lunes, 20 de mayo de 2013

Un planeta aparte Por Eduardo Aliverti



Es probable que la semana pasada se haya cruzado un límite periodísticamente terminante, por decirlo de algún modo y por si quedaba alguna duda, en torno de hasta dónde puede llegarse en materia de operaciones de prensa.
Los interrogantes subsistentes remiten a la verdadera capacidad de penetración social –y efectividad política– de los embustes circulantes. ¿Estamos ante una ofensiva reaccionaria, o golpista sin más ni más, que puede poner en peligro real la estabilidad o futuro del Gobierno? ¿O es sólo una percepción de franjas de clase media que pueden o necesitan creerse un clima de podredumbre sin empatía, además, con quienes se expresan como posibilidad de cambio? ¿Hay de las dos cosas? Si se admitiera que la gestión oficial tiene rasgos o totalidad de encerrada en sí misma, ¿no es también aceptable que hay un planeta opositor, gobernado por una corporación mediática enceguecida de tirria, capaz de reputarse como autoridad moral suprema y dispuesta a mostrar una realidad de corrupción gubernativa, y total, como la única existente? Este último párrafo podría ser un punto acertado para empezar a meterse en algunas consideraciones –digamos– objetivas. Demos por cierto que el aparato comunicacional del kirchnerismo incurre en excesos panfletarios. Que hay discriminación en el reparto de la pauta publicitaria oficial. Y que, en efecto y visto desde una perspectiva socialdemócrata europea, los medios denominados “públicos” son mucho más proclives al kirchnerismo que asépticamente estatales. Y otro tanto, reconozcamos, acerca de los medios paraoficialistas que son manejados por empresarios afines al Gobierno. La propuesta analítica es dejar de lado que todo eso impone salvedades, del tipo de si acaso un gobierno, respaldado en las urnas por amplia mayoría, no tiene derecho a exponer y defenderse mediáticamente. ¿El poder económico puede hacer alegremente lo que le plazca con los medios de comunicación que domina, y un gobierno –éste, cualquiera– debe sentarse a contemplar que lo vituperen sin asco? ¿En dónde se supone que funciona así? ¿Eso es lo que vendría a ser el respeto por las instituciones (es decir, las instituciones que deben funcionar de la manera que satisfaga al poder establecido)? Cuando Obama sale con tapones de punta a cuestionar a la Fox, ¿se les ocurre hablar de ataque a la libertad de prensa? Tampoco hagamos el descargo de que, si es por actuar o intentar imagen de pluralismo, los medios oficialistas vienen mostrándose más activos que los opositores. En los primeros suelen dar la lista de los adversarios ideológicos que invitan y rechazan el convite; algunos tuvieron el gesto de enviar móviles a las manifestaciones opositoras y hay programas de televisión y radio en los que no se ahorran críticas negativas sobre la marcha gubernamental. En los segundos, no hay siquiera un solo gesto de convocatoria más o menos disimuladora-democrática. La aplastante secuencia de pantalla, micrófono y centimetraje de que disponen Elisa Carrió, Hermes Binner, José Manuel de la Sota, todo radical que ve luz y sube, o cualquiera de esos economistas liberales que siguen invictos en pasar papelones hace años y años, pareciera que fuese representativa de un porcentaje de votos abrumador y no de la pobreza que testimonian sus números electorales. O de la miseria extrema de sus aspiraciones a convertirse en reparadora promesa nacional.
Pero volvamos, y hagamos de cuenta de que nada de todo eso es estimable. Simplemente, preguntémonos si es sensato que –de acuerdo con la estipulación mediática– no haya otra cosa que una banda gubernamental de ladrones; que la imposibilidad de salir a la calle sin riesgo de muerte por delito urbano está certificada; que hay un asesinato por minuto, que se viene el helicóptero, que el dólar no para nunca más, que el campo está a la miseria, que matan a los indios, que mandan una Gestapo impositiva a perseguir a animadores periodísticos, que estamos bailando en la cubierta del Titanic, que ya no se puede ni hablar en familia. ¿De veras que alguien racionaliza que ése es el mundo argentino? No se niega que cierta gente sienta auténticamente eso, por variadas razones que no sería menester analizar ahora y en las que confluyen antropología social, resentimientos personales y, siempre y para rematar, prepotencia comunicacional que sabe anclar por ahí, estimulando bajos instintos. Pero de sentir a sufrir hay una gran diferencia. La misma que rige entre indignarse porque me cuentan que debo hacerlo y la que me obliga a hacerlo aunque en el fondo no sufra lo que me cuentan. En estos días hay un ejemplo fornido. Se cerraron satisfactoriamente las paritarias de los gremios más abarcativos. Bancarios, metalúrgicos, construcción, etcétera. Apenas resta convenir con los camioneros (además de docentes y profesionales de la salud bonaerenses). Estas paritarias promediaron aumentos salariales del 24 por ciento: un número que da la razón a quienes cuestionan las poco menos que ridículas cifras de inflación del Indek. Entre esos convenios colectivos que acordaron por encima de lo que el Gobierno supuestamente no quería (más del 20 por ciento de reajuste anual), están los porteros. Arreglaron un 32 por ciento y a 18 meses. ¿Qué titularon el viernes, a cabeza de portada? Que suben un 20 por ciento las expensas. Ya lo dijo un graffiti allá por el 2001: nos están meando y Clarín dice que llueve. Sin perjuicio de su higiene técnica (las expensas aumentarán en ese por ciento, seguramente), el título tiene de todo menos neutralidad. Le apunta a (una parte de) esa clase media/mierda que milita de la boca para afuera en la sensación de que se pudre todo. ¿Vamos a seguir llamándole a eso “periodismo independiente”?
El desafío renovado se produce al cruzar el límite citado al comienzo de estas líneas. Se lanzó desde un editorialismo dominical que el Gobierno pensaba intervenir al Grupo Clarín, sin sustancia documental de ninguna índole. Se motorizó lo que no llegaba ni al nivel de indicio lejanamente probable. Se creó una temperatura de independentismo periodístico al horno. Se esparció un invento, en definitiva, para advertir sobre aprietes dictatoriales. El alcalde porteño urgió a un decreto de necesidad y urgencia, para amparar a la libertad de periodística. Hasta Gabriela Michetti admitió que esa actitud de “Mauricio” es para favorecer a Clarín. Hasta Félix Loñ, un constitucionalista liberal de cita acostumbrada en los medios opositores, sugirió que la médula jurídica de la movida macrista –a la que se sumó De la Sota– era insostenible. Putean a la Presidenta en cadena nacional; promociones y piezas ¿artísticas? del canal televisivo opositor propagandizan el símbolo del dedo en el culo y, en medio y al cabo de tantísimo más, salen a decir que está en grave peligro la libertad de prensa. Por lo que más quiera cada quien, expliquen de alguna forma qué clase de autoritarismo es éste. Y, mientras tanto, sígase la lógica estricta de la secuencia, con permiso de una muy ligera –y vigente, gracias a la definición de campeones y descensos en los torneos de fútbol locales– alegoría deportiva. El equipo que se sabe en riesgo o desventaja por la superioridad del rival divulga que el árbitro habrá de bombearlo. No es un equipo de segunda división. Es uno que aporta en las ligas mayores y consigue que se instale la presunción de sospecha; e inclusive dictaminan un reglamento propio, para contornear que el referí debe adaptarse a ese estatuto. Pero la argumentación es tan endeble, tan increíble que, de a poco y sostenidamente, van retirándose de sostenerla porque ya cumplieron el único objetivo de ejercer coacción. La fuente periodística que inventó la intervención a Clarín terminó, ayer, señalando que la jefa de Estado retrancó a último momento, cuando ya estaba decidido echar a algunos, dejar en su puesto de trabajo a la mayoría de los periodistas y otorgarles un aumento generalizado de sus sueldos. No. Ya basta. Es demasiado. Está el déjà vu de haber dicho esto algunas o varias veces. No importa.
Según la revalidada interpretación personal, hay la ratificación de que este Gobierno jodió mucho más a los símbolos de sectores medios y corporativos que a sus privilegios económicos (aunque éstos tienen un rol sí preponderante en el caso del Grupo Clarín). Que eso implica no soportar desde la Asignación Universal por Hijo hasta el fútbol televizadamente colectivizado; desde la estatización de las AFJP, que despertaban fantasías de exclusividad a costa de los jubilados, hasta los planes asistencialistas en favor de quienes son los jodidos de siempre. Que esa clase de indignados y que el grupo mencionado, a falta de referentes candidateables en listas electorales, encontraron un manosantismo tan bardero como efectivo, profundamente antipolítico en su acepción de que son todos la misma mierda salvo “nosotros”. Que esa gente, sin embargo, no sabe explicar ni ejecutar cómo traducir su cólera a votos, ni a movilización conductora. Que el terreno en disputa es, entonces, una/esa porción de la clase media que no sabe para dónde encaminarse hasta el punto de que, en 2011 y tras las enormes expectativas despertadas por su “triunfo” cuando la 125, acabaron por votar a Cristina.
La conclusión sería que lo que pasa por la tele no es lo único que pasa. Periodística o semánticamente no es recomendable definir un concepto en función de su opuesto. Pero bueno. A veces no queda otra. La oposición se define a sí misma a partir de la negativa. Y eso no es una oposición. Es una queja y nada más.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿QUIÉN ESTUVO DETRÁS DEL VIAJE DE BINNER A ESTADOS UNIDOS?



