jueves, 4 de octubre de 2012

Cacerolas y zombis, Por Pablo Bilsky (imperdible)


MEDIOS VS GOBIERNO

“Perdona hermano mío si te digo, que ganas de escribirte no he tenido, no sé si es el gobierno, no sé si es la comida, o el tiempo que ya llevo en esta vida”, dice la carta que un zombi establecido en la Argentina envió a su hermano neoyorquino. El muerto vivo que deambula por estas pampas narra sus extrañas experiencias durante un cacerolazo, al que asistió, hambriento, en busca del alimento que consumen los zombis: cerebros. A continuación reproducimos el texto completo de la misiva.
Hermano, nos quisieron convencer de que este tiempo es nuestro. Todos dicen que somos los más genuinos representantes del capitalismo, todos dicen que el capitalismo es como nosotros, que somos el gran modelo de esta época, el signo de esta era. Pero más allá de las metáforas y las frasecitas que suenan inteligentes, hay que estar en nuestros podridos cuerpos para saber de qué se trata ser un zombi.
Este país es extraño. El otro día observé un grupo de personas que gritaban y hacían ruido golpeando unos extraños instrumentos musicales metálicos. Me acerqué, feliz y hambriento, pensando que me iba a dar un banquete de cerebros, cerebros fresquitos. Pero la cosa no es tan fácil por acá.
Sí, claro, tengo aprendida bien la lección y sé dónde buscar alimento, pero en este país, a veces las cosas resultan más complejas. Toda esta gente, todos estos músicos callejeros de la percusión metálica, son ciudadanos bien alimentados, aunque de gesto torvo. Puede uno aventurar, antes de probar sus cerebros, que nunca les faltaron vitaminas, ni minerales, ni proteínas. Sus cerebros se desarrollaron bien, lozanos, fuertes.
Pero eso, acabo de aprender amargamente, no es suficiente. No sé, no entiendo qué sucede aquí, no entiendo la política de los vivos, pero lo cierto es que me cayeron muy mal esos cerebros. Rancios, agrios, llenos de odio y violencia. Vos y yo, hermano, somos grandes conocedores del sabor insoportables de los cerebros de los violentos. El odio sabe mal, muy mal. Y cuando se mezcla con una buena dosis de taimada y rastrera cobardía, el sabor y el aroma se tornan insoportables.
Pero no era sólo eso. Había algo más en sus colapsados cerebros. Algo que se repetía en todos, en todos y cada uno de ellos, como una letanía, como un ritornello neuronal, calco de calco de calcos ad nauseam. Tenían algo tóxico esos cerebros, estaban llenos, repletos, rebosantes de frases idénticas, todas idénticas entre sí, clichés, muletillas y lugares comunes, repeticiones de repeticiones de repeticiones, simulacros, copias sin original. Los argumentum ad nauseam apestan.
Yo no entiendo este país. Y mucho menos la política y las cosas del gobierno y la sociedad, pero de neuronas algo comprendo, y creo que estos músicos callejeros enojados tienen serios problemas. Lo digo con la autoridad que me dan el hambre, el asco, las náuseas y la intoxicación que me pesqué en plena zona residencial de Buenos Aires, en una de los barrios más ricos y exclusivos de este país. Grandes rarezas tienen esos cerebros, te lo aseguro. Los clichés hacen más lentos sus procesos neuronales, la sinapsis se interrumpe, hay grandes cortos circuitos en esos amargos cerebros. No sé, están como desconectados.
Es notable. Les resulta más real lo que ven por televisión que lo que ellos mismos experimentan en su realidad cotidiana, en sus vidas. Todo un fenómeno, hermano. Las autocontradicciones les nublan y empastan las neuronas, forman charcos de confusión, charcas hediondas, miasmas.
Dicen que tienen miedo, pero salen a la calle y gritan y protestan e insultan y hacen música atonal, con total libertad, y nadie los molesta ni agrede, pero dicen que tienen miedo igual. No se entiende.
Vos sabés bien, hermano, cómo en nuestro propio barrio, allí donde nacimos, crecimos, y morimos, en Wall Street, la policía revienta a palos a los que protestan, los revienta bien a palos, y destruye sus campamentos, y quema sus libros y sus carpas y sus pancartas, y los lleva presos y los procesa. Lo mismo sucede en Europa. Aquí en la Argentina no ocurre eso, en absoluto, al menos con estos hoscos percusionistas no ocurre eso, para nada, no sé con otros, no sé con otras protestas, no sé con los más pobres, pero a los músicos odiadores nadie los molesta.
Yo lo comprobé, pero los músicos hoscos dicen lo contrario, lo dicen y lo repiten. Y hay canales de televisión que afirman lo mismo, lo mismo, lo mismo. Es notable la identidad entre lo que afirma, ronca, esta triste gente, y lo que propalan algunos canales de televisión y diarios.
