viernes, 26 de noviembre de 2010

Los espectros del pasado y la anomalía del presente, POR RICARDO FORSTER

POR RICARDO FORSTER

Los espectros del pasado y la anomalía del presente

25-11-2010 / 

Ricardo Foster
La historia muy pocas veces es lineal. Imaginar, entre nosotros, un recorrido causal y necesario es suponer que el hilo del tiempo discurre con placidez, alejado de tormentas y sorpresas, de situaciones inesperadas y de bruscos giros que suelen sacar de quicio aquello que supuestamente responde a una racionalidad subyacente. El tiempo, el de un país, el nuestro, zigzagueante y espasmódico, entrañable y trágico, suele responder a una extraña alquimia de materialidades realmente existentes y acontecimientos que dislocan lo previamente anunciado como esperable. Ruptura y continuidad se entrelazan marcando a fuego la complejidad de un presente anómalo; de un presente capaz de persistir atravesado de viejas matrices, a la vez que nos ofrece el panorama de lo nuevo que disloca lo establecido hasta configurar una escena inimaginable de acuerdo a la fuerza inercial de una historia que, eso parecía evidente e inmodificable, seguía una marcha hacia una decadencia siempre anunciada como destino irrevocable. Muy de vez en cuando, cuando no se lo espera, algo sucede, algo intenso, que viene a alterar las escrituras del poder. Algo de eso, en su excepcionalidad, aconteció a partir del 25 de mayo de 2003. Lo insólito, lo que no podía estar pasando, simplemente comenzó a derramarse sobre una época descreída que, en muchos que continuaron aferrados a su incredulidad, condujo a la teoría de la impostura. De una suerte de relato de ficción astutamente desplegado por el saltimbanqui y prestidigitador venido del sur y dispuesto a engañar para que todo siguiese igual. Hubo que esperar hasta su muerte, también inesperada, para terminar de desgarrar el velo de la impostura, de ese relato mentiroso y autoexculpatorio que tanto les sirvió a ciertos intelectuales y políticos supuestamente progresistas a la hora de consolidar su opción por el poder corporativo y la restauración conservadora.

El vértigo estaba marcado por la caída en abismo, por esa espera del cumplimiento de lo peor que venía arrojándonos, en tanto que habitantes de esta geografía sureña y muchas veces destemplada, a la intemperie. Sin horizonte, pero también sin pasado a redimir. Puro presente de angustia, corroboración de un destino estrellado contra el muro de ilusiones vanas o de engreimientos ahuecados después de años de horrores, miedos, desilusiones, banalidades, fiestas dispendiosas, cualunquismos diversos y profetismos quiméricos. Años en los que los puentes entre las generaciones se rompieron y en los que lenguajes y tradiciones emancipatorios se transformaron en objetos arqueológicos, piezas de colección de un museo temático en el que el presente, como tiempo de llegada al fin de la historia, se volvía escenario de un mundo sin sueños ni esperanzas. Apenas entre sus pliegues o en sus napas soterradas, persistían legados y herencias maltratados por las inclemencias de una realidad despojadora de ilusiones y de proyectos alternativos al de un capitalismo neoliberal que parecía devorarse todo a su paso.

Kirchner, su nombre, vino a invertir esa inercia, vino a enloquecer la marcha del tiempo argentino quebrando la repetición maldita y abriendo fisuras, cada vez más hondas, en el muro de un sistema (amasado entre la dictadura y el menemismo) capaz de aniquilar memorias de equidad y tradiciones populares al vil precio del consumismo y la exclusión como etapa final del miedo destilado sobre cuerpos y conciencias. Su impronta, su firma que era un jeroglífico para la mayoría de una sociedad que no sabía quién era ni de dónde venía (sabía, apenas, que era gobernador de Santa Cruz pero desconocía su pasado, sus antiguas lealtades, la persistencia, en él, de historias clausuradas por la violencia dictatorial pero a la espera de una reparación), su firma, decía, selló lo inesperado, aquello caudaloso que se liberó en un discurso alocado, inusual, antiguo y lozano, admirable y sorpresivo que pronunció, entre la seriedad de la investidura presidencial y la informalidad de un personaje subvertidor de todo protocolo, lúdico en momentos de extrema gravedad y serio para aliviar, con sus malabares simbólicos con el bastón de mando, la incredulidad de una sociedad demasiado lastimada y, también, envilecida.

