miércoles, 11 de mayo de 2011

MUGICA: FE Y TERCER MUNDO. LA HISTORIA DE UN MARTIR, SU COMPROMISO CON LOS POBRES.


Publicado por Esquivando el éxito


Por Apo 
“Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor, quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz.”

Con esta oración de su autoría, el padre Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe resumía sus dos objetivos en la vida: Estar cerca de Dios y cerca de aquellos que lo necesitaron.

Y su fe divina, ayudada con su pies siempre sobre la tierra, lo convirtieron en un personaje por demas querido u odiado, pero sobre todo reconocido por su empeño en no ser parte de aquello que no lo hacía feliz.



Nació el 7 de octubre de 1930, en la ciudad de Buenos Aires, siendo el tercer hijo de una numerosa familia compuesta por el matrimonio de Carmen Echaüe-hija de terratenientes adinerados de Buenos Aires y Adolfo Mugica-fundador del Partido Conservador por el cual fue diputado durante el período 1938-42 y, posteriormente, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno del Presidente Arturo Frondizi, en 1961. Conformaban la familia, seis hermanos más.

Su posición económica desde pequeño y la entonces posibilidad de estudiar sin trabajar, lo llevó a formarse en colegios de mucho prestigio, como la escuela primaria Cinco Esquinas y el Colegio Nacional Buenos Aires, donde cursó el secundario aunque por problemas de conducta debió rendir tercer y cuarto año en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, donde forjó una gran capacidad intelectual, además de un gran talento deportivo en futbol, tenis, natación y boxeo.

Ya en 1949 comienza en la Universidad de Buenos Aires sus estudios de Derecho (durante dos años) y, allí, entabla gran amistad con Roberto Guevara Lynch, uno de los cinco hermanos el Che” Guevara, con quien inició una amistad que se prolongaría con el tiempo y cuyo basamento más firme sería la admiración de ambos por el mítico guerrillero. Aproximándose el Año Santo, decide viajar con varios sacerdotes y con su íntimo amigo, Alejandro Mayol, a Europa donde comienza a madurar su idea de ingresar en el seminario, algo que concretará ya para 1952.


Como sacerdote comienza a escribir en una revista de seminaristas y desde ese momento deja entrever sus nociones sobre la vida pastoral y la acción social, las cuales bien combinadas, podían “darle a la sociedad algo de lo que pierde el hombre en sociedad”, según sus propias palabras.

Su compromiso con los pobres se va acentuando y comienza a integrar grupos misioneros en diferentes puntos del interior del país y tras ocho años de estudios, es ordenado sacerdote en diciembre de 1959 y desde ese dia, su obra le da una vuelta de tuerca a su vida porque es el momento donde descubre y vivencia el subdesarrollo y la pobreza en su máxima expresión.

Ya de regreso en Buenos Aires, entre los años 1960 a 1963, estuvo cumpliendo funciones como vicario cooperador a la parroquia Nuestra Señora del Socorro, en Barrio Norte, además de asesor de la Juventud de Acción Católica, en su ex colegio Nacional Buenos Aires y entre los universitarios de Medicina y Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, ademas de desempeñarse como profesor de Teología en la Universidad del Salvador, en las Facultades de Psicopedagogía y de Derecho. 


Sin dudas, se destacó por otro tipo de labor desde que fue solicitado por la escuela “Paulina de Mallinkrodt”, en la villa miseria Nª 31 del barrio de Retiro, para cumplir funciones de Capellán.

Sus ideas sobre el capitalismo y sobre la injusticia social ya estaban bien delimitadas

A esta altura, el Padre Mugica pudo haber tenido una vida acorde al nivel de la clase social a la cual pertenecía, transitando una carrera eclesiástica en constante ascenso, acompañada de las dignidades y cargos importantes correspondientes, en ese momento la amistad de su padre con el entonces arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Caggiano, quien le propone a un recién consagrado, desempeñarse como uno de sus secretarios en la curia. Sin duda esta designación favorecería mutuas conveniencias pues el doctor Mugica se beneficiaba brindando a su hijo la posibilidad de una carrera eclesiástica y, el jefe máximo del arzobispado porteño se aseguraba contar con la venia del poder político teniendo a su lado a un familiar directo de un personaje público muy influyente para la época.


Pero Mugica sorprendió a propios y ajenos comunicándole al cardenal su deseo de realizar su trabajo pastoral en regiones pobres y miserable, eso que ya se había convertido en una experiencia determinante de su vida.

En el año 1967 había decidido interrumpir toda actividad por un año dirigiéndose a París para estudiar, en el Instituto Católico, Epistemología y Semiología, Doctrina social de la iglesia, y Comunicación social y Teología. Fue en París, donde Carlos Mugica tomó conocimiento por carta, de la existencia (es el Nacimiento del MSTM) del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y automáticamente envió su adhesión incondicional. También inició su colaboración en el Equipo Intervillas, fundado el 2 de agosto de 1968, mérito y dedicación del p Jorge Goñi, también “cura villero”.

Cuando Mugica regresa a la Argentina, se entera de su reemplazo en la capellanía de las religiosas de Mallinckrodt por el padre Julio Treviño. Simultáneamente, la parroquia San Martín de Tours, a cargo de sacerdotes asuncionistas decide abrir una capilla en la villa de Retiro (que era de su jurisdicción parroquial) y le ofrece al Padre Carlos su desempeño. Sin dudar, el Cardenal Caggiano lo confirma y comienza allí la obra con la gente de la villa. Sin demoras, y con la enorme ayuda económica de su hermano Alejandro, se levantó un salón multiuso, de ese modo, en el barrio Comunicaciones se levantó la capilla “Cristo Obrero” en la cual el Padre Mujica ejerció la máxima actividad pastoral entre sus “hermanos villeros”.


