lunes, 18 de marzo de 2013

Visita de Cristina a Roma para la asunción del Papa Francisco











La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner mantuvo un encuentro con el flamante Papa Francisco y participará, junto a otros 150 jefes de Estado, de la misa de entronización papal.

Declaraciones de Cristina al término del almuerzo con el Papa Francisco.

Muy buenas tardes a todos y a todas. Les agradezco la presencia de tantísimos periodistas, de tantísimos medios italianos, internacionales y argentinos. Les pido disculpas también si los hice demorar mucho y se pusieron nerviosos, sé de la urgencia de la noticia.

Realmente quería compartir con todos ustedes el encuentro que mantuve con Francisco, nuestro Papa, nuestro Papa no porque sea argentino, nuestro Papa porque es el Papa de todos aquellos que comparten la fe católica y creen en Dios.

Obviamente su primer encuentro tuvo el agradecimiento mutuo; el mío, por haber recibido la invitación de él para compartir su último almuerzo precisamente antes de ser ungido ritualmente en la ceremonia que se llevará a cabo mañana en la Plaza de San Pedro, como el Papa Francisco; y el agradecimiento de Su Santidad al hecho de que yo viniera a almorzar con él; me asombró mucho este agradecimiento porque obviamente cómo no iba a venir a almorzar. Pero me gustó ese gesto que también remarca un poco lo que es, sin lugar a dudas, uno de sus rasgos distintivos, la sencillez.

Luego de los intercambios de regalos, realmente me entregó libros, uno de ellos muy interesante que son todas las conclusiones de la CELAM, que es precisamente la Conferencia Episcopal Latinoamericana sobre diversos temas. Estuvimos mirando el índice acerca de los temas que pueden ser interesantes como tema de consulta de cualquier jefe de Estado, acerca del pensamiento de los obispos latinoamericanos en determinados temas; una copia de la placa precisamente donde figura mi nombre junto al de la presidenta Michelle Bachelet y el de Benedicto XVI, cuando concurrimos con motivo de los 30 años de celebrarse la paz del Beagle, y un mosaico también muy lindo sobre la fundación de la Basílica de San Pedro, de la época de Alejandro VII.

Y también, lo más importante tal vez, porque fue un regalo íntimo y casi personal del Papa Francisco, que fue una rosa blanca en representación de Santa Teresita, porque es su santa preferida y es a la que él siempre le reza -así me lo manifestó- para que la guardara junto a mis cosas.

Le entregué también en este caso los regalos que traíamos de la Argentina, uno de ellos que es un conjunto de mate elaborado por los cooperativistas de Argentina Trabaja, de cuero, que consta de un termo, una matera, una azucarera y una yerbera, que lo ven aquí, y un mate con su respectiva bombilla, para que siga tomando siempre mate. Este es otro modelo pero el que le dimos a él tenía patitas, no todos los modelos son iguales, el de él era más lindo que este, muy parecido, hecho por trabajadores cooperativistas argentinos. Y también un poncho de vicuña para que se abrigue aquí del frío romano, del frío europeo, hecho de vicuña en nuestra provincia de Catamarca, que yo sé que lo usa mucho porque lo he visto en Buenos Aires con esos ponchos.

Luego de todas esas cuestiones que tienen que ver con el acercamiento, que tienen que ver con el intercambio de regalos, pasamos después creo que a lo más importante que es el diálogo que mantuvimos en un almuerzo a solas, fructífero, importante.

Realmente además de agradecerle la invitación en la que me senté como Presidenta de la República Argentina, en representación también de mi país, de nuestro país, que es el país donde también nació el Papa, agradecí esta deferencia que no es hacia la Presidenta argentina, sino que la siento como una deferencia y una atención al conjunto del pueblo argentino. Yo por lo menos lo vivencié de esa manera y él también lo siente de esa manera.

