lunes, 23 de septiembre de 2013

Entrevista a Ricardo Forster - “Intelectual y popular”

Contar nuestra propia historia
“Intelectual y popular”
Hay un refrán que dice: “Pesimista en las ideas, optimista en la acción”. Esta frase es la que mejor representa al filósofo y candidato a diputado por el Frente para la Victoria, Ricardo Forster. Catedrático en la Universidad de Buenos Aires, ensayista e integrante y fundador de Carta Abierta es una extraña combinación entre militante y crítico intelectual.

¿Cuál es el rol de Carta abierta?

Carta Abierta surgió con el estallido de la 125 y se constituyó como una asamblea de debate público. Nosotros no lo leímos como un simple conflicto sectorial sino como un punto clave de la vida democrática argentina. Los sectores del poder económico querían condicionar a un gobierno para que diera marcha atrás en la política que tocaba los grandes intereses de la renta agraria. Nuestra primera carta puso blanco sobre negro lo que no se decía, hablamos de clima destituyente y de un conflicto que tenía que ver con una historia de debilitamiento continuo y de degradación de los sectores del poder en relación a los gobiernos democráticos. A lo largo de cinco años, nos reunimos sistemáticamente cada 15 días en un lugar emblemático como es la Biblioteca Nacional y bajo la condición de hacer reuniones abiertas, cualquiera puede participar. Se han escrito 13 cartas con distintas problemáticas. Todas han tenido impacto sobre el debate público. La última, sobre todo, que ha tocado el tema de la corrupción, la denuncia serial, el amarillismo, ha dolido mucho en los sectores que construyen hegemonía mediática. Reivindico el espacio como un lugar insólito en la vida argentina que a lo largo del tiempo reunió a centenares de personas para debatir diversas problemáticas. Carta Abierta no es un partido político sino que tiene otras características. Hoy se produjo algo más o menos nuevo como es el hecho de que en mi caso acepté el ofrecimiento para ser candidato a Diputado Nacional por la Ciudad de Buenos Aires.



¿Pensás que tu candidatura podría modificar a Carta Abierta?

Creo que Carta Abierta no va a dejar de ser lo que es porque uno de nosotros pueda convertirse en diputado. En mi caso, implica otro plano de compromiso pero también significa que el kirchnerismo ha propuesto a través de mi candidatura un pensamiento que no renuncia a la crítica y que es libre de decir lo que quiere. Para mí es un gran desafío político cultural poder ofrecerle a la sociedad otra densidad, otra complejidad. Y creoque esto es una señal de lo que el propio kirchnerismo es como espacio de confluencia.

La burla a Horacio González en el programa de Jorge Lanata resume una cierta postura frente al discurso intelectual, ¿qué sentís con respecto a ello?

Me parece que es parte de una práctica totalmente analfabeta y anti-intelectualista, que está muy metida en ciertos sectores de la sociedad argentina. Un desprecio por el lenguaje, por la complejidad, por las maneras de pensar el mundo. Las cosas se pueden decir directamente pero requieren una reflexión previa. La opacidad es parte de la vida social. Lo que Lanata pone en evidencia es a ciertos dispositivos mediáticos que buscan reducir el lenguaje a una expresión elemental. Gran parte de la conciencia de época está atravesada por esa lógica, por ese desprecio a la complejidad del decir y del pensamiento. Es muy importante ir contra eso sabiendo que, en realidad, vamos contracorriente. Las personas quieren que se les explique las cosas lo más sencillas posibles. Prefieren que otros piensen o que otros digan o que manipulen. Con ese tipo de dispositivos se pone en riesgo la cultura toda.

¿Cómo convivís con la constante crítica de los medios?

Si la crítica es honesta y se maneja dentro de los parámetros de la aceptación de las diferencias, me parece valiosa y necesaria. Cuando uno plantea una idea, lo mejor que le puede suceder es que otro la discuta. Pero el problema aparece cuando los medios de comunicación tienden al reduccionismo más estrecho, a la descalificación, al encasillamiento brutal. Si alguien está de acuerdo con este gobierno proviene de una tradición intelectual “K” y eso lo que busca es simplificar lo que es mucho más complejo. No todos aquellos que defendemos al gobierno y venimos del campo académico e intelectual pensamos de la misma manera. Ciertos medios de comunicación buscan la tachadura del otro a través de una brutalización de las ideas que uno defiende. Intento devolver este tipo de simplificación a través de un análisis crítico de por qué operan de esa manera, qué intereses defienden y qué consecuencias tiene eso en la vida democrática. Después, lo que es del orden de la injuria y del insulto ya es del plano pre-democrático.


La actualidad política argentina plantea una clara división entre kirchneristas y antikirchneristas acérrimos. Para vos, ¿puede existir un consenso?

