viernes, 3 de diciembre de 2010

EDITAN UN LIBRO DE POESIAS DE ALEJANDRO ALMEIDA, DESAPARECIDO EN 1975 Versos que fueron rescatados

EDITAN UN LIBRO DE POESIAS DE ALEJANDRO ALMEIDA, DESAPARECIDO EN 1975

Versos que fueron rescatados

Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, supo que su hijo escribía poesías un día después de su desaparición, en junio de 1975. Ahora se decidió a hacer públicos esos papeles privados y editó un libro que se presentará hoy.
Por Alejandra Dandan
El salió de la casa el 17 de junio de 1975, y antes de irse le dijo: “Mirá mamá, mañana no voy a trabajar porque tengo un parcial. Esperate que yo venga”. Pero nunca llegó. Alejandro no volvió a aparecer en la casa de su madre. Le dejó sus papeles y una agenda en la que Taty Almeida encontró un día más tarde 24 poesías de su hijo, todas escritas, una detrás de otras, en las últimas páginas del cuaderno. Taty en ese momento no sabía que su hijo escribía. Tampoco sabía otras cosas, que fue atreviéndose a preguntar más tarde.
“Si la muerte me sorprende/
lejos de tu vientre,
porque para vos los tres/
seguimos en él,
si me sorprende lejos de tus
caricias que tanto me hacen falta,
/si la muerte me abrazara fuerte
como recompensa
por haber querido la libertad,
y tus abrazos entonces solo/
envuelvan recuerdos,
llantos y consejos que no quise/
seguir,
quisiera decirte mamá que parte/
de lo que fui,
lo vas a encontrar en mis/
compañeros...”
Sin título, Alejandro dejó escrita allí una de sus últimas letras, del 13 de enero de 1975, cuando faltaban meses para su desaparición. A Taty aquello le pareció parte de una despedida. Una despedida que todavía espera.
En 1975 Alejandro tenía 20 años, trabajaba en el Instituto Geográfico Militar, donde estaba el represor Santiago Omar Riveros, estudiaba medicina y militaba dentro del ERP, el Ejército Revolucionario del Pueblo. Aunque Taty guardó sus poesías, desde entonces nunca se había animado a publicarlas. “Siempre me preguntaron por qué no, y yo decía que si Alejandro no había querido mostrarlas, tampoco tenía que hacerlo yo. Pero ahora las cosas son distintas, porque hace tiempo que yo entendí que nuestros hijos son hijos de la historia y eso tiene que ver con eso.”
Las poesías están compiladas en un libro editado por el Colectivo Cultural Entrelibros, empujadas por el editor y todavía militante Pascual Guido Spinelli. Se van a presentar el 17 de junio en la casa de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Piedras 153. “Taty Almeida dice que ha sido parida por su hijo”, dice Spinelli detrás del libro. “Y a no dudar que fiel a sus principios se desprende de lo privado y viene desde entonces a compartirlo.”
En los textos, Alejandro es el que se comparte. Aparece con su propia letra. Finita, balbuceada, manuscrita. Recortada sobre los renglones de aquella vieja agenda con moldes de marfil. Los textos, uno tras otro, se parecen a una voz. A veces es militante, en otras voz de hijo y en otras de amante.
Silvia Maldonado era su novia en ese momento. Sobrevivió en el exilio y volvió al país, pero hasta ahora no se había encontrado con las letras de Alejandro.
“Te voy a escribir
mi canto, mi ser,
mi persona,
tu nombre, mi ayer
mi afán de vivir
mi hoy de papel
que se borra.
Hoy no quiero olvidar
el amigo que está
mi perro, tu pan,
ni mi hogar...”
Como sucedió con los hermanos y sobrinos de Alejandro, Taty le pidió a Silvia que escribiera algo. “Tanto le debo, pero lo copio. A mí también sus recuerdos me sostienen muchas veces en días de tormentas, estoy con ellos y luego me los llevaré. Sueños de Alby que esperan y versos de Alejandro que están aquí.”
Taty descubrió a su hijo más tarde. En su familia hay coroneles, militares y especialmente un furioso antiperonismo. “Yo me crié en ese ambiente, ¿qué querés?”, dice. “A mi padre no lo ascendieron a coronel porque no era peronista; yo soy Uranga por parte de madre, de Paraná, Entre Ríos; mi tío Raúl ¡Raúl Uranga! fue gobernador de Entre Ríos, un político radical que metían preso a cada rato, para colmo se lo llevaron a Alejandro en 1975, durante el gobierno de Isabel Perón. Entonces yo... ¡qué te parece! Eran los peronistas, ¡los únicos culpables eran los peronistas!”.
Para buscarlo, empezó a recurrir a los conocidos de la familia. Albano Harguindeguy había sido oficial de su padre. Lo visitó acompañada de su cuñado, otro teniente coronel, padrino de Alejandro y director de la Agencia de Noticias Télam en 1972 y 1973, la época en la que Alejandro pasó por la redacción de la agencia donde hoy hay una placa como homenaje. –¡Son los peronistas! ¡Fueron los peronistas! –le dijo Harguindeguy cuando la vio. Y Taty dice que le creyó.
Ella se había divorciado en 1970. Cinco años más tarde viajó a Europa y Alejandro le escribió en una notita en la que le decía que estaba contenta por su valor. Para ella, también aquello fue una premonición: él no sabía todavía la fuerza que ella iba a tener que tener más adelante.
“Me costó, me costó desprenderme de amistades, de conocidos: hice todo yo, a mí nadie me dejó, dejé yo todo ese mundo y todo ese entorno, aterricé y de qué manera porque me enteré que había unas mujeres que iban a la Plaza de Mayo pero con mi currículum familiar yo me decía: si me acerco, van a pensar que soy una espía.”
Tardó, pero cuando llegó a la Casa de las Madres en la calle Uruguay, la atendió María Adela de Antokoletz. Cuando la vio le preguntó lo único que importaba:
–Mi hijita, ¿quién le falta a usted?