martes, 13 de diciembre de 2011

Cristina entró en la Historia y la Historia entró en Cristina


Por: 
Roberto Caballero

Con la reasunción de ayer, Cristina Fernández de Kirchner se convirtió en la primera mujer en la historia nacional que accede a un segundo mandato por el voto popular. Su trascendencia es tan innegable como fuera de lo común –al filo de lo extraordinario, podría decirse–, lo mismo que su rol de estadista ratificada en las urnas por el 54,11% de los argentinos. Quien se remonte al período 2008/2009, cuando el kirchnerismo tras el artero embate destituyente de los patrones rurales y los diarios Clarín y La Nación, quedó reducido a una minoría política intensa, podrá advertir que Cristina logró no sólo terminar su primera gestión con altos niveles de aprobación, revirtiendo aquel panorama de repliegue y desconcierto, sino que además logró relanzar al kirchnerismo y convertirlo en la primera fuerza política del país. El 22% de los votos de 2003 (con Néstor Kirchner como candidato) y el 45,29% de 2007 (con Cristina de candidata), hoy son números viejos, son los datos del pasado. Arqueología necesaria para la comprensión, pero apenas fotos en sepia del ayer tormentoso. El 23 de octubre se inició una nueva era. Cristina Kirchner, además de presidenta revalidada, es la jefa política de un movimiento mayoritario de riquísima urdiembre socio-cultural que no encuentra techo electoral, ni oposición eficiente. Esos son datos que, a primera vista, impresionan, sobre todo si se toma en cuenta que los cimientos de esta arrolladora fuerza, hoy galvanizada y victoriosa, fueron las gomas quemadas y el “que se vayan todos” de diciembre de 2001. Es evidente que el éxito se debe a los aciertos de gestión, al despliegue táctico constante y a una coherencia estratégica que apabulla y conmueve, incluso, a los más incrédulos. El tan meneado “relato kirchnerista” ya no es sinónimo de falaz reescritura de la historia de una especie de secta alucinada como decían los medios hegemónicos opositores: es la realidad efectiva que la sociedad argentina del Bicentenario construyó al encontrarse con dos liderazgos impensados. Primero el de Néstor. Luego el de Cristina. La Plaza de Mayo colmada de ayer, una más de las tantas de los últimos años, son de alegría popular. La defensa de los Derechos Humanos, la reivindicación del Estado democrático sobre las corporaciones económicas, la pluralidad de voces garantizada por ley, la defensa de la producción, el empleo y el salario en paritarias, la definición inclusiva e igualitaria del gobierno, la alianza regional latinoamericana, la independencia del FMI y la restitución de derechos a minorías sociales, sean sexuales o étnicas, hablan de una administración que devolvió a los argentinos un horizonte de creencias que parecía imposible.
No es casual que Tiempo Argentino, hijo del debate por la Ley de Medios, donde dijimos que no había distribución de la riqueza posible sin previo reparto de la palabra, haya reflejado como ningún otro diario este proceso. Somos parte de esa multitud anhelante que festejó en las calles y plazas en la jornada de ayer. Sin Tiempo sería difícil entender el cambio de época. Las hemerotecas del futuro ya tienen la versión de nuestro colectivo de trabajo. Hicimos, casi, revisionismo en tiempo real. Nos sentimos orgullosos.
Cuando la presidenta comenzó su histórico discurso en el Parlamento comentando la decisión de la autoridad astronómica mundial de bautizar un asteroide con el nombre de la desaparecida platense Ana Teresa Diego, que había sido tema de tapa de Tiempo Argentino, nuestra redacción se estremeció. No por la mención, sino por cómo llegó esa historia a nuestras manos: a través de una carta de lectores. De golpe, toda la teoría de la comunicación encarnó ante nuestros ojos. La fuente, el emisor, el medio. Todo estaba ahí. Un lector, un diario que escucha a sus lectores siempre y una presidenta, la que viene garantizando el fin de la impunidad, conmovida porque Ana Teresa Diego, ex militante de la FJC (Federación Juvenil Comunista), podría haber estado sentada allí donde ella estaba, hablando como ella lo hacía, inaugurando la sesión legislativa de un país mejor del que tuvimos. El que Tiempo cuenta a contracorriente cada día, para cumplir con el derecho a la comunicación de toda la sociedad, un derecho humano esencial.
