domingo, 26 de febrero de 2012

Debates, opositores, kirchnerismo y democracia POR RICARDO FORSTER.


Pensar la democracia es intentar desnaturalizarla: esto supone –más allá de lo herética que esta perspectiva pueda parecerles a ciertas interpretaciones esencialistas o formalistas que tienden a sacralizarla o a convertirla en una máquina cuyo funcionamiento es apenas deudor de rituales formales que no reconocen especificidades históricas, nacionales o culturales– no rechazarla o limitarla en sus contenidos sino abordarla como una invención capaz de redefinir sus condiciones epocales y el horizonte de sus potencialidades. Pero también es penetrar en sus contradicciones, conflictos y tensiones no resueltas, esas mismas que hoy se despliegan en el interior de ese otro magma de la vida contemporánea que es el mercado, la economía global y la especulación financiera. Un magma que modificó brutalmente las condiciones de vida y los imaginarios dominantes en el interior de la vida social hasta incidir de manera notable en las estructuras institucionales y en los lenguajes que organizan las prácticas contemporáneas. Resulta imposible abordar la actualidad sin interpelar críticamente a un dispositivo hegemónico cuyo eje discursivo –tan importante como el económico estructural– hay que ir a buscarlo en el funcionamiento de la usina mediática. Los sofisticados engranajes de la máquina corporativo-comunicacional se han puesto en funcionamiento para acompañar los cambios por los que viene atravesando el capitalismo bajo su matriz neoliberal dominante. Su principal cometido es darles contenido a las nuevas formas de subjetividad que emanan de esas transformaciones materiales que han alcanzado las esferas de la producción, el trabajo, la política, la cultura, las instituciones y las prácticas sociales al punto de licuar valores, creencias y sujetos que respondían a perspectivas invisibilizadas por la forma actual de un sistema económico estructurado alrededor de la valorización financiera.
La democracia, que recorrió un largo camino desde su alborada griega, hoy se encuentra ante los límites del liberalismo, ideología que, una vez desplazados los modos totalitarios encarnados por el nazismo y el estalinismo, se enfrenta ante una profunda crisis que arrastra consigo su gran invención: el individuo imaginado como sujeto de su propia libertad mientras queda atrapado en la alienación mercadolátrica. En todo caso, la bancarrota económica de países como Grecia y España pone en evidencia no apenas los problemas del paradigma de acumulación y valorización financiera del neoliberalismo, sino que desnudan las carencias del individuo en el interior de una sociedad dominada por el consumismo y el egoísmo; carencias que lo dejan inerme ante la tempestad desatada por las fuerzas indescifrables, para ese individuo autofestejado y socialmente fragmentado, del mercado global que terminan por poner en evidencia la fragilidad de su supuesta libertad allí donde queda desnutrido de palabras e ideas para revertir la catástrofe social a la que ha sido arrastrado por el “anarcocapitalismo financiero”. Una sociedad construida bajo las premisas de la objetualización y la rentabilización de todas las esferas de la vida, que no ha podido parir otra realidad que la de la sumisión del individuo a las fuerzas inescrutables de la economía-mundo, tiene como consecuencia necesaria la profunda despolitización de esa misma sociedad que equivale, esto también hay que señalarlo, al vaciamiento de la democracia que ha hecho pareja, desde sus orígenes más remotos, con la política entendida como la lengua que se hace cargo de lo no resuelto y del conflicto en el interior de las relaciones sociales.