El ex gobernador, actual candidato a diputado y futuro postulante nuevamente a la presidencia de la Nación en 2015 Hermes Binner estuvo durante una semana de gira por Estados Unidos. Acompañado por la inseparable legisladora de su partido Alicia Ciciliani, mantuvo reuniones con representantes de la Organización de Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM), entre otros organismos internacionales. “Nos estamos preparando para ser gobierno en Argentina”, fue la frase que escogió Binner para resumir el objetivo de su viaje a Washington y Nueva York. La oficina de prensa del ex mandatario surtió diariamente a los medios de información y fotos de esta incursión por tierras norteamericanas en el marco de su campaña electoral y para seguir posicionándose como presidenciable. Pero de lo que Binner y sus operadores dieron pocas precisiones, o para ser más certeros ninguna, es sobre quién estuvo detrás de este viaje, quién lo organizó y quién lo financió. Y aquí es cuando aparece la fundación argentinaRed de Acción Política(RAP), de la que tanto Binner como Ciciliani participan activamente junto a políticos de otros partidos y provincias. Los otros socialistas que también integran esta especie de cofradía (la propia fundación los llama “políticos RAP”) son la intendenta de Rosario, Mónica Fein; el ex intendente y actual senador Miguel Lifschitz; la titular de la Agencia de Seguridad Vial municipal Clara García; el senador Rubén Giustiniani y el ex ministro de Seguridad provincial y actual secretario de Regiones, Municipios y Comunas de la provincia, Horacio Ghirardi.  Pero, ¿qué es la RAP?, ¿quiénes la conducen?, ¿quiénes son los 130 políticos que la integran?, ¿quién solventa económicamente sus actividades? Preguntas y más preguntas que la clase política no da cuenta. No obstante, aquí van las respuestas.

La Red de Acción Política, según reza en sus principios, es “una fundación plural y apartidaria” que “tiene como misión hacer un aporte a la formación y el fortalecimiento de la dirigencia política en Argentina a partir de un auténtico espíritu republicano”. Y añade que la organización se propone “ocupar espacios de poder para transformar el país en función de valores y conductas compartidas”.
Esta organización tiene sede en la ciudad de Buenos Aires y fue fundada en 2002 por Alan Clutterbuck, quien la preside hasta la actualidad. El titular de RAP carga con una tragedia familiar: es hijo de Rodolfo Clutterbuck (ex presidente de Alpargatas y del Banco Francés), quien fue secuestrado el 16 de octubre de 1988 y hasta el día de hoy está desaparecido, aunque se sospecha que fue asesinado por la misma “Banda de los comisarios” que tuvo de rehén a Mauricio Macri.

Antes de crear esta fundación, Alan Clutterbuck militó durante un año en el partido de Patricia Bullrich (coordinó los equipos técnicos de su fuerza política). Es que nunca ocultó su admiración por la dirigente porteña. “Me impresionó las agallas que tuvo como ministra de Trabajo (del gobierno de De la Rúa) y su enorme vocación de transformar las cosas”, suele repetir.
Si bien la RAP se autodefine de “apartidaria”, su consejo asesor está integrado por intelectuales furiosamente antikirchneristas, como Marcos Aguinis, Juan José Llach, Santiago Kovadloff, Natalio Botana, Sergio Berenztein, Manuel Mora y Araujo y Adalberto Rodríguez Giavarini (ex canciller del gobierno de De la Rúa).
La RAP se dedica básicamente a incorporar a sus actividades a políticos con determinados perfil, los apadrina y los relaciona entre sí, y a todos les brinda cursos de capacitación y viajes al exterior para tener contacto con determinadas organizaciones y dirigentes extranjeros.
Una vez que un dirigente acepta la invitación para ser un "político RAP" la relación se “formaliza” mediante la firma de una "Carta de Compromisos Recíprocos". La fundación asume el compromiso de brindar "contención y apoyo" y el político asume el compromiso de "defender el espíritu republicano, trabajar para recuperar la cultura de la racionalidad, el esfuerzo y tolerancia por el pluralismo, lealtad a la ciudadanía, buscando privilegiar el bien común por encima de los intereses sectoriales y el compromiso para llevar adelante la actividad política de forma ética y transparente".

Aunque la página web de la Red de Acción Política destaca que fue en su momento “político RAP” el ahora jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manuel Abal Medina (h), la inmensa mayoría de los políticos auspiciados por la RAP son opositores al gobierno kirchnerista, y así funciona como una virtual multipartidaria anti K. En su discurso institucional de fin de año pasado, Clutterbuck fue claro al lamentarse por el “clima de creciente crispación y confrontación política que se suma a una moderación del crecimiento”, palabras calcadas de todo el arco opositor.

Así, además de los socialistas, también son políticos “raperos” en Santa Fe José Corral (intendente de Santa Fe), Laura Venesia (PJ disidente), Pablo Javkin (Coalición Cívica), Mónica Peralta (GEN), Hugo Marcucci (UCR), Ricardo Spinozzi (PJ disidente) y Walter Agosto (PJ disidente, ex ministro de Hacienda santafesino), entre otros.

A nivel nacional son “dirigentes RAP” Eduardo Amadeo (PJ disidente), Gabriela Michetti (PRO), Oscar Aguad (UCR), Margarita Stolbizer (GEN), María Eugenia Estenssoro (FAP), Adrián Pérez (Coalición Cívica), Federico Pinedo (PRO), Silvana Giudici (radical ahora aliada al PRO), Paula Bertol (PRO) y Claudia Rucci (PJ disidente), entre otros.
os "políticos RAP" reunidos en una estancia de Pilar en noviembre pasado.
La RAP organiza permanentemente reuniones y seminarios en el país (como las que realiza en la estancia San Ceferino, cerca de Pilar) y en el exterior (casi exclusivamente en EEUU, Colombia, Australia y Nueva Zelanda), donde los políticos que pertenecen a esta cofradía conviven, se relacionan entre sí y hasta arman acuerdos. Y así como Binner y Ciciliani desembarcaron la semana pasada en EEUU de la mano de esta fundación, otros dirigentes santafesinos también realizaron numerosas incursiones en el exterior con pasajes y estadía pagos por la RAP, y el combo viene con reuniones y actividades con una agenda temática preestablecida.