Sobre el discurso presidencial, hay que decir que Cristina resumió sus últimas intervenciones públicas. No hay novedad teórica ni medidas que preanuncien un giro copernicano a su gobierno. Por el contrario, hay una ratificación del rumbo general (heterodoxia económica e inclusión social) y una reafirmación de la lógica anticorporativa que la anima: “No soy la presidenta de las corporaciones, sino la de 40 millones de argentinos”. El pedido para que salga la ley de tierras y la que declara de interés público la producción de papel para diarios antes de Navidad; y las repetidas alusiones a la Ley de Medios, garantizan que el kirchnerismo, en versión Cristina, seguirá pareciéndose a lo que es. ¿Por qué cambiar ahora? ¿Acaso la votaron para que evite dar las peleas que venía dando o para profundizarlas? Ni el llanto de Héctor Magnetto victimizándose puede detener lo que ya está en marcha. La democracia tiene un lugar para el poder económico concentrado y sus corridas cambiarias, y hasta para tolerar el fastidio corporativo de otros sectores que no aceptan que el desafío es construir una sociedad de iguales, pero que quede claro: no es el lugar de tomar las decisiones. Para eso está la Casa Rosada y una presidenta que obtuvo más de 10 millones de votos.
Por último, queda abierta la invitación a nuestros lectores para que se sumerjan en una edición de colección y un dato de color poético, al pasar, que como siempre puede decir mucho o nada. Depende de la sensibilidad de cada uno. La palabra más dicha por Cristina en su discurso fue “ciento”. La repitió unas 38 veces. Esto es así por la minuciosa catarata de cifras y porcentajes (el “por ciento” famoso) que expuso. Aunque no son palabras que expresen lo mismo, al oído suena igual que “siento”, de sentimiento. Su intervención estuvo atravesada por la emoción. El recuerdo de Néstor, el país en llamas, los golpes recibidos, la reivindicación generacional setentista. En fin, los famosos nudos en la garganta fueron muy evidentes, a un lado y al otro de la pantalla. Quizá, simplemente, Cristina sea una presidenta que siente. Nadie devuelve la pasión a una sociedad escéptica ni contagia a los más jóvenes de ganas de vivir cuando por sus venas corre solo agua. Este no es un dato político, es de estricta índole humana.
La Plaza ayer fue de los jóvenes, de los jóvenes de 60, claro, pero sobre todo de los de 20. Si Cristina Kirchner logra, como lo está logrando, construir el “puente de plata” entre su generación y esta que asoma, si logra entusiasmarlos con las responsabilidades democráticas de la gestión y les hace creer que hay patria y hay 200 años de historia de lucha por la igualdad y la independencia, en definitiva, si consigue alentarlos a que se preparen y sean mejores para gobernar, su apasionada, turbulenta y dolorosa irrupción en la política nacional, junto a Néstor Kirchner, no sólo estará justificada: habrá además siempre quien la evoque, como todavía hoy se recuerda con el corazón a Juan y Eva Perón.
Cristina entró en la Historia y la Historia entró en Cristina

Dorrego, el gran olvidado de la historia nacional Por Hernán Brienza


FUSILAMIENTO DEL CORONEL MANUEL DORREGO
Vehemente, díscolo, insubordinado, apasionado, pagó con su muerte los aciertos de su vida política: haberse mantenido fiel a su pensamiento republicano y democrático y, sobre todo, haber mantenido su vínculo con los sectores populares.
 Manuel Dorrego, sin dudas, era hasta hace poco tiempo el gran olvidado de la historia nacional. “Jacobino y liberalísimo”, como lo define José Ingenieros en su libro La evolución de las ideas argentinas, es el hijo predilecto de la línea fundada por Mariano Moreno y profundizada por Bernardo de Monteagudo tras las jornadas de Mayo de 1810. Republicano y federal, ilustrado y popular, porteño y bolivariano, liberal pero nacionalista –si es posible aplicar categorías actuales a los protagonistas del pasado–, su pensamiento y su acción se vuelven imprescindibles para enfrentar el bicentenario.

