lunes, 7 de julio de 2014

A 102 años del Grito de Alcorta,"MUNDOS PERDIDOS" Por Jorge Cadús



El pasado miércoles 25 de junio se cumplieron 102 años de las huelgas agrarias conocidas como Grito de Alcorta, que agitaron el sur provincial a lo largo de varios meses, y que determinaron -entre otras cosas- la conformación de Federación Agraria Argentina.
De cara a un nuevo aniversario de aquel hecho histórico, es necesario abrir varios debates sobre las realidades que atraviesan la geografía donde ese movimiento se gestó y cobró fuerza.
Es necesario sumar miradas diferentes a la hora de pensar los modos de producción, el monocultivo de soja, la concentración de la propiedad de la tierra, la protección de los suelos y el medio ambiente, la relación entre cultura y naturaleza y la salud de los pueblos rurales.
Esos temas son parte de una agenda que hace falta hoy poner en discusión, y que apenas asoma en sus primeros trazos.
Y en donde hay, también, tópicos doblemente ausentes.
Entre ellos, los nuevos procesos de colonización establecidos en estos arrabales, que recuerdan la época de la conquista española; la precarización laboral del agro, nuevas formas de mita y yanaconazgo; el saqueo organizado; y la muerte de cientos de miles de habitantes debido a las enfermedades producto de esa colonización.

La pampa húmeda -en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires- de la República Argentina ha sido el vientre en donde se gestó este nuevo proceso de sometimiento, ligado a las nuevas tecnologías aplicadas a la agriculturización, especialmente, el cultivo de la soja.
Pero ese proceso se extiende por Latinoamérica toda.
Paraguay, Uruguay, Brasil, Chile, Venezuela, Bolivia, Perú, y Cuba, son algunos de los países en donde el paquete tecnológico de las multinacionales, con mayor o menor suerte, continúa este proceso.

Aquí, en estos arrabales, ese modelo tiene partida de nacimiento.
Fue el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 quien cambió la matriz productiva de la Argentina.
De la mano de José Alfredo Martínez de Hoz al frente del Ministerio de Economía, el gobierno encabezado por Jorge Rafael Videla implementó una clara política hacia el campo: se eliminó la fijación de precios sostén, se liberó el comercio, se permitió a empresas particulares montar puertos, se privatizaron silos y elevadores oficiales y la Junta Nacional de Granos dejó de intervenir, para terminar eliminada en 1992.

Las Fuerzas Armadas llegaron al poder en representación de intereses que claramente sobrepasaban la esfera de lo económico, apuntando al disciplinamiento social, mediante un cambio drástico de la antigua estructura de relaciones económicas, sociales y políticas.
El estamento militar construirá entonces una alianza con el segmento más concentrado de la burguesía nacional y de las empresas transnacionales, y dará por terminada la industrialización como centro del proceso de desarrollo.
Será la vuelta a la Argentina productora de materia prima.

Aunque la soja era conocida en la Argentina desde 1867, su promoción sufrió varios fracasos, hasta que las multinacionales de producción y comercialización de granos que operan en el país promocionaron el cultivo para incorporarlo a un mercado internacional ya liderado por Estados Unidos y la Comunidad Europea.
Para instalar un por entonces devaluado cultivo de soja importaron su tecnología en bloque.
En la década del 90, bajo la administración de Carlos Menem, se habilitó la siembra de las semillas modificadas genéticamente, especialmente de soja RR (resistente al Round-up), acompañado del uso masivo de glifosato como herbicida principal del cultivo.

Entonces, la agenda en discusión debe aceptar que la nueva división global del trabajo está en camino de transformar a América toda, de "granero del mundo", en "forrajeros del mundo"; dejando a su paso una tierra en fuga, con demasiadas heridas sin cerrar.
Mundos perdidos de pequeños productores rurales, trabajadores del surco, con sus familias a cuestas, desplazados del campo.
Mundos perdidos de producciones variadas que pasaban de la siembra de maíz a la alfalfa, de la avena al sorgo, y de allí a las pequeñas huertas que brindaban tomates, chauchas, calabazas, zapallos, melones y sandías de rojos y generosos corazones.
Universos ausentes de arvejas y porotos para los guisos que mitiguen los rigores invernales, cocinados en el fuego lento y noble de la leña recolectada en los montes que rodean los puestos, en los cascos de los campos.
Mapas extraviados de un par de vacas que no hagan escasear la leche fresca; de la cría de cerdos a los gallineros en los puestos de las chacras, y los derivados que se multiplicaban y multiplicaban el plato en la mesa: la carneada y los chacinados; los huevos de gallina o ganso; e incluso las pequeñas variaciones que proporcionaba la caza: nutrias, perdices, peludos o patos en las mil recetas de escabeches propios.
Diferentes mundos que hoy, apenas dos décadas después, parecen impensables, perdidos en los vuelos rasantes de un proceso que tiende a la producción a gran escala con utilización de agrotóxicos en permanente aumento.
Mundos negados para muchos de los más jóvenes productores rurales que se acercan al laburo de la tierra aparentemente condenados a la siembra directa, el poroto transgénico y el barbecho químico.

Cien años atrás, estas tierras ardían en huelgas multiplicadas reclamando el final de la usura y la explotación a destajo, exigiendo la posibilidad del acceso a la tierra para quien la trabajaba. No es la única historia abierta. Más de doscientos años atrás, en arrabales cercanos y con una patria por hacer, un pibe de 25 años, abogado y secretario del Consulado de Buenos Aires, hacía crecer su rabia hacia aquellos que "están persuadidos aún, con un orgullo increíble, que su poder es inmenso y que por fuerza se les ha de admitir, y aún les parece que no hay autoridad que los juzgue..."
Y escribía aquel joven enamorado del futuro posible de estas tierras, llamado Manuel Belgrano: "Si es cierto, como lo aseguran todos los economistas, que la repartición de las riquezas hace la riqueza real y verdadera de un país, de un Estado entero, elevándolo al mayor grado de felicidad, mal podrá haberla en nuestras provincias, cuando existiendo el contrabando y con él el infernal monopolio, se reducirán las riquezas a unas cuantas manos que arrancan el jugo de la patria y la reducen a la miseria".
Columna leída en el Programa La Mañana de Todos.
Conducido por Mónica Polidoro.
FM Libertad / Wheelwright