lunes, 12 de marzo de 2012

La Luna les ladra a los perros Por: Roberto Caballero


Es imposible, hasta ahora, asociar el intenso despliegue y estrépito mediático del affaire Ciccone con alguna figura judicial más o menos grave que lo justifique. La reacción morosa del gobierno, al darse cuenta que no van sólo por Boudou, sino por quien decidió que fuera su vice. El riesgo de cederle a Magnetto un trofeo para su living.

Héctor Magnetto quiere la cabeza de Amado Boudou en la pared del living de su casa. Está de temporada de caza. Su coto es limitado: en él habitan diez o 20 funcionarios kirchneristas que impulsaron la batalla antimonopólica con enjundia. 
Pero eligió a Boudou, porque a su vez, es el vicepresidente elegido por Cristina Kirchner, su enemiga jurada, a quien quiere ver humillada. Golpear a Boudou es golpear a la presidenta, donde más le duele: sus decisiones. 
Fue ella la que optó por Boudou, así lo dijo en público, porque el entonces ministro le llevó el plan para estatizar las AFJP.  En adelante, lo que era un pequeño mercadito de capitales que garantizaba negocios a un puñado de empresas, se convirtió en el principal fondeo de la política económica anticíclica del gobierno, garante además de los dos aumentos anuales que reciben jubilados y pensionados. 
Ese fue el primer pecado de Boudou. Venía del Cema y actuó como si se hubiera formado en el Fide. Pero hay más: el viernes 9, Tiempo Argentino anticipó en exclusiva que la Cámara de Casación autorizó el levantamiento del secreto fiscal de dos accionistas del Grupo Clarín, José Aranda y Lucio Pagliaro, cuyos patrimonios se incrementaron en un 250% en sólo dos años, tras vender muy caras acciones de Cablevisión a las AFJP, que más tarde cayeron en su valor en más de un 300 por ciento. Es decir, la justicia los tiene en la mira por presunta “estafa” contra los jubilados que habían depositado sus fondos en las administradoras privadas. 
La Unidad de Información Financiera (UIF), además, pretende que se los investigue por “lavado” y que devuelvan la plata, unos $ 500 millones. Como se ve, con las AFJP se podían amasar negocios, de los buenos, hasta que Boudou tuvo la maldita idea de estatizarlas. O, en palabras de Clarín: transformarlas “en una caja K”. Boudou no es amado, por eso mismo. 
El alto perfil del vice, hay que decirlo, es su Talón de Aquiles en esta disputa. La lícita pasión por las motos, los autos y la guitarra; su sonrisa y las ganas de vivir un romance a la luz del día con una chica además bonita, sirven para generar artículos y fotos en la revista Gente. Eso, claro, cuando todo va bien. Pero el día que Clarín se encapricha con que Cristina tiene que entregar a su vice en el altar de los sacrificios (ver ilustración de Sábat, el viernes 9, en el diario de Magnetto, Aranda y Pagliaro), arriman verosimilitud a cualquier operación de demolición, por más falsa que fuere. 
El “affaire Ciccone” no arroja novedades sobre las prácticas mafiosas de Clarín, en tanto grupo empresario que utiliza sus medios para perpetuar su posición privilegiada en el mapa del poder, el de verdad. Así como golpea a Boudou, perdona a Mauricio Macri y acaricia a Daniel Scioli. Es Aranda, boina en mano, el que aparece en la foto de Expoagro junto al gobernador bonaerense, a quien el grupo supone un atajo al post cristinismo. ¿Será una casualidad que la firma Boldt, señalada por Boudou como gestora de la denuncia, tenga el control del juego en la provincia? Es sólo una pregunta. 
Habría que decir en favor de Scioli que esa historia viene de la época de Eduardo Duhalde. El ex motonauta la heredó así y por ahora cumple con la orden de Cristina de ser el canal público y privado con el establishment, es decir, no hay razones para pensar que haya decidido alejarse del dispositivo K, ni evidencias de que sea enemigo de Boudou, aunque algunos los ubiquen como adversarios en 2015. 
En esa foto también aparecía Aranda junto a Antonio Bonfatti (socialismo en el FAP), el gobernador de Santa Fe, quien recibió de manos de Hermes Binner la relación con Clarín y Boldt, que imprimieron las boletas socialistas para las primarias y presidenciales de la provincia litoraleña. Linda foto esa: del otro lado, junto a Scioli y Bonfatti, estaba José Claudio Escribano, de La Nación, el hombre que pretendió imponer a Néstor Kirchner, apenas asumido, un pliego de condiciones en nombre de la aristocracia local y la Embajada de los Estados Unidos.
En la batalla de Clarín contra el gobierno democrático, el caso Boudou es el intento de crear una cabeza de playa. Lograr que se vaya, para Magnetto sería una victoria, que preanuncia otras. No es tan preocupante la situación del vicepresidente por sí misma en toda esta historia: el fiscal Carlos Rívolo aún busca elementos para iniciar una investigación preliminar que le permita acusar por algo al vice, y salvo los consejos de Julio Blanck desde su panorama político (“tráfico de influencias”, caratuló el editorialista, que así y todo escribe mejor que Eduardo van der Kooy, el premiado por el genocida Jorge Videla en 1977 como “joven sobresaliente”. Al menos los dos conservan la coherencia: Van der Kooy y Videla, aunque no son lo mismo, hoy aborrecen a los Kirchner), hasta ahora es imposible asociar el intenso despliegue y estrépito mediático del caso con alguna figura judicial más o menos grave que lo justifique. 
Lo que preocupa, sin embargo, es que un sector del kirchnerismo se haya visto tentado por resolver disputas y celos internas desde las páginas de Clarín, debilitando a Boudou, que también es debilitar a Cristina. Mientras el vice denuncia a Boldt, otros funcionarios oficiales le habrían abierto a esa empresa las puertas del presupuesto nacional de modo generoso. ¿Una especie de “quinta columna” que cacarea en un lado y pone los huevos en la calle Tacuarí? Tal vez, quizá no tanto. 

La Argentina sigue siendo ese país raro, donde el censor de Clemente durante la dictadura, Joaquín Morales Solá, puede impartir lecciones de moral desde La Nación, cuyos títulos de tapa últimamente fueron desmentidos, nada menos, que por el titular de la Corte Suprema de Justicia, a quien nadie puede acusar de talibán K –más bien lo contrario–; los accionistas de Clarín, como en esos cónclaves de clérigos iraníes, pueden dictar fatwas contra vicepresidentes que sonríen demasiado y arruinan sus negocios, y los perros observan asombrados cómo la Luna les ladra. Y, a veces, hasta les aúlla.