Ya en febrero de 2009, esta fundación organizó un viaje a Nueva Zelanda para cuatro dirigentes santafesino "con el objetivo de que los participantes pudieran conocer e interiorizarse en el funcionamiento de la administración pública". Del mismo participaron Javkin, Peralta, Spinozzi y Clara García.
En abril 2010, una delegación de "políticos RAP" aterrizó en Boston para participar del simposio denominado "Imaginando el futuro de la Argentina". El mismo se realizó en la Escuela Kennedy de Gobierno, de la Universidad de Harvard, y contó con el apoyo del David Rockefeller Center for Latin American Studies. En esta oportunidad Javkin y Fein fueron los santafesinos que estuvieron presentes. También integraron la delegación, Estenssoro, Michetti y Stolbizer, entre otros.
Pero el viaje que despertó más polémicas fue el realizado dos meses después, entre el 5 y el 10 de junio de 2010, a Washington. Allí llegó un grupo de políticos, entre los que se encontraba nuevamente Fein, además de Walter Agosto, Gabriela Michetti y Margarita Stolbizer (una de las más viajeras). El periplo organizado por la RAP, junto al Centro de Estudios Americanos y la Cámara de Comercio Argentino-Estadounidense, incluyó reuniones reservadas en el Pentágono y el Consejo de Seguridad Nacional. Personal de la embajada argentina en EEUU quiso participar de estos encuentros, pero no se le permitió asistir, según denunció en su momento el periodista y titular del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), Horacio Verbitsky.
Fein, junto a la delegación argentina, en Washington durante una reunión con funcionarios norteamericanos.

En junio de 2011 viajaron a Colombia Mónica Peralta, Horacio Ghirardi (entonces secretario de Seguridad de la provincia) y José Corral (entonces presidente del Concejo Municipal de Santa Fe).
Corral, Peralta, Antanas Mockus (ex alcalde de Bogotá)Ghirardi y Javkin en una instantánea del viaje a Colombia.
Entre tantos vuelos, el justicialista Spinozzi fue beneficiado con uno a Australia para realizar un "curso de formación de líderes políticos". La delegación de dirigentes argentinos RAP que viajó en septiembre pasado estuvo integrada además por Stolbizer, Giudici y Bertol.
El justicialista disidente Ricardo Spinozzi, en Australia junto al resto de los "políticos raperos".

En mayo de 2012, la Fundación RAP en colaboración con el School of International and Public Affairs organizó un simposio en Columbia University del que participaron 30 "políticos RAP", entre ellos Lifschitz, Giustiniani, Ghirardi y Spinozzi.
Lifschitz, Ghirardi y Giustiniani, entre los "políticos RAP" que viajaron a Nueva York.


La propia Ciciliani no hace mucho, en septiembre de 2012, ya había volado de la mano de esta virtual "agencia de turismo para políticos" RAP a Colombia (donde entre las actividades que realizaron se destacó una reunión con el expresidente Uribe).
La socialista Ciciliani y el resto de los "políticos RAP" posan junto al ex presidente Uribe.

¿Pero con qué dinero se realizan todos estos encuentros y viajes? ¿Quién solventa la Red de Acción Política? Entre los socios principales figuran Coca Cola, HSBC, JP Morgan, Santander Río. Entre los socios adherentes aparecen Techint, Ledesma, Arcor, IBM y Supervielle Banco. Pero además también son benefactores de la fundación Bagó, BBVA Banco Francés, Microsoft, Telefónica, Alpargatas, Roggio, Siemens, Monsanto, Nobleza Piccardo y hasta la polémica compañía minera canadiense Barrick Gold (denunciada por Elisa Carrió de tener acuerdos oscuros con el kirchnerismo). Aunque por lo que se ve también pone algunas fichas en el otro casillero.

lunes, 29 de abril de 2013

Entre una carpa y un circo Por Eduardo Aliverti



Son tres hechos emblemáticos, para gusto de quien firma. Si quiere juzgárselos sólo como digresiones de mero valor periodístico-coyuntural, sin sustancia de fondo, licuables en el torrente de exabruptos vertidos antes y después de la polémica en Diputados, es válido. Es legítimo. El suscripto cree, en cambio, que se trata de definiciones de alta cuantía política, acerca de aquello con que la derecha machaca sin cesar: la calidad de las instituciones. Por supuesto, si es que convenimos en que las instituciones son sujetos de carne y hueso y no una abstracción.
Empecemos por Ernesto Sanz. Radical. Senador. Por fuera del ambiente mediático que cada tanto lo promociona, de los correligionarios y de sus colegas parlamentarios, no lo conoce virtualmente nadie. El mismo lo admitió, a comienzos de 2011, cuando lanzó su campaña para las internas de la UCR en el teatro Gran Rex. Dijo entonces: “Ya que se repite tanto que no soy conocido, quizá debería empezar diciendo simplemente: buenas tardes, me llamo Ernesto Sanz y quiero ser presidente de la República Argentina”. Ese cotillón de lanzamiento le duró muchísimo menos de lo que canta un gallo. Terminó rendido frente a la candidatura del hijo de Alfonsín, aliado al progresismo de Francisco de Narváez. Y después de eso, siguió su ruta de intrascendencia legislativa absoluta aunque, cada tanto, su fraseología insidiosa le hizo ganar unos ratitos de pantalla en los medios opositores. Supo decir que la Asignación Universal por Hijo fugaba por la canaleta del juego y la droga, por ejemplo. Una frase de burda pero espontánea sintonía con lo que piensa buena parte de esta sociedad, y que después no encuentra cuál construcción política podría edificarse tras las oraciones de gorilismo pornográfico. La cuestión es que este tal Ernesto Sanz, virgen absoluto respecto de lanzar alguna idea alternativa en torno de algo, acaba de mandarse con que “ojalá la economía no mejore hasta octubre”. Sanz quiere que todo se pudra. Su propuesta es ésa.