Por eso entre nosotros, y pienso en la Argentina y en otros países sudamericanos, la salida, todavía incipiente y contradictoria, de la brutal dominación del capitalismo neoliberal se dio bajo la forma de la repolitización de nuestras sociedades. En una época en la que nada parecía torcer el rumbo triunfante del economicismo hegemónico de matriz especulativo-financiera reapareció, bajo las condiciones del retorno de lo social popular, la conjunción entre democracia y política; una conjunción que no anula ni oculta los conflictos en el interior de las sociedades sino que los procesa políticamente bajo el paradigma de otra concepción de los sujetos sociales, de la esfera pública, del rol del Estado y de los derechos de cada uno de los que integran la vida en común. La democracia, siguiendo esta perspectiva, condensa pluralidad y diversidad de intereses, visiones, concepciones, experiencias, tradiciones y prácticas que en su entrelazamiento no dejan de evidenciar sus problemas no resueltos y sus contradicciones.
Uno de los puntos nodales, al menos para países como los nuestros que se enfrentan a la imperiosa necesidad de reducir los índices de desigualdad y pobreza, es encontrar el difícil equilibrio entre políticas de desarrollo y crecimiento económico (que incluye industrialización, tecnologías innovadoras y nuevas formas de extracción de las riquezas naturales) y esa doble dimensión que articula la sustentabilidad ambiental con los derechos históricos de los pueblos a continuar con sus estilos de vida, formas productivas e identidades culturales que en más de una ocasión chocan con la lógica del desarrollo. Democracia, entre otras cosas, es ese movimiento complejo y abigarrado que tensiona todas estas dimensiones pero bajo la matriz innegociable de la soberanía popular a la hora de determinar qué políticas, para qué y para quiénes. Del mismo modo, existe una diferencia absoluta entre la construcción democrática de la soberanía, en su doble dimensión territorial y de derechos, y la que pudo emanar, como gas venenoso, del intento criminal de la última dictadura de recuperar por la fuerza las Islas Malvinas. Quienes no establecen esas diferencias o intentan convertir los reclamos del gobierno argentino en una suerte de “versión light” del belicismo militarista del ’82, no hacen otra cosa que poner en entredicho, de cara a la opinión pública internacional, no sólo los derechos históricos y geográficos sino la calidad misma de nuestra vida democrática.
Mientras la oposición se reduce, en el mejor de los casos, a las columnas editoriales de los escribas de La Nación y Clarín que hacen esfuerzos ciclópeos por ofrecer la imagen de un país en estado de crisis terminal y por buscar incidir, con sus inacabables juegos insidiosos, en el kirchnerismo tratando de construir un escenario en el que Cristina estaría comandando una estrategia de abandono de la perspectiva política que el propio Néstor Kirchner le imprimió al proyecto; el Gobierno, como desde 2003, se ocupa de gobernar y de intentar pensar los desafíos que se le presentan a la Argentina sabiendo, como sabe, que nada es sencillo en una época dominada por las más variadas incertidumbres a nivel global. Porque lo sabe no elude la necesidad de imprimirle novedades a un presente que exige capacidad de invención y renovación. Y plantea convocar, más allá de sus propias dudas, y tratando de eludir la agenda mediática, a un debate sobre la minería que permita que todos los actores sociales, económicos y políticos tengan la oportunidad de expresar su visión. Incluso allí donde parece reaccionar al calor de los acontecimientos, el Gobierno sigue teniendo la cualidad