domingo, 30 de octubre de 2011

Cristinazo


 Razones y desafíos de un triunfo histórico. Cristina Fernández obtuvo la reelección con un resultado arrasador. Economía, revalorización de la política y profundización del modelo: las claves de los comicios y lo que viene.

Fue con baile. En sentido metafórico y literal. En el argot futbolero se denomina “baile” cuando un equipo supera ampliamente a otro. Eso fue, exactamente, lo que hizo la presidenta Cristina Fernández: ganó las elecciones por el 53,6 por ciento de los votos, le sacó casi 37 puntos al segundo, obtuvo casi diez puntos más que la suma de todos sus rivales. CFK fue reelecta batiendo récords. Goleando y gustando.
Al baile electoral que la Presidenta le propinó a la oposición le siguió el baile literal durante los festejos. Cómo no ocurría desde hacía un año, la Presidenta liberó su cuerpo arrullada por la multitud que ocupó espontáneamente la histórica Plaza de Mayo para celebrar junto a ella. Toda una postal de los tiempos que corren: en ese mismo lugar, dónde hace diez años los argentinos marchaban su bronca y recibían balas –y hace un año, otra multitud lloraba la muerte de su líder–, la democracia se vistió de fiesta. Y la muchedumbre danzó. Como hacen los pueblos desde tiempos inmemoriales para expresar las alegrías colectivas. Porque eso fue, al fin y al cabo, lo que ocurrió el domingo: se celebró el triunfo de la política como construcción colectiva.

Existen múltiples factores que permiten explicar, con frialdad analítica, por qué la Presidenta obtuvo una contundente muestra de respaldo popular. Para los que consideran que las sociedades son apenas un conjunto de consumidores egoístas y pragmáticos, a la cabeza de esas razones está la vigorosa marcha de la economía. Es un hecho –sería una grosera ingenuidad negarlo– que el órgano más sensible de los ciudadanos occidentales suele ser el bolsillo. Depreciados los dogmas ideológicos y espirituales, abunda la feligresía del consumo. Y para ser consumidor, hay que tener plata en el bolsillo.

En la Argentina, el consumo es una de los pilares sobre los cuales se asienta la eficaz estrategia económica implementada por el gobierno de CFK. Fue, si se quiere, una necesidad que se volvió virtud. La Presidenta ahora reelecta asumió su primer mandato en 2007, en la antesala de una crisis financiera global que obligó a reforzar el mercado interno como un modo de sostener los superávits fiscal y comercial, motores de la recuperación económica en los albores de la era K. Pero los estímulos al consumo no sólo permitieron que la macroeconomía se mantenga a flote en medio del temporal, sino que aceleraron, además, la movilidad social ascendente por tres vías: la creación de empleo, la recuperación del poder adquisitivo del salario y la incorporación al mercado de casi 4 millones de consumidores a través de la instauración de la Asignación Universal por Hijo, una medida de alto impacto social cuyos efectos benéficos serán aún más visibles en el futuro que en el presente.

El acceso al consumo como igualador social. En otros tiempos, la sola formulación hubiese detonado como una herejía en el pensamiento blindado de la izquierda local. Pero los tiempos, es evidente, no son los mismos. Y ese es quizás uno de los mayores aportes del kirchnerismo a la cultura política local: se puede ser flexible en los métodos, pero nunca en los objetivos.

En el caso de los K, el objetivo que guía sus acciones es igualar oportunidades en un país cruzado por las desigualdades. Para lograrlo, Cristina perpetuará la alianza policlasista que hasta aquí le permitió afrontar dificultades y asentar aciertos. Trabajadores organizados, empresarios, organizaciones sociales, un partido con vocación de gestión –el PJ– y nuevas generaciones de dirigentes seguirán integrando el dispositivo de un gobierno reformista que, por romper con la inercia histórica de la Argentina, adquirió rasgos revolucionarios. Al frente de ese proceso, la Presidenta deberá afrontar ahora la etapa más delicada de su proyecto: convertir las transformaciones de estos ocho años en políticas de Estado. Aunque el contexto internacional otra vez se presenta desfavorable, el contundente aval de las urnas le permitirá avanzar por ese camino con menos espinas internas que las que tuvo hasta aquí.

