lunes, 7 de febrero de 2011

La señora de las dos caras Por Luis Rivera


La señora de las dos caras, Por Luis Rivera

La señora se sienta en su mesa y desde allí da, día a día, lecciones de moralina. Dice lo que “la gente” le comenta por la calle, la cual seguramente pocas veces camina: se sabe que llega a los estudios de la TV en un auto imponente, con vidrios polarizados y exige que le abran el portón principal del canal para ingresar directamente a los estudios sin tener que saludar.

Ya puesta en funciones, dicen algunos que después de maltratar a muchos de sus asistentes, sonríe a la cámara y lanza su repertorio: duras acusaciones hacia todo aquello que no le guste y ácidas quejas cuando le patean el hormiguero.

Por eso Mirtha Legrand asume las dos caras de su teatro cotidiano: la falsa moralina y la victimización.

Para la primera de ellas, se arroga el derecho de ser la portavoz de la gente: “Yo pregunto lo que la gente dice, lo que me piden que diga cuando me paran en la calle”.

Entonces, es capaz de dudar sobre la presencia del cádaver de Néstor Kirchner en el féretro ante el cual lloró todo un país “porque la gente tiene dudas”. O es capaz de preguntarle a Roberto Piazza, un militante de la comunidad homosexual, sobre si la adopción por parte de un matrimonio entre hombres no era una invitación a la violación “porque la gente piensa eso”.

O pone cara de señora buena y pregunta con tono inocente si ya se instaló el zurdaje en el país “ya que la gente tiene miedo de que no haya más demodracia”.

La gente se lo dice. Y ella lo reproduce. Pero ese mensaje lleva implícito un desprecio por el otro que los buenos modales de la señora no logra ocultar.

Mucho más cuando a algún opinólogo de poca monta se le ocurrió decir que “Mirtha es una de las mejores entrevistadoras del país porque pregunta lo que muchos no se animan”.

¿Será por ejemplo si su nieta está embarazada como si fuera el único motivo de preocupación de la gente a la que ella dice representar y que, según lo que dice en su programa, la desbordan los problemas de la inflación, la inseguridad, la intolerancia, la crispación, la falta de trabajo, la corrupción...

Pero cuando se cambia de careta y se pone la de la víctima, es capaz de indignarse con quienes la critican exigiendo que el mundo gire sobre su eje.

Entonces no tolera que el ministro Aníbal Fernández le diga que “no tiene tolerancia con sus invitados” y que no se sentará en su mesa “porque no hay vocación de diálogo y es mejor que haga sus almuerzos con quienes se sienta a gusto”.

O si no se entristece y no entiende por qué recibe críticas de la comunidad gay después de haber cometido el disparate que cometió con Piazza.

O que no tolere una visión ácida de algunos programas de TV cuando le preguntó a Ingrid Betancourt si le daban cremas para cuidarse el cutis cuando estuvo como rehén durante varios años de las FARC o si le habían puesto un arbolito de Navidad para las fiestas. 

O el último episodio mediático con las duras críticas de Federico Luppi que le espetó que "no sé qué es lo que irrita más de Mirtha... si su profunda y extensa ignorancia o su alma reaccionaria, totalmente pobre".

Tras estos dichos, fuertes por cierto, la señora sacó a relucir su manual de victimización y salió a disparar contra el Gobierno exigiéndole que interviniera y la protegiera: "A mí me sorprende que este gobierno promocione que gente de este ambiente hable mal de sus colegas, me parece de muy mal gusto. ¿Lo sabrá la señora Presidenta? Si lo sabe, tome cartas en el asunto. ¿Qué es esto, una dictadura?".

La señora impoluta pedía una intervención del Gobierno para que evitara que alguien la criticara. Evidentemente, un despropósito por donde se lo mire.

Justamente, la Chiqui, que tanto se ufana de querer vivir en libertad y en democracia, le pide a un gobierno popular y libertario que censure y la defienda de los ataques. Justo a ella que vive del ataque sistemático a quienes no piensan igaul, menospreciándolos hasta el descrédito o el ninguneo. 

Es la señora de las dos caras. Las dos, peligrosas.