lunes, 21 de octubre de 2013

Previo a las elecciones Por Eduardo Aliverti

El próximo fin de semana, los argentinos irán a unas elecciones legislativas de medio término que –según todas las encuestas y analistas– tienen el resultado cantado. Se trataría, simplemente, de saber cuánta diferencia a favor obtendrá Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires; si la banca senatorial por la minoría capitalina la obtendrá Daniel Filmus o Fernando Solanas, y muy poco o casi nada más.

Todo el resto, siempre a estar por las proyecciones generalizadas, es meramente un trámite y se enmarca en lo que vendría a ser el comienzo del fin de ciclo kirchnerista. Con lógica futbolera: los partidos hay que jugarlos, son once contra once y nadie gana desde el vestuario, pero el pequeño detalle sería que juega el Barcelona contra Deportivo Riestra. Si la analogía pinta exagerada, también debería parecerlo la ¿liviandad o seguridad? con que los medios opositores se refieren al carácter prácticamente terminal de estos comicios. No sólo dan por descontado un amplio triunfo de las listas opuestas al oficialismo, sino que algunos de los candidatos de esas fuerzas se presentan y proponen como si se tratara de una votación para elegir presidente. Algunos de ellos, incluso, hablan como si provinieran de un repollo intacto, sin pasado del que dar cuenta y siendo, en muchos casos, que sus antecedentes son muy claros a propósito de cómo actuaron en funciones ejecutivas o parlamentarias. Gozan de una coherente impunidad mediática. Tómense apenas tres ejemplos en ambos sentidos que, es cierto, no son menores. Elisa Carrió discursea exclusivamente sobre la erección de un potencial republicanista que, en esencia, sirva de control frente a lo que define como un gobierno de mafiosos; sin embargo, y según lo testimoniado por sus mismísimos compañeros de ruta desde que apareció en escena hacia finales de los `90 (tan entusiastas en un principio como desencantados al no mucho rato), su trayectoria está invicta en eso de destruir todo lo que construye: ella misma, Carrió, acaba de decir que se vota según las modas, con lo cual acepta lo “insustancial” de quienes vuelven a proveerle favor electoral y lo indesmentible de que su lucha es estrictamente individualista. Sergio Massa impulsa un proyecto para que los jubilados tengan un ingreso extra de 2500 pesos anuales (y en el reciente coloquio de IDEA mentó también una rebaja de la carga impositiva de las empresas); por supuesto, a nadie se le ocurre preguntarle con cuál afectación de intereses financiaría tan desprendido populismo ni, mucho menos, recordarle que supo oponerse a la reestatización del sistema previsional. Y Mauricio Macri está procesado, pero tampoco figura como tal.

Este curso y edificación mediáticos acerca de una victoria opositora entre considerable y aplastante, con el provechoso antecedente de las primarias y el desgaste natural de una gestión con más de diez años encima, sufrió un alerta a raíz de que Cristina entró al quirófano y no por una operación de amígdalas. Medios, dirigentes, candidatos, encuestólogos se interrogaron acerca de si el hematoma cerebral podría traerle beneficios al kirchnerismo. Como ya se referenció en esta columna la semana pasada, el susto no es curioso pero sí apreciable porque, en caso de que la salud presidencial pudiera ser un alterador de voluntades electorales, querría decir que la vaca no está tan atada como la oposición afirma o supone. Estaban por ahí cuando, gracias a esos milagros de la vida, apareció una filmación que