de darle dimensión “política” a lo que ocurre en el país. La oposición, mientras tanto, continúa durmiendo la siesta y les deja el trabajo a los escribas de la corporación mediática que, desde hace mucho tiempo, son los verdaderos opositores. Incluso con la cuestión de Malvinas parece surgir un entrelazamiento entre la estrategia oportunista de los grandes medios y la furibunda posición antigubernamental que asume un grupo de intelectuales y periodistas que, en estos días, ha elaborado una carta en la que, entre otras cosas, piden que se tome en cuenta la opinión de los kelpers, sujetos, para ellos, del derecho a la autodeterminación, como si el gobierno argentino se preparase para despojar a los habitantes de las islas, si se concediese finalmente la soberanía al país, de derechos, identidad, idiosincrasia cultural e idioma, y como si la actual democracia argentina no hubiera quebrado en mil pedazos la herencia maldita de la dictadura. Cierta lógica opositora conduce a perspectivas bizarras.
Señalaba, líneas arriba, que la democracia no es algo dado de una vez y para siempre, que desnaturalizarla es una tarea imprescindible allí donde una sociedad necesita estar a la altura de las nuevas demandas y de los nuevos conflictos que se despliegan en su interior. El kirchnerismo ha comprendido, desde un principio, que a las dificultades, a los giros inesperados y a los conflictos hay que asumirlos como parte decisiva de un proyecto que le ha devuelto a la política el papel relevante en el interior de la vida democrática. El escándalo de lo inaugurado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández es, para los escribas del aparato liberal-conservador, la repontencialización de la lengua política como centro de las genuinas decisiones de un gobierno de raíz popular y democrática. No soportan el cambio en la trama del poder, no pueden entender cómo el plebeyismo populista ha regresado a la escena y lo ha hecho con una fuerza y una capacidad de inventiva, de acción y de transformación que ya parecían extraviadas de la realidad nacional.
El relato monocorde y obsesivo de plumas que no han hecho otra cosa, a lo largo de sus itinerarios periodísticos, que servir los intereses del establishment económico (algunos, los que tienen más edad, incluso fueron serviles sostenedores de la dictadura militar desplegando su ingenio para, en aquellos años brutales y represivos, defender el “gesto republicano” de un puñado de genocidas) resulta, para quien tenga un mínimo de criterio propio, un enorme disparate que lo único que pretende es alimentar de carbón los fuegos semiapagados de una clase media dispuesta, cuando algo sucede en su bolsillo, a recuperar, a ritmo veloz, sus prejuicios, sus rechazos y sus odios. Esperan, agazapados, a que, ¡al fin!, la crisis económica del capitalismo central llegue, con todo su impacto, a nuestras costas.
Son cultores del profetismo catastrofista (aunque en las últimas elecciones perdieron a dos de sus máximas estrellas que supieron darles bríos retóricos a los relatos del Apocalipsis; ni Lilita Carrió ni Pino Solanas son lo que fueron ni sus palabras incendiarias ayudan a encender ni el más mínimo fuego); añoran las épocas en las que el poder hegemónico disciplinaba a las mayorías populares multiplicando las zozobras económicas y determinando, de acuerdo a sus intereses mezquinos, el rumbo de una sociedad siempre en estado de alteración e incertidumbre. No alcanzan, estos sesudos analistas capaces de inventar conspiraciones a mansalva, a descifrar qué es lo que ocurrió en el país desde mayo de 2003. ¿Cómo es posible, eso mascullan con indignación, que un oscuro y desconocido gobernador del sur