Hay momentos de una sociedad en los que las tensiones que se vuelven visibles son producto de lo no resuelto previamente. Cuando surge un proyecto que hace visible las injusticias y plantea ir en camino de la resolución de los conflictos a través de una disputa con las estructuras de poder real genera tensiones en la vida social. Bajo la forma democrática el conflicto tiene maneras de resolverse que tienen que ver con la participación popular. Cuando el conflicto se da en el interior de una guerra, lo que tiende a plantearse es la lógica de amigo y enemigo. Eso es lo que tienden a construir como fantasma aquellos que creen que el conflicto le hace daño a la sociedad. En realidad, el conflicto es inherente a la vida democrática porque lo que pone en evidencia es la diversidad, las contradicciones. Hay políticas porque hay algo no resuelto. Si todo estuviese resuelto y todo fuera parte de la lógica del consenso, estaríamos dentro de un dispositivo de la administración y el gerenciamiento. La paradoja es que aquellos que acusan al gobierno de generar conflicto son aquellos que siempre hablan y han actuado en la historia argentina bajo la forma de mirada golpista. El consenso es viable en tanto los acuerdos no supongan terminar en forma artificial lo que ha generado el conflicto. Hay un consenso casi total en la Argentina que es el consenso democrático. Y sin embargo, por ejemplo, La Nación viene escribiendo editoriales muy peligrosos para decir que, en realidad, estamos frente a un gobierno de tendencias totalitarias con matriz fascista. Si esto fuese el fascismo quiere decir que el fascismo real no existió, por lo tanto las víctimas no existieron. Consenso con esa lógica de La Nación yo no puedo tener. Como tampoco puedo tenerlo con aquel que defiende un orden económico que es antagónico con mis principios igualitaristas.

¿Por qué te parece que la oposición no puede dar un debate firme?

La oposición política ha quedado capturada por un engranaje mediático corporativo que es el que determina su lenguaje y su agenda. Uno dice “la oposición” y unifica diferencias históricas y diversas posiciones políticas. Se supone que no debería ser lo mismo una oposición liberal, el macrismo o la izquierda. Sin embargo, lo que uno ve es que es una oposición que tiene una relación muy escasa con sus propias tradiciones políticas. El radicalismo se ha convertido en un partido conservador y ha perdido en gran medida su tradición yrigoyenista de democracia popular. La centro izquierda es funcional a una concepción de la vida económica que proviene del neoliberalismo. También vemos a los que vienen de Libres del Sur, que se definen a sí mismos como progresistas, de izquierda, populares, estar en una alianza con Prat Gay. Después tenemos el massismo, Massa es el típico candidato formado por la consultora, el marketing, la publicidad, de sonrisa rápida y frases huecas, que trata de acomodarse siempre a un discurso que es un discurso del “consenso”. En verdad el debate es complicado porque sobre todo en una campaña es difícil debatir con una oposición que se acostumbró a que la agenda no le sea propia. Ya no discute, apela a golpes bajos, al sentido común más brutalizado. Frente a eso, el kirchnerismo se atrevió a debates que parecían no viables en la sociedad argentina y a desafiar una y otra vez a las estructuras del poder. Eso me parece que es la diferencia entre el kirchnerismo y la oposición.

Hubo un debate televisivo en el que Cristina Kirchner planteó que el militante político debe ser optimista, mientras que David Viñas aseguraba que los intelectuales deben ser críticos. ¿Cómo confluyen en vos el militante y el intelectual crítico?

Yo creo que confluyen las dos cosas. En término civilizatorios tiendo a ser pesimista. Me parece que vivimos una etapa de la humanidad muy complicada con un sistema económico, social y cultural complicadísimo para una vida más libre y para el cuidado de la naturaleza. Hay una escena mundial oscura, compleja, de enormes niveles de violencia, veo problemas estructurales de lo que sería lo civilizatorio contemporáneo y lo que es el capitalismo que para mí es un sistema depredador. Sin embargo, veo que también hay fisuras, posibilidades, líneas de ruptura, movimientos a contracorriente. Creo que algunas de esas cosas están sucediendo en América Latina. Ahí tendría una lectura más optimista. Creo que a veces ser revolucionario es meterse por esas fisuras que el sistema tiene y que generan, entre otras cosas, lo que hoy está sucediendo en los países de Sudamérica. Fijate lo que dice Cristina, el político tiene necesidad de transmitirle a la sociedad un cierto mensaje optimista. Es difícil hacer política desde la perplejidad, desde la duda, desde el pesimismo, pero a mí me parece interesante incluso haciendo política no perder de vista esas otras condiciones de la vida contemporánea. A veces sería bueno que algo de ese pensamiento crítico de David Viñas se pudiera meter en el discurso político.

¿Te preocupa la sucesión presidencial? ¿O el kirchnerismo sin Cristina?