Vayamos ahora a Oscar Aguad. Otro radical que en los corrillos políticos, incluyendo a sus parientes partidarios, es conocido como “el milico Aguad”. Tipo coherente si los hay. Ahora abreva en Macri, y hasta los conmilitones del radicalismo no se privan de recordar sus fotos con el genocida Luciano Menéndez, ni el papel que jugó en los ajustes bestiales durante la administración de Ramón Mestre. Bien a tono con ese historial, este milico Aguad, diputado, dijo que el Gobierno no le tiene miedo, solamente, al pueblo que marcha con choripanes, dádivas y micros. Lo mismo que piensan Sanz & Cía., seguramente. Aguad le adosó esa cuota de sinceramiento cavernícola, que suele ser habitual en el anonimato de las redes sociales y en las explosiones verbales de ciertos marchantes callejeros, no en un dirigente político al que su carácter de diputado nacional debería conferirle alguna necesidad de cuidado y profundización discursivos. Corresponde aclarar que no es cosa de ensimismarse con la dirigencia del radicalismo. No sería justo, aun excluyendo a Carrió. Ella proviene de ese origen, pero no es tomada en serio ni siquiera por sus colegas de predicciones apocalípticas. Un radical supo decir en estas horas, con natural pedido de off the record, que “Elisa juega al oposicionismo bardero, mediático, sabe que tiene menos del 2 por ciento de los votos y todo le importa nada” (esto último, claro, lo expresó en términos mucho menos elegantes). Agarrárselas con los radicales, al menos únicamente y como producto de su comprobada hibridez histórica, no haría a la constatación empírica por mucho que sería interesante saber si las autoridades del partido comparten las animaladas vertidas por Sanz y Aguad. En esto de quiénes se paran de un lado u otro juegan viudas peronistas, socialistas de intendencias, izquierdoides teatralizados y –rotulemos, para ser muy suaves– populistas que por alguna razón quizás insondable se quedaron en el wing equivocado.
El tercer hecho es que montaron una carpa enfrente del Congreso para oponerse a la reforma judicial, en obvia búsqueda de parangón con la Blanca de los docentes, impulsada por la Ctera hacia finales de los ’90. Aquel simbolismo del comienzo de las postrimerías menemistas fue un episodio histórico, que obró para concluir el derrumbe de un régimen tan democrático como asqueante. En esa Carpa Blanca, instalada el 2 de abril de 1997 y permanecida durante 33 meses, ayunaron cerca de 1400 docentes. Se calcula que la visitaron alrededor de 3 millones de personas y unas 7 mil escuelas de todo el país. El gremio juntó más de 300 mil firmas hasta que el Congreso sancionó la Ley de Financiamiento Educativo. Esa Carpa Blanca fue la más grande y conmovedora protesta social que enfrentó al menemato. En sus 1003 días de extensión, en horarios laborales o de madrugada, dieron testimonio presencial los más altos referentes de nuestra vida pública, en todas las disciplinas que se quieran tomar. Y ahora viene a querer compararse con eso un grupejo de chichipíos a los que no les da ni para entrar a recorrerla, porque ni siquiera hay alguien con quien solidarizarse. Hubo la foto de una decena de caripelas mediático-opositoras, de ésas que rehuyeron el debate en el Congreso para buscar cámara en otra parte. Y hubo una piba, Ailén Navarro, que pasó por “la Carpa de la Justicia” en la noche del miércoles, para firmar contra la dictadura K con unos amigos. Y se quedó completamente sola, hasta las 9 de la mañana. Su diálogo con el cronista Mauricio Polchi, de AM 750, fue de antología. Le pidió al colega que no le preguntara nada sobre política porque no quería comprometerse. Polchi, ante la advertencia, sólo le insistió con que respondiera por qué se oponía a la reforma judicial. La piba le dijo “pará que saco el papel y te digo”. El cronista, inundado de vergüenza ajena, le retrucó “no, está bien, dejá, contame qué pasó acá desde que llegaste”. Y entonces Ailén le relató que pasó toda la noche solita. No se acercó nadie. Fue después cuando trascendió que un diputado opositor apareció a media mañana para pedirle a la piba si, ya que estaba, no podía ir a sacar unas fotocopias. La anécdota puede ser abordada como un simple chascarrillo o como una enorme alegoría. Al firmante le parece que es lo segundo, porque no justifica cómo se puede jugar así como así –no la piba: los truchones mediáticos de la política– con un intento de reinstalar la simbología de la Carpa Blanca. Y si de verdad quieren intentarlo, por lo menos militen, asistan, convoquen. Si no, se hace insoportable que les falten el respeto a la historia, a las luchas populares, a las protestas que tuvieron un sentido de liderazgo conceptual.
Que vaya de epílogo la notable intervención del diputado socialista Jorge Rivas, en el cruce parlamentario por la reforma judicial. “Desde ya que, sin ingenuidad y con la absoluta certeza de que estamos tratando de desatar nudos de privilegio que han sido fuertemente atados durante más de un siglo y medio, suponía que íbamos a encontrar muchas resistencias. Pero el motivo que me empujó a hacer unas breves reflexiones en este debate es que me preocupa la peligrosa banalización que cierta parte de la oposición hace de algunas palabras. Palabras tales como democracia, dictadura, república, entre otras, deberían ser definidas con precisión por quienes las están usando en esta circunstancia, así tenemos la certeza de que hablamos un mismo idioma. Porque no dudo de que en el debate parlamentario le asiste a la oposición todo el derecho a oponerse, e incluso a hacerlo de manera firme y vehemente. Pero, estimados y estimadas colegas, guardemos el recato elemental que debemos tener como representantes del pueblo. Nuestros fueros parlamentarios, necesarios para poder cumplir libremente nuestra representación, no son una patente de corso para decir cualquier cosa sin el más mínimo fundamento (...). Honestamente, no creo que nos encontremos frente a un debate técnico jurídico. Por el contrario, creo que estamos frente a un debate netamente político que, por eso mismo, no debe limitarse a los abogados. Debe ser amplio, ya que el eje de la discusión, me parece, pasa nada menos que por determinar si en nuestro orden constitucional el derecho colectivo tiene supremacía sobre el derecho individual. O viceversa. A mi juicio, esa cuestión ya fue saldada a principios del siglo XX, con el nacimiento del constitucionalismo social que nuestra Constitución recoge en el artículo 14 bis. De modo que anteponer los derechos individuales a los colectivos no sólo me parece un rasgo de fundamentalismo ideológico. También me parece que es negar la propia evolución del Estado de derecho contemporáneo. Y que a quienes pensamos de esta manera se nos trate de totalitarios esconde, en el mejor de los casos, una profunda ignorancia sobre el concepto de totalitarismo.” Jorge Rivas, socialista de los que valen la pena, trayectoria irreprochable, estremecedor ejemplo de vida, el jueves, en el Congreso.
¿Habrá alguna alocución mejor que ésa para referir de qué se habla cuando hablamos de la oposición? Los medios la ignoraron olímpicamente y no porque el inmenso Rivas deba expresarse mediante un procesador de voz, tras que en 2007 sufriera un grave traumatismo encefálico. Lo Sanz, lo Aguad, ese veneno que inyectan los medios, ese insulto a la memoria que significa la escenografía montada frente al Congreso, son representativos e inescindibles del verdadero totalitarismo. ¿Cómo se hace para dialogar con esa gente, que no monta una carpa sino un circo?

