miércoles, 22 de junio de 2011

La candidata y la estadista, Por Roberto Caballero


El lanzamiento de Cristina  Fernández a la reelección es la gran certidumbre política nacional ante un escenario electoral volátil e histérico, hasta ahora animado por la hibridez ideológica de una oposición envuelta en la más trivial pelea de egos y vanidades.
Si el ex progresista Ricardito Alfonsín se abraza al mismo Francisco de Narváez que hace 15 minutos era macrista confeso, el socialista moderado Hermes Binner juega a las escondidas con el mismo Pino Solanas al que respaldan Joaquín Morales Solá, el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST);   y hasta Elisa Carrió, cuyo fuerte eran las profecías pero se equivocó feo en la última que decía que Cristina no iba a ser candidata, el anuncio presidencial de ayer pone orden donde hay, por lo menos, desorientación evidente, cuando no estado de infecunda crisis de propuestas alternativas.
Será interesante ver en los diarios tradicionales de hoy cómo será maltratada la noticia y su emisora, porque esta vez la jefa de Estado hizo su anuncio en cadena nacional, cuando lo verdaderamente destacable es el contexto histórico donde lo dijo. Fue el mismo día que impulsó el nacimiento de la columna vertebral tecnológica de la Ley de Medios de la Democracia: las 220 licencias de la TV digital que se distribuirán entre grupos privados, públicos y sociales, medida que viene a sepultar el viejo paradigma comunicacional desde el cual Clarín y la Argentina patronal y conservadora nos dijeron qué teníamos que pensar y hacer los argentinos durante décadas, y que tanto nos hicieron equivocar en beneficio de los grupos más concentrados.
Ayer, la democracia y el pluralismo, la diversidad de opiniones y la socialización del discurso público vivieron una revolución en paz, al calor de una política de Estado antimonopólica. Héctor Magnetto debería preocuparse, esta vez más que nunca, porque si antes con tres tapas volteaba a un gobierno o lo condicionaba, la sociedad democrática está experimentando en tiempo real que ni con 1500 tapas adversas se puede torcer la voluntad popular. No hay vuelta atrás: ya no genera temor ni adhesión el brulote mediático opositor que lidera el dueño de Clarín. ¿Cómo cree que toma la sociedad lo que escribió Fernando Laborda, editorialista de La Nación, que en su columna de ayer se refirió al “márketing del duelo” del que abusaría la presidenta? ¿Acaso, se supone, que Cristina mató a su marido para ser reelecta? ¿O creen, Laborda, Saguier y Bartolomé Mitre, que Kirchner está vivo en una isla paradisíaca y se mantiene oculto para que su clan retenga el poder? El extravío en el análisis no sólo demuestra debilidad conceptual, eso sería lo de menos, subyace en él una patología antipolítica preocupante: es la misma que llevó a Carrió a decir que los funerales de Néstor Kirchner fueron obra de Fuerza Bruta, y a Mirtha Legrand a dudar de que dentro del cajón estuviera el ex presidente en una suposición que no tiene, siquiera, categoría de mito urbano, sino de insultante pavada, rayana en la agresión a las decenas de miles de argentinos que participaron, compungidos, de sus exequias. Y que ahora ya tienen a quién votar.
La decisión de la presidenta, decía, viene a poner certeza donde hasta ahora hablaban los relatores de lo que pasa y no sus reales protagonistas: las multitudes que se expresan en las calles a favor del modelo “nacional y popular”, algo que no se sabe muy bien qué es pero conecta con las aspiraciones de millones de personas hartas de lo ya vivido en el pasado sin trabajo, sin producción, sin justicia, sin soberanía y, sobre todo, sin esperanza.
Cristina se propone como puente de plata entre las viejas y nuevas generaciones. Esa sola intención la coloca diez centímetros por encima del suelo. Es, junto a su marido, la líder democrática que más desafió a los poderes permanentes, consciente del rol político e institucional trascendente para el que fue elegida, y eligió vivir.
La que ayer habló no era la candidata. Fue la estadista, aceptando, una vez más, que hará lo que el pueblo decida en las urnas.
La estadista que tenemos, la que sabe hablar sin leer, abogada de profesión, surgida de la universidad pública, a la que le gusta pintarse como una puerta, viuda y madre de dos hijos. Parecida a muchos de nosotros. La estadista que supimos darnos, con sus aciertos, sus errores y su verdades relativas, que sin embargo acepta exponer al juicio del voto.
Es ella.
Aunque les cause indigestión a los Magnetto, a los Techint y a todos los que quieren gobernar desde la oscuridad sin tomarse la molestia de confrontar una elección.
Es ella.
Mal que les pese
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