Dicho así, kirchnerismo sin Cristina, claro que me preocupa. Quiero decir, Cristina expresa no solamente una cuestión casual sino que es la consecuencia de una extraordinaria etapa histórica de la Argentina que ha girado alrededor de un potente liderazgo. Los liderazgos no surgen de probetas ni se inventan en una oficina de marketing, lo hacen desde condiciones históricas de momentos muy peculiares y están atravesados muchas veces por la casualidad. Rafael Correa decía eso: es casi un azar que en un mismo tiempo histórico hayan confluido liderazgos de la altura de Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales, Lula Da Silva. Entonces cómo no me va a preocupar pensar el kirchnerismo sin Cristina. Yo creo que sí se puede pensar la continuidad del modelo si Cristina no es candidata presidencial, porque dentro del kirchnerismo hay hombres y mujeres en condiciones de expresar los contenidos más potentes del Frente para la Victoria. Un ejemplo puede ser Brasil, Lula y Dilma. La actual presidenta de Brasil era una funcionaria que no era muy relevante para la sociedad y Lula pudo transmitirle una parte sustantiva de su carisma y liderazgo. No hay kirchnerismo sin Cristina pero sí hay continuidad del kirchnerismo sin que ella sea candidata a presidenta en el 2015.

¿Qué opinión te merece Daniel Scioli?

A Scioli hay que reconocerle que ha sabido permanecer en un lugar en el que no es fácil estar, pero no representa en absoluto lo que yo quiero decir cuando hablo de profundización y continuidad de un kirchnerismo genuino. Scioli sería un aliado más cercano a la concepción de la sociedad que hoy puede representar Massa que a lo que han representando Néstor y Cristina Kirchner. Pero al mismo tiempo ha demostrado, por distintos motivos que nunca terminaremos de desentrañar, una alta lealtad y eso es su valor político. Es muy difícil meterse en el interior de una persona y dilucidar qué es lo que está pensando. Lo importante son los hechos, las formas reales de la conducta. Mientras Massa trabajó siempre para irse y en el momento en que pensó que ya era tiempo se fue, Scioli siempre ha permanecido en los momentos en que parecía que se iba.



La corrupción según Forster

¿Son todos chorros?

“Siempre es imprescindible crear mecanismos que logren impedir que en el Estado avance la corrupción. Para que esos mecanismos tengan la suficiente autonomía y sean efectivos, debe haber un Poder Judicial capaz de investigar, hacerse cargo de la denuncias y llegar a una resolución en tiempo y forma. Creo que no hay nadie que pueda defender a un Estado que tenga funcionarios corruptos. Después está la propia maquinaria estatal y está también el capitalismo como un dispositivo en el que la lógica de la corrupción se despliega. Generalmente se piensa a la corrupción sólo desde un lado: el funcionario corrupto. Pero se pierde de vista el rol fundamental de las empresas a la hora de generar la corrupción en el interior del Estado. Sin acuerdo entre el privado y el público no habría corrupción estatal. Se habla de bóvedas y bolsos repletos de dinero, pero no se habla del sistema financiero internacional que sólo necesita apretar un botón para que se transfieran miles de millones de un país a otro y se generen fugas masivas de capital de países emergentes. De esa corrupción que crea miseria, marginalidad y muerte nunca se habla.

“Tampoco se habla de la corrupción del ‘76 en adelante, un proceso de endeudamiento que hipotecó el futuro de varias generaciones. El Megacanje, el Blindaje, las políticas del FMI: nada de eso está asociado a la corrupción en el gran discurso corporativo mediático. La corrupción es siempre la denuncia de la denuncia a algún funcionario. Lo mismo se dijo del peronismo. Perón había sido de todo: había violado niñas de la UES, vaciado las arcas del Banco Central y se había llevado todos los lingotes de oro al exilio. Entonces el golpe del ‘55 vino de nuevo a rescatar a la República de la corrupción y de las demagogias populistas. Bajo la misma lógica, hoy las grandes corporaciones dicen: Rescatemos al país de vuelta del populismo, de la demagogia y la amoralidad. Las consecuencias ya las conocemos. La arremetida contra la corrupción es un viejo recurso de las derechas.

“Ahora bien, cuando el gobierno plantea la reforma de la Justicia, los medios dicen que va contra ella y que la Justicia debe ser independiente, y que, por sobre todas las cosas, funciona bien. Si así lo hiciera, quiere decir que está en condiciones de investigar y de llevar a buen puerto los casos de corrupción. Pero cuando los casos de corrupción no son llevados a buen puerto porque no condenan a los funcionarios corruptos, resulta que los jueces también son corruptos o han sido comprados por el gobierno. Entonces, en ese caso, sí habría que reformar la Justicia para que no haya jueces corruptos. El discurso de la anti-corrupción, es un discurso antojadizo que cae muy bien en un cierto sentido común, que siempre identifica a la política con la corrupción. Eso abre el camino de la despolitización. Si la política siempre es corrupta que vengan los gerentes, los administradores, los tecnócratas, porque esos no roban. Yo diría que uno tiene que discutir la problemática de la corrupción pero con el cuidado de que eso no se convierta en el centro y contamine un proyecto de transformación real de la sociedad en beneficio de la continuidad de una corrupción estructural.”
http://hamartia.com.ar/2013/09/16/entrevista-a-ricardo-forster-intelectual-y-popular/