exhibe a Juan Cabandié en actitud destemplada contra una agente de tránsito. Milagro mayor aún, sucedió a los pocos días de un cruce televisivo en el que, para sorpresa de los propios kirchneristas, Cabandié tuvo un desempeño destacado en la confrontación con Carrió. Si un hecho de naturaleza tan paupérrima se convierte en eje de señalamiento político, más allá del impacto natural y visceral que provoca una discusión en video a grito o amenaza pura, significa una de varias cosas o todas a la vez: ausencia de polémica política profunda; opereta de prensa obscena; necesidad opositora de recargar pilas con lo que fuere ante el temor de que el “efecto lástima” por Cristina haga de las suyas; enajenación por búsqueda de rating. Se lleva el premio máximo un artículo publicado en el principal órgano de propaganda del intendente de Tigre. Se puntea allí, con un uso de potenciales ya maníaco, que la campaña habría quedado enredada en el bravuconismo de Cabandié al ser sometido a control de automotores. Se afirma que la cuestión se convirtió en casi excluyente, al menos en Capital y adyacencias. Y que se desdeñaron otras historias “muchísimo más graves”, como el ataque de catorce balazos contra el gobernador santafesino disparados –presumiblemente– por grupos narcos. El concepto, aunque suene obvio, amerita un aplauso debido a que fue efectivamente pornográfica la priorización del episodio Cabandié por sobre –entre otros tantos “descuidos” periodísticos– el ratificado escenario de narcocrimen que rodea a Rosario. Pero lo impresionante es que ese montaje de la discusión callejera de un legislador porteño fue armado, justamente, por quienes se quejan de que el hecho sufrido o perpetrado por Cabandié es una pavada. La argumentación es que eso refleja lo desorientado que está el Gobierno. Y eso es una muestra de cinismo superior. Sería un “no quisiéramos activar este tema, pero el kirchnerismo no nos deja opción”. En rigor, los K no tendrían que haber dado por el pito más de lo que pito vale. Fue un error engancharse con esa bravata de los medios antagónicos, pero eso no justifica que éstos se amparen en ser “víctimas” de la verdad a que están sometidos. Oigan: ya nos conocemos. Ya no es creíble jugar a la independencia periodística. Se diría que quienes puedan confiar a rajatabla en lo que dicen los medios, del signo ideológico que fueren, lo hacen porque sirven a sus intereses políticos afianzados o pasajeros. No porque crean que los medios no respondan a interés alguno, si es que tienen honestidad intelectual consigo. Lo concreto es que, precisamente, hechos como el de la agresión al primer mandatario santafesino –y antes que eso, su enfoque global– deberían disponer de un relevamiento institucional, y por ende comunicológico, mucho más profundo. El ministro de Defensa, Agustín Rossi; el candidato del FpV, Jorge Obeid; María Eugenia Bielsa, ex vicegobernadora y una de las referentes más prestigiosas de la política santafesina, alertaron sobre la acentuación del problema grave que vive Rosario. Expresaron su apoyo a la gobernación desde una postura que no asomó hipócrita sino decente, al plantear el asunto como una cuestión de Estado. Esas posturas recatadas y solidarias, empero, recibieron una andanada de críticas por parte del oficialismo provincial, que las acusó de ventajeras. ¿He ahí el diálogo y el país no dividido entre Argen y Tina?

Es interesante reparar en un aspecto que viene pasando inadvertido. La economía está ausente de la campaña electoral. Como salvedad, apenas podrían citarse los logros que se atribuye el kirchnerismo –irrefutables, algunos de ellos– y unas pocas estocadas opositoras respecto de la inflación. Los temas económicos ni siquiera aparecieron en la mayoría de los enfrentamientos televisivos entre candidatos, que más bien deberían llamarse discusiones porque la palabra “debate” les queda grande a los tiempos y formatos de la tevé. Pero aun así, es llamativo. Y sucede lo mismo en los spots de campaña, al margen de lo espantosos que son por su falta de creatividad. Denuncias de corrupción, seguridad, filmaciones ocultas, ocupan el lugar que raramente deja libre la economía cuando hay de por medio elecciones nacionales. ¿Sólo se trataría de que es una votación legislativa, y en consecuencia resulta lógico que aparezcan otros tópicos porque no se juegan destinos mayores? Si fuera así, no se entiende que los medios y postulantes opositores se planten con certeza de “fin de ciclo”; a menos que consideren a la marcha de la economía como un componente irrelevante para la sociedad. En tanto esa hipótesis es un disparate, puede pensarse que la oposición no activa en el flanco económico porque lleva las de perder. Pero, entonces, sigue la pregunta de si es así porque no tiene cómo atacar o porque el ataque que sinceraría sus propuestas sería fuertemente rechazado.

El kirchnerismo ofrece huecos que podrían propender a cuestionamientos importantes, estructurales, sin olvidar el infierno desde el que partió y sin perjuicio de reconocerle todo lo bueno que recuperó y promovió. Pero ahí están una economía de alta concentración oligopólica, la carencia de una reforma tributaria integral, el déficit en las políticas ferroviaria y energética, la ausencia de un debate a fondo sobre la compatibilización entre desarrollo y cuidado del medio ambiente. Oh, sorpresa, las observaciones más fundadamente críticas sobre cuestiones como ésas provienen del propio kirchnerismo, como lo demuestra, entre otros, el último documento de Carta Abierta. El grueso opositor no produce una palabra en torno del modelaje económico, porque todas las que tiene son de una raigambre de derecha cuya admisión pública –aun con los ingredientes marcadamente conservadores de nuestro tejido social– sería indigerible. En ese sentido, correspondería acordar con Cristina en que solamente Macri blanquea su pensamiento auténtico (por supuesto que apartando sus condiciones intelectuales).

Quizá pueda arriesgarse que el próximo domingo no se termina nada. En todo caso, continuará oteándose la cantidad de argentinos convencidos o proclives a creer que lo que falta está dentro de lo que nos gobierna. Y los que sientan que está afuera, en las fórmulas que ya se probaron.