Eso es, precisamente, lo que no comprende la troupe de medios, periodistas, analistas y opositores que se empeñan en adjudicarle a Cristina un apetito voraz por el poder. O con “voluntad hegemónica”. Su marido ya lo había advertido con todas las letras cuando puso un pie en la Casa Rosada: “No vine hasta acá para dejar mis convicciones en la puerta”. Acostumbrado a líderes políticos maleables –cuando no pusilánimes–, el establishment creyó que aquellas eran palabras de ocasión. Que, más temprano que tarde, domarían a ese matrimonio sureño y usarían el gobierno como gestor de sus intereses. Cuando verificaron que la advertencia K se materializaba, se dedicaron entonces a machacar sobre las formas como un modo de invisibilizar el fin, que en el caso de los Kirchner es transformar el país de las injusticias en una patria para todos.

Resulta obvio que, para obtener semejante objetivo, es indispensable demoler algunos privilegios, conjurar inmunidades y derrumbar prejuicios. Tareas que, como en cualquier obra en construcción, provocan ruidos molestos. ¿O acaso es posible reducir a escombros lo viejo y edificar lo nuevo sin subir los decibeles? El silencio sólo habita en los cementerios.

La inevitable confrontación con el statu quo no implica, sin embargo, la intención de expulsar a unos para ubicar a otros. En la noche de la victoria, la propia Presidenta reelecta llamó a evitar “enfrentamientos innecesarios” y redoblar esfuerzos para que reine “la concordia entre los argentinos”. En las horas siguientes, los habituales profetas del caos pusieron en duda esas intenciones. “Cristina llegó al punto máximo. Ahora debe mover las piezas. Y en el armado del nuevo gobierno podrá verse si finalmente va por el diálogo o elige la confrontación”, escribió, por caso, el Editor General Adjunto de Clarín, Ricardo Roa. En su intento poco sutil de influir en la conformación del Gabinete, el editor dejó en claro que el factor de poder que representa sigue sumido en la misma confusión que lo arrastra a la decadencia: Clarín, como otros habitués del poder, concibe el diálogo como un acuerdo de cúpulas, como un ejercicio sectario. Todavía no acepta que, con los K, se sentaron a la mesa millares de actores históricamente relegados al papel de espectadores.

Esa multitudinaria irrupción de los nadies será, para Cristina, un blindaje y un corset a la vez: la Presidenta sabe que esa multitud que el domingo bailó y se emocionó con ella abrazará sus causas, entenderá sus métodos, se irritará ante las traiciones y gozará cada triunfo. Pero también será implacable custodio de aquel legado que expresó su marido: lo único imperdonable es olvidar las convicciones.


La noche de la victoria
Por F.M.

Apenas 15 minutos antes de las 20, el aire se había vuelto espeso en el subsuelo dos del Hotel Intercontinental: militantes, funcionarios, legisladores y periodistas habían desbordado el ambiente y sus respectivos salones. Nadie se quería perder el discurso de la presidenta electa.

Cristina Fernández arribó al hotel pasadas las 20 y se alojó en el piso 19 junto a su familia. Un piso más abajo estaban los ministros. Menos afortunados fueron los restantes invitados que debieron conformarse con un salón vip en el subsuelo donde estaba la prensa. Allí se pudo ver a Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini y Alejandro Dolina, entre otros. 

A las 21.30 llegó el momento más esperado: la Presidenta salió a escena y el subsuelo dos vibró a más no poder. A su lado, un escalón más abajo, estaba Amado Boudou, el vicepresidente electo. Apenas fue nombrado por Cristina, los militantes entonaron: “Y ya lo ve, es para Cobos que lo mira por TV”. Cristina emitió un discurso emotivo, en el que recordó a Néstor Kirchner y llamó a la unidad nacional. Y hasta retó a los militantes que chiflaron cuando le agradeció a Mauricio Macri su llamado: “No sean pequeñitos -les dijo-. En la victoria hay que ser más grande aún”. Para el cierre invitó a subir a sus hijos y a su nuera.
Minutos antes había anunciado sus próximos pasos: “Quiero ir a la plaza a saludar”. Allí, una multitud se iba agolpando para vivar el triunfo. Los militantes que se encontraban en el hotel festejaron la decisión tanto como la victoria, mientras cientos de papelitos volaban por el aire que quedaba del subsuelo, anunciando junto con “Dar es dar”, de Fito Páez, que el acto había concluido.

