lunes, 27 de febrero de 2012

Peripecias y enigmas de la Bandera Argentina

(Ilustración: Javier Candelero)

Existen distintas hipótesis sobre el formato y la disposición de nuestra Enseña patria. Las dudas se disiparon en julio de 1816, cuando el Congreso de Tucumán convalidó la característica que tiene en la actualidad

.Los comienzos del año 1812, el año III de la Revolución, se presentaban mal para el arbitrario gobierno del Primer Triunvirato, que integraban Juan José Paso, Feliciano Chiclana y Manuel de Sarratea, pero que obedecía a la poderosa voluntad de su ministro de Guerra, Bernardino Rivadavia.

En efecto, políticamente, las provincias estaban muy disconformes con el Triunvirato porque tenía sus orígenes en el golpe de Estado puramente porteño del 23 de septiembre de 1811, que había disuelto el gobierno precedente –realmente representativo de todas las provincias–, y había expulsado de vuelta a sus lares a los diputados del interior y el Litoral. Militarmente, la flotilla de Azopardo y Bouchardo se vio desecha por los realistas en el combate naval de San Nicolás en marzo del año anterior.
Por el Norte, el desastre Huaqui había abierto las puertas de Salta y Tucumán a las tropas españolas de Goyeneche y Pio Tristán y Montevideo seguía en manos de los leales al rey.
Para colmo, el general Antonio Gaspar de Vigodet, que reemplazó provisoriamente al virrey Francisco Javier de Elío, rompió en enero el vergonzoso convenio que había asegurado la paz en el Litoral al precio de cederle toda la Banda Oriental del Uruguay y parte de Entre Rios. Ahora, los navíos de Vigodet incursionaban por el río Paraná, aterrorizando a las poblaciones costeras y apoderándose de reses y vituallas para aprovisionar a Montevideo.
Para poner fin a esta situación, el Triunvirato acudió nuevamente a los servicios del general –entonces coronel– Manuel Belgrano.
Un patriota todoterreno. Belgrano era un hombre que, efectivamente, había servido a su patria en varios terrenos. Por empezar, era abogado diplomado.
Cuando joven, siendo secretario del Consulado de Buenos Aires, había teorizado y proyectado como economista, bregando entusiastamente por la industria, el comercio y la agricultura del país; posteriormente había incursionado en el periodismo; en los meses previos a la Revolución actuaría como un político subversivo; después del 25 de Mayo aceptaría ser militar para expedicionar –sin suerte– sobre el Paraguay, al que volvería en agosto de 1811 como diplomático, encargado de obtener la sumisión del estado guaraní a Buenos Aires.
De vuelta de esta fracasada misión a fin de año, el Triunvirato le encargó en enero de 1812 la nada fácil tarea de disuadir a los realistas de sus correrías fluviales.
El general-doctor parecía el hombre adecuado para la situación. Era respetuoso de las autoridades superiores, modesto, frugal, honrado, de clara inteligencia y heroico en las batallas.
No perdía su temple en las derrotas y se afanaba por instruirse en las artes militares, en las que tenía 13 años de experiencia en las milicias urbanas, pese a la leyenda “civilista”.
Claro que no era un santo laico, como pretendió pintarlo Mitre; era un hombre con sus virtudes y defectos: era bastante mujeriego (“a las pobres mujeres he mentido diciéndoles que las quiero, no habiendo entregado a ninguna jamás mi corazón”, confesaría a Güemes); despreciaba a los pueblos federales del interior, a los que llamaba “la canalla”; dejó en libertad bajo palabra al general enemigo Pío Tristán pero fusiló sin proceso al caudillo artiguista de Santiago del Estero, Juan Francisco Borges; y detestaba porteñamente a Artigas, a quien acusaba falsamente de estar al servicio de los realistas.
Rosario. Así fue que Belgrano quedó encargado de fortificar las riberas del Paraná en la jurisdicción de la actual ciudad de Rosario, entonces un pequeño villorrio. Para hacerlo, partió de la Capital el 24 de enero de 1812, al frente de Cuerpo Primero de Infantería y del Cuerpo de Castas. Arribó a su destino el día 7 del mes siguiente.
De inmediato, con ayuda del vecindario y bajo la dirección del capitán de Artillería José Rueda y del teniente coronel Ángel Monasterio comenzaron a edificarse las dos pequeñas fortificaciones (las “baterías”) planeadas: la bautizada “Libertad”, sobre la costa, y la llamada “Independencia” en una isla a mil metros de ella.
Pronto estuvieron terminadas y artilladas, pero el diligente Belgrano –el “bomberito de la Patria” le llamarían sus soldados– no se conformaba con los aspectos puramente materiales de su misión.
Sabía de la importancia de los valores simbólicos y emotivos en la lucha entablada por la independencia, así que solicitó al Triunvirato que creara una “escarapela nacional” para que los soldados “no se equivoquen”, distinguiéndola de la española que aún seguían usando.
El Gobierno consintió en lo pedido el 18 de febrero y entonces el general fue por más: escribió al Triunvirato el 26 poniendo de relieve la necesidad de tener un pabellón propio, porque “las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado”, como decía con toda lógica.
Con la misma lógica también dio por sentado que Buenos Aires aprobaría su propuesta, y sin esperar respuesta, al día siguiente enarboló por primera vez una bandera de su creación, de color celeste y blanco, en la batería “Libertad”, en el atardecer de aquel 27 de febrero de 1812.