lunes, 22 de abril de 2013

No está Tinelli Por Eduardo Aliverti



Si la manifestación del jueves fue antigubernamental u opositora es una discusión interesante y, más que cuando el 13-S o el 8-N, vale la pena prestarle atención. Por lo pronto, fue casi el único episodio capaz de cambiar el eje, excluyente, que trazaron los medios a lo largo de toda la semana. Pero su efecto duró la cobertura del momento, las observaciones del día siguiente y algunas del fin de semana.
Estos fueron unos días informativamente muy ricos, en cantidad y calidad. Sin embargo, el cambalache en que derivó un informe del programa televisivo de Jorge Lanata hizo parecer todo lo contrario. El debate por la reforma judicial, además de las intervenciones legislativas durante su sanción, tuvo un pico a través del cruce entre Julián Alvarez, secretario de Justicia, y el colega Horacio Verbitsky, presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales, acerca de cuál letra sería mejor para precisar el uso de medidas cautelares. Mediática, lamentable y previsiblemente, ese intercambio de opiniones, sustancioso, fue relegado en función de determinar si es el funcionario o el periodista quien mejor expresa los deseos presidenciales; si acaso Verbitsky entró en cortocircuito con la jefa de Estado; si La Cámpora avasalló al ministro del área, y otras especulaciones que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión. Hace ya rato que las formas importan más que la profundidad, debido al vértigo impuesto por los medios para estimular el poco de todo y mucho de nada. Si ya venía siendo así, gracias a la ausencia de representatividad política conservadora y su reemplazo por operaciones periodísticas, la guerra de intereses entre el Gobierno y una corporación mediática lo acentuó. El fallo de Cámara que dio la razón al Grupo Clarín, en su disputa por la ley de medios, es de una naturaleza que desafía la posibilidad de hallarle adjetivos. Cualquiera suena escaso. Una de las argumentaciones de la camarista María Susana Najurieta es que proveer de televisión abierta y servicio de cable resulta “inherente al negocio”, con lo cual –en cuanto a sentencia tribunalicia– probablemente haya establecido un record de posicionamiento ideológico. Lo más panchos, la jueza y sus pares firmantes dicen así que los derechos de un grupo corporativo están constitucionalmente por encima de la administración del espacio comunicacional común a toda la sociedad. Como quiera que sea, la cosa terminará en la Corte Suprema. Y habrá de verse si esa última instancia también se anima a favorecer la avidez de una empresa, contra la razón de una ley votada hace casi cuatro años, que el relator de las Naciones Unidas para la Libertad de Expresión, Frank La Rue, calificó como “ejemplo a imitar para todo el continente y otras regiones del mundo”, que fue precedida y aportada por foros de debate en todo el país.
Frente a semejante fallo que alude, vaya, a los intereses de “la prensa libre”, cabe preguntarse por quichicienta vez: ¿ésta es la Justicia arrinconada? ¿Este es el periodismo amenazado? ¿Estos son los graves riesgos que se ciernen sobre los cruzados de la ciudadanía independiente? Es de reiterar que estamos ante una dictadura muy curiosa. Se sale a la calle a manifestar libremente contra el Gobierno. Los medios –incluyendo los oficialistas– le dan inmensa cabida y hasta se sumergen en cadena nacional, sin ocultar insulto alguno, sin privarse de dividir la pantalla para dar cuenta de que la protesta es nacional, sin carecer de movileros exasperados. Les acontece el fallo a favor de la corporación. Tienen todos los fierros a su albedrío para decir que hay clima de fin de época, que vivimos en un antro de corrupción oficial, y antes que Cristina es bipolar, y entretanto que se sufre un régimen fascista. No se ha visto –también se dijo y también debe reiterarse– un grado siquiera similar a éste, respecto de agresión prosaica o intelectualizada contra una gestión gubernamental. En los medios privados desfilan las gentes cuya comprobación ejecutiva huyó en helicóptero, las gentes de las recetas liberales que a la vuelta de la esquina incendiaron al país, las gentes encausadas que abrazan a Tribunales, los progres noventísticamente ninguneados por la prensa a la que ahora rinden pleitesía, la izquierda radicalizada que consigue sus dos minutos de fama con los tipos que los verduguearon toda la vida. Se juntan el rabino Bergman y Raúl Castells, Binner y Macri, Carrió y Solanas, el hijo de Alfonsín con De Narváez. Y tienen cámara en continuado, y hablan como si sus gerencias fácticas o de presunto liderazgo moral no hubiesen existido, más que para pasar papelones históricos. ¿Qué dictadura es ésta? ¿Cuál es la asfixia?
Esa banalidad analítica tiene parangón con lo mediatizado de la semana. Testigos que dicen y se desdicen al día siguiente, farandulización del tema, casamiento entre frivolidad y corrupción, pruebas truchas, espectacularizar periodismo de investigación para que la espectacularidad sea la periferia y no el centro; animadores televisivos que se matan entre sí porque cada quien dice que la tiene más larga que el otro, cuando todos –quien más, quien menos– responden a los intereses de la patronal que los contrata, sin importar si en lo profundo creen algo de lo que dicen. O si todo lo que dicen es regenteado por el interés corporativo. Si se apunta que es el Fariñagate, es una operación del kirchnerismo para minimizar el caso. Si se acepta que es el Lazarobaezgate, o la corrupción K, o algo por el estilo, hay la duda de si no se entra en el juego de los intereses de Clarín, porque la contundencia aportada por un show televisivo se remite a las declaraciones de unos perejiles mediáticos, protagonistas de programas de chimentos. Todo puede ser. Si es por la evaluación personal, sale decir que correspondería creerles a todos, no creerle a ninguno y finalmente sacar las cuentas ideológicas. Sobre los empresarios amigos y apañados por el kirchnerismo, se conoce o se sabe que hay varios (aunque se los marca como si la oposición proviniese del sexo de los ángeles, y Macri no estuviera procesado, y Binner no formara parte de un partido y gobernación ligados por acción u omisión a delincuencia policial, narcotráfico y demases; y los radicales, y los llamados peronistas disidentes, fuesen algún ejemplo de incorruptibilidad: escucharlo al titular del sindicato de peones rurales, el Momo Venegas, hablando del avance absolutista sobre las instituciones de la república, provoca escalofríos). Si el oficialismo no es justamente una selección de bibliotecarios noruegos, nadie, que no sea una ameba, puede engañarse acerca de la credibilidad total de los comunicadores empleados por los grupos enfrentados al Gobierno.
Apartemos, por inútiles, los cálculos numéricos sobre las marchas callejeras del jueves. Que si más que el 8-N, que si menos, que si esta vez bastante más en las ciudades del interior pero bastante menos en la Capital. Cualquiera sea la cifra de manifestantes que desee tomarse, no se pueden negar ni su renovada exposición, ni su flaqueza política, ni la imposibilidad de que se apropie o impulse del número alguna fuerza o figura opositora. Fue, de nuevo, una demostración muy estimable, que enuncia el hastío o las ganas de cambio del 46 por ciento que no votó a Cristina. Y tanto como eso, reflejado en tanta gente que no disponía de un orador o declaración de cierre, que caminaba hacia todas partes y hacia ninguna, que no tenía un solo mandato unificador, fue una expresión de impotencia. Porque es eso, impotencia, que no se esté enamorado de nada sino embroncado con todo. Fue una marcha contra el Gobierno y contra la yegua en particular, ni dudarlo. Del mismo modo, cada zócalo de la tele, y cada título de informativo, y cada comentario de los periodistas opositores, y cada producción o gesto que venga de ese palo, persiguen socavar al oficialismo y hay gente, mucha gente, muchísima, que se ve representada en esa horadación. Pero después no sabe a dónde ir. Y si no se sabe a dónde ir, se termina yendo a ninguna parte. O a alguna peor de lo que hay. La manifestación del jueves no había concluido cuando todos los referentes mediáticos de la oposición ya estaban despegándose entre sí. Macri directamente no fue, a pesar de haber convocado; tampoco De Narváez, que ni se saluda con el intendente porteño; unos radicales explícitos y unos socialistas apasionantes aclaraban que estaban ahí nada más que para el acompañamiento, porque de alguna idea concreta mejor ni preguntar. Las –llamémoslas– consignas de la salida a la calle volvieron a no resistir un argumento contrario. Libertad, basta de corrupción, Justicia y prensa independientes, etcéteras, son un recitado de manual escolar (en el último número de la revista Barcelona hay una página imperdible en torno de eso). Y entonces no se entiende muy bien de qué hablan cuando hablan de que el Gobierno escuche a “la gente”. ¿Qué tendría que hacer para admitir que escucha? ¿Derogar la Asignación Universal por Hijo para que no haya más mujeres que se embarazan por el plus, diría Del Sel? ¿Retroceder con la ley de medios? ¿Eliminar las retenciones agropecuarias? ¿Dar conferencias de prensa? Y si en efecto hubiera un empresario corrupto deschavado por un informe televisivo de un canal opositor, ¿qué tiene que hacer el Gobierno? ¿Irse? ¿Para que lo sustituya quién, cómo, cuándo, para qué? ¿De qué hablan?
Como no hay respuestas ni lejanamente serias en torno de esa bronca afligida, dispongámonos a que, quizá, lo vivido la semana pasada se convierta en un paisaje cuasi permanente. Divertirse con la política y putear por putear. No debe olvidarse que no está Tinelli.

domingo, 21 de abril de 2013

Consejo de la Magistratura: quiénes y por qué traban la Ley de Medios

La Corte Suprema de Justicia se pronunció de forma unánime que el 7 de diciembre de 2012 caen las cautelares. Eso precipitó que el Grupo Clarín necesite un pronunciamiento de inconstitucionalidad antes de esa fecha para seguir evitando aceptar la ley.

En diciembre de 2009 el juez Edmundo Carbone interpuso una medida cautelar contra la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, en una ofensiva con otras tres medidas adoptadas por jueces en SaltaMendoza y San Juan. Pese a que se jubiló inmediatamente, siguió actuando como juez subrogante hasta que renunció a la causa en 2012.

En esta instancia el lugar de Carbone debería ser remplazado por un nuevo juez designado por el Consejo de la Magistratura mediante un concurso público, tras un proceso de impugnaciones y evaluaciones.

El Consejo de la Magistratura, tras la evaluación de candidatos, presenta ternas al Ejecutivo para que luego las gire al Senado, dándole participación a los tres poderes del Estado. Para cubrir las brechas administrativas que puede generar una demora razonable hasta la designación de un magistrado, las causas son administradas por jueces subrogantes que son sorteados rotativamente, y por su condición transitoria, no son los jueces naturales de las causas que pueden durar años.

Tras la renuncia de Carbone, el presidente de la Cámara Civil y Comercial, Martín Farrel, y el vice Ricardo Recondo, designaron a otro juez retirado como subrogante, Raúl Orestes Tettamanti.

Entre las irregularidades, que fueron denunciadas por el Ministerio de Justicia, la designación de Tettamanti no fue avalada por toda la Cámara Civil y Comercial sino sólo por su presidente y vice, Farrel y Recondo; sorteada manualmente apenas entre dos jueces; y además fue designado en un juzgado donde trabaja su nuera, Ana Bruno, cuando la normativa impide el desempeño de tareas en una misma área con familiares hasta cuarto grado.

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El Consejo

El Consejo de la Magistratura tiene 13 integrantes distribuidos entre 3 jueces, 3 senadores y 3 diputados (dos por la mayoría y uno por la primera minoría), 2 representantes de los abogados federales, 1 por el Poder Ejecutivo y 1 por el ámbito científico designado por el Consejo Interuniversitario Nacional.
Para designar un juez hacen falta nueve votos. El oficialismo tiene entonces cuatro consejeros, menos de un tercio.

