martes, 29 de noviembre de 2011

Competitividades y mezquindades Eduardo Anguita


No siempre todos tienen razón. En política los errores algunas veces se perdonan y otras se pagan. En el acto del 11 de marzo pasado en Huracán, Cristina Fernández de Kirchner dijo muy enfáticamente que no debía importar tanto de dónde se venía sino hacia dónde se iba. La ausencia de Hugo Moyano, ese día, había despertado suspicacias.
En esos días, un triste trámite operado en una fiscalía suiza 

contaminaba el horizonte. Clarín batía el parche de que el secretario general de la CGT podía terminar, más o menos, deportado o preso. Moyano era la bestia negra para Héctor Magnetto y la batería de medios del monopolio querían hacer docencia empresarial castigando al sindicalismo a través de una caprichosa trama de intereses que conducían al líder camionero hasta la empresa Covelia.
Esa semana, toda la tensión política y periodística de los medios opositores se centraba en las intrigas acerca de cómo había llegado el desinflado pedido del Ministerio Público Fiscal suizo. Pero, más allá de la operación de prensa, había un mar de fondo sobre el cual se apoyaban. La pregunta de los medios concentrados era: ¿llegó el turno de La Cámpora y ahora la CGT va a pasar a segundo plano? La formulación era venenosa pero, a su modo, se metía en un asunto real. Tan real que ese viernes 18 la Presidenta encabezaba otro acto, en otro estadio, esa vez en Independiente, y un rato antes el Sindicato de Camioneros anunciaba un paro nacional para el lunes con movilización a Plaza de Mayo. Era en repudio al pedido suizo pero resultaba inocultable el apriete al Gobierno. Era como decir: es contra Clarín pero, por las dudas, les tiramos el camión encima a la Casa Rosada. A lo largo de la tarde las cosas se fueron calmando y el lunes fue un día tranquilo. Era un round más donde la conducción personalísima de Hugo Moyano en la CGT medía fuerzas de cara al armado político en un año electoral. Hubo otros tantos rounds pero ninguno pasó de lo gestual o verbal.
La dirigencia cegetista hizo esfuerzos por ocupar espacios en las listas electorales, intentó jugar un rol protagónico en tiempo preelectoral y no lo logró. Sin estridencias, la Presidenta diseñó una campaña de una eficacia comunicacional impresionante. Se basó, tal como ya se analizó profusamente, en el vínculo personal en los cientos y cientos de actos que encabezó. La gran mayoría de ellos destinados a inaugurar fábricas o talleres o bien obras públicas. En todos ellos destacó su compromiso militante –peronista– con los trabajadores. En muchísimos de ellos, además de sus ministros, gobernadores o intendentes, estuvieron los dirigentes sindicales. El triunfo del 54% es el resultado del camino elegido por Cristina.
Nadie, en su sano juicio –los días previos a su reasunción y con los mentideros buscando candidatos para ocupar cargos ministeriales– puede pensar que sea momento de ponerle palos en la rueda. Sin embargo, Moyano hizo gala, en las últimas semanas, de algunos gestos que contradicen esa premisa. El martes, el secretario de Uatre Gerónimo Benegas, en una entrevista en Radio Mitre, dijo que se había reunido con Moyano. Benegas tiene una de las bodegas más exquisitas en la cava del sindicato de peones rurales –para sus invitados, él toma agua– y también tiene en el garage los autos importados más sofisticados. Se quejaba por Mitre de que el Ministerio de Trabajo no homologaba el aumento del 35% para los trabajadores del sector, acordado con las patronales del campo. La cartera a cargo de Carlos Tomada autorizó un 25%. Una cifra que parece mucho más sensata de acuerdo a las expectativas inflacionarias previstas para 2012 (algo menos del 10% de acuerdo al proyecto de Presupuesto Nacional). Moyano también tuvo gestos para con Ricardo Cirielli, quien encabezó el paro encubierto que dejó el fin de semana pasado sin vuelos de Aerolíneas.
