lunes, 22 de agosto de 2011

La caída de las máscaras, Por Eduardo Aliverti


Tienta señalar que éstas fueron las elecciones de los supuestos consolidados. No es así.
Fueron las elecciones de los mitos operados. Ante todo, claro está, el de que se vivía un clima antioficialista expandido, enérgico, imparable, poco menos que terminal. Macri había “hundido” al kirchnerismo, sin ir más lejos. Santa Fe y Córdoba extendieron esa semántica, con verbos de igual tenor y figuras como “ocaso” y “fin de ciclo”. Da vergüenza ajena repasar las notas de opinión y los comentarios sucedidos desde la primera vuelta capitalina. Por sentido común y desde la valoración profesional. No termina causando ninguna gracia, como periodista, el bastardeo al oficio hasta este extremo cuyo salvajismo no se relaciona con el mal gusto de la retórica desmedida, que es cuestión de cada quien, sino con la falsedad de los datos. Ni siquiera con la manipulación. En torno del periodismo, cuando se dice “falsedad”, la palabra tiene una carga connotativa insuperable, porque implica que se viola un precepto básico. Que se traiciona al lector, al oyente. No es que hay una parte de la información que se relativiza en aras de un razonamiento juzgado como trascendente. No: mintieron en forma directa. No había, mientras hablemos de profesionales del análisis, quien no supiera y asimilase que la ventaja kirchnerista en la provincia de Buenos Aires y su conurbano –proveedores de más de la mitad del padrón, junto con una Capital en la que Cristina tenía ya tenía un piso de tercio– era indescontable. Y proyectiva de una victoria aplastante. Lo revelaban las propias encuestas de sus consultores amigos, ¡que ellos mismos publicaban! Era tan brutamente obvio como el voto cordobés de alta proporción cristinista que De la Sota intentó licuar, en su patético discurso ganador, con el argumento-pistola del “cordobesismo”. Era tan escandalosa esa obviedad como el alto plafond kirchnerista que incluso la pobre elección de Rossi garantizaba en Santa Fe, uno de los núcleos duros del agro, para no hablar de los anticipados y notables guarismos de María Eugenia Bielsa. ¿Qué cálculo tenían los pregoneros del “hundimiento” oficial? ¿Era posible que pifiaran tan bestialmente, aun sin contar tampoco que todo antecedente electoral, desde marzo, venía dando la victoria a los oficialismos? Lo advertían ellos, no hay que cansarse de subrayarlo. ¿Perdieron de vista así nomás que Das Neves no había podido ganar ni por unos pocos miles de votos en Chubut? ¿Tanto no interpretaron Misiones, La Rioja, Neuquén, San Juan, acerca de un ánimo popular excedente de los localismos? ¿De veras se creyeron que la explosividad de Jujuy con un gobernador kirchnerista pintado; y el escándalo en derredor de Schoklender; y lo otrora agresivo de una “ruralidad” vividora de cambiar la 4x4 y comprar inmuebles, encarnarían una caída definitiva de los K? Vamos, que nos conocemos. No hubo errores ni hubo excesos. Hubo unas operaciones de prensa vomitivas para intentar torcer lo que conocían de sobra. Digamos que era aceptable dudar de cómo le saldría a Olivos haber corrido a la CGT del centro del escenario, por ejemplo, porque fue una movida muy fuerte. Pero hasta ahí. El resto fue falsear y eso, en esta actividad, no debería olvidarse. No es sentimiento de venganza. Es ganas de que, ya que tan cristalino quedó el carácter fanático de “la prensa independiente”, haya sanción popular más allá de las urnas.
