martes, 21 de diciembre de 2010

La dignidad, nueve años después, Por Eduardo Anguita


La dignidad, nueve años después

Publicado el 21 de Diciembre de 2010



Sin dependencia del capital financiero, las recetas de Duhalde y Macri parecen no encontrar asidero. Muchos familiares de las víctimas de diciembre de 2001 deben haber sentido que, pese a las pérdidas irremplazables, la dignidad es un valor imprescindible.
 
Un 21 de diciembre como hoy, pero de hace nueve años, quienes habitan la Nación Argentina se levantaron con la sensación completa de estupor, bronca y temor. El futuro parecía una categoría prohibida. Fernando de la Rúa había desertado la noche anterior. Resignaba la presidencia después de haber ordenado reprimir brutalmente las protestas sociales en un país desquiciado, donde la clase media no podía siquiera sacar plata de los cajeros automáticos y los pobres comían lo que podían. Más de 30 muertos en todo el territorio nacional, cinco de ellos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Poco antes, el banquero Eduardo Escasany, desde Salta, había pedido erradicar los brotes subversivos. Se refería a los movimientos de trabajadores desocupados que reclamaban planes sociales y que liberaran a sus compañeros detenidos. En medio de las jornadas de sangre, los camiones de caudales ya cruzaban hacia bancos uruguayos cargados de los dólares que les negaban a sus dueños. Unas semanas antes de la fuga de De la Rúa, el gobernador bonaerense Eduardo Duhalde –según relata Hernán López Echagüe en El regreso del otro– se había reunido con el presidente español José María Aznar y le advertía que se preparaba para asumir la presidencia de la Nación. Aznar, tan de derecha como Duhalde o De la Rúa, se mostraba azorado: “¿Cómo, si todavía falta mucho para las elecciones en la Argentina?”, se preguntaba el hombre del Partido Popular.
Algo más de 12 años atrás de eso, en febrero de 1989, el modelo neoliberal había empezado las acciones para precipitar la caída de otro presidente radical, Raúl Alfonsín. Se había desatado un proceso de hiperinflación que fue potenciado por grupos de punteros del Conurbano. En aquella oportunidad, también urdido por una combinación letal de banqueros y grupos de choque orquestados, entre otros, por un emergente Eduardo Duhalde. El entonces intendente de Lomas de Zamora saldría, el 14 de mayo, elegido vicepresidente en la fórmula que daba el sillón presidencial a Carlos Menem.
En una entrevista dada años después a Felipe Pigna, Alfonsín identifica con claridad a quienes lo voltearon: “Yo era el presidente, así que yo soy el primer responsable. Ideológicamente, le contesto: el neoliberalismo, el neoconservadorismo. La hiperinflación fue el resultado de varias cosas. Creo que ya todo el mundo estaba contra nosotros. El FMI estaba muy fastidiado porque el Banco Mundial nos había dado un crédito sin la luz verde del Fondo.” Ante eso, la respuesta de Pigna resultó fuerte: “Sin embargo, en aquel momento usted acusó a la izquierda. Recuerdo las detenciones de los dirigentes del PO (Partido Obrero)…. Ningún neoliberal fue a la cárcel en aquellos días del ’89.” Alfonsín se defendió como pudo: “Yo creo que también lo señalaba con mucha claridad, me refiero a lo que fue la Sociedad Rural Argentina. No, no. Yo tenía que pelear a dos puntas.”
La defensa esgrimida por Alfonsín remite a la que años atrás, para justificar sus ataques a la militancia revolucionaria, se conoció como “teoría de los dos demonios” y que fue la favorita de los entonces jóvenes de la Coordinadora. ¡Nada original en el concierto del pensamiento liberal y conservador! Curiosa mueca de la Historia que, a casi nueve años del último embate neoliberal, una patota de barrabravas y sindicalistas empresarios haya cometido un feroz crimen como el de Mariano Ferreyra, militante del PO. La actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, en vez de demonizar al PO, recibió a la familia de Ferreyra y promovió a la fiscal de la causa que investiga ese crimen –Cristina Caamaño– al cargo de secretaria de Seguridad; es decir, la segunda al mando del ministerio conducido por Nilda Garré. Especialmente porque lo que empezó con la muerte de Ferreyra no terminó y tiene al mismo Eduardo Duhalde como uno de los protagonistas entre bambalinas.
Hay que reconocerle a Alfonsín la claridad intelectual. “¿Es cierto –le preguntó Pigna– que los grandes grupos no pagaron impuestos a partir de diciembre del ’88?” Y la respuesta da pistas para entender las conductas de quienes están sentados en el poder económico y se valen de patotas para crear climas confusos: “Hubo grupos exportadores que se sentaron sobre las divisas; otros se sentaron sobre sus bienes: no vendieron sus cosechas, sus haciendas, por ejemplo. A pesar de que luchamos durante todo nuestro tiempo contra la receta del FMI, finalmente terminaron ganándonos la carrera a través de la inflación.” Basta recordar cómo cambió el país para entender quiénes intentaron perpetuar a Martín Redrado en el Banco Central o los argumentos esgrimidos para impedir que se pudiera pagar deuda con reservas o, directamente, tratar de que el juez de Nueva York Thomas Griesa embargue activos para darles espacio a los fondos buitre. Alguna memoria deberían hacer los dirigentes radicales y escuchar, al menos, las amargas lecciones que relató el mismo Alfonsín. “¿Cómo influyeron los dichos de Domingo Cavallo y Guido Di Tella en su caída?”, preguntó Pigna. “Se producen las elecciones y las cosas se agravaron porque el entonces diputado Cavallo había hablado con los bancos internacionales para que se nos exigiera el pago de la deuda, conspirando contra el país; y luego Guido Di Tella había dicho que el dólar no tenía que estar alto, sino recontra alto; entonces nos comenzaban a pedir la entrega inmediata del poder.” 
Los crímenes de diciembre de 2001 se produjeron porque Cavallo había vuelto a ser la figura central del gobierno. Hasta hace unos años, en la Argentina los analistas miraban quién ocupaba la cartera de Economía para entender quiénes tenían poder. Con Cavallo de regreso al Palacio de Hacienda no había dudas. Porque hasta la SIDE estaba en manos de un banquero, Fernando de Santibañes, y la jefatura de Gabinete también, Chrystian Colombo. Como segundo de Economía estuvo por años Mario Vicens, que ahora preside la Asociación de Bancos de la Argentina, la entidad de los bancos extranjeros que están contra la Argentina. En Educación estuvo otro banquero, José Luis Llach, de la misma fundación que Cavallo. No es ocioso recordar cuánto estuvo el gobierno de De la Rúa vinculado a los intereses financieros para entender la decisión de reprimir salvajemente. Tan importante como entender que cuando el FMI les soltó la mano, la oportunidad fue vista por algunos jerarcas del peronismo bonaerense, particularmente Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf, quienes sacaron a la calle a agentes de la SIDE, policías bonaerenses, punteros y barrabravas para contribuir al clima de caos que necesita todo golpe de Estado.