Un lugar en el mundo. Muchos otros gestos confirman la distancia tomada por Moyano. Algo nada nuevo en la gimnasia política y sindical. Nada que no pueda curar el tiempo y el sentido de oportunidad. Sin embargo, por detrás de las pequeñas cuestiones de la convivencia política, es posible analizar esta situación desde otro ángulo.
Estos ocho años permitieron al gremio de camioneros consolidar dos bases muy fuertes. Por un lado, lograron la afiliación de muchísimos trabajadores de otras ramas. Por el otro, una ampliación de su base propia, producto del crecimiento impresionante de la flota de camiones destinados al traslado de las cosechas –soja, girasol y trigo fundamentalmente– hacia los puertos de exportación. Ese crecimiento de la Argentina agroexportadora es precisamente el gran punto en cuestión. Si hay algo que no le da futuro al país –y a los trabajadores– es el avance de unos pocos cultivos destinados a darle forraje a los chanchos chinos. A tal punto el desafío es grande que cuesta mucho lograr que China compre, siquiera, aceite de soja. Quieren el poroto en sus puertos y puntos. El desbalance es tal que nos venden sólo productos industriales y nos compran sólo productos primarios. Hasta buena parte de los libros infantiles en castellano se imprimen en China. Y cuando llega una empresa de ese origen, más allá del pomposo lustre de estar dirigidos por el Partido Comunista fundado por Mao, no está dispuesta a ceder a los reclamos gremiales.
Un ejemplo lo constituye la empresa Sinopec (china) que tiene yacimientos en Santa Cruz. Se sabe, allí la conducción del sindicato petrolero está en franca oposición al kirchnerismo y, pese a ello, obtuvieron muchas ventajas para sus afiliados o prolongaron conflictos por tiempos larguísimos. Los empresarios de Sinopec les transmitieron a sus proveedores y a los trabajadores que día no trabajado es salario caído y que si las cosas no son así ellos se mandan a mudar. Y así se lo transmitieron también al gobernador Daniel Peralta.
Puede resultar un caso aislado y sin trascendencia, pero constituye uno de los datos a tener presente de cara al escenario internacional y la compleja trama de buscar socios en el mundo. Cuando la Presidenta insiste en consolidar la integración regional es porque las pautas político culturales de los latinoamericanos están en sintonía, al menos en las convicciones de que democracia redistributiva y derechos sociales son pilares del proceso de profundización del modelo. Eso sí, creer que Cristina hace caso omiso de lo que pasa en el mundo en materia de distribución de la riqueza y competitividad capitalista es, por lo menos ingenuo. La Presidenta ocupa un lugar en el G20 donde no hay muchos representantes de otras naciones que estén empeñadas en la épica social. El bloque Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) puede tener coincidencias en políticas de comercio internacional y de integración de mercados energéticos pero para nada tiene coincidencias respecto a si el crecimiento es con inclusión y la inclusión es con derechos.
Llegado este punto, uno no puede encontrar una respuesta al discurso de Cristina del martes pasado en la UIA con mentalidad de cabotaje, por usar una metáfora sobre otro de los temas calientes de la semana, el de Aerolíneas Argentinas. Es cierto que la mirada examinadora de los CEO se detuvo gratamente cuando la Presidenta preguntó dónde estaba Hugo (Moyano) y a renglón seguido les dijo que ella no estaba de acuerdo con el proyecto de ley de reparto de ganancias presentado por Héctor Recalde y apoyado por la conducción cegetista. Al respecto, puede ponerse en cuestión el lugar elegido por Cristina. Lo que no puede dudarse es que, fiel a su estilo, la Presidenta lo hace de cara a la sociedad “y no por los diarios”, mientras que más de un vocero de Moyano entró en la discusión a través de la pantalla de TN. Tampoco, y esto es más importante aún, lo hace a espaldas de los trabajadores.
