martes, 16 de octubre de 2012

EL 17 DE OCTUBRE COMO EPÍLOGO Por Pablo Yurman*



No es fácil arrimar al lector alguna novedad con respecto al Día de la Lealtad, fecha fundacional de peronismo, pero que indudablemente entronca con los hitos históricos del Movimiento Nacional. Mucho se ha dicho desde la historia, el sindicalismo, la política, la sociología, entre otras disciplinas. Conocidas son las discusiones sobre si el millón de personas congregadas aquél 17 de octubre de 1945, en Plaza de Mayo y sus adyacencias, concurrió espontáneamente o a las órdenes de una aceitada planificación de líderes sindicales y hasta de la mismísima Evita. Adelanto mi opinión entre quienes ven un poco de ambas cosas. Ningún líder sindical ni Evita hubieran podido juntar mucha gente si alguien no hubiese trabajado sobre la realidad de cientos de miles desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, desde varios años antes.

Puede señalarse que aquél día, que marcó un antes y un después en la historia argentina, abrió las puertas, en virtud de la magnitud del apoyo popular, a la candidatura de Perón y su triunfo electoral pocos meses después y fue, por lo tanto, prólogo de lo que conocemos como justicialismo.

Pero acaso pueda entenderse el 17 de octubre no tanto como prólogo de lo que siguió, sino como epílogo de una Argentina que ya nunca más sería la misma.

LA GUERRA Y LA LEALTAD

Quizás no pueda entenderse la fecha evocada, ni el peronismo que fue su consecuencia política, sin comprender los profundos cambios que a todo nivel produjo el impacto en nuestro país de la Segunda Guerra Mundial. Impactos que sobrevendrían a pesar de haber permanecido neutrales hasta casi la finalización de la contienda. Para ello hay que utilizar cierta capacidad de imaginación e intentar visualizar lo que hoy es el Conurbano, pero con la fisonomía que tenían antes de la guerra mundial.

Esa región era hacia 1939, año en el que comenzó el conflicto entre los aliados y las potencias del Eje por la supremacía mundial, una zona de quintas o de esparcimiento que con sus pequeñas poblaciones semi-rurales distaba mucho de la imagen con perfil industrial y densamente poblada que hoy posee. En el medio, ocurrió la guerra y con ella, el proceso de industrialización del país para sustituir con producción local todo lo que hasta poco tiempo antes importábamos procedente de Europa y, en menor medida, de Estados Unidos. Si bien es dable acotar que ese tibio proceso industrializador había comenzado durante la década del 30, con la guerra se intensificó de modo exponencial.

De todas formas, el fenómeno en sí no era muy distinto al que ocurrió durante la Primera Guerra Mundial. Con una enorme diferencia: a diferencia de aquél, este no sería desaprovechado, sino profundizado en sus rasgas más salientes vinculados con la creación de un mercado interno. En 1945 ese proceso formaría lo que agudamente Marcelo Gullo denomina nuestra “insubordinación fundante”.

El país comenzó a manufacturar la gran cantidad de materias primas que antes exportaba, por dos motivos básicos: nuestros antiguos compradores, ahora disputaban una lucha descarnada por su supremacía mundial. Y precisamente por esto último, las fábricas inglesas o norteamericanas, francesas o belgas, que antes suministraban todo tipo de objetos a mercados como el nuestro, desde galletitas hasta vehículos, ahora se habían reconvertido a fabricar armas y municiones.

Fue así como lentamente, sin estímulo oficial alguno, sin planificación, en un país con una forma mentis para la cual la industria nos era totalmente ajena, donde antes hubo clubes de remo, de fútbol, o quintas y baldíos, comenzaron a aparecer, primero simples talleres artesanales que apenas ocupaban a los parientes del innovador operario que devendría empresario. Pero después, en virtud de la mayor demanda de esos bienes, los talleres se transformaron en fábricas que daban trabajo a cientos de obreros. Ello explica el proceso de migraciones internas que trasladaron a cientos de miles de hombres del interior profundo que a duras penas sobrevivían de alguna changa rural, a los suburbios de Buenos Aires, donde los sueldos eran muy superiores y las condiciones de vida mucho más dignas.

La generalidad de la Argentina “visible” de entonces, esto es, la dirigencia política tradicional, los sindicatos comunistas y socialistas ya existentes pero que utilizaban categorías de análisis ajenas a nuestra realidad, la prensa y la universidad, no captaron el fenómeno. El único político con la habilidad suficiente no ya para captarlo sino para encauzarlo a través de una revolucionaria legislación laboral, fue Perón.

Y lo de revolucionaria legislación laboral no sólo pasaba por escuchar, quizás por primera vez, a un delegado de fábrica o de comercio, sino por dar respuestas a sus reclamos.

NI UN SOLO CRISTAL ROTO
        
Un testigo privilegiado que estuvo en la Plaza aquél día de reivindicación colectiva, José María Rosa, dejó plasmado acaso el más fidedigno relato del ambiente que se vivió en aquella jornada en que la masa dejó de ser amontonamiento humano amorfo y se constituyó en Pueblo, al saberse comunidad de ideales compartidos. Cuenta el historiador citado: “Gente que no se estaba acostumbrado a ver en las calles del centro de las ciudades, los despreciados cabecitas negras … venidos de la campaña para trabajar en fábricas de las orillas ciudadanas, desarropados como andaban los obreros de entonces (descamisados los llamará Américo Ghioldi).’¡Sin galera y sin bastón/los muchachos de Perón!’.

Sucios con la grasa y el aceite del Riachuelo, destrozadas las alpargatas por la caminata; pero alegres, muy alegres, al verse juntos y saberse tantos. Los más jóvenes marchaban con saltos, ‘¡Aquí están/éstos son, los muchachos de Perón!’, ‘¿Si esto no es el Pueblo?/¿el pueblo dónde está?’. No iban en orden, zigzagueaban a lo ancho de las avenidas como si tomaran posesión de algo suyo. Silbaron al pasar ante la casa socialista, herméticamente cerrada; … pero nada más; ninguna piedra cayó contra el cortinaje metálico que protegía las vidrieras cerradas. Oí consignas nacionalistas –nuestras consignas- que me desconcertaron, porque no imaginaba que hubieran llegado hasta ellos: ‘¡Patria sí, colonia no!, ¡La Argentina para los argentinos!”. Es cierto: no hubo un solo vidrio roto y no se derramó una sola gota de sangre.

El relato nos recuerda que las revoluciones populares se han hecho siempre de cara al pueblo, nunca dándole la espalda. Es algo que sube de abajo hacia arriba y no al revés. Por ello, las minorías que se sienten vanguardistas, con independencia del ropaje ideológico del que circunstancialmente se valgan, jamás comprenden al Pueblo y generalmente lo aborrecen.



* Abogado