miércoles, 30 de noviembre de 2011

Rafael Correa afirmó que Ecuador tiene muchas expectativas con la CELAC

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Quito, 30 nov (PL).- El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, reiteró que su país acudirá este viernes y sábado a la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) con muchas expectativas y la aspiración de que sustituya a la OEA
En conversación con periodistas, Correa cuestionó la estructura misma de la OEA, la cual dijo tiene un peso muy importante de los Estados Unidos e históricamente ha servido para defender los intereses de ese país.
Esa organización históricamente sirvió para defender los intereses de Washington, enfatizó al recordar que a Cuba la expulsaron por su Revolución, pero con Chile no hicieron lo mismo con la dictadura de Pinochet.
En la guerra de las Malvinas, agregó, debió acabarse la OEA porque se violó el Tratado Interamericano de Protección Reciproca cuando Estados Unidos no apoyó a uno de sus países miembro, Argentina, sino a uno extra regional, fustigó al referirse a la presencia colonial de Gran Bretaña.
Manifestó que como latinoamericano le molesta, por ejemplo, tener que ir a discutir el tema de Honduras en Washington.
Asimismo refutó que organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, que nació con el Pacto de San José en 1969 para defender a ciudadanos contra las dictaduras, ahora defiendan a los grupos que apoyan esos regímenes.
Destacó el contrasentido de que lleven a Ecuador a Washington porque ha enjuiciado a los poderosos, en referencia a la remisión a ese foro de su juicio por injurias contra los autores del libro El Gran Hermano, donde afirman conocía contratos de su hermano con el Estado.
Quieren estar por encima del bien y del mal, es decir de la justicia, y que nadie les pueda decir nada para seguir injuriando, insultando o sometiendo Gobiernos, expresó, y recalcó ha llegado el momento de decir ÂíBasta!, de tener que ir a discutir estas cosas en Washington.
Subrayó su convicción de que se requiere un cambio profundo en el sistema interamericano y que básicamente sea latinoamericano, porque es claro el poder gravitante de Estados Unidos, puntualizó.

Osvaldo Bayer, hoy más que nunca

Por: 
Eduardo Anguita

Próximo a cumplir 85, está rodeado de sus archivos y añora a Marlies –su esposa y madre de sus cuatro hijos– que está en Alemania con un tratamiento de diálisis que le impide acompañar a Osvaldo a Buenos Aires.

El gran narrador de las luchas obreras patagónicas, el implacable periodista y el riguroso historiador, las tres personas distintas son un solo hombre verdadero: Osvaldo Bayer. Y hoy, martes 29, tendrá un reconocido homenaje en la Casa de la provincia de Buenos Aires, Callao 237, a pocos metros del Congreso de la Nación. El acto será a las 18:30 y hablarán el historiador y ministro de Educación bonaerense, Mario Oporto, el politólogo y vicepresidente del Banco Provincia, Gustavo Marangoni, y quien escribe estas líneas, que tuvo el inmenso placer de acompañar a Bayer, junto con Emiliano Costa y un equipo, hace cinco años, por los mismos escenarios donde se produjeron las luchas de los peones rurales en Santa Cruz durante el año 1920 y hasta principios de 1922. De esa recorrida surgió el film La vuelta de Osvaldo Bayer, del cual se proyectarán algunas secuencias. Aquello fue pensado como un regalo para el cumpleaños 80 de Bayer.