Un segundo elemento es haber partido de facturarle deficiencias a la dirigencia opositora como si ésta realmente hubiera querido ganar. Nunca quisieron vencer. Jamás. El hijo de Alfonsín, El Padrino, El Alberto, De Narváez, todo lo que ellos representan y dejemos para después a un par de paradigmas patológicos, sólo procuraron el intento de dar testimonio gracias a lo que llamaríamos inercia de un proceso democrático. Ninguno, absolutamente ninguno hasta el punto de que la única ¿sobresaliencia? previa de esta elección fue el milagro para Altamira, tenía más objetivo que parlotear lugares comunes, impedidos de traslucir vocación de poder. ¿Poder para qué? ¿Para retroceder las iniciativas que el pueblo reconoce? ¿Poder para dar marcha atrás con la reestatización del sistema jubilatorio, con la ley de medios, con las retenciones agropecuarias, con la Asignación Universal por Hijo, con el incremento del empleo estable? ¿Qué utopía era ésa de “quiero un país para todos”? ¿No pudieron inventar ni apenas un spot publicitario creativo, en medio de los mayores espacios en radio y tevé de que hayan dispuesto nunca, y pretendían que “la gente” los estimara aptos para gobernar el país?
Hay igualmente que el viento de cola de la economía mundial, y el precio de las materias primas internacionales, y el tipo de cambio administrado, y el carisma inmenso y de viudez de Cristina, son la reproducción del noventismo menemista e inderrotable. Si así fuera, si pudiera dejarse de lado la solidez en que ancla un modelo y el otro, si se apartara el avance de un bloque regional avisado de las derivaciones de una derecha absolutista, si el mundo no estuviera tomando nota de que podría ser mejor mirar para acá, ¿se dieron cuenta ahora? ¿Después del domingo? ¿No era que había un “fin de ciclo” inminente? Así le fue a Carrió, en torno de la que, hace mucho tiempo, incluyendo a sus propagandistas mediáticos, se era consciente de su extravío mental. Todos sabían que su narcisismo autodestructivo encontraría de freno la pérdida de millones de votos. Todos sabían que mucho antes que política eso era show místico. Como todos sabían que Pino es un ególatra que seguía sus pasos. Todos sabían que estaban montándose en inventos. Aunque sea, podrían haberse dado cuenta de que el mejor para inventar algo era o es Binner. Ni eso.
Hay más obviedades para este boletín. Una, el riesgo de creerse que ya está, que se terminó, que no hay nada más que hablar. La Presidenta fue la más sabia y prudente en ese sentido, y estuvo bien en fugar hacia adelante. No me la creo, dijo, contrastando con una oposición a la que no le da ni para la grandeza de decirse que seguirá peleando. Vamos por el equilibrio en el Congreso, pasaron a decir sus referentes mediatizados. Ya abandonaron con la excepción oratoria del animal duhaldista, que pronostica un revival del 2001 provocado por él a la cabeza, o entre ellas. Pero debe reiterarse que no hay antecedentes de lo que quiere decir una elección primaria ganada por semejante paliza, aun cuando se juzgue que la mitad del electorado no votó al oficialismo. Esto último también admite alguna prevención, porque se saca la cuenta de que no votar “por” es inexorablemente igual a hacerlo “en contra de”. ¿El 10 por ciento de Binner es una masa profundamente adversa a los grandes trazos del kirchnerismo? ¿A los votos en blanco los computan como trasladables en paquete a opciones antioficialistas? Los del milagro de Altamira, quitándoles el componente mediático-romántico de esta instancia, ¿son voluntades de la revolución proletaria que conquistarían el hijo de Alfonsín o El Padrino? Curiosa forma de medir al 50 por ciento que no votó K.
Con la oposición autoasumida hacia octubre en una caída irreversible y ya dedicada al placé del Congreso y las concejalías, y salvo por algún “efecto Atocha” que no está en cálculos de nadie, casi la única pregunta a dos meses vista sería qué actitud asumirán los grandes medios militantes de la furia antikirchnerista. Por el momento, se los nota más bien absortos. Las dos respuestas probables, sin embargo, conducen a una lógica parecida. Si bajan el tono, a esta altura es difícil que se los crea auténticos. Y si no lo hacen, les irá peor todavía. Pero cuidado con descifrar eso como el símbolo de una decadencia insalvable.
Las elecciones, cualesquiera, son episodios. Lo que expresan las urnas es volátil. Nunca lo es, en cambio, la acción de quienes representan intereses de poder concentrados y brutales.