patagónico y su esposa, apenas, eso pensaban, una buena oradora parlamentaria, hayan podido invertir la lógica del poder devolviéndole a la política una capacidad de acción y comando del que antes carecía? No supieron prever lo que portaba en su interior un proyecto político al que subvaloraron y despreciaron. Nunca imaginaron que detrás de ese hombre desgarbado y de esa apasionada senadora se guardase la fuerza de un país que volvía a reencontrarse con sus mejores tradiciones populares y democráticas. Acostumbrados al poder “real” emanado de las corporaciones y avalado por los grandes medios de comunicación, no pudieron, nunca, encajar lo que sigue sucediendo.
Lejos de las ilusiones catastrofistas de los escribas del poder mediático, lo que sucede en el país no es otra cosa que la puesta en evidencia de una sociedad en movimiento. A diferencia de otras épocas en las que todo se decidía entre gallos y medianoche y bajo la forma de la conspiración de unos pocos que imprimían sus designios a los gobiernos de turno (convirtiendo a la democracia en un pellejo vacío), la actualidad argentina nos ofrece el vasto panorama de una sociedad que no se muestra ni uniforme ni monocorde, que hace visibles sus conflictos y sus puntos de ruptura al mismo tiempo que muestra la fortaleza, inédita en las últimas décadas, de un gobierno capaz de tomar el timón en sus manos y dirigir la nave no de acuerdo a las cartas marítimas previamente diseñadas por los poderosos de siempre, sino las que vienen siendo preparadas desde hace algunos años y que buscan, no sin dificultades y contradicciones, alcanzar el puerto de un país más justo e igualitario.
No se equivoca Morales Solá cuando dice que Cristina busca darle forma a un proyecto de centroizquierda (preferimos definirlo bajo otros términos más cálidos y complejos: popular, nacional, igualitario, democrático y latinoamericano). Tampoco se equivoca cuando contrapone a ese proyecto a la centroderecha (preferimos definirla de un modo más tajante: la derecha liberal-conservadora que busca reinstalar, una vez más, el poder de los pocos sobre los muchos, de los dueños del capital y las riquezas sobre los trabajadores; de quienes siempre miraron con fervor las políticas imperiales y aceptaron sin chistar el lugar subordinado y hasta colonial que el país debía tener. Léase el tratamiento que esos medios hegemónicos le están dando a la causa de Malvinas y, como siempre, sobrarán las palabras).
El kirchnerismo (insisto con este nombre caudaloso porque es el que quieren debilitar y hasta borrar los escribas del poder) ha sabido, desde un principio, lo que está en juego y, al menos desde 2008 cuando se desató la ofensiva agrario-mediática, ha mostrado que no está dispuesto a aceptar chantajes ni imposiciones que supongan abandonar aquellas convicciones con las que se llegó a la Casa Rosada. Por eso, también, no deja de discutir todo aquello que antes era invisible para la sociedad: la cuestión minera, la persistencia de políticas represivas en algunos gobiernos provinciales, la protección del trabajo y el salario, la apuesta por mejorar la educación y la salud, la unidad latinoamericana frente al intento del capitalismo central de exportar su crisis, las distintas formas de participación popular, lo no resuelto en términos de igualdad, las tensiones entre la necesidad del desarrollo económico y la sustentabilidad ambiental, los caminos de la reindustrialización y los peligros de reprimarizar la economía quedando pegados a políticas extractivas, la cuestión de Malvinas, y un largo etcétera. En la visibilidad de estos debates se expresa la reconstrucción de lo político y la expansión de la vida democrática.