Esta vez, el encuentro tendrá dos puntos centrales. El primero es que, en pocos días, se cumplirán 90 años de los fusilamientos masivos de peones en la estancia La Anita, propiedad de la familia Braun, entonces y ahora, a cargo de tropas del Ejército comandadas por el entonces coronel Héctor Benigno Varela. Es curioso, el padre del fusilador lo bautizó Benigno para que nadie lo confundiera con el caudillo federal Felipe Varela, al que consideraba el Maligno. El segundo motivo es respaldar a Bayer ante el insólito juicio que le iniciaron. El domingo 3 de septiembre, con la ironía que lo caracteriza, Bayer iniciaba un artículo así: “No me puedo quejar. Hay que tener suerte. Los Martínez de Hoz me han iniciado juicio. Eso no le pasa a cualquiera. Ahora sí que me siento un elegido por el destino. Es por el film Awka Liwen, donde se analiza la Campaña del Desierto de Roca y mencionamos al fundador de la Sociedad Rural que fue, por supuesto, un Martínez de Hoz. El juicio alcanza también al codirector del film, Mariano Aiello, y al historiador Felipe Pigna. Los que inician el juicio son los dos nietos de José Alfredo Martínez de Hoz, el conocido ministro de Economía de la dictadura de la desaparición de personas.” Más adelante, agrega: “Me hubiera gustado que esos nietos me hubieran desafiado a un debate en la Biblioteca Nacional, por ejemplo, donde hubiéramos podido públicamente abrir todos los documentos que aseveran lo que sostenemos en el film. No. Inician un juicio, donde exigen una condena en dinero, impagable, por la cual los supuestos condenados deberíamos pagar solicitadas en todos los diarios del país declarándonos culpables de haber falsificado la historia. Por mi parte no tengo ningún temor. En mi vida de investigador histórico sobre los aspectos más oscuros y dramáticos de nuestra historia del último siglo he ganado todos los juicios o se han enterrado todas las amenazas de juicios. Porque siempre he sostenido que en historia no se puede mentir ya que, de hacerlo, alguna vez vendrá un investigador surgido de las bibliotecas y archivos para demostrar la verdad.”
Es una pena que los Martínez de Hoz no hayan tomado nota de la austeridad de Bayer, cuyo pequeño departamento de planta baja de Belgrano tiene un cartelito, donde fileteado se lee “El tugurio”. La idea y el cartel fueron un aporte del gran amigo de Bayer, el otro Osvaldo, el Gordo Soriano, asistente semanal a tertulias en lo de Bayer. Soriano, que vivía rodeado de gatos y libros, no podía entender que Bayer estuviera rodeado sólo de archivos y libros.
Este domingo, en un excelente artículo publicado en Miradas al Sur, Gabriel Bencivengo desgrana quiénes son los soldados pretorianos de las multinacionales. Se destaca José Martínez de Hoz, homónimo de su padre que tiene como socio a un hijo de Mariano Grondona. Ellos dos y sus socios se ocupan de los menesteres de algunas empresas extranjeras que extraen hidrocarburos en la Patagonia. “La lista de sus clientes es extensa –aclara Bencivengo–, pero muy representativa. Pan American Energy, BP Argentina Explorations Company, BP America Production Company, Mobil Expoloration and Development y El Paso Energy International Company, además de los grupos Enersis, Elesur y Wintershall AG”.
CERCA DE LOS 85. El viernes 18 de febrero de 1927, Albina Colombo y José Bayer festejaron el nacimiento de Osvaldo, su tercer hijo. Como José trabajaba en el Correo cambiaba de destino. Osvaldo nació en Santa Fe, y luego la familia Bayer fue un tiempo a Tucumán hasta que se asentaron definitivamente en el barrio de Belgrano, en plena Capital. Osvaldo jugaba a la pelota en la plaza de Juramento y Cuba y luego cursó la primaria en la escuela municipal Casto Munita. De joven ensayó distintos oficios, desde guardavidas hasta marino mercante, y a los 28 años se fue a Hamburgo a estudiar Historia. Volvió a la Argentina y trabajó de periodista. Fue secretario de redacción de Clarín y estuvo al frente del Sindicato de Prensa entre 1959 y 1962. Sus estudios sobre las huelgas obreras en el sur argentino comenzaron a cobrar notoriedad por un artículo publicado en Todo es Historia, hacia 1968.