Una doble reparación comenzó en un país incrédulo. Reparación del pasado, sobre la que volveré, al reabrir no sólo los expedientes cerrados por las leyes de la impunidad y los indultos, sino al destrabar una memoria que lograba, con esfuerzos pero con intensidad, interrogar críticamente por una época decisiva, preñada de utopías y de errores, de sueños revolucionarios y de violencias, de generosas entregas generacionales y de poderes asesinos que se preparaban para quebrarle el espinazo a un tiempo crepuscular y soñador pero potente en su capacidad para jugar a fondo los destinos del país. Una época que dejó una marca indeleble en cuerpos y memorias pero que había sido arrojada a la pieza de los trastos viejos, formas espectrales de un pasado tabicado y ausente que, pese a todo, seguían susurrando desde una lejanía que se volvió, en el giro loco de la historia abierta de nuevo, actualidad e interpelación. Kirchner, haciéndose eco y cargo de los mil hilos resistentes de los movimientos de derechos humanos y de antiguos mandatos que se guardaban en su propia deuda impaga, habilitó, como no se lo hacía desde los comienzos del gobierno de Alfonsín, la dimensión entrecruzada de la memoria, la verdad y la justicia. Pero también, y allí se guarda lo no previsto, oxigenó el debate sellado de los setenta y lo hizo recobrando las luces y las sombras de una extraordinaria apuesta generacional. Lo que parecía ya no tener lugar, lo destinado a ser invisible o a convertirse en polvo que se lleva el viento huracanado del “progreso”, interrumpió el presente reescribiendo las páginas de la memoria que siempre transforman lo heredado, lo guardado en lo recóndito del recuerdo y lo vivido como tiempo presente supuestamente alejado de esas deudas con un pasado “olvidado”.

En ese giro reparador hacia el pasado (en esa suerte de imposible redención de las víctimas devolviéndoles rostros, ideas, convicciones, sueños, pesadillas, cuerpos, justicia) también se abrieron las puertas de una casa que habían permanecido cerradas hacia el futuro. Una doble maldición pendía sobre la Argentina: la maldición de un pasado irresuelto cuyas figuras espectrales permanecían irredentas, y el borramiento de toda esperanza en el mañana. Sin pasado y sin futuro, arrojados a un puro presente impiadoso y descreído. Kirchner, emergiendo de lo previo y de lo anómalo, heredero de fuerzas sociales y de tradiciones en disonancia con una época hegemonizada por la práctica y el relato de los vencedores, giró la inercia del tiempo histórico y le dio forma, en un mismo movimiento, a la reparación, todavía en curso, del pasado y del futuro. De ese modo, y los festejos del Bicentenario dan testimonio de lo caudaloso de ese giro en las sensibilidades y en las conciencias, el daño abisal causado por la dictadura y perpetuado por la impiedad del capitalismo neoliberal más las expresiones prostibularias emergentes de tradiciones que eran supuestas portadoras de ideologías populares pero travestidas en instrumentos de la reacción, inició su camino de reparación. El peronismo le debe demasiado al flaco desgarbado que inició su rescate del envilecimiento menemista; en él, en su lenguaje y en sus gestos, lo que se hizo presente fueron los espectros fundacionales del 17 de octubre, sus metamorfosis en la generación del setenta y los desafíos de una realidad, la actual, cargada de sus propias novedades. Allí, en esa alquimia renovadora, en esa apropiación salvaje de viejos y nuevos símbolos, se encuentra eso que llamamos, con cautela pero con entusiasmo, kirchnerismo. El pueblo, el olvidado y el dañado durante tantos años, lo supo y por eso dio testimonio caudaloso de su profunda tristeza entramada, como no podía ser de otro modo, con la fuerza del agradecimiento y del apoyo decidido a su compañera de toda la vida.

El nombre de Kirchner vino a romper esa continuidad malsana, vino a desequilibrar la marcha regular hacia la barbarie de un modelo económico-político que, desde hace mucho tiempo, no sólo venía ejerciendo su poderío sobre la vida material de los desposeídos sino, también, había logrado capturar los núcleos más profundos y decisivos de la vida cultural apuntalando, de ese modo, sus propios intereses transformándolos en los únicos visibles de cara a una sociedad que se mostraba como vaciada de sí misma y demudada. Kirchner, su nombre, interrumpió esa marcha triunfal de los poderosos de siempre, logró, de manera inesperada, desviar el curso decadente de una sociedad que desde hacía mucho tiempo había perdido la brújula. Lula lo dijo con una frase sencilla, directa y justa: les devolvió la autoestima a los argentinos.