Para designar las ternas de jueces y para acusar a magistrados hacen falta dos tercios de los votos del Consejo de la Magistratura.

Por los abogados, uno de los consejeros es Alejandro Fargosi, es un ferviente militante contra el gobierno al que acusa de “populista autoritario”. Entre sus actividades recientes, Fargosi fue uno de los misioneros que junto a su colega consejero y diputadoOscar Aguad, viajaron acompañados por Gabriela Michetti, Patricia Bullrich, Eduardo Amadeo y Federico Pinedo para acompañar Henrique Capriles en las elecciones presidenciales de Venezuela donde Hugo Chávez fue relecto con el 54% de los votos. Fargosi contó, en su carrera al Consejo, con los avales de sus colegas Martínez de Hoz, Grondona y Aramburu, Peres Alati, el radicalismo y el Pro.
cautelares
El otro abogado designado en el organismo es el mendocino, Daniel Ostropolsky, definido por su “discurso antikirchnerista” por Clarín, es afiliado a la UCR y hombre del jefe de Gabinete de Fernando De la Rúa, Christian Colombo,  declaró contar con el apoyo del Pro y el Peronismo Federal encabezado por Francisco De Narváez para llegar al Consejo. Designado por la Federación Argentina de Colegios de Abogados (FACA), el hermano de Ostropolsky es dueño del 50% de Blitz Media SA y el Grupo Jornada, dueños del diario La Jornada y radios FM entre las que se encuentra la repetidora local de Radio Mitre, a través de la licencia de FM 100.3 cuyo dueño directo es el propio Grupo Clarín.

Los representantes de los jueces en el Consejo de la Magistratura son un bastión elocuente contra la LSCA. En septiembre de 2010 el propio diario Clarín tituló que la designación de consejeros tenía un “retroceso kirchnerista”, especialmente de Recondo y Alejandro Sánchez Freytes. El día en que la lista Bordó ganó las elecciones, el propio Recondo anunció: “Ahora tenemos poder de veto”.
Los consejeros en Venezuela
El bloque liderado por los jueces Recondo y Sánchez Freytes, más los abogados Fargosi y Ostropolsky, y los radicales Aguady Cimadevilla, conforman un bloque con el número suficiente para impedir que el Consejo de la Magistratura pueda nombrar jueces naturales en los juzgados vacantes, que deben así trabajar permanentemente con subrogantes, aunque ninguno de los cinco primeros magistrados propuestos fueron cuestionados por ninguno de los consejeros.

Recondo, durante su desempeño como subsecretario de Justicia durante los últimos tres años de la presidencia de Raúl Alfonsín, apoyó el pliego que confirmó en el cargo, tras la dictadura cívico militar, a Edmundo Carbone, que en su último acto como juez activo fue suspender la aplicación del artículo 161 de la LSCA.

Uno de los argumentos de Recondo para apoyar a Carbone fue que el Fores había premiado su labor judicial. La composición del Fores es elocuente sobre los intereses que representan.

El ministerio de Justicia cuestiona la parcialidad de Recondo ya que junto a Graciela Medina dispuso que la Cámara Civil y Comercial interpusiera una cautelar para suspender la Resolución 100/2010, de la Secretaría de Comunicaciones, que cesaba la licencia de Fibertel para seguir operando, caducidad que la propia empresa sabía de antemano y que informó a sus accionistas. Esta medida padece además una irregularidad institucional: el esposo de Medina, Julio César Rivera, es abogado del Grupo Clarín. Además, la cautelar por esta causa fue presentada por la Asociación para la Defensa de la Competencia, cuyos integrantes son abogados de Cablevisión y pertenecen al estudioBouzat, Rosenkrantz & Asociados, que entre sus clientes se encuentran el diario La Nación (socio de Clarín en Expoagro y Papel Prensa), Carbap, Grupo De Narváez, Predio La Rural y la red de tintorerías 5 à sec, de la hermana de Gabriela Michetti, diputada del Pro.

Desde la Cámara Cívil y Comercial, Recondo junto al presidente del fuero designaron a Raúl Tettamanti como subrogante, pese a no cumplir ni con los requisitos de procedimiento ni con la normativa por tener un familiar en ese tribunal. Tettamanti está acusado además de haberse robado con el abogado Marcelo Volper de más de $1.000 millones en acciones y efectivo de los Fondos de la Propiedad Participada de los trabajadores de Telecom.
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En la sesión del Consejo de la Magistratura para designar a un juez natural que tome la causa iniciada por Clarín, en la que hace reclamos patrimoniales sobre las licencias que le pertenecen al Estado y nunca sobre la libertad de expresión, el bloque encabezado por Recondo y Aguad impidió avanzar en el procedimiento. 

Ante la reiterada estrategia de ese sector para impedir el normal funcionamiento del Consejo de la Magistratura, la Procuración General de la Nación tramitó la denuncia contra cinco consejeros.

Así otra vez la causa pasó a otro juez subrogante, Roberto Torti para que actúe en remplazo de Tettamanti. Torti ya le había pedido a la Secretaría de Comunicaciones que permita a Fibertel seguir facturando por brindar un servicio pese a no tener licencia para hacerlo.

En 1999 la Asociación Madres de Plaza de Mayo denunció a los jueces y funcionarios judiciales designados por la última dictadura cívico militar entre los que estaba el secretario de la Sala Civil y Comercial I, Roberto Torti.

El 18 de octubre la Cámara Civil y Comercial admitió las irregularidades en la designación de subrogantes y designó en esa función a Horacio Alfonso, también como subrogante, hasta que se resuelva la designación de un magistrado natural de la causa surgido del concurso público.

De todos modos, el ministro de Justicia, Julio Alak cursó a través de la Procuración General de la Nación, una denuncia penal contra los cinco miembros del Consejo de la Magistratura que impiden el funcionamiento institucional para designar jueces en los juzgados vacantes.

De forma paralela, el senador Miguel Angel Pichetto presentó la propuesta de reglamentar el per saltum en el Congreso para que en casos extraordinarios de riesgo institucional, se pueda abrir paso al pronuciamiento de la Suprema Corte de Justicia.
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miércoles, 17 de abril de 2013