Trenes, 17 intelectuales y ninguna flor Por Hernán brienza.



Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado y brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval.

Quien escribe estas palabras, a pesar de ser un hombre de fe, tiene muy pocos dogmas. Entre ellos hay dos que han permanecido inalterables a lo largo de su vida: YPF debe ser de todos los argentinos y los ferrocarriles deben ser manejados por el Estado, porque son un servicio público económico destinado a los sectores más humildes de la sociedad. Como escribió alguna vez Raúl Scalabrini Ortiz, “los trenes fueron un instrumento del colonialismo inglés, deben ser ahora una herramienta de independencia”. Ese fue mi credo toda la vida. Y este primero de marzo voy a volver a celebrar el día en que los “ferrocarriles volvieron a ser argentinos”, en aquel 1948 bajo el gobierno de Juan Domingo Perón.
La tragedia del martes a la mañana que costó la vida de más de 50 personas fue un mazazo a la política pública del gobierno nacional en este tema por la sencilla razón que pone en crisis –cuestiona el fundamento esencial de su política de subsidios– todo el andamiaje construido desde hace ya varios años. ¿Por qué? Sencillo, porque la política de subsidios pensada para que millones de argentinos humildes puedan viajar a precios irrisorios terminó siendo letal en manos del grupo concesionario que más control y poder tiene sobre los trenes: la familia Cirigliano, que maneja el Sarmiento, el ex Mitre, y como miembros de UGOFE también tienen parte del San Martín y el Roca Sur. Murieron aquellos a los que justamente iba dirigida la política social de abaratar los pasajes. Hoy, por ejemplo, un trabajador paga el boleto de tren un 10% de lo que cuesta el mismo tramo en cualquier capital europea, obviamente con un servicio similar en calidad a ese porcentaje de costo. De todas maneras, la ecuación parecía cerrar momentáneamente –a pesar de los constantes conflictos con pasajeros– siempre y cuando no estuviera en juego la seguridad, porque, como es obvio, la vida no se negocia. A esto se le suma el hecho de que sobre la política de subsidios hubo desde hace muchos años una sospecha permanente de retornos cruzados desde antes de la gestión de Ricardo Jaime. Mal servicio, corrupción, irresponsabilidad empresaria y muertes son un combo que obligan a repensar toda la política pública y a realizar una sintonía gruesa, al menos en materia de transporte.
Me consta personalmente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner considera que “las cajas” son formas depravadas de hacer política. Por eso creo que, como anunció a sus colaboradores esta semana, será implacable con los responsables y tomará las decisiones más duras que haya que tomar. Creo, también, que su ausencia en el lugar del hecho, en los hospitales, en la falta de una cadena nacional inmediata, dejó desamparados a propios y ajenos en un momento de profundo dolor colectivo. Entre la ausencia de Néstor Kirchner post Cromañón y la acertada presencia de la presidenta en Tartagal, esta última fue la que construyó un estilo contenedor que siempre es bien recibido por las víctimas de cualquier suceso. Total, si es por cálculo político –y no creo que lo sea– la oposición y los medios van a cargar igual contra la mandataria.
La tragedia del martes demuestra que en materias como transportes e infraestructura –medio siglo de desidia– todavía es necesario usar un trazo grueso para las transformaciones que la Argentina necesita. Sin dudas, debería significar el fin del modelo de negocios y de ineptitudes montado por las privatizaciones menemistas y que el kirchnerismo no pudo desarmar hasta el momento. Ahora bien, exigirle a la presidenta de la Nación una resolución inmediata y a los gritos –además de responder a una provocación opositora, a la histeria que nos caracteriza a los sectores TNizados y al dramatismo en sí que tiene la cuestión– significa un desconocimiento de cómo reacciona Cristina Fernández. Seguramente será implacable. Pero es demasiado seria y obsesiva del estudio como para tener una reacción muchachista y demagógica. Desde echar a Juan Pablo Schiavi a rescindir la concesión a TBA, hasta estatizar los ferrocarriles, no lo va a hacer a las apuradas. Porque, además, está bien que así sea. Un político que piensa como estadista no actúa empujado por las circunstancias. Y, sobre todo, porque cualquier determinación que se tome implica una infinidad de variables técnicas, políticas, administrativas, prácticas, de conducción, que requieren de algo más que de un gesto político. Por ejemplo, ¿cómo se resuelve administrativamente el traspaso? ¿De qué manera se cubren los cargos técnicos? ¿Quién conduce las empresas estatizadas? El que escribe esta nota, ¿que sabe menos de trenes que de la “transustanciación del cangrejo”? ¿Fernando Pino Solanas que es un gran cineasta? ¿Ernesto Tenembaum, a quien aprecio, quien tilingamente dijo que otra vez tuvo ganas de decir “qué país de mierda”? ¿Puede el Estado invertir los millones de dólares necesarios para reconvertir en serio la red de trenes de nuestro país en un año de profunda recesión mundial? 
Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado. Y también intuyo que en su fuero íntimo la presidenta de la Nación piensa lo mismo. Los millones de argentinos que fuimos sacudidos por la tragedia de Once podemos darnos el lujo de actuar y hablar en función de nuestras sensaciones y sensibilidades. Ella no. Y no se pueden dar pasos en falsos en este tema. Porque si el día de mañana, con los trenes estatizados se produce una tragedia similar, por ejemplo, los mismos que hoy se rasgan las vestiduras por las concesiones privadas van a pedir la reprivatización de los ferrocarriles.