Algunos actos simbólicamente decisivos le dieron encarnadura a un gobierno que nacía de la noche argentina, de una noche que arrastraba nuestros peores fantasmas y que parecía proyectarse hacia una perpetuación insoportable. Kirchner comprendió que para comenzar a “curar” las profundas heridas que atravesaban el cuerpo social hacía falta entrelazar acciones reparadoras en el sentido económico-material (la primera fue recuperar trabajo y reducir los índices de pobreza y de indigencia que eran los más oprobiosos y brutales de la historia) con otras acciones que rearticularan un discurso y una conciencia que habían sufrido los duros embates de la derrota, la desilusión y la invisibilización; comprendió, porque lo llevaba dentro suyo, el papel fundamental de rediseñar enteramente la política de derechos humanos haciéndolo, al comienzo, a través de un gesto descomunal en su valor simbólico-reparador: ordenarle al jefe del Ejército que descolgase los cuadros de Videla y de Bignone. 

Ese acto, que algunos intelectuales progresistas caracterizaron como sobreactuado e impostado, implicó un quiebre fenomenal que se acopló con la construcción de una nueva Corte Suprema de Justicia y con el avance decidido hacia el enjuiciamiento de los genocidas. Los movimientos de derechos humanos supieron, casi desde un principio, valorar en su extraordinaria dimensión lo abierto por esas reparaciones simbólicas e institucionales desarrolladas por un Kirchner que se atrevió a derogar las leyes de la impunidad. El aire fresco que recorrió la vida nacional a partir de esas acciones tuvo mucho que ver con la refundación de un mundo democrático envilecido por años de vaciamiento, impudicia y complicidad con lo peor de nuestra historia. A veces un gesto viene a romper la monotonía de la repetición abriendo horizontes que permanecían enturbiados. Esa orden no sólo habilitaba el camino de la reparación y de la justicia, no sólo les devolvía encarnadura a las víctimas del terrorismo de Estado, sino que también producía un hecho inédito: afirmaba la supremacía del poder político democrático, por primera vez en décadas, respecto, en este caso, del poder militar. Simbólicamente vino a remover la lápida que pesaba sobre una democracia que se había mostrado, hasta ese día, débil y resignada. Entre las grietas de esa resignación histórica se metieron, siempre, los poderes corporativos para limitar y chantajear a los sucesivos gobiernos. Primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández produjeron una inflexión histórica entramando legitimidad y soberanía como atributos siempre extraviados de la democracia argentina. Algunos antiguos progresistas que forjaron sus argumentos políticos en los años noventa no supieron o no quisieron comprender la hondísima significación de esos gestos y comenzaron a utilizar, como caballito de batalla que se prolongó hasta la muerte de Kirchner, la impresentable argumentación de la “impostura”. Cientos de miles de argentinos y argentinas humildes, más miles y miles de jóvenes y de otros actores sociales mostraron, en los días inolvidables y tristes de finales de Octubre, la impudicia de transformar el giro histórico que Kirchner gestó inesperadamente en nuestro país en un relato de ficción, en una suerte de pura impostura. Las multitudes, el pueblo que regresa del ostracismo, quebraron en mil pedazos esa argumentación.

Kirchner, su nombre, habilitó el regreso, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia. Un desafío que nada tiene que ver con la melancolía de un retorno a antiguos paradigmas pero que tampoco cree en la tierra arrasada ni en la absoluta novedad que nace de sí misma sino que vuelve a reencontrar los mil hilos de una memoria desgarrada entretejidos, ahora, con los lenguajes que buscan, de diversos modos, nombrar lo inédito de una actualidad sorprendente y conmovedora de tradiciones anquilosadas. Algo de todo esto se vio en la Plaza del adiós y del juramento, de la tristeza y de la nueva conjura portada por una generación que busca producir su propio tiempo con sus palabras y sus experiencias pero sabiendo de antiguas deudas que se cuelan con las nuevas demandas. Tal vez algo de todo esto, que quedará por seguir vislumbrando, sea lo que hoy nombramos bajo el nombre de kirchnerismo. Un nombre que sabe de la memoria del peronismo, que conoce de sus laberínticos zigzagueos, de sus vaciamientos, de sus límites y de su potencia reencontrada bajo ese giro impensado y tan difícil de encasillar y de comprender para aquellos que se habían instalado cómodamente en el fin de la historia y en la retóricas de la resignación. Allí, en esa extraordinaria encrucijada, alguien, una figura extraña que vino del sur patagónico, escribió para siempre su nombre en la memoria popular.