La ola de violencia que afectaba al país con el gobierno de facto del General Onganía, lo llevó a reflexionar sobre la violencia institucionalizada y la violencia revolucionaria. La postura de Mugica y su cercanía a miembros de la Organización Montoneros, tiempo atrás, además de una actitud, podría decirse, hasta ese momento, poco clara, sobre la violencia, lo llevaron también a la cárcel a Mugica. Además, el arzobispo Juan C. Aramburu, suspendió al Padre Carlos en sus licencias ministeriales por treinta días, noticia que a Mugica le llegó estando en prisión y a través de los diarios.

Sin embargo, sus ideas de no apelar a la violencia le trajo serios enfrentamientos justamente con grupos activistas como el de montoneros.

El padre Mugica, teniendo su lugar de trabajo en la Villa “Comunicaciones”, solía dormir, algunos días en la misma villa, otros en un cuarto que se había hecho construir en la terraza del edificio donde residían sus padres, contiguo a la vivienda del portero. La serie de inconvenientes y enfrentamientos con su arzobispo, por un lado lo motivaron a redoblar sus trabajos en favor de la gente de la villa, pero también lo hicieron reducir sus apariciones en los medios de comunicación, ambito donde Mugica era muy requerido debido a la relevancia de su obra.

Ya en 1974 Mugica terminó de escribir el texto de la “Misa para el Tercer Mundo”, y grabó su disco que musicalizó la obra con ritmos autóctonos, africanos y asiáticos y que fue destruido por fuerzas que contrariaban su obra.


También se multiplicaron las amenazas de muerte, la revista “Militancia”, perteneciente al peronismo de izquierda y dirigida por Ortega Peña y Duhalde, ubicó al sacerdote, dentro de la publicación en la sección denominada “La cárcel del pueblo”, un apartado editorial en el cual-semanalmente- ellos “encarcelaban” a quienes consideraban personajes representativos del “antipueblo”. Por otro lado, el órganos de prensa de la derecha peronista, dirigido por López Rega, “El Caudillo” le cuestionaba desde su ministerio sacerdotal hasta su servicio a los pobres preguntándose si estaba al servicio de los ellos o tenía a los pobre a su servicio, finalmente llegó a acusarlo de “bolche”.

Sin embargo, el propio Mugica justificaba la presencia revolucionaria ante momentos de gobiernos autoproclamados como la época de Onganía.

Mugica, con su fuerza de lucha y en medio de tantos acontecimientos, corría peligro.

Y esa triste hipótesis se confirmó el día sábado 11 de mayo de 1974 y, siendo las ocho y cuarto de la noche, en momentos en que el padre Carlos Mugica se disponía a subir en su auto que se hallaba estacionado junto a la iglesia de San Francisco Solano, donde había celebrado misa, tal como venía haciéndolo cada semana, fue tiroteado por un individuo con bigotes achinados, que se bajó de un auto que se encontraba estacionado muy cerca del lugar. Este personaje (dicho por la prensa y reconocido personalmente por su hermana menor, Marta) sería Rodolfo Eduardo Almirón, jefe de la “nefasta”Triple A”. Cinco disparos de ametralladora le afectaron el abdomen y un pulmón, cuentan que el tiro de gracia lo recibió en la espalda. El Padre Vernazza, párroco y tan amigo y compañero de vivencias, salió de la iglesia al oír los disparos y corrió a darle la unción. Presurosamente fue trasladado al Hospital Salaberry donde, ya moribundo, alcanzó a exclamar a una enfermera: “Ahora más que nunca tenemos que estar junto al pueblo”. A las nueve de la noche, el doctor Avelino Vicente Dolico, certificó que las causas del fallecimiento habían sido heridas de bala de tórax y abdomen y hemorragia interna. 


En el espectacular y multitudinario entierro, los villeros que tanto lo querían llevaron a hombros desde la Villa de Retiro hasta el cementerio de La Recoleta, el féretro del “cura rubio”. Casi toda la prensa habló ese día del “Santo Villero”.

El propio Wainfeld habla de lo que fue la Villa en la vida Mugica y hasta después de su muerte.

Sin dudas, el sacerdote Carlos Mugica, pudo haber tenido una vida cómoda y sin sobresaltos llegando a ocupar un cargo en las altas esferas de la jerarquía eclesiástica por pertenecer a una familia de clase alta porteña.

Sin embargo ha quedado demostrado que decidió renunciar a los privilegios para dedicar su sacerdocio a los pobladores de la villa de Retiro. En otras palabras, se la jugó por los pobres.



Y esos mismos pobres, aquellos que ayudó en su acción en la villa 31 y los hijos de esos mismos, hoy le rinden homenajes manteniendo la iglesia donde descansan sus restos, el comedor y el centro cultural que llevan su nombre y hasta le dedicaron la formación de una murga llamada “Los Guardianes de Mugica”. Y Así, el padre Mugica, el Padre Francisco, o simplemente Carlos, como se lo conocía en los pasillos de la villa, estará presente entre aquellos que entendieron su mensaje.