AYER, EN OTRA ARGENTINA. Gerónimo Venegas, el único referente gremial que se prestó al simulacro de lanzamiento presidencial de Duhalde habló hace unos meses con López Echagüe. En esa oportunidad, el rústico pero solidario con la Sociedad Rural “Momo” Venegas, le dijo que se venía un nuevo desenlace caótico del gobierno de Cristina Kirchner. Duhalde, desde Costa Salguero y apenas acompañado por un puñado de seguidores, parecía ayer un pastor protestante que llamaba a la concordia y trataba de soslayar que hace pocos días apostaba a un diciembre caliente. Ni siquiera pudo contar con la solidaridad de Mauricio Macri, a quien el legislador porteño Christian Ritondo intenta seducir con ser líder de un espacio PRO peronista a la medida de Duhalde. Macri estaba demasiado impactado por la súbita muerte –por suicidio– de su secretario de Medios Gregorio Centurión, que había sido entronado y denostado en pocos meses por el propio jefe de gobierno porteño. Centurión había hecho su carrera en Socma –en manejo de fondos de publicidad– y quedó enredado en una historia de corrupción por publicidad oficial de la que, según todo indica, no fue el responsable directo. Una denuncia de una legisladora opositora –por información de fuentes macristas de enemigos de Centurión– le empezó a limar sus espacios. Había perdido una cuota pequeña de poder y ya no gozaba de los favores de Mauricio Macri. Ayer, lunes 20, día fatídico para la Argentina, el jefe de gobierno porteño tenía previsto hacer la reunión de gabinete en Buenos Aires Design, en la Recoleta, y allí estaba previsto que fuera Centurión. Pero horas antes se pegó un tiro. Macri suspendió la reunión de gabinete pero no se privó por la tarde de usar los medios para recomendarle a Cristina Kirchner que es bueno usar la policía para reprimir. La nueva ministra de Seguridad, Nilda Garré, en ese día ominoso, dio una serie de instrucciones públicas en la dirección de que las fuerzas de seguridad no usarán armas ante la protesta social. La Argentina no depende del FMI ni de los bancos privados. Sin dependencia del capital financiero, las recetas de Duhalde y Macri parecen no encontrar asidero. Muchos familiares de las víctimas de diciembre de 2001 deben haber sentido que, pese a las pérdidas irremplazables, la dignidad es un valor imprescindible. Para hoy y para el futuro.