Nacido el 11 de junio de 1787 y fusilado por Juan Galo de Lavalle el 13 de diciembre de 1828, Dorrego fue revolucionario en Santiago de Chile, soldado y coronel del Ejército del Norte, exiliado político, periodista –fundador del diario El Tribuno–, legislador nacional y gobernador de la provincia de Buenos Aires. Durante toda su vida política su conciencia federal y republicana fue acrecentándose hasta llevar a la práctica durante su gobierno lo que declamaba en el llano. Vehemente, díscolo, insubordinado, apasionados pagó con su muerte los aciertos de su vida política: haberse mantenido fiel a su pensamiento republicano y democrático y, sobre todo, haber mantenido su vínculo con los sectores populares.
A lo largo de sus discursos en el Congreso, Dorrego demostró ser un defensor del voto popular, libre y sin coacciones y de la extensión del sufragio a todos los sectores de la sociedad, incluso para los humildes que, como se sabe, tenían vedado el acceso a los derechos políticos. En una oportunidad, por ejemplo, acusó de prácticas fraudulentas al gobierno de Bernardino Rivadavia porque los ciudadanos iban llevados a las urnas por miembros de las fuerzas de seguridad que se quedaban hasta el momento en el que, a viva voz, emitían el voto.
Pero quizás el discurso más interesante que dio fue el 29 de septiembre de 1826 cuando defendió la forma federal de gobierno frente al unitarismo liberal. Dorrego delinea su proyecto de país y de sólo escucharlo cualquiera se da cuenta de que no está pensando en límites políticos sino en economías regionales viables con mayor racionalidad que el centralismo unitario basado en la especulación financiera y aduanera: “La Banda Oriental podría formar un Estado. Entre Ríos, Corrientes y Misiones, otro... la provincia de Santa Fe y Buenos Aires bajo tal organización que su capital se fijase en San Nicolás o en el Rosario... La de Córdoba tiene aptitudes por su riqueza y todo lo necesario para ser sola; Rioja y Catamarca, otro estado; la de Santiago y Tucumán, otro, la de Salta se halla en el mismo caso que Córdoba; la de Cuyo, otro... Se me había olvidado decir que el Paraguay se halla en el mismo caso que los de Salta y Córdoba.” De más está decir que en la idea de Dorrego está incorporar por su propia voluntad no sólo al Paraguay sino también a Bolivia, país al cual también se refiere. Y luego demuestra su republicanismo no elitista, basado en la legitimidad popular: “No sé que se pueda presentar el ejemplo de un país, que constituido bien bajo el sistema federal, haya pasado jamás a la arbitrariedad y al despotismo; más bien me parece que el paso naturalmente inmediato es del sistema de unidades al absolutismo o sistema monárquico. Pero... supongamos que este sistema federal contenga errores y males que vengan a perjudicarnos; pregunto ¿la masa general decidida por el sistema federal, no pondría un empeño en que él se ponga en planta, si probase que los errores que se les atribuyen son falsos...? Esta tendencia de la masa general a recibir con gusto el sistema federal ¿no es una ventaja? ¿Por qué los legisladores han querido hacer creer que la dominación era una emanación de la divinidad para inspirarles un deseo de respetarlas?”
Unos días después, en la sesión del 2 de octubre, Dorrego amplía su alegato en favor del federalismo: “Nuestra queja del gobierno peninsular, ¿cuál era? El que todo lo teníamos que llevar a Madrid; y yo pregunto, ¿bajo el sistema de unidad no será cierto que todo o la mayor parte  habrá que traerlo a la capital? ¿No es regular que los pueblos se resientan ahora de aquello mismo?... La fuerza moral hace que, un país que quiere ser libre, siempre lo sea, pues él, o dejará de existir, o lo será, porque todo hombre tiene esa tendencia  hacia su libertad, y puesta en ejercicio sacrifica sus intereses y relaciones, su misma vida con el mayor entusiasmo; pero en la forma de unidad faltaría ese espíritu... Se dice que todos los gobiernos son igualmente buenos; pero es mejor para el país, estrictamente hablando, aquel que sea la expresión del voto público, y que está más en contacto con el pueblo, o para hacer su felicidad, o para conocer los males que se sienten y poderlos remediar.” 