PERIODISMO PARA TODOS Las dos caras de Lanata Por Horacio Çaró

Lanata es un Banana

Para toda una generación de lectores, e incluso de periodistas, Jorge Lanata representó una especie de referente respecto de lo que la sociedad “bien pensante” denomina “ética periodística” y –un tópico algo más concreto y valorable para el oficio– el tratamiento de la información. Pese a su reconocida trayectoria en el periodismo gráfico, el actual alfil del Grupo Clarín se inició en la radio, pero eso a nadie le importa, salvo a quienes saben que algunos vicios de ese formato suelen acompañar a aquellos que luego incursionan en la gráfica. No es una regla, ni mucho menos, pero los periodistas radiales a menudo dicen cosas que ningún redactor escribiría sin chequear, porque parecería que el éter se encarga de evanescer hasta las cuestiones más sensibles a la hora de establecer las necesarias diferencias entre lo verosímil y la mera sanata tirada “al aire”.
Su paso por el mensuario cooperativo El Porteño, donde tuve oportunidad de conocerlo, lo favoreció en varios sentidos. Ernesto Tiffenberg le enseñó a escribir, él mismo se animó a salir a las calles a hacer crónicas, y conoció a buena parte del elenco que más tarde convocó para hacer Página/12, vaciando la redacción de su cuna gráfica sin culpa alguna. Al fin y al cabo, se trataba de trabajo, pago y en blanco, che.
Su paso por el mejor matutino fundado en la Argentina en los últimos 100 años es conocido, su partida un poco menos, pero es muy difundido su encono con el Grupo Clarín, de quien siempre dijo que había sido comprador de Página/12 y al cual denostaba por su participación en Papel Prensa, su posición dominante en el mercado y por sus escandalosas prácticas empresariales.
Pero en este artículo me ocupa una etapa ciertamente reveladora, tanto de su personalidad como de su trayectoria como empresario periodístico. Luego de idas y vueltas en las que creó productos de mayor o menor calidad y diferentes formatos –muchos recordarán Hora 25, en radio, en la vieja Rock&Pop de Grimbank, o el exitoso ciclo televisivo Día D, emitido por canal América–, Lanata volvió a tener la oportunidad que pocos tienen en una sola vida: fundar otro diario, su segunda experiencia gráfica desde cero. Y fue así como nació Crítica, que llevaba la marca de aquel célebre matutino que Natalio Botana logró tornar masivo a costa de contenidos sensacionalistas pero sujetos a las reglas del viejo periodismo. De la mentira no se vuelve, decía el propietario del diario que tenía como insignia un tábano, por lo molesto que ese medio le resultaba al poder de turno.
Lanata transgredió largamente la consigna de Botana, y frente a la renuencia de un apoyo oficial que él debe haber puesto como seguro en el balance previo de factibilidad del proyecto, no trepidó en mentir las veces que fuera necesario con tal de, habrá sopesado, seguramente, torcer el brazo al incipiente kirchnerismo.
El tiempo se encargó de demostrar que no fue sólo la falta de apoyo económico oficial lo que le faltaba a Crítica para enamorar a la suficiente masa crítica –valga la insidiosa redundancia– que hace exitoso a un medio recién nacido. Las operaciones berretas, sus editoriales cada vez más autorreferenciales, la carencia de una línea editorial clara, más allá de la inquina personal contra el gobierno de Néstor Kirchner y su modo de construir poder y hacer política, lo convencieron de que debía abandonar la nave, como ya había hecho en proyectos como la revista XXI, dejando a muchos trabajadores de prensa en la calle.
Crítica, sin Lanata, duró poco. Y al cerrar sus puertas, dejó, nuevamente, un tendal de laburantes sin sueldos, obra social y jubilaciones. Una de sus víctimas, Ricardo Pérez Banega, recuerda algunos detalles que vienen a cuento en estas horas en que el creativo periodista se ufana de ser la vanguardia de la fuerza de choque con que Clarín ataca al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Así hablaba Pérez Banega en aquellas aciagas horas que sucedieron al cierre de Crítica:
Párrafo aparte merece la reacción de ayer de algunos medios al informar con verdadera mala leche sobre esta noticia. Es gracioso y patético verse corrido por izquierda por Clarín. Que el diario que convivió e hizo grandes negocios con los militares (Papel Prensa, junto a La Nación), gerenciado por la señora que se sospecha apropiadora de hijos de desaparecidos, que implementa el terror como política laboral (no tiene, por ejemplo, comisión interna) sostenga en un artículo sin firma que Crítica “moderó últimamente su posición sobre Kirchner”, es tan torpe que resulta cándido. “Lanata se va por la caída en las ventas”, dice Clarín, luego de aclarar que no tiene cifras del IVC sino afirmaciones del mercado. Crítica tiene, sin embargo, cifras del IVC: en febrero Clarín cayó 61.875 ejemplares los domingos y 26.213 de lunes a viernes. Cifras altas incluso para los 250.000 ejemplares promedio de Clarín. El diario que montó ilegalmente Radio Mitre, que obtuvo Canal 13 del menemismo y logró la fusión monopólica del cable con Kirchner nos acusa de falta de independencia. Clarín no soporta que no le tengan miedo. Me hubiera gustado, al menos, dar esta pelea con Roberto Noble, su creador, y no con su lobbista Héctor Magnetto y el genuflexo señor Kirschbaum, cada día más encorvado por decir que sí. Nada de lo que digan sobre nosotros cambiará la imagen que ustedes tienen al mirarse al espejo.
Palabras repletas del dolor que sólo conocen quienes perdieron su empleo y no se resignan a ver las persianas cerradas de su lugar de trabajo hasta poco antes de proferirlas.
Pérez Banega, además, recuerda otras reacciones de sus camaradas de Crítica:
Carla Castelo, hija del recordado Adolfo, utilizó su cuenta de Facebook con el objetivo de ser “escuchada”, y para darle a entender a Jorge Lanata lo que ella piensa sobre él. Una de las cosas que más le cuestiona es “traicionar cada una de sus ideas”.
E invita a leer la carta de Carla:
“Violencia”, dijo Lanata cuando le pregunté qué quería de la nota que me había encargado para la revista XXI, 24 horas en una patrulla bonaerense. Fui varias semanas para encontrar violencia, porque los canas eran unos gordos mamertos.
Después me encargó la investigación del crimen de Cabezas. Lo hacía con un compañero. Nos metimos hasta los huevos. Cuando le llevamos la investigación, que conducía a la Policía Bonaerense y entonces a Duhalde, decidió que no iba a ser publicado y me mando a cubrir desfiles de moda y a mi compañero lo echó impunemente.
Pero hay un dato poco conocido del ahora periodista estrella de Clarín. Y Pérez Banega lo revela de forma cruda y directa:
Jorge Lanata nació el 12 de septiembre de 1960 en Mar del Plata y fue registrado con el Documento Nacional de Identidad Nº 14.234.966. Durante años manejó libremente su economía personal y profesional con ese DNI –y su consecuente CUIT–, firmando diversa cantidad de contratos y préstamos a efectos de realizar infinidad de emprendimientos comerciales.
Pues bien, algo cambió, según el ex trabajador de Crítica:
En el marco del fracaso que fueron algunas de sus iniciativas, Lanata comenzó a tener serios problemas financieros, lo cual llevó a que fuera inhabilitado por el Banco Central, especialmente después deprovocar la quiebra –supuestamente fraudulenta– de dos de sus empresas: Data54.com y Comunicacion Grupos Tres SA.
Pérez Banega remata su relato con una denuncia mucho más grave que la bomba de humo con que dio inicio a su ciclo 2013 de Periodismo Para Todos:
A raíz de los inconvenientes ocasionados por esta situación –necesitado de seguir manejando cuentas personales y tarjetas de crédito–, Lanata no tuvo mejor idea que “usurpar” el DNI de otra persona, una mujer llamada Sara Esperanza Osuna, con domicilio en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Este nuevo documento es casi idéntico al anterior, salvo por un número: el original –de nacimiento– es 14.234.966. El usurpado, 14.234.965.
Para quienes quieran constatar la doble cara de Jorge Lanata, Pérez Banega, brinda su fuente sin problema alguno. Sólo hay que hacer click acá.