Tenía por entonces 36 años y las luchas obreras contra el dictador Onganía cobraban fuerza. Bayer sacó a la luz páginas que la historia oficial había falsificado justo en un momento donde una dictadura perseguía y castigaba obreros. Desde entonces, con exilio y pérdidas mediante, Osvaldo es parte de la historia. Próximo a cumplir 85, está rodeado de sus archivos y añora a Marlies –su esposa y madre de sus cuatro hijos– que está en Alemania con un tratamiento de diálisis que le impide acompañar a Osvaldo a Buenos Aires. Por eso, poco después de este encuentro de hoy, el gran maestro viajará a Alemania a juntarse con esposa, hijos y nietos. Extrañará, como lo hace siempre, a los miles y miles de seguidores a los que Bayer se brinda con una generosidad notable. También echará de menos la foto que más añora y que está junto al retrato de sus padres, ahí, a la entrada del Tugurio. La de Marlene Dietrich, su preferida.
Desde esa casa partimos cuando fuimos a hacer La vuelta…, casi seis años atrás. Osvaldo llevaba algunos de los archivos de Los vengadores de la Patagonia Trágica y algo de ropa cuando nos largamos a Santa Cruz. Vimos los paisajes más hermosos, en los que Bayer nos dio los testimonios más crudos. La soledad, el frío, los vientos y los glaciares, las extensiones esteparias, la belleza inigualable, envolvieron aquella tragedia de la que se cumplen nueve décadas.
ESTANCIAS INGLESAS Y LIGA PATRIÓTICA. Hacia 1920, todas las propiedades latifundistas patagónicas, en la Argentina y Chile, estaban en manos extranjeras. Algunas de las estancias eran propiedad de la Corona Británica y abarcaban territorios de ambos lados de la cordillera. Otras, como los casos de las familias Braun y Menéndez Behety, eran inmigrantes ricos que aprovecharon el auge de la demanda de lana ovina en los mercados europeos. Sin embargo, la Gran Guerra tiró abajo los precios de la lana y, en consecuencia, los salarios de los peones se fueron al piso. La primera reacción obrera se produjo del lado chileno a mediados de ese año. Muchos de los huelguistas emigraron hacia la Argentina donde de inmediato surgieron las luchas.
El caudillo radical Hipólito Yrigoyen llevaba cuatro años al frente del Poder Ejecutivo. Por entonces, Santa Cruz era territorio nacional y el delegado del presidente era Edelmiro Correa Falcón, un conservador de sólidos vínculos con la Sociedad Rural de Río Gallegos. Por su parte, los obreros de los frigoríficos, los peones, los mozos y los empleados de hoteles estaban representados por la filial local de la FORA, sigla de la Federación Obrera Regional Argentina, de orientación anarquista y liderada por Antonio Soto, un muchacho de 20 años que había llegado a la Argentina como integrante de una compañía de teatro. En agosto de 1920, la FORA lanzó una huelga en los frigoríficos y se preparaba para sumar a los peones rurales, que vivían en condiciones miserables dentro de las estancias. Ante el clima de agitación y lucha, el gobernador Correa Falcón allana la sede de la FORA y mete presos a los sindicalistas españoles. Por entonces, la llamada Ley de Residencia permitía expulsar a los extranjeros sin más trámite, pero el juez Viñas, opuesto al gobernador, dispone la liberación de los detenidos. Los anarquistas lo viven como un triunfo y los empresarios se alarman.
Además de los uniformados, la Liga Patriótica asumió el papel de fuerza de choque parapolicial. Pese al nombre, todos sus integrantes eran extranjeros y se inspiraban en las guardias blancas europeas: estaban dispuestos a barrer a sangre y fuego cualquier protesta obrera. De hecho, habían surgido al calor de la Semana Trágica, en Buenos Aires, el año anterior. Por esos días, Yrigoyen ordenó al teniente coronel Héctor Benigno Varela que marchara al sur con el X de Caballería e intercedió entre huelguistas y patrones. Con un clima más distendido, a mediados de mayo, regresó a Buenos Aires. Las estancias retomaron el trabajo, los obreros esquilaban las ovejas con un sabor de triunfo.
Pero en agosto de 1921 la situación se agravó. Los peones se sentían estafados por los patrones mientras que los estancieros se quejaban de que no podían controlar la situación. A su vez, las ciudades estaban casi paralizadas. Los conservadores Manuel Carlés y Joaquín de Anchorena prometieron a los estancieros el envío de personal para incorporarse al “trabajo libre”. Ante la inoperancia del gobierno de Yrigoyen, la Liga Patriótica asumió el rol del Estado protector de los estancieros y represor de los obreros.