Luego de muchas anécdotas y de muchas cuestiones que tienen que ver con la Argentina y demás, abordamos un tema muy sentido para nosotros, los argentinos, para esta presidencia, y solicité su intermediación para lograr el diálogo en la cuestión Malvinas. Lo hice con una doble convicción, en principio porque a los argentinos nos tocó vivir otro momento mucho más dramático y mucho más terrible en 1978, cuando Chile y Argentina eran gobernadas por dos dictaduras, una la de Pinochet y otra la de Videla, y estuvimos a punto de un enfrentamiento bélico entre ambos países por el Canal de Beagle. En aquel momento por la intermediación de Juan Pablo II, a través de su representante el cardenal Samoré, se llegó finalmente a un entendimiento, a un acuerdo que luego fue plebiscitado en democracia, el Acuerdo del Beagle. Ahora estamos ante una oportunidad histórica diferente, mucho más favorable, gobiernan ambos países, el Reino Unido y la República Argentina, gobiernos democráticos, surgidos de elecciones democráticas, no hay peligro de ninguna naturaleza bélica más allá de la militarización que el Reino Unido está teniendo sobre el Atlántico Sur, no solamente sobre las Malvinas. Argentina es un país más que pacífico y por lo tanto lo único que queremos es que se cumplan las múltiples resoluciones de Naciones Unidas para sentarnos a dialogar. Esto es lo que le pedimos al Santo Padre, su intermediación para lograr un diálogo entre las partes. Nada más que esto.


Nada más ni nada menos porque además creemos que es imprescindible que en el mundo, este mundo globalizado tan complejo, comencemos todos los países a cumplir precisamente todas las resoluciones de Naciones Unidas, que es la organización madre que agrupa a todos los países del mundo y nuestro reclamo, nuestro planteo es precisamente esa instancia al diálogo que ha tenido ya Naciones Unidas en veintipico de resoluciones, el Comité de Descolonización y así mismo numerosos foros internacionales como la CELAC, la UNASUR y los países africanos últimamente en la declaración de Malawi. En fin, lo que estamos reclamando es diálogo y hemos pedido a Francisco precisamente, al Papa Francisco, que interceda para que ese diálogo entre el Reino Unido y la Argentina pueda llevarse a cabo.

También -él fue quien sacó este tema de conversación, lo cual realmente me impactó mucho y muy bien- me habló de la Patria Grande y cuando lo hizo me habló obviamente de Latinoamérica y del rol que están cumpliendo los distintos gobernantes de América Latina. Dijo exactamente que era formidable el rol que estaban cumpliendo los distintos gobernantes de Latinoamérica porque trabajaban unidos por la Patria Grande. Utilizó ese término, me dijo –y ahí fue donde me conmovió definitivamente- porque era el término que utilizaban San Martín y Bolívar. “Así que veo muy bien esa unidad de todos ustedes trabajando en pos de esa Patria Grande”, dijo.

Sé que hay muchos periodistas europeos y tal vez el término Patria Grande no les impresione, pero para una argentina, para una latinoamericana, escuchar en boca de un Papa el término Patria Grande, y sobre todo para quienes pensamos de una determinada manera, la verdad que me impactó, me impresionó mucho y realmente no hace más que hacernos redoblar los esfuerzos en seguir en esta dirección.

Igualmente hablamos de un tema en el que siempre se interesó y que es uno de nuestros puntales en nuestras políticas en materia laboral, que es precisamente por un lado la trata de personas en general y específicamente la esclavitud de muchas personas. Le estuve explicando las políticas que estamos desarrollando, que nos hemos hecho querellantes en numerosas causas que estaban un poco paralizadas en materia de trabajo esclavo. Hay un gran compromiso por parte de Francisco en este sentido, en la lucha contra la esclavitud, contra el trabajo esclavo y contra la trata de personas, con lo cual nos sentimos absolutamente identificados. Ambos compartimos que no se trata de un fenómeno contemporáneo, que la trata de personas y el trabajo esclavo es algo que hace a la condición humana, el hecho de que haya gente que tenga este tipo de actitudes hacia su prójimo, y ambos coincidimos en lo mismo, es parte de la condición humana pero debemos combatirlo fuertemente aquellos que tenemos responsabilidades institucionales y él también en su prédica que en ese sentido ha sido constante.

