miércoles, 18 de enero de 2012

El coeficiente de un nuevo fanatismo por Orlando Barone

Está prosperando un nuevo y original fanatismo: el fanatismo crítico. Responde al mundo intelectual y académico. Porque al mundo popular ni se le ocurre. Sigue ocupado en la voluntad militante o comprensiva de sondear los tiempos, no en dejarse arrastrar por  los antojos individuales o de grupo. El nuevo fanatismo crítico es la consecuencia intelectual no querida de resistirse al supuesto fanatismo a favor; ese que le endilgan al entusiasmo  “K” u “oficialista”.
Esa reacción nace de un complejo de que la inteligencia no es tal sino sospecha de si misma y si no es en alguna parte opositora. Sin proponérselo, y para escapar del supuesto fanatismo partidario y político instalado, muchos intelectuales han caído en el hipotético mal que combaten. Caídos de revés y no precisamente de forma honorablemente inteligente. Porque de tanto entusiasmo que se imponen para no conducir su razón hacia un solo lado-sobre todo de la del Gobierno-acaban empujándola hacia cualquier otro. Y lo que es más, coincidiendo los de acá, los de allá y los de acullá en una observación eternamente obvia: la de que el mal que hay que combatir es la desigualdad. Tanta inteligencia para eso. Es como coincidir en que no hay que pegarles a los niños. No quisiera ser sarcástico, pero en contra de la desigualdad hasta están los “desigualadores”. Los verdugos. Y si se esmeran los de “Plataforma” recontra, y los grupos que ya empiezan a proliferar como hierba (qué delicadeza para no decir yuyo) todos con el coeficiente al máximo van a determinar que lo que falta es resolver de una vez el ominoso tema de la desigualdad. ¡Qué descubrimiento! Y al parecer la Presidenta no se da cuenta. Está en Babia. ¡Qué hace que no lo resuelve!  Por eso los intelectuales producen advertencias y alertas. Los rodean los cientos de libros leídos. Algunos están faltos de estado físico de no ejercer la sudorosa práctica de gobierno.
Recomiendan cuántas flexiones en tierra hay que hacer pero en sus bibliotecas no hacen ninguna. Y tan felices están en que el debate se propague y resuene que aspiran a ir coincidiendo los unos y los otros. Esa “coincidencia coincidente” en todo cuanto atañe a la pobreza y la desigualdad. ¡Pero, claro!  Nadie que pretenda influir políticamente y que aspire considerarse un ser de ideas solidarias va a ser tan idiota de promover públicamente las ventajas de la injusticia social y la inequidad.  Aún cuando su voto a solas lo contradiga entusiastamente.
Porque hasta el ajuste más ominoso podría anunciarse como un sacrificio racional con el fin de que haya una feliz igualdad en el futuro. Por eso cualquier carta abierta o no, cualquier texto, manifiesto o declaración de un intelectual sobre el tema –y mejor aún si el autor se presume progresista- es reproducida ostentosamente en los medios hegemónicos; que así simulan reconocer el mal de la desigualdad responsabilizando al Gobierno. ¿Ven que no es progresista, que sus propios aliados progresistas lo critican?
Mirado el fenómeno con optimismo resulta positivo que la Argentina, cuyo estereotipo cultural se resaltó siempre en la histórica fertilidad para producir jugadores de fútbol, se diversifique y extienda ahora en el nuevo e intenso brote intelectual. Pero atenti académicos. Los grandes medios gráficos y audiovisuales se relamen del inesperado alimento que se les dispensa graciosamente. Se los dan servido en la boca. Los editores y productores de los grandes medios ni siquiera se molestan en leerlas a priori para ver si contienen algo que los involucre a ellos. ¿Para qué? Si dan por sentado que los remitentes saben muy bien que para que se les de curso mediático a sus cartas y manifiestos estos deben contener una adecuada proporción de oposiciones críticas al Gobierno. Con estas es suficiente. Lo paradójico es que para escapar del supuesto fanatismo oficialista, los intelectuales vayan convergiendo con entusiasmo hacia el nuevo fanatismo crítico. “Me gusta, pero esa partecita no”. Si se excitan críticamente para no perder el centro de la escena, terminarán descuartizando en partecitas su gusto original.
En fin, se puede ser fanático de una religión, de un dogma, de una creencia, de un amor o de un equipo de fútbol. También se puede ser fanático de una marca de autos, de un lugar de veraneo y de una banda de música. Y de una bella botinera. Pero en este creciente fenómeno intelectual  lo que más florece son los fanáticos del “Yo”, ese pronombre mínimo excepcionalmente justificado.
Y que está tan cerca del propietario y tan lejos de los otros.