Antonio Soto y el resto de los dirigentes anarquistas decidieron retomar la iniciativa y partieron de Río Gallegos en dos autos Ford para recorrer las estancias y lograr que los patrones concedieran aumentos de salarios y mejores condiciones de vida. En 20 días recorrieron distintas localidades. En Puerto Deseado, San Julián, Santa Cruz y Río Gallegos la policía se lanzó a la caza de los anarquistas. Antonio Soto se enteró de eso cuando estaba en la estancia Bella Vista, propiedad de Sara Braun y administrada por Mauricio Braun. Junto al resto de los dirigentes, decidió convocar a una huelga general. Al 31 de octubre estaban sublevadas las estancias Buitreras, Alquinta, Rincón de los Morros, Glencross, La Esperanza y Bellavista. Todo en paz, sin disparar un solo tiro. Los estancieros huyen con sus familias.
Yrigoyen envió de nuevo a Varela. El 5 de noviembre embarcó con el X de Caballería y a los cinco días llegaron a Puerto Loyola, a pocos kilómetros de Río Gallegos. Pese a que los únicos muertos por entonces eran dos obreros de la estancia Bremen, Varela sostuvo que el orden estaba subvertido y que esa huelga era “contra la Patria”. De inmediato, envió un bando a los estancieros: las sociedades obreras estaban prohibidas y, a partir de entonces, los trabajadores serían matriculados por la policía. Nadie del gobierno nacional desautorizó ese mensaje que era una declaración de guerra.
El 16 de noviembre de 1921 unos 400 huelguistas a caballo irrumpieron en Paso Ibáñez –hoy Comandante Piedra Buena– cerca del puerto de Santa Cruz en apoyo a un conflicto del frigorífico Armour. Varela fue a dirigir personalmente las tratativas. Parlamentó en un galponcito con los anarquistas de quienes recibió un petitorio. La respuesta no se hizo esperar: rendición incondicional o fusilamiento. Los anarquistas decidieron retirarse de nuevo al campo, pero al día siguiente Varela cruzó el río Santa Cruz y ocupó Paso Ibáñez. La misión quedó a cargo del entonces capitán Carlos Elbio Anaya y la instrucción de Varela no daba lugar a malos entendidos. “Proceda sin consideración”, le dijo. Los obreros se habían rendido y, lo mismo, fueron fusilados.
A fines de noviembre, Antonio Soto y un nutrido grupo de huelguistas estaban asentados entre los lagos Argentino y Viedma. Al saber de los fusilamientos, Soto desistió de la idea de entrevistarse con Varela. Los huelguistas fueron camino al Calafate y resultaron atacados por las tropas. La prensa de entonces habló de “un enfrentamiento con cinco bajas para los huelguistas y un soldado herido”. La realidad fue que los soldados mataron a una veintena de huelguistas como moscas.
El 6 de diciembre Antonio Soto pasó la peor noche de su vida. Tras dos meses de andar por el campo, sabía que el Ejército estaba dispuesto a todo. Pero la mayoría de los huelguistas prefería dialogar y entregarse. Soto no logró congeniar con otros dirigentes. En Estancia La Anita, cerca del río Leona, los anarquistas debatieron hasta la madrugada. Decidieron enviar dos emisarios a dialogar con los militares y cuando se toparon con estos, los fusilaron. Un sargento, con bandera blanca, entró a la estancia con una falsa promesa: “Si se rinden, respetaremos sus vidas.” Soto no confió y escapó con una docena de jinetes. Al rato se produjo la ejecución masiva.
La Sociedad Rural de Río Gallegos, de inmediato, modificó la escala de precios de la peonada. Un peón, a partir de entonces, pasaba a ganar $ 80 la quincena en vez de $ 120. El 1 de enero de 1922, en el Hotel Argentino de Río Gallegos, los estancieros hicieron una fiesta en homenaje a Varela. Se cantó el himno argentino y la comunidad británica instó a que todos entonaran la canción de la amistad: For He’s a Jolly Good Fellow. Unos meses después, el 27 de enero de 1923, el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens sorprendió a Varela al salir de su casa de la calle Fitz Roy y lo mató con una bomba casera y con varios tiros de revólver.