Pero más allá de sus palabras, el Dorrego gobernador habla por sus actos. La línea económica diseñada por Dorrego se diferencia radicalmente de las pautas marcadas por el rivadavismo. De inmediato se recostó en los sectores productivos e intentó en la medida de sus posibilidades recortarle sus beneficios al sistema especulativo basado fundamentalmente en el Banco Nacional, principal herramienta de endeudamiento del Estado y cuyos intereses respondían al capital financiero británico. Conviene tener en cuenta que la deuda a principios de 1826 alcanzaba los 1.202.301 pesos y que a julio de 1827 –cuando Rivadavia renunció– ascendía a la cuantiosa suma de 13.100.795 pesos, dinero que se fue en mínimas obras públicas, en la manutención de la guerra con Brasil y, sobre todo, en maniobras de renegociación de los empréstitos solicitados –lo que incluye las abultadas comisiones de los intermediarios- y de sostén de la banca, primero a través del Banco de Descuentos y luego, del Nacional. Además, los defasajes de la balanza comercial –producto del bloqueo brasileño, pero también de la desigualdad en los términos de intercambio- produjeron, como ocurre siempre hacia el final de los procesos liberales, una estruendosa fuga de capitales –en este caso de plata- que se escurría en buques de bandera inglesa.
Si bien a diciembre de 1828, tras la caída de Dorrego, la deuda trepaba a los 17.698.173 pesos, la fría estadística puede demostrar que, mientras Rivadavia incrementó el pasivo –una constante de los gobiernos que aplican políticas liberales (los gobiernos de 1862-1916, 1955-1958, 1976-1983 y 1989-2001) en la historia– en un 1200%, la administración federal lo hizo en apenas un 30 por ciento. Pero la operatoria principal de desendeudamiento consistió en dejar de pedir empréstitos al Banco Nacional a tasas usurarias para negociar un empréstito interno de 505 mil pesos a una tasa del 6 por ciento.
Al mismo tiempo, Dorrego tenía que hacer frente a la inflación ocasionada por la devaluación del peso respecto de la libra por la sobre emisión de billetes realizadas por el Banco Nacional. Decidió acotar las actividades de esa entidad financiera –a cuyos directores acusa de “aristocracia mercantilista”– y a principios del año 28 envió a la Legislatura un proyecto para transformarlo en el Banco de la Provincia de Buenos Aires, con capitales que ya no respondiera a los intereses británicos sino de comerciantes y estancieros locales. Incluso, en mayo sancionó la ley de curso forzoso –inconvertibilidad de la moneda en metálico– para evitar la fuga de capitales experimentada por las políticas rivadavianas. 
Dorrego decidió recostarse en tres sectores nacionales bien marcados para sostener su proyecto político: los estancieros –a quienes les extendió la línea de fronteras para que pudieran apropiarse de más cantidad de tierras–, los sectores populares –a quienes mediante la ley de desmonopolización de los bienes de primera necesidad y el congelamiento de los precios de la carne les garantizaba no quedar presos de la especulación de los comerciantes– y de los caudillos del interior, quienes se veían beneficiados por un doble motivo: porque Dorrego contaba con ellos para la organización institucional y porque la continuación de la guerra en la que estaba empeñado y cierta política proteccionista, favorecía las pequeñas industrias y artesanados que dependían del mercado interno.
Por último, otro elemento muy presente en el pensamiento dorreguista es el nacionalismo territorial. Era un convencido de que debía formarse una gran federación republicana que incluyera no sólo a la Banda Oriental sino también a los Estados del sur de Brasil (los actuales departamentos de Río Grande, San Pablo y Porto Alegre), al Paraguay y al territorio de Bolivia, independizado en 1826 gracias a la desidia de los rivadavianos. 
Víctima del primer golpe de Estado organizado por el Ejército regular y víctima del primer crimen político de la historia argentina, el destino de las Provincias Unidas del Sur habría sido muy distinto, seguramente, si Dorrego (el primer líder popular de estas tierras) hubiera podido delinear el futuro de este país que años después se deshizo en guerra intestinas