MALVINAS: TANTO PARA TAN POCO . Diecisiete intelectuales y ninguna flor. Así podría titularse el pobrísimo documento “Malvinas, una mirada alternativa” escrito por los intelectuales con carnet entregados por el diario La Nación. Pero no es paupérrimo porque esta pensado desde la tradición montevideana –aquellos escritores pseudo románticos de mitades del siglo XIX que apoyaron a Gran Bretaña y Francia en sus bloqueos agresivos contra la Confederación Argentina–, a la cual se la podría acusar tontamente de “cipaya”, “tilinga”, “traidora”, epítetos que no voy a usar, no por no ser ciertos, sino porque serían chicaneros y rebajan aun más el pésimo debate propuesto por el Grupo de los 17.
El principio de autodeterminación está pensado para la descolonización de los pueblos sometidos, no para argumentación de las potencias imperiales y los intelectuales oficialistas de Su Majestad, vivan estos en Gran Bretaña o en países latinoamericanos. Sin ir más lejos, no se utilizó ni siquiera en Hong Kong, donde sus habitantes preferían seguir siendo ciudadanos británicos, pero como se trataba de China, el Reino Unido se olvido de ese principio sagrado “sólo para la cuestión Malvinas”. Tener una mirada alternativa es válido; ignorar, no tanto.
Me interesa resaltar dos cosas: a) el grupo de los 17 debería decir: “Señores, nosotros apoyamos abiertamente la estrategia de negociación del menemismo que intentó acercar posiciones con el Reino Unido evitando el tema Malvinas (párrafo tercero)”; y b) debería ser más explícitos en el apoyo a la estrategia actual del gobierno nacional, porque que todos sepamos –me refiero al 80% de la población según las últimas estadísticas y a los líderes de la oposición– hasta ahora el gobierno sólo ha utilizado la vía pacífica e intentado el diálogo.
Por último me quiero referir a la falacia más importante que tiene el documento: “El principio de autodeterminación sobre el que ha sido fundado este país.” ¿Perdón? ¿De qué país hablan, muchachos? ¿De Argirópolis, de Cacodelphia, en qué país imaginario están pensando? ¿O se refieren a la autodeterminación de las provincias sometidas por Buenos Aires con el Ejército mitrista en 1862? ¿O de los pueblos originarios asesinados por Julio Argentino Roca? ¿O por la federalización de Buenos Aires tan bien descripta por Hilda Sábato en sus libros que realizó el Ejército nacional ensangrentando las calles de Buenos Aires? ¿No leen ni sus propios trabajos? Ah… Se deben referir al Preámbulo de la Constitución Nacional… ¿La misma que fue hija del golpe de Estado de Caseros en el que fueron cómplices liberales unitarios argentinos, colorados uruguayos, y las coronas portuguesas e inglesas? ¿Qué visión edulcorada de la historia nos pretenden vender? Con razón se les pusieron los pelos de punta con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Voy entendiendo.
La Argentina es un país federal, no confederado, señores, las provincias y territorios no tienen autodeterminación sino autonomía. Lo prescribieron liberales conservadores como algunos de ustedes en la Constitución del ’53. Y en los anexos de la reforma del ’94 –la única consensuada en nuestra historia– dice claramente que la Argentina no puede renunciar a su soberanía sobre Malvinas. No por una cuestión de “patrioterismo” barato, sino porque están sentados, también, sobre 200 mil millones de dólares en petróleo que nos corresponden. Con eso pagaríamos la deuda externa completa y nos quedaría divisas para divertirnos un buen rato, por ejemplo. ¿El Grupo de los 17 considera que esos recursos deben ser de los ingleses? ¿Y después están en contra de la minería? Contradictorio, ¿no?
Desgraciadamente, la política está atravesada por la fuerza militar. Y el desafío siempre consiste en oponer soluciones pacíficas a imposiciones de facto. La democracia consiste en crear derechos donde hay imposiciones. En mi caso personal brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval, que tengan derecho al matrimonio igualitario, a transitar libremente por la Argentina, que tengan jubilación del Anses, etcétera.
Entiendo que alguno que otro periodista sin la formación política necesaria –especialistas en secciones como Espectáculos o Deportes–, no estén mucho al tanto de estas cosas, pero que algunos intelectuales respetables, no todos, no lo sepan, me deja sorprendido. Me da mucho menos miedo que sea mala intención que desconocimiento.

BREVE, INCOMPLETA E "IMPARCIAL" HISTORIA DE LOS FERROCARRILES ARGENTINOS



"El cronista piensa y lo viene escribiendo desde hace bastante que es tiempo de discutir integralmente el sistema de transporte, que ha quedado desfasado de las necesidades de los ciudadanos-usuarios. 
Es sabido, y fue denunciado desde el vamos por este diario, que la génesis del problema es la nefasta política privatizadora del menemismo. Pero ese pecado original no dispensa a los gobiernos ulteriores, en especial a los de signo contrario, de tratar de revertir el desastre". 
WAINFELD

Tras las reformas en la década de 1990 y la crisis de 2001, dos hechos significaron cambios estructurales para el transporte ferroviario argentino: el congelamiento de tarifas, consecuencia de la ley de emergencia económica (ver nota: "Ley de Emergencia Económica: características fundamentales"), y la separación vertical del servicio.