Del mito campestre al nombre de Cristian Ferreyra

Por: 
Ricardo Forster
La contraposición entre la vida rural y la vida urbana ha sido, desde tiempos remotos, un tema recurrente que ha obsesionado a narradores, poetas, filósofos, historiadores, teólogos y sociólogos. Ya la tradición bíblica vincula a los descendientes de Caín con la construcción de ciudades y, como complemento, con la herrería y los trabajos artesanales. Incluso la mezcla de animadversión y envidia que lo separa de Abel, el pastor, y que se volverá homicida, tiene relación directa con quien establece una relación más sedentaria dedicándose a la agricultura y a modificar la creación de Dios. En Caín se encuentran los rasgos enviciados de los habitantes de la ciudad junto con la pérdida de la inocencia y la virtud de las que era portador el pastor asesinado. Hay, desde el comienzo, algo siempre enrarecido y problemático que prevalece en quienes se arraciman en las ciudades, mientras que aquellos otros que eligen quedarse en medio de la naturaleza logran sustraerse a la corrupción de la vida urbana. Pese a que con el transcurrir de los siglos ha prevalecido la expansión casi ilimitada de la acción transformadora, multiplicada por el avance prodigioso de la ciencia y la técnica, que no han dejado nada sin tocar multiplicando las ciudades y sus miles de millones de habitantes hasta alcanzar y superar a quienes han permanecido en el ámbito rural, sigue persistiendo la nostalgia por esa pureza extraviada y por esa pátina de visión idílica que todavía acompaña, cuando del campo se trata y de la supuestamente sencilla vida campesina, a gran parte de los habitantes de esas ciudades hormigueantes y corrompidas.
Un antiguo mito sigue vigente entre nosotros: frente a la ciudad enviciada y prostibularia se levanta la virtud del campo y de su gente. Desde la lejanía milenaria de Hesíodo, el primer poeta que le cantó a la vida campesina contraponiéndola con la incipiente sociedad urbana, la literatura y el habla cotidiana han transitado con fruición ese mito del origen que nos ofrece la imagen del bucolismo agrario, ese ámbito próximo a la naturaleza en el que las personas todavía cultivan no sólo la tierra sino los valores. Más cerca de nuestra actualidad, casi a la vuelta de la esquina, vimos con qué potencia renacía y se multiplicaba el imaginario de la pastoral campestre. Desde las usinas mediáticas se apeló, con expansiva fruición, a recordarnos que desde lo profundo de la pampa, allí donde crecen nuestras riquezas mitológicas, se rebelaban contra la impunidad y el saqueo de los gobernantes de la ciudad política, los hombres y las mujeres de tierra adentro, los portadores de la “reserva moral” de un país a la deriva capturado por las falsedades de un gobierno prisionero de la “maldad” urbana. Como los antiguos campesinos de la Hélade cantados por Hesíodo, nuestros dueños de la tierra se transformaron, por arte y gracia de los grandes medios de comunicación, en la garantía última de nuestra nacionalidad, en los portadores de una virtud que vendría finalmente a salvarnos de la amenaza populista que, como todos sabemos, se fue formando en los arrabales oscuros de ciudades envilecidas.
“El campo” se convirtió en el santo y seña de la resistencia del “pueblo decente y trabajador”, de los famosos “productores”, ante el intento del gobierno nacional (que tiene su sede en la más babilónica de las ciudades: Buenos Aires, y una inclinación malsana hacia el demonio populista) de apropiarse del esfuerzo y el sudor de quienes, al igual que sus abuelos, sólo tienen para mostrar las manos encallecidas y la simplicidad de un lenguaje que nos recuerda que todavía existe, no muy lejos de nuestras ciudades mefistofélicas y contaminadas por la peste de la política, un mundo de gente simple y sencilla que no sabe de maldades ni de explotaciones ni de aquello de quedarse con la riqueza ajena ni ha olvidado lo que significa vivir en comunidad.