Finalmente también, como no podía ser de otro modo, lo invité a visitar la República Argentina. Ustedes saben que el Papa no solamente es el jefe de la Iglesia Católica Apostólica Romana sino que además es un jefe de Estado, el jefe del Estado Vaticano, por lo tanto para visitar un país requiere dos invitaciones, por parte del Estado que lo invita y su representante, en este caso la Presidenta, y también por parte de la Conferencia Episcopal del país al cual va invitado. Obviamente todos sabemos que en poco tiempo, en julio para ser más precisos, estará en Brasil en el Encuentro Mundial de la Juventud, que ya tuvo lugar en nuestro país durante el papado de Juan Pablo II. También me dice que tiene una agenda…, desde mañana comienza a gobernar un Estado, el Estado Vaticano, pero que obviamente desea visitar la Argentina y va a mirar la agenda, debe consultarlo con sus colaboradores. Es obvio, me imagino la multiplicidad de tareas de alguien que recién asume como jefe de Estado, más la agenda que ya tenía. Quedamos en que vamos a seguir trabajando sobre esa fecha para la República Argentina.

Finalmente quería decirles a todos ustedes, agradecerles la espera y decirles lo que muchos me preguntaban, cómo lo vio, cómo lo sintió, cuál era mi impresión personal. Lo puedo definir en tres palabras: lo vi sereno, lo vi seguro, lo vi en paz, lo vi tranquilo, y podría decir que también lo vi ocupado y preocupado por lo que va a ser la inmensa tarea, no solamente de conducir el Estado Vaticano sino también el compromiso de cambiar las cosas que él sabe que deben cambiar y sabe que son las demandas que él ha interpretado y se han comenzado a ver en gestos, en actitudes diferentes, y que seguramente se verán en otras políticas que él oportunamente decidirá. Pero lo vi sereno, seguro, tranquilo y en paz. Muy buenos días.

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Realidades y ficciones Por Eduardo Aliverti