Las cuatro cuadras que separan el hotel de la Plaza de Mayo se convirtieron en un desfile carnavalesco: columnas militantes, banderas y hasta un colectivo de La Cámpora con una orquesta le pusieron color a la noche histórica. 

Frente a una Casa Rosada iluminada, jóvenes de todas las edades y muchas familias escucharon el segundo discurso de la Presidenta. Tras la ovación sonó, cual metáfora, “Avanti morocha”, de Los Caballeros de la Quema. Con la música de fondo, la multitud se fue desconcentrando en forma escalonada. Mientas unos bajaban hacia la avenida Alem y otros surcaban las diagonales, los restantes se quedaban en la plaza festejando, captando en sus retinas un momento imborrable para sus vidas. Ni los bocinazos de la victoria, que se escuchaban media hora más tarde por el Bajo, lograron despabilarlos. Estaban en su noche soñada.

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Opiniones

Otra sensibilidad
Por José Natanson, politólogo, director de Le Monde Diplomatique

Se abre una etapa nueva. Hubo un primer kirchnerismo, desde el 2003 hasta la noche de la 125, que fue el de la reconstrucción de la autoridad presidencial, de la organización económica, de la creación de un orden nuevo en el peronismo. Hubo un segundo, con la derrota de la 125 y las legislativas del 2009 y que terminó el domingo. Fue un kirchnerismo de minoría intensa que se expandió con medidas como la AUH. Ahora comienza una tercera etapa, la oportunidad de generar políticas públicas con una sofisticación en su implementación. El llamado a la unidad nacional me pareció muy bueno. Cristina está demostrando tener una sensibilidad política diferente a la de Néstor.          


Nunca menos
Por Carlos Girotti, sociólogo

El 23 de octubre ocurrió un voto masivo, incontrastable, una puesta en escena de la subjetividad popular. Todos los logros de los gobiernos de Néstor y Cristina posibilitaron recuperar la confianza en la política como instrumento de cambio, lo que puso de manifiesto una nueva subjetividad. Ahora intervendrán sujetos conscientes: la mayoría del pueblo sabe que tiene un piso, lo que se denomina Nunca menos. Esta concepción lleva a los nuevos actores políticos y sociales a profundizar el cambio y resignificar el sentido de la democracia. Ya no se puede pensar el panorama político de la Argentina sin contabilizar esta nueva subjetividad que se venía gestando desde el Bicentenario, las exequias de Kirchner y las primarias.


Profundizar el modelo
Por Ernesto Laclau, filósofo

Vivimos en un país distinto. Si esta vez no es posible llevar a cabo una pluralidad de proyectos de transformación, será falta nuestra. El Congreso va a acompañar al Gobierno y una serie de medidas progresivas van a poder implementarse porque existe una voluntad política de distintos sectores para llevar adelante los cambios. Pienso en la ley de tierras, en la necesidad de profundizar la institucionalización del Estado y su papel regulatorio, en las demandas culturales que deben extenderse, en la democratización plena del sistema de medios. En este nuevo período también deberá existir un proceso de ruptura mayor con el poder corporativo. Es hora de profundizar el modelo.


El motor industrial
Por Mario Rapoport, economista

Tenemos un contexto mundial que hay que tener en cuenta. Se trata de un contexto de crisis y recesión que no nos va a afectar tanto porque nuestro comercio no está dirigido a los países más ricos sino a los emergentes, que son los que seguirán creciendo. Desde el punto de vista interno, los indicadores son positivos. Nuestro crecimiento este año fue fuerte y así continuará, en la medida en que continúen las políticas macroeconómicas fuertes, que apuntan al proceso de industrialización como motor de este proceso. Aún faltan reformas importantes como la ley de inversiones financieras y el tema tributario. Va a ser un período en alguna medida tormentoso pero soy optmista.