Para los habitantes culposos de urbes contaminadas quedaba como única alternativa reivindicar ese imaginario cultural que muchos de ellos habían adquirido de tanto mirar, por televisión, La familia Ingalls, arquetipo de una vida siempre añorada en medio del ruido, los autos, los millones de transeúntes y el asfixiante cemento. De la noche a la mañana “el campo” volvió a asemejarse a nuestros libros de lectura escolares allí donde con preciosos dibujos extraídos de nuestras puras fantasías, la vaquita, el trigo y el maíz se transformaban en el núcleo de nuestras riquezas míticas, el punto de partida de todo lo que somos y comemos. Entre el idilio y la nostalgia por lo nunca vivido pero siempre añorado se abrió paso el relato que vino a ocultar la otra realidad del campo. Caín, como siempre y desde el comienzo de los tiempos, volvía, una y otra vez, a asesinar a su hermano Abel, el mítico pastor siempre presto para extender su mano hospitalaria y dadivosa en ofrendas al Señor. Por esas extrañas piruetas que suele hacer la historia en nuestro país, atravesado de lado a lado por el relato de un origen añorado como esencial, los culposos habitantes de las ciudades se sintieron convocados por el “llamado de la tierra” expresado por la mítica Mesa de Enlace capaz, utilizando los recursos de los nuevos narradores mediáticos, de ofrecerse como los representantes de esa pureza extraviada. Lo que desde siempre han ocultado es el otro rostro de Abel: el de los verdaderos oprimidos, el de quienes no tienen otro recurso para defenderse que sostener con voluntad inquebrantable el derecho a la resistencia.
Ante el asesinato a mansalva de Cristian Ferreyra, un joven campesino santiagueño y miembro del Mocase, por parte de un sicario de los patrones sojeros que buscan expandir la frontera agrícola sin importarles nada de nada salvo sus propios intereses, se derrumba, como no podía ser de otro modo, el relato bucólico y falso de un mundo agrario erigido en espejo de comunidades amables e integradas en las que, sin embargo, la brutalidad, la expropiación de tierras, el saqueo y el engaño, la explotación y la violencia nos devuelven la realidad cotidiana de miles y miles de campesinos que sufren a esos mismos que durante el conflicto por la 125 fueron exaltados como “el campo”. Cristian Ferreyra fue asesinado por la codicia de quienes no dudan en expropiar y en expulsar mientras desmontan miles de hectáreas modificando irreversiblemente un paisaje en el que nada permanece como era y en el que la vida rural muestra ese rostro de la impunidad y la violencia que suele ser invisibilizado por los constructores del mito agrario en el que da lo mismo ser dueño de gigantescas extensiones de tierra que sudar de sol a sol para llevarle un poco de alimento y dignidad a los hijos (todavía recuerdo un artículo del inefable Joaquín Morales Sola en el que se refería a los miembros de la Sociedad Rural como “campesinos” sepultando, de este modo tan cínico, siglos de explotación y humillación de quienes por lo general fueron expropiados de sus tierras por aquellos a los que el escriba del diario conservador cobijaba en la vastedad de un sustantivo que nada tiene que ver con la fastuosidad de riquezas construidas con el sudor de los otros).