Se produjo un hecho conmocionante. Para muchos, estremecedor. Noticiosamente hablando, ni un marciano dejaría de comprender que deba ser así. El hecho está surcado por monumentales cuestiones de fe (auténtica o anclada en la necesidad supersticiosa de trascendencia, no importa), provenientes del fondo de los tiempos. Sin embargo, si pasamos a la frialdad política, ¿lo que conmueve es una realidad o una ficción?
La Iglesia Católica viene perdiendo adeptos sin parar, en todo el mundo. Las cifras persisten en dar cuenta de que su universo abarca a un sexto de la población planetaria, tomado a la bartola de lo que dicen las conquistas geográficas de sus reinos atávicos y los textos constitucionales de cada país abarcado. Las estadísticas dominantes se apoyan en eso, y jamás en la diferencia entre católico y creyente. Los creyentes, a su turno, tampoco son divididos entre convicciones meramente personales y participación activa en la vida de la monarquía eclesiástica romana. La crisis de vocación sacerdotal es apabullante. El dinero de sus fastuosidades, salvo por las estructuras educativas propias que subsidian los Estados adscriptos, y por sus entidades bancarias, está herido en el ala: sólo en Estados Unidos, 600 millones de dólares debieron destinarse a indemnizar a las familias de los menores violados por los curas a cargo. Parece una bicoca para semejante poder divino, pero deja de serlo cuando se toma nota de que, en el agregado conjunto, se suma la forma en que son avasallados por los pastores electrónicos de la salvación inmediata. Esa ultraderecha evangélica sí ha sabido qué hacer en sus edificios y sus medios de comunicación. Armó un show permanente, abrumador que, en lugar de castigos del más allá, imaginariza soluciones llave en mano para cuanto drama tenga cada quien. Con eso sustrajeron del influjo católico a incontables muchedumbres de las clases populares, mientras de las medias gracias si consiguen hipocresía. A pesar de todo esto, dale que va y hay 1200 millones de católicos. Nadie les pide explicaciones con respecto a de dónde provienen sus números.
Y entonces aparece un Papa sacado de la manga y su rostro de bienhechor, al revés del rictus pérfido de Ratzinger, basta y sobra para construir que todo cambiará, casi, de la noche a la mañana. Como sucedió con el polaco. Humilde, austero. Le dijo a la noviecita de sus doce años de edad que si ella le decía que no él se hacía cura. Viajador de transporte público. Atendedor personal de los llamados a la Curia metropolitana después de las cuatro de la tarde, cuando ya su fiel secretaria se había ido. Bingo. Los ricos tienen de Papa al pobre perfecto. ¿Y? ¿Dónde aplican las efectividades conducentes de ese patrimonio de clase, cultural, presuntamente dominador del imaginario colectivo? El polaco, está bien, fue un ariete del huracán Reagan-Thatcher para culminar la obra del desastre soviético que, desde dentro de esa órbita, comenzaba a avizorarse cuando inició su papado. Pero eso fue hace treinta y pico de años. La ciencia política no soporta que a coyunturas análogas se apliquen diagnósticos idénticos, ni similares, con excepción de que la realidad lo indique. Wojtyla fue a empujar lo que, de acuerdo con lo corroborado, se precipitaba a su declive irreversible. No se trata de minimizar su papel, sino de ponerlo en justa medida. Bergoglio ¿qué va a hacer, para los amantes de las teorías conspirativas que señalan a un Francisco latinoamericanamente comparable a lo que fue Juan Pablo II para Europa? ¿Va a conseguir que se acaben el chavismo, Correa, Evo, Cristina, el “lulaje” brasileño? Veamos aplicaciones bien prácticas, ahora que como el Papa es argentino parece que la Argentina será dada vuelta como una media en sus términos sociales o, mejor, políticos. Fue con el Bergoglio arzobispo, y pretendido articulador de la oposición (la propia derecha periodística recordó en estos días sus reuniones con Macri y Carrió, entre otros, para soldar una alianza), que salieron las leyes de matrimonio igualitario y de identidad de género. Y que se acentuó la liberalización de las costumbres sociales. ¿Dónde estuvo el temible y sacrosanto poder de la Conferencia Episcopal para evitarlo? En ningún lado. Y seguirá ahí, en ningún lado. Por más que el Papa sea argentino. No es una frase. Es una constatación. Según tal aserto demostrado, ¿qué vendría a pasar? ¿Que como Bergoglio fue confesor de Macri o adyacentes se termina el kirchnerismo? Reiteramos: esto es frialdad política. No es para manipulados emocionales. Si el nuevo Papa hubiera sido otro, cualquiera, de cualquier lado, ¿estaríamos hablando de su influencia? No. La noticia, aquí, habría desaparecido, o poco menos, a las 