martes, 11 de diciembre de 2012

El manifiesto de la clase media (parte 1) Por Javier Chiabrando

 

Si los chacareros, los popes sindicales y los empleados mejores pagos del país tienen motivos para quejarse, imaginen a un escritor sin best sellers. A punto de pelar la cacerola yo también, me cayó del cielo un trabajo de negro literario (escritor por encargo). Comenzó con la llamada de una mujer que, luego de verificar que yo era el Chiabrando que buscaba, me dijo:
- Patio Bullrich, martes 16 Hs. Lleve una flor en el ojal. Y espere.
Sin nada que perder ni novela de éxito que editar, y menos ahorros o campo, acudí. A las 16.30, a punto de pedir un whisky doble, se sentaron a mi mesa dos mujeres, Tita y Yiya.
- Necesitamos un escritor -dijo Tita sin saludar, y Yiya aprobó.
- ¿Van a poner una editorial? -pregunté.
- No, tonto intelectual -dijo Yiya-. Queremos que nos escriba, ¿cómo era que se llamaba eso, Tita?
- El Manifiesto de la Clase Media, Yiya, nuestro Manifiesto -dijo Tita.
Me pedí el whisky que añoraba y las escuché. Se turnaban para explicarme.
- En este país cualquier zaparrastroso tiene su manifiesto. Está el manifiesto comunista, el dadaísta, el futurista, el anarquista, el subrrealista…
- El surrealista -aclaré yo.
- ¿Vio? Otro más. Entonces nosotras queremos el nuestro.
- Estamos hartas de que nos digan que no sabemos lo que queremos…
- ¿Y qué quieren?
- Por lo pronto a un escritor que nos escriba lo que queremos.
Me tomé el whisky de un trago y pedí otro.
- Nosotras somos las encargadas de crear el marco teórico. Lola y Chicha están estudiando cómo construir cacerolas más ruidosas para no sufrir de minimalismo protestante. Teté y Mari están aprendiendo a manejar un colectivo para llevar gente adonde protesten contra Cristina. Y nuestros maridos hacen cursos acelerados de hombres de campo para que no confundan la hectárea con el kilómetro por televisión.
- Y nosotras empezamos a escribir y nos mareamos. Entonces una prima de una prima nos deslizó su nombre como el de alguien capaz de escribir cualquier cosa por plata.
Odiaba que me conocieran tanto. Nos pusimos de acuerdo en el dinero y manos a la obra.
- ¿En qué creen ustedes? -pregunté.
Yiya se tomó mi medio whisky de un saque y Tita se lo terminó de otro.
- ¿Cómo en qué creemos? Eso lo tiene que poner usted, para eso lo contratamos.
- De acuerdo, pero me tienen que dar alguna pista.
- ¿En qué creemos, Yiya? -preguntó Tita.
- Qué sé yo, Tita, en Dios, en la familia, en el amor, en la justicia…
- Eso no basta. Cristina cree en las mismas cosas -dije yo intentando ayudar.
- Esa, si tiene algo que decir, que lo contrate a Borges para que le escriba el Manifiesto Pingüino.
Buena idea. Quizá podía venderle el Manifiesto Pingüino al gobierno al salir de ahí. Tres whiskies después estábamos en el mismo lugar ideológico, el de la confusión. No había escrito ni media página.
- ¿Por qué nos hace tantas preguntas, intelectual de pacotilla? -me gritó Yiya, algo borracha de tomarse la primera mitad de cada whisky.
- Porque me acaban de contratar para escribir un Manifiesto que las defienda.
- ¿Y va a ser tan famoso como el de Marx?
- No sé, ése era un gran pensador y un mejor escritor.
- Yiya -le dijo Tita a Yiya-, y por qué mejor no lo contratamos a Marx.
- Ay, Yiya, ese Marx es alemán y andá a saber dónde vive.
- Y debe cobrar en dólares -dije yo.
Al oír la palabra dólares, a ambas se les hizo agua la boca y los ojos se les llenaron de lágrimas de nostalgia por un mundo que desaparecía frente a sus ojos. Yo anoté: “Hay ‘ideologías’ que tienen la ventaja de que son simples de recordar y no marean con conceptos abstractos. Incluso se argumentan con anécdotas: en los `90 yo comía asado dos veces por semana y ahora dos por mes”.
- Propongo -dije yo, intentando ganarme el dinero- que el Manifiesto de la Clase Media comience con la frase: “¡Caceroleadores del mundo uníos! Un fantasma recorre Argentina.”
- Me gusta -dijo Tita-. Y que termine con la frase: “No sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero”.
- Pero eso es de una canción de Calamaro -dije.
- ¿Y si contratamos a Calamaro, Tita?
- ¿A ése, que nos dijo que le daba asco la mitad de Buenos Aires?