lunes, 15 de abril de 2013

Una crítica desleal Por Eduardo Aliverti



¿Cuáles antecedentes habrá de que una medida de Gobierno (no éste en particular: cualquiera) haya sido cuestionada, desde la unanimidad opositora, sólo “por las dudas”? ¿Cuántas veces pasó que sea virtualmente imposible encontrar una, apenas una fundamentación técnica para contraponerse a tal o cual acción del oficialismo de turno? Pero, sobre todo, ¿se tiene registro de que haya habido alguna oposición de turno capaz de reconocer que de eso se trata? ¿Admitir que únicamente es cuestión de me opongo porque me opongo?
Casi con toda certeza, debe haber historial al respecto. Sin embargo, el solo hecho de tener que dedicarse a revolver para toparse con algo parecido, en la historia reciente o lejana, ya habla de la dimensión del asunto no por su importancia en sí, ni por el interés popular que despierta. De ser por eso, admítase que la reforma judicial es uno de esos temas mueve pelos masivos. Es tomada como cosa de jueces, abogados, gente del mundo del derecho o de políticos que quieren aprovecharla. Hablan de ampliar casaciones, de Consejo de la Magistratura, de juridicidad más democrática, y no hay manera de descubrir que en la conciencia o el espíritu social mayoritario esté hecho carne. Lo cual no tendría por qué decir algo sustantivo. Cuando Kirchner ordenó bajar el cuadro de Videla de las paredes del Colegio Militar, nadie se lo reclamaba. Estuvo a la izquierda de la sociedad cuando hizo eso. Pero fue uno los actos fundacionales para construir y ejecutar un relato, que sirvió –entre otros aspectos– a fin de que jóvenes y desencantados volvieran a confiar en la política. Es que alguien, desde allí, podía animarse a patear algún tablero. La justeza de una medida o una actitud, su proyección a largo plazo, su modalidad, pueden no ser apreciados por las masas como un elemento determinante, cuando en verdad lo es. Para eso están los líderes, los estadistas, las figuras sobresalientes: para adelantarse a las expectativas sociales. De modo que no. No se señala que la reforma judicial no deba importar porque, hoy, le interesa solamente a una minoría de cenáculos. Sí se apunta que, tenga de fondo lo que tuviere, el Gobierno vuelve a marcar agenda. Pero esta vez, en lugar de que se acuerda una Súper Card con los supermercados y se retruca con que eso es una mera transferencia de ingresos, de los bancos a un sector del comercio; en lugar de que haya publicidad oficial en exceso y se cuestione que el Gobierno usa los fondos públicos para propagandizar, y no para dar cuenta constitucional de sus actos; en lugar de que Cristina haya hecho uso y abuso de la cadena nacional, para contraponer que ese recurso debe limitarse a casos de gravedad o repercusión masiva, el Gobierno propone tal y tal medida sobre el funcionamiento de los Tribunales y le dicen “no, no te creo nada; no nos incumbe entrar en ningún debate; estamos en año electoral y lo único relevante es nuestra capacidad de convencer para cuestionar lo que sea”.
Si acaso lo entrecomillado puede parecer una exageración interpretativa, una semblanza retórica y punto, vean lo realmente ocurrido. Una serie de dirigentes enfrentados al Gobierno, de cuya existencia no se tenía mayor noción pero que fueron presentados en los títulos del periodismo opositor como un arco monolítico, llamó a la rebeldía ciudadana sin más ni más. En previa sintonía, Federico Pinedo, del PRO, quien, ya hemos dicho, no es ni de lejos el peor gurka de la derecha sino un tipo habitualmente centrado, twiteó que no tiene idea de lo propuesto por el Gobierno pero que cabría presumir un avance sobre la independencia de la Justicia. Carrió equiparó al proyecto oficial con “una dictadura de facción”, y la cúpula radical la reprodujo en palabras textuales. Los socialistas (?), o alguna de sus caras más visibles, se subieron a lo mismo. Se entiende de qué hablan, en cuanto a intencionalidad política. Están en todo su derecho democrático de hacerlo. Lo improbable es localizar objetivamente en cuál soporte argumentativo se amparan. Y en mayor o menor medida, todos concluyen en que ahora viene el 18-A y “los ciudadanos” deben conformar ese ahí, ese cuándo, esa explosión. A ganar la calle, sin que tampoco alguien explique para qué por fuera de engancharse al odio de clase, a la libertad de comprar dólares, a la defensa de esas “instituciones” que jamás precisan y en las que se defecaron toda la vida. Un otrora icono de la frivolidad reaccionaria, Bernardo Neustadt (periodista de presunto o auténtico gran influjo entre la última dictadura y los comienzos del menemismo), tenía el mérito de aprovechar o inventar frases efectistas. Una de ellas era “prohibido criticar sin proponer”. Imaginemos ese concepto, que Neustadt usaba para amparar a los militares y a sus mandantes civiles, aplicado a los que ahora serían sus seguidores contra la dictadura kirchnerista. La propuesta vendría a ser “dejemos todo como está, que estamos bárbaro”. Para el caso, en la Justicia.
Cuando pasan estas cosas, el carácter de lo simbólico es mucho más fuerte que el análisis de toda proposición. Más que importar si esto es bueno o malo (la coyuntura de una medida o lo estructural de un gobierno), de seguro sería peor –mucho peor– en manos de una runfla que supera a la hibridez de lo que fue la Alianza, cuando la articulación entre viudas peronistas, radicales y compañía en la decadencia del menemismo. Aquello, por lo menos o digamos, tenía algún sentido de consenso para acabar con la corrupción, siempre que no fuera la sistémica. Esto, en cambio, es un rejunte que mezcla el agua con el aceite sin ningún empacho vergonzante. Sindicalistas de aparato extorsivo; empresarios-nenes bien metidos en política, a falta de cuadros políticos que defiendan sus intereses mejor que ellos; tipos con un piné que se agota, con suerte, en manejar intendencias; legisladores que entran por acá y terminan allá, en esos monobloques unificados en sí mismos. Y los campestres que el jueves pasado, en una asamblea de la extinta Mesa de Enlace, en presencia de Eduardo Buzzi y adláteres, llamaron a “hacer desaparecer” al Gobierno. Entre todos no juntan uno solo capaz de marcar el paso. Eso es lo que vuelve a verse ante la dichosa reforma judicial que impulsa el oficialismo: no tienen un dirigente, ni uno y ni por asomo, en condiciones de dar debate. Lo rehúyen. Carecen de quien pueda valerse de lo mediático para discutir, aun cuando tienen los medios a disposición para escandalizar sin contrapartida.
Un breve repaso sobre el objeto de estudio. Están más o menos todos de acuerdo en extender las cámaras de Casación más allá de las fronteras de lo penal. Luego, gente progre del derecho expresa que restringir los recursos cautelares hace pagar a justos por pecadores, porque, por vía de cercar a Clarín y a sus chicanas, se protegerían los abusos del Estado contra particulares. Pero de esto, en la oposición, se habla un poco más que nada y hasta al revés. Solamente los excita que en las elecciones habrá que votar candidatos a Consejo de la Magistratura. Y que, por tanto, tendrán que pensar de quiénes disponen para presentar postulantes. Como para eso tienen igualmente a nadie, el ardid es señalar que el Gobierno se quedará con la Justicia enterita, a través de candidaturas mezcladas en las listas sábana, en las que van aspirantes a diputados, senadores y concejales, nacionales y provinciales. ¿No tendrían que interrogarse por qué le tienen pánico al sufragio popular? Si están tan confiados en que el ciclo kirchnerista se acabó, y en que en agosto/octubre de este año, o en 2015, surge una Nueva República Grondoniana, o Carriotística, ¿por qué preocuparse? Si el 18-A van a tapizar de bronca propositiva el Agora ateniense; si la yegua ya está con la lengua afuera; si les falta nada más que el último empujón, ¿cuál es el problema? Van, votan a sus chicos y sanseacabó. Así de fácil, en acuerdo proporcional a lo que indican como el crepúsculo del oficialismo. No se presentan a debatir. Conservan o usufructúan la ofensiva mediática para no dormirse del todo en los laureles. Y chau. ¿No es así? ¿Será igual que en 2009, cuando se deleitaban con Cobos en reemplazo urgente del matrimonio presidencial derrotado? ¿Será que un par de años más tarde de imaginarlo debieron digerir el 54 por ciento? ¿Será que no le confían a que el 18-A, y antes el 8-N o el 13-S, tengan traducción política? No se entiende. Hay algo que no cierra. O tienen la potencia necesaria para descansar en que la bronca masiva hará de las suyas a favor. O saben que “la gente” no es tonta, tras ratificar durante diez años –en las urnas y en la convicción activa o pasiva– este modelo de construcción que radica en ir cimentando como se pueda. Con el convencimiento prioritario de que no puede construirse nada que valga la pena a través de las recetas de los ’90.
Disculpas por lo sempiternamente reiterativo, pero uno ve que en contra de esta ampulosa o tibia reforma judicial están los voceros periodísticos de los privilegios de clase, los peronistas disidentes, Sanz, esos radicales trajeados de republicanos impolutos, Carrió, Moyanos, algún trosco imperturbable. La suma de todos los fracasos comprobados. Y no queda otra que fugar a no, está bien, dejá, me quedo con lo que hay. Deberíamos estar discutiendo que el patrón energético del país es paupérrimo; que caridad no es solidaridad; que Cristina sola no alcanza; que sin perjuicio de lo que fue el devastador huracán noventista se impone avanzar más enérgicamente en la calidad del empleo, en ir dejando atrás el asistencialismo. Es difícil, muy difícil. Si los que cuestionan absolutamente todo no quieren discutir absolutamente nada, ¿puede darse alguna discusión leal?