24 horas. En cambio, como es argentino se arma un combo triunfalista al que pronto se sumará la reina de Holanda más, siempre, Messi. Qué tendrá que ver ese agrandamiento pasajero con los laburantes y la política real de todos los días es algo que el suscripto no logra explicarse con el excepto de que de ilusión también se vive. O de que sobre todo se vive gracias a ella, quizá. Las construcciones de imaginario son un ardid de la política, muy efectivo, que no agota su capacidad de sorprender. Por ejemplo, eso de que se puede ser reaccionario en la doctrina pero progre en lo social. O sea: estoy en contra de los divorciados, de los homosexuales, del aborto aun en caso de mujeres violadas y discapacitadas mentales, participo de una institución que protege pedófilos, pero mi opción es por los pobres y vivo de modo franciscano.
Previo a que el mundo pareciera haber pasado a dividirse, tan dramática como alegremente, entre antes y después de Bergoglio Papa, había a través de Junín la enésima muestra de que La Bonaerense es una tragedia constante. Había la inflación, el dólar blue, la polémica por la tarjeta única en los supermercados. Había que se lanzó el dúo Solanas-Carrió, si Cristina seguiría confrontando, si la oposición no existiendo. Resulta imposible (en lo personal) advertir qué de todo eso, y de todo cuanto atraviesa y rodea a las realidades y desafíos de la política argentina, podría cambiar tan siquiera en milímetros debido a que el nuevo Papa nació en un barrio porteño. El periodista lo charló con alguna gente, del costado ideológico propio y del opuesto. En ese orden, se encontró con quienes simplemente manifestaron su irritación por el nombramiento de un conservador que, encima, carga con la sospecha de haber sido colaboracionista de la dictadura. Y en cuanto a quienes piensan diferente o muy distinto a uno, incluso con algún basamento de formación política, apenas se halla la frivolidad de una contentura simplota: el Papa es argentino, expresado al nivel de ganarle a Brasil la final de un mundial de fútbol. Se lee y escucha a las gentes del análisis profesional (casi todos), también de un palo y de otro, y ocurre lo mismo: enojo; nos dieron el Oscar; furia; qué cara de bueno que tiene; como buen jesuita es un personaje maquiavélico; para acá es un vigilante, para allá un revolucionario. Pero en ninguna parte, en ningún párrafo, en ninguna inflexión vocal, en ninguna firma, se descubre cuál es la respuesta a la pregunta de en qué nos puede cambiar la vida este hombre. El Papa argentino. Uno ha llegado a indicarse: no haría a la lógica que tan abrumadora mayoría, hacia derecha e izquierda, apunte a la influencia inconmensurable o importantísima de que Bergoglio sea Papa –por argentino, por latinoamericano, por no europeo, por jesuita, porque viajaba en el subte A, porque es un gran actor, por lo que sea– y yo, uno, relativice esas apreciaciones. El equivocado debe ser uno. Por no darse cuenta de que si una corporación lleva más de dos mil años de vigencia, más vale que por algo es (su inteligencia o la facilidad de montarse en el misterio de después la muerte, vaya a saber). Por no ser una persona de fe religiosa, tal vez. Pero no hay caso. No convence. No hay forma de que el Hollywood romano, y sus comunicadores locales e internacionales, (me) persuadan de que el momento es histórico. ¿La Historia pasa por que salió un Papa que paga el hotel en donde se alojó antes de la rosca cardenalicia? ¿La Historia pasa por que se fue a Ezeiza en remise, y voló en clase turista? ¿Pasa por rechazar traslados en limousina? ¿Esa elementalidad de quien se adjudica ser cordero de Dios es la revolución que el mundo católico estaba esperando? Debe ser así. Que necesitaban un “por lo menos”. Pero permítase disentir en torno de la profundidad de esa revolución, porque como piso suena a techo. ¿Francisco llamará a un Concilio Vaticano que les reconozca a las monjas capacidad de sacerdotisas? ¿Se animará a admitir que debe aceptar identidades sexuales apartadas de lo que llaman “naturaleza”? Así promoviera todo eso en lo doctrinario (los antecedentes no lo ayudan ni un poquito), le faltaría un abismo antes de ser un pastor adverso a los poderosos. Y entonces no se entiende de qué estamos hablando, cuando hablamos de un Papa con atributos revolucionarios.
Sí se sabe, como tantas otras veces, que carecer de las respuestas no significa equivocarse en las preguntas. Todo lo antedicho podría ser una tontería mayor. Pero nunca tan grande como afirmar que basta un Papa argentino, con cara de santo y actitudes sobreactuadas o genuinas, para deducir que la política se alteró por completo.
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