Yo anoté: “Cuando las ideas son volátiles o escasas, una confusión puede transformarse en una idea. No importa si es inexacta o estúpida, importa que otros sean capaces de creerla o repetirla; y sobre todo que sean capaces de repetirla sin intentar comprenderla”.
- La culpa la tiene Susi… -dijo Yiya y comenzó a lloriquear…-. Ella iba a escribir el manifiesto. Si leyó todo Grisham, Coelho y se sicoanalizó con Bucay, pero está deprimida porque la hija se le casa con un…
- Negro peronista… -a Tita se le quebró la voz… -, que para colmo es docente universitario, investigador del Conicet, habla cuatro idiomas y escribió media docena de libros, así que con él no se puede discutir… ¡No entiende razones…!
Yo anoté: “Cuando no se tienen razones para defenderse, lo mejor es desconocer las de los otros, para eso hay una herramienta invalorable: la ignorancia (apelar a o simular ignorancia). Esa ignorancia sumada a la ausencia de vergüenza puede llegar a conmover multitudes; basta la difusión y el énfasis adecuado”.
Se escucharon ruidos de cacerolas de la cocina. A Yiya se le iluminaron los ojos; ruido a cacerolas para ella eran como para otros el canto de los pajaritos. ¿Una caceroleada en pleno Patio Bullrich? No, al cocinero se le había caído una olla al suelo de la bronca por tener que hacer horas extras.
- En este país nadie quiere laburar -dijeron al unísono.
Y yo anoté: “Cuando alguien es incapaz de diferenciar los primeros planos de los contextos y las melodías de la música de fondo, se queda con la música de fondo porque no exige ni saber de música, ni cantar, ni siquiera silbar; apenas seguir el ritmo. En ese caso, ‘la, la, la’ sirve para la Quinta de Beethoven como para La Cucaracha. Ese esquema se repite en la divulgación de los lugares comunes que dan la razón: en este país a nadie le gusta trabajar, la inseguridad, la corrupción, etc. Música de fondo”.
En las cuatro horas que estuvimos ahí pasaron muchas cosas. Tita se puso a charlar con una mujer de la mesa de al lado y mencionó a “la yegua”. Yo anoté: “El odio exige fidelidad sin necesidad de comprensión (como quizá sucede en el amor); el odio suele escudarse (o disfrazarse) en viejas reivindicaciones olvidadas, afrentas confusas, compromisos perimidos o tradiciones que nada significan. Odiar es fácil, basta con creer (o simular creer) que uno, o alguien como uno, ha sido ofendido por el odiado/a”.
Apareció Lanata en la televisión y ambas se pusieron a fumar mientras lo oían como si se tratara del Papa. Y yo anoté: “Ciertas idolatrías suelen basarse en modelos reconocibles y hasta alcanzables, lo que se podría resumir en la frase ‘uno como nosotros’. Ese ídolo nunca debe poner en tela de juicio el mundo que habita porque no se lo necesita para promover cambios sino para garantizar los privilegios alcanzados”. Apareció Moyano y yo anoté: “Para que el enemigo se vuelva el amigo es necesario olvidar traiciones e insultos. La clase media no olvida así nomás, pero simula que olvida si necesita a un aliado temporario. Si el enemigo, ahora amigo, pierde eso de vista, sufrirá las consecuencias inevitablemente”. Apareció la Fragata Libertad y yo anoté: “Ante la ausencia de luchas personales una vez logradas aceptablemente las del estándar de vida pretendido (casa, auto, vacaciones), cualquier consigna puede comenzar a tener importancia. No es necesario compartirla, basta con que se posicione contra sus enemigos”. Llegó el mozo con la cuenta y mientras Yiya se quejaba de la inflación, yo anoté: “Las luchas banales, cotidianas, generan la sensación de compromiso y apartan del peligro de las luchas transformadoras o revolucionarias”.
Se cortó la luz y se largó a llover. La calle comenzó a inundarse. Tita y Yiya se abrazaron y caminaron a tientas hasta la salida, esperando a algún marido en 4×4 a falta de gondolero. Yiya preguntó quién tenía la culpa de la inundación y Tita le contestó que Cristina, pero que no se acordaba por qué. Me pareció que cantaban “el pueblo unido jamás será vencido”, o quizá “el miedo unido jamás será vencido”. Esperé a que dejara de llover mientras me tomaba otro whisky y me fui a mi casa a completar el trabajo. Lea, en la próxima contratapa, “El Manifiesto de la Clase Media”.

javierchiabrando@hotmail.com