De otro planeta hermano mío, muchas cosas que suceden aquí responden a una lógica que desconozco. Es una lógica perversa: dicen que el gobierno censura a la prensa, pero sin embargo, no obstante, pese a eso, la enorme mayoría de los medios insulta al gobierno.
O sea: los medios que denuncian la censura del gobierno nacional critican, insultan, atacan sin censura alguna. Al que supuestamente ejerce la censura, se lo insulta con total libertad, sin consecuencias, sin censuras. Se denuncia la censura sin censura. Se denuncia la falta de libertad con total libertad. Se dice que la presidenta mete miedo, pero hay revistas que afirman en tapa que esa temible mandataria es loca, ladrona, imbécil, autoritaria, entre otras cosas. Y la reproducen orgasmeando violentamente, en la tapa. Y a la vez, al mismo tiempo, pese a eso, dicen que tienen miedo y que los ofendidos son ellos.
No sé, yo soy extranjero y encima estoy muerto-vivo, pero todo esto es muy raro. No sé cómo explicártelo, voy a intentarlo: resulta que acá la gente sale a la calle cuantas veces quiere, la gente protesta, y pide la muerte de la presidenta, y después de protestar se vuelven todos tranquilos a sus casas. Nadie los molesta. Pero igual dicen que tienen miedo y que esto es una dictadura.
Dan miedo ellos, en verdad, los que protestan dan miedo. Tienen mucho pero mucho odio, exhiben esvásticas, y piden la muerte. Ni a vos ni a mí nos asusta la muerte, claro, pero hacía mucho que no veía a decenas o centenares de personas reunirse a solicitar la muerte. Sí, te acordás cuando en la escuela dimos el caso ese del fascista aquél, que gritó viva la muerte, bueno, por acá hay varios de esos, montones, es increíble.
Se nota que los que protestan y ejecutan raros instrumentos ven mucha televisión y que tienen Internet. Pero es raro. Porque, pese a eso, no saben lo que sucede en otros lugares del mundo, en Europa, en Estados Unidos. No saben que en Estados Unidos y Europa millones de ciudadanos denuncian que no hay libertad de expresión, y no sólo lo denuncian: lo sufren en carne propia porque la policía los revienta a palos y los mete presos. No, acá todo es muy raro: los odiadores, los partidarios de la muerte, no saben nada de Europa ni de Estados Unidos. Ni de Irak, parece. Ni de Pakistán, donde, por ejemplo, aviones no tripulados, aviones de nuestro país, enviados por el Premio Nobel de la Paz Barack Obama, matan niños y arrasan con familias inocentes, todos los días, tal como denuncian nuestros propios compatriotas. En Guantánamo se tortura y se mata a inocentes, todos los días, al margen del derecho internacional y las leyes.
No saben nada de eso los vivadores de la muerte que meten bulla por acá, en la Argentina. Sí, han recibido una educación formal, sí fueron a la escuela. Son profesionales muchos de ellos, universitarios, sí. Y viajan, viajan mucho, viajan lejos. Dicen que no se puede viajar, dicen que no los dejan viajar pero a la vez viajan, muchísimo. Es conocida la ironía de los argentinos. Uno de los que protestaba, me dijo, para burlarse de mí, que estaban protestando porque el gobierno no les deja comprar dólares, sí, dijo dólares, te lo juro, dólares dijo, no lo estoy traduciendo, no dijo pesos, que es la moneda de acá, dólares dijo, la moneda nuestra. Un cínico. Lo dijo y no se reía, permanecía enojado, hosco, con gesto torvo y amenazante.
Perdoname la parrafada, hermano, pero necesitaba descargarme. Pasé una noche horrible, intoxicado y confundido, con mucha fiebre, delirando, atosigado por una pesadilla recurrente. Me perseguían unos mudos gritones. Sí, eran mudos que modulaban perfectamente, hablaban bien, hablaban mucho, en voz alta, y gritaban, ensordecedores. Y se quejaban por no poder hablar, y exigían respeto a los mudos, respeto y oportunidades para los que no pueden hablar, y lo hacían a los gritos. Me corrían, me querían matar en nombre de la paz y la democracia. Violentos y temibles, decían tener miedo. No es fácil todo esto, no la estoy pasando bien, por eso tras un largo silencio ahora te cuento lo que me pasa en estas tierras extrañas. Como dice una canción de este país, perdona hermano mío si te digo, que ganas de escribirte no he tenido, no sé si es el gobierno, no sé si es la comida, o el tiempo que ya llevo en esta vida. Hasta pronto. Porque si esto sigue así, hermano, nos veremos pronto. Este país me mata.