¿Qué puede significar la foto que envió Presidencia y que publicó La Nación en tapa el miércoles en la cual se veía sonrientes a los peso pesados Cristiano Ratazzi y Paolo Rocca? En principio, que para encarar los cuatro próximos años, Cristina no quiere roces con sectores con los cuales hay –y habrá– tironeos por la defensa de intereses. Ratazzi, como referente de los empresarios automotrices fue siempre un defensor de la devaluación. Rocca, el industrial más fuerte de la Argentina, también. Sus sonrisas sirven. Y respecto de la poco feliz frase de que la economía no se rige por las leyes del Congreso sino por las del mercado, el árbol no puede tapar el bosque. En un discurso sin libreto las frases pueden escaparse sin precisión. La historia de Cristina como legisladora y de ocho años de plena vigencia constitucional no pueden llevar a pensar que el neoliberalismo haya hecho mella en sus ideas.
Pero hay algo más inquietante si se toma en cuenta que la llamada Eurozona está en un proceso recesivo que, inevitablemente, afectará en el comercio exterior de la Argentina. Además, la tutela de los organismos financieros internacionales sobre Europa hace que los propios empresarios argentinos estén mucho más preocupados por la crisis internacional que pendientes de las idas y venidas de las internas políticas o sindicales. Es aún temprano para advertir si se vienen cambios en la conducción de la CGT. Y si hay algo para pensar relevos no debe hacerse en función del peso personal de algunos dirigentes –solamente– sino también en relación a si no es el turno de los gremios industriales más que los de servicios.
Competitividad, productividad. ¿Acaso se contrapone la idea de una sociedad justa con el avance en los procesos industriales? Corea del Sur, por poner un ejemplo caprichoso, era un país extremadamente frágil. Hace dos décadas, sus dirigentes políticos y empresariales pusieron la mira en los sectores informáticos y automotrices. Hoy tienen procesos industriales que compiten con Alemania, China y Estados Unidos en esos segmentos. Sus fábricas de autos están al lado de los puertos y las unidades van directamente a la bodega de los barcos.
La Argentina, tras sucesivas destrucciones y con una burguesía industrial que todavía no da muestras concretas de constituirse en una burguesía nacional, tiene una serie de desafíos en los que la Presidenta está empeñada y de los cuales la sociedad dio claras muestras de sentirse protagonista. No es sólo en la sensibilidad social y en el respeto a la memoria, sino también en la dirección futura. Y los resultados logrados en estos años sirven para pensar que no es sólo una utopía en el marco de un marasmo mundial.
Algunos de los datos disponibles lo confirman. Récord de crecimiento en la Industria Nacional. La producción nacional de electrodomésticos creció exponencialmente de 2003 al 2010: el rubro de heladeras aumentó un 364%, el de cocinas 156% y el de lavarropas un 213%. La industria textil se expandió desde 2003 a 2010 un 143% y alcanzó en 2010 el máximo histórico en su índice de producción. El sector automotriz batió en 2010 todos los récords históricos: produjo 730.000 autos, exportó más de 450.000 unidades y se patentaron 650.000 vehículos. El sector del calzado registró un aumento de la producción del 133% de 2002 a 2010, y cerró el año con una cifra récord, estimada de 105 millones de pares fabricados en el país. Desde 2003 a 2010 las exportaciones de vinos crecieron un 323%, de 169 millones de dólares a 715 millones. Somos el quinto país del mundo en elaboración de vinos. En 2010, las exportaciones argentinas de manufacturas de origen industrial (MOI) representaron el 35% del total exportado, marcando otro máximo histórico en el sector. Junto a las manufacturas de origen agropecuario (MOA) sumaron el 68% de las ventas al mundo.
Se insistió mucho –y con razones y datos– el altísimo grado de concentración de la economía en manos de las 500 empresas más grandes. También en la capacidad de eludir y evadir impuestos que tienen sus directivos. Sin cambiar eso no podrá cambiarse la matriz redistributiva. A su vez, y en dirección opuesta, tampoco podrá consolidarse un perfil industrial competitivo sin el intento de consolidar un espacio de diálogo y acción coordinada entre el Estado y las cúpulas empresarias y sindicales.