En la ocasión, frente a sus soldados –ya reforzados con la llegada de los “Dragones de la Patria” y los “Granaderos de Fernando VII”–, dijo en una arenga: “Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno; en aquél, la batería Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas.
Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria!”. Enseguida informó al Triunvirato: “Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional; espero que sea de la aprobación de V.E”. Dice M. Saravia que el pabellón fue hecho por la rosarina María Catalina Echevarría e izada por otro hijo de Rosario: don Cosme Maciel.
Pero el antiguo secretario del Consulado de Buenos Aires se engañaba acerca del grado de patriotismo de sus amigos porteños. Prisioneros de su propio conservadurismo político y de su sumisión a los intereses de Gran Bretaña, Rivadavia y el Triunvirato rechazaban toda idea de Independencia, que en cambio sostenían desde un principio Belgrano y Artigas.
De allí que, lejos de alegrarse por la creación de un símbolo evidente de ella como era la ostentación de un pabellón distinto, repudiaron la iniciativa del prócer. Le ordenaron que hiciese “pasar por un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza (la Casa de gobierno), y 
que hace el centro del Estado”.
Por suerte para él, Belgrano no se en­teró de la reprimenda, ya había partido para Salta a hacerse cargo del des­moralizado Ejército del Norte, derrotado por los realistas en el bien llamado “Desastre de Huaqui” del 20 de ju­nio de 1811. De allí que, después de re­cibir el mando en Yatasto de manos de Juan Martín de Pueyrredón, volvió a exhibir el pabellón nacional el 25 de Mayo de 1812, en la Iglesia Matriz y en la Plaza Mayor de Jujuy. Recibió una se­gunda reprimenda… que esta vez sí leyó.­­­
¿Cómo era la bandera? Finalmente, ¿cómo era la bandera del General Belgrano? Mitre dice que “azul y blanca, reflejo del hermoso cielo de la Patria”, pero esta frase debe estimarse apenas como una licencia poética del biógrafo.
En primer lugar, porque no era “azul”, sino celeste, como escribió su mismo creador, y el celeste es una tonalidad más suave del azul, de la que toma su especificidad; y en segundo porque Belgrano no se inspiró al hacerla en el “cielo de la Patria”, sino que –con escrupulosidad legal, como buen abogado que también era– se atuvo a los colores ordenados por el Gobierno para la escarapela.
Y estos colores no eran, como equivocadamente se dijo, los del “manto Celeste” de los retratos de la Virgen María, porque ellos, como demostró Rafael Garzón entre nosotros, eran los azules. En realidad, el color celeste proviene directamente de la Banda Celeste y Blanca (blanca al medio) de la Orden Real de los Borbones, creada en 1771 por Carlos III y exhibida por los varones de esa rama de la realeza.
De conformidad con los deseos del ministro Plenipotenciario de Gran Bretaña en Río de Janeiro, Lord Strangford, el Primer Triunvirato siguió recubriéndose todavía en 1812 con la llamada “Máscara de Fernando VII” y, en consecuencia, es natural que eligiera, como eligió, para la “escarapela nacional” los colores de los Borbones reinantes en España. Belgrano no hizo sino extraerlos de ella, legalmente. Todo está escrito y no hay misterio con relación a ello.
Lo que sí constituye una incógnita es saber cómo estaban dispuestos los dos colores elegidos, ya que Belgrano no lo dijo en sus comunicaciones al gobierno. Había al menos cuatro versiones: la que dice que aquella bandera era exactamente igual a la actual; la que sostiene que, aun siendo horizontales en su disposición, estaba el celeste al medio y el blanco arriba y abajo; una tercera concuerda en la horizontalidad de las franjas, pero no en el número de ellas: habrían sido dos solamente, una celeste y otra blanca; y la última hipótesis acepta que fueran solo dos colores, pero dispuestos en paños verticales.
La versión más propiamente histórica, basada en la tradición oral, afirma que después de su derrota en Ayohuma (4 de noviembre de 1813), el general Belgrano, para evitar que cayera en poder de los españoles, entregó a su gran amigo el padre Juan de Dios Aranívar, cura de la localidad boliviana de Macha, la bandera que había izado en Rosario un año y medio atrás.
El sacerdote la escondió tras un cuadro de Santa Teresa que pendía de las paredes de la capilla de la vecina localidad de Tiriri, donde fue descubierta a fines del siglo XIX: tenía 2,25 metros de largo por 1,60 de ancho y sus colores, verticales, aportaban una quinta versión: tres franjas blanco-celeste-blanco... Mas esto no acaba con los enigmas, ya que en aquel mismo momento, escondida en otro cuadro de la misma santa, se descubrió una segunda bandera: esta, sí, igual a la actual, de 2,34 por 1,36 metros.
La tradición oral quiere que este pabellón sea aquel que el general hizo tremolar en Jujuy en el segundo aniversario de la Revolución de Mayo, con lo cual viene a resultar que Belgrano no habría creado una bandera argentina sino dos.
El enigma está lejos de haber sido resuelto del todo, pero lo cierto es que nuestro pabellón fue recién aprobada oficialmente por el Congreso de Tucumán en julio de 1816 con el formato actual, al que se le agregó el 25 de febrero de 1818 el distintivo central del sol incaico propuesto por el diputado bonaerense, padre Luis José Chorroarín. Tal el proceso de constitución de nuestra enseña nacional, sus peripecias y sus enigmas.