación, como una tarea cumplida?
–Está la parte racional, lo vivo como reparación, como decir gané –no sé si decir gané porque no creo estar libre del todo como no creo que vos lo estés tampoco–. Logré sí hacer algo que intentaron impedir que hiciera. Por otro lado hay una cosa que me gratifica: no soy yo solo, es una sociedad que va cambiando. Todavía hay quien dice por algo será, que deberían haber matado a todos. Son procesos largos, complejos y contradictorios: como suma me parece que van en la dirección correcta. Estas condenas son un fruto de muchos años de lucha de mucha gente, y son un fruto también de la maduración interior de la sociedad.
–El compromiso de dar testimonio, ¿puede implicar que ese horror no se repita?
–Lo que hago está dirigido a que eso pase, pero no es indefectible que pase. Pienso que no hay que bajar los brazos. Hay que estar atentos siempre porque las fuerzas que hicieron producir esto están presentes en todo el mundo. Los que tienen en sus manos el poder se defienden con uñas y dientes: mientras les sirva hacerlo con métodos civilizados lo harán, pero si no recurrirán a cualquier método.

Sobrevivir para contarlo Por Mario Wainfeld



Dilemáticas, todas, son las decisiones de la víctima en el campo de concentración. Enigmas prácticos y éticos, sin respuesta satisfactoria: “maldito si lo haces y maldito si no lo haces”. Así lo cifra Mario Villani, quien lo supo durante años y, tras una profunda elaboración, lo relata. Lo más saliente del libro Desaparecido, Historia de un cautiverio (ver nota central) es el logrado afán de comprender, de evitar los juicios maniqueos, de transitar las “zonas grises”. Hay decenas de ejemplos en Desaparecido... todos en situaciones límite, por decirlo de algún modo. Tomemos una, acaso no la más terrible. Villani cuenta cómo vivió la final del Mundial de Fútbol, junto a sus carceleros: “Estábamos gritando goles sin saber si nuestro nombre ya estaba en una lista para morir (...) era la culminación de lo que yo llamo el doble mensaje enloquecedor de los sitios clandestinos de detención, un mensaje también instalado en la sociedad, afuera de los campos”. Villani no se extasía, no endilga culpas, casi no repara en su individualidad. “De ahí que me sea tan difícil hoy reflexionar sobre lo que significó aquella situación en el Mundial y entender o condenar la actitud de los secuestrados que celebraban un gol en el campo y la de las personas que lo hacían afuera, estando en libertad. No recuerdo con certeza si yo mismo no grité los goles en el campo y me puse contento, tal vez lo hice”. Más adelante añade: “Tampoco las personas que estaban en los estadios eran libres. El país entero era una extensión del campo de concentración”. Villani predica con el ejemplo: lo importante es entender, no juzgar.
Lejos del estigma, del simplismo, de las divisiones binarias, Villani se obstinó primero por sobrevivir, después por contar y testimoniar, tanto como por darle un sentido a su experiencia. Cualquier adjetivo es banal referido a las circunstancias que atravesó, también suenan huecos para describir a su libro. Recomendarlo a los lectores de este diario es lo más directo, lo más cercano a un mensaje que uno encuentra.
La saga de los sobrevivientes fue tremenda, en muchos casos prolongando el calvario mediante castigos de prójimos cercanos o lejanos y hasta con alguno autoinflingido. La culpa por haber quedado vivo, la sospecha, aun entre sus compañeros, cuando “reaparecieron”, los miedos perdurables, la defraudación de los gobiernos democráticos. Tomó tiempo que sus voces fueran escuchadas, que su relato fuera atendido. Muchas defecciones políticas tiraron al tiesto sus testimonios ante la Justicia, durante demasiados años. Progresivamente, sin embargo, su palabra sirvió para que se conocieran y comprendieran los campos de detención, la dictadura, la sociedad toda, como en el ejemplo del Mundial. También, en la determinante esfera judicial, para identificar a los represores. La sentencia en la megacausa de la ESMA consagra un gran momento de esas trayectorias. Lilia Ferreyra, la noble y profunda compañera de Rodolfo Walsh, lo destacó ese mismo día. Y, con todo, si no se hubiera llegado a ese punto, de cualquier forma el aporte a la democracia de los sobrevivientes sería fenomenal.
Villani es un tipo flaco, preciso en el hablar, dotado de un humor lacónico. Un observador notable. Ha leído a Primo Levi, también el indispensable libro de otra sobreviviente, Pilar Calveiro: Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina. Pretencioso (tal vez ocioso) y superior a las competencias de este cronista es hacer un ranking, el libro de Villani y Fernando Reati honra a esos precedentes, los continúa, los enriquece.
Calveiro escribió: “(...) toda defensa de la propia memoria contra el reformateo del campo, toda burla, todo engaño fueron formas de resistencia a su poder. Tratar de sobrevivir sin ‘entregarse’, sin dejarse arrasar era ya un primer acto de resistencia que se oponía al mecanismo arrasador y succionador”. Y agrega que una obsesión de los sobrevivientes era que “alguien debía salir con vida, alguien debía sobrevivir para contar y testimoniar”. Villani se consagró a esa misión: fatigó tribunales en nuestro país y en Europa, concibió un mensaje que debe ser escuchado y divulgado.
Azares de la vida hicieron que Villani conociera a Reati, preso de la dictadura él, en Estados Unidos. Redactaron este libro a cuatro manos, puliendo entrevistas de Reati a Villani, pasándolas a un relato en primera persona. Reati define el valor del testimonio, se vale de un aparente oxímoron: “deberíamos hablar de ‘verdad subjetiva’ porque se trata de la subjetividad de un individuo de carne y hueso que alude a una verdad histórica de la que fue testigo directo”. Y redondea, inmejorable: “El hecho de haber estado en los campos no le concede necesariamente mayor validez a la interpretación de Villani (...) es su elaboración posterior, a lo largo de años, lo que le presta valor”.
Conocí personalmente a los dos autores en una entrevista radial que les hicimos, junto a la colega Nora Veiras. Les agradecí su libro, su humanismo y comprensión, la grandeza de su verdad subjetiva. Vuelvo a hacerlo acá.

Leon-Gieco -Lerner-Cordera-Calamaro & otros -Marcha de la Bronca-

Bronca cuando ríen satisfechos al haber comprado sus derechos
bronca cuando se hacen moralistas y entran a correr a los artistas
bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía
bronca de la brava, de la mía, bronca que se puede recitar...

para los que toman lo que es nuestro, con el guante de disimular,
para el que maneja los piolines de la marioneta universal...
para el que ha marcado las barajas y recibe siempre la mejor
con el as de espada nos domina, y con el de bastos entra a dar, y dar...

marcha... un , dos... no puedo ver tanta mentira organizada
sin responder... con voz ronca... mi bronca... mi bronca...

Bronca porque matan con descaro, pero nunca nada queda claro,
bronca porque roba el asaltante, pero también roba el gobernante...
bronca porque está prohibido todo, hasta lo que haré de cualquier modo,
bronca porque no se paga fianza, si nos encarcelan la esperanza...

bronca... bronca.... bronca...

Los que mandan tienen a este mundo repodrido y dividido en dos...
culpa de su afán de conquistarte por la fuerza o por la explotación...
bronca que me da cuando pretenden que me corte el pelo sin explicación
es mejor tener el pelo libre, que la libertad con fijador...

Marcha... un, dos... no puedo ver tanta mentira organizada
sin responder... con voz ronca... mi bronca... mi bronca...

Bronca sin fusiles y sin bombas, bronca con los dos dedos en V,
Bronca que también es esperanza, Marcha de la bronca y de la fe...