Pero Cristian Ferreyra, su asesinato, nos recuerda lo no resuelto, lo que una y otra vez ha sido postergado en el país de las pampas fértiles, en el “granero del mundo”, y que no es otra cosa que la cuestión, antigua y actual, de la propiedad y de la distribución de la tierra. Lo que ese escopetazo criminal intentó callar es un grito milenario de dignidad y rebeldía, un grito que nace de gargantas que no aceptan la humillación ni la expulsión de sus legítimas tierras en nombre de un progreso construido sobre la explotación y el dolor. En un tiempo argentino en el que se recuperan, gracias a lo abierto con tozudez y voluntad transformadora en mayo de 2003, viejos derechos sociales y laborales y se inventan nuevos que responden a demandas actuales, en el que se afirma, con hechos y no con retórica hueca, una y otra vez que estamos abandonando el neoliberalismo avanzando hacia una distribución más equitativa de la renta, resulta intolerable que los desheredados de la historia, los que han padecido el saqueo de sus pertenencias y, en muchos casos, de sus memorias ancestrales, los que fueron obligados en sucesivas oleadas de “avance civilizatorio” a abandonar sus lugares de origen para ir a sumarse a los suburbios miserables de las grandes ciudades, los que, sin embargo, han permanecido tozudamente trabajando la tierra que han cultivado por generaciones, reciban la descarga de una violencia permanente que busca, ahora sí y definitivamente, expulsarlos para que “el oro verde” siga llenando las arcas de los explotadores de siempre, los viejos y los modernos, los que portan apellidos “ilustres” y los recién llegados al “negocio” de la soja que, sin los recursos económicos de los dueños de miles de hectáreas en la famosa “zona núcleo” de la pampa húmeda, buscan su propia quimera del oro echando de tierras pobres y yermas a quienes, con esfuerzo y tesón, siguen extrayendo lo mejor de esa geografía calcinada por la avidez de los eternos ricos de ayer y de hoy.
Resulta insostenible la continuidad de las complicidades entre oscuros propietarios, capangas de otras épocas que se creen dueños de la vida y de la muerte, policías, jueces y políticos que siguen manteniendo, en provincias como Santiago del Estero, la lógica del vasallaje de los tiempos del virreinato. Un proyecto que se ha mostrado como reparador de vida social y de memoria histórica, que ha recuperado la lengua política como instrumento al servicio de causas populares, debe también avanzar, con coraje y decisión como lo ha hecho en otras esferas de nuestra sociedad sin importar a qué poder se cuestionaba, allí donde se perpetúan prácticas semifeudales. Aquellos que intentaron e intentarán doblegar la voluntad del gobierno nacional inyectándole su visión conservadora son los mismos que se ofrecen como aliados ejemplares. Como ha dicho un dirigente del Mocase, la avalancha de votos conseguidos en Santiago del Estero por el Frente para la Victoria no le pertenecen al gobernador sino a lo que Cristina, y la apuesta reparadora que su nombre suscita, viene significando para los sectores populares.
El nombre de Cristian Ferreyra debe convertirse en el santo y seña de un nuevo tiempo argentino, un tiempo que viene desplegándose desde mayo de 2003 y que ha invertido la inercia de una historia inclinada siempre hacia la desigualdad, la explotación y la arbitrariedad de los poderosos y que exige, hoy, acá y entre nosotros que la justicia y la dignidad alcancen a los condenados de la tierra. Es tarea del gobierno impedir que la sed de riquezas siga devorándose la vida de los que menos tienen. Una tarea que incluye la búsqueda de equilibrios entre la lógica del desarrollo y del crecimiento económico con los derechos y las tradiciones de quienes desde siempre han habitado una parte sustancial del territorio nacional y que con su esfuerzo y su trabajo garantizan el cuidado de la tierra, la sustentabilidad medioambiental y la soberanía alimentaria.
No se trata de oponer como irreconciliables a la ciudad y el campo, ni tampoco es cuestión de edificar utopías campestres que, alejadas de las inclinaciones mefistofélicas de los herederos de Caín, nos devolverían la vida verdadera extraviada entre los vicios de las megalópolis y los tentáculos asfixiantes de tecnologías endemoniadas. Se trata, por el contrario, de encontrar el delicado equilibrio entre un desarrollo necesario y sin el cual todo proyecto de nación se vuelve inviable, y el cuidado que le debemos a la naturaleza y a quienes con su inmenso esfuerzo se dedican a extraerle sus riquezas. Equilibrio entre lo prodigioso y fáustico de una época científico-técnica y una concepción de vida buena que incluya, en un mismo abrazo, a los seres humanos y a la propia tierra. No hay, no puede haber, proyecto democrático, popular e inclusivo que descuide a los más débiles, a aquellos que desde el fondo de los tiempos han sido las víctimas de quienes amparados en las exigencias sacrosantas del “progreso” no han hecho otra cosa que aumentar sus riquezas multiplicando las injusticias y las penas de los incontables Cristian Ferreyra.