(Durante el gobierno de la Alianza, TBA logró una prórroga de su concesión por diez años, a pesar de que registraba multas e incumplimientos en sus planes de inversión)

Tras la debacle de la Alianza, el gobierno de Eduardo Duhalde dictó la emergencia ferroviaria (Decreto 2075/2002), a partir de la cual se frenaron todas las obras incluidas en el plan de metas a cumplir y las que estaban en ejecución. Dicha emergencia quedó incluida dentro de la Ley de Emergencia Pública, prorrogada desde entonces.
El congelamiento de los precios “significó un freno a la inversión privada e implicó que los servicios comenzaran a requerir subsidios” estatales, explica el informe “Un transporte para la equidad y el crecimiento” (ver PDF).

En segundo lugar, agrega el texto, “se produjo una reforma institucional (…) que implicó separar la gestión de la infraestructura de la prestación del servicio”.
 http://bessone.blogspot.com/


Señora Sarlo: Ud. me dá el mismo asco que Galtieri

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En el empecinado posicionamiento de diferenciación que ha elegido respecto del proceso político-cultural iniciado con el kirchnerismo (social y político) y como estrategia intelectual de base especulativa, Beatriz Sarlo ahora corre el límite de una forma que –literalmente, tratándose ella de una crítica literaria- revuelve las tripas, el estómago y provoca náuseas.
La señora Sarlo del “conmigo no” sostiene en estas últimas horas, respecto a la cuestión Malvinas, que los “isleños” son sujetos de derechos a los cuales no se debe ignorar en el problema de soberanía con Gran Bretaña. Tras cartón –e intuitiva del poder de impugnación de un vocablo del acervo nacional y popular argentino-, establece que el término “cipayo”  está fuera de época y es impropio e irracional su utilización. Dicho en fácil: larga un brulote y se ataja, depreciando de modo anticipado, el calificativo que supone le vendrá. No analizaré esta estrategia discursiva. Quizá lo haga en otro momento. Me centraré en su idea central: que los “isleños” (así recomienda llamar a los habitantes de Malvinas), son sujetos de derechos en una negociación de recuperación de la soberanía argentina. La señora Sarlo es una ignorante completa  de los estándares tradicionales que guiaron los últimos procesos de negociaciones por disputas de soberanía en territorios colonizados (por la fuerza, o en alianza con ciertas fracciones locales). Nuestras Islas Malvinas, señora Sarlo, fueron robadas. Ese hecho de origen, que Ud. ignora de forma tan rampante que produce náuseas, elimina toda posibilidad de incorporación de sujetos de derechos a una población implantada. Su postura da asco. Asco del tipo intelectual. Asco del tipo que evocó Fito, con total franqueza, sobre otro hecho social (asqueante, también, pero digerible, porque en su base estuvo la legítima expresión de la soberanía popular). Lo quiera o no, la coloca a Ud., no en un lugar de cipaya (que, aclaro, era un trabajo del S. XIX y que consistía en conducir el carruaje de un rico; un cipayo  era un trabajador alienado de la edad temprana del capitalismo y por eso, como populista, yo no la uso como calificativo denostativo). Ud. es algo más simplón, aun, que un cipayo: es una rastrera colonizada por el poder corporativo local y, en esa “posición de campo” (Gramsci, Boudieu, dixits), un “ser antinacional” aliado, implícitamente, a Gran Bretaña. Su postura da asco en dos sentidos: primero, porque es inconsistente en sus propios términos –no tiene doctrina en la diplomacia-; y segundo, porque es una afrenta a nuestros combatientes–muertos y vivos- queridos, y maltratados, que pusieron sus cuerpos y almas en una guerra iniciada con el asqueante interés subalterno de la continuidad de un Proceso de opresión popular.Ud. me dá ya el mismo asco que Galtieri.
Alejandro Herrera, sociólogo.