jueves, 30 de diciembre de 2010

NÉSTOR Y CRISTINA, HISTORIA PARA CONTAR El amor como categoría política

NÉSTOR Y CRISTINA, HISTORIA PARA CONTAR

El amor como categoría política






Dos militantes unidos en amor se sienten un ejército popular, condición sine qua non para que el pueblo que componen resulte invencible. El mutuo amor entre Néstor y Cristina inspira los sentimientos más nobles y altruistas.
 
a Elisa

Los revolucionarios son regidos por grandes sentimientos de amor, decía el Che. Quien sostenía que no sólo había que estar dispuesto a morir por la revolución sino también a matar por ella, era sin embargo, un intenso humanista. Y sí. El que alguna vez declaró que “un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”, era un profundo enamorado de la vida. Como única garantía de la valía de ese amor, el Che proponía el ejemplo de su propia vida. Nunca quiso nada para sí. Vivió de despojo en despojo. “No dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. No pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse”, dejó escrito a su comandante Fidel, antes de emprender lo que terminó siendo su último destino militante.
Naturalmente, Guevara se refería a un amor universal por las clases desposeídas de todo el mundo. Su internacionalismo revolucionario no daba para situar como único destinatario de sus más bellos sentimientos a una mujer en singular.
Son conocidos los abandonos familiares a los que debió recurrir el guerrillero heroico para llevar adelante su proyecto emancipador. Sus conmovedoras cartas de despedida dan cuenta de ese desprendimiento. Se sabe: llegado el caso, un revolucionario debe estar perfectamente dispuesto a no ahorrar en desgarramientos.
¿Qué pasó en América Latina y en su escenario político, qué reformulaciones simbólicas intervinieron, qué cambios operaron en las estrategias de liberación que han ido construyendo los pueblos de esta parte sur del mundo, para que en la Argentina siglo XXI surjan dos líderes populares impredecibles, unidos por una visión semejante sobre el mundo, por un sueño transformador, por una vida militante en común, pero además por un amor conyugal?
Atrás quedan, entre otras, las grandes soledades de Fidel Castro, de Hugo Chávez, modelos de hombres entregados por completo a los fuegos de la militancia, que no resisten la construcción en paralelo a su actuación pública de ningún proyecto marital estable y duradero. Contrariamente, es el sólido amor entre Cristina Fernández y Néstor Kirchner el que atrapa multitudes. Son el descuido de hasta su salud por Néstor, y el reproche por ese despecho de su viuda al borde del cajón, los que conmueven. La pareja presidencial bien podría ser la de cualquiera de nosotros. De allí, quizás, su paradoja: a la vez que discuten severamente los poderes fácticos, los Kirchner conforman el típico modelo de familia tradicional oriunda del seno de la sociedad capitalista: matrimonio de profesionales liberales (abogados los dos), con dos hijos.
Toda acción colectiva que encare la transformación positiva de la sociedad demanda un componente épico en su relato. El enemigo a enfrentar es poderoso; a falta de buena prensa un bello poema sabrá defendernos. Una ética del cambio revolucionario de la que, precisamente, adolece por completo el viejo tiempo que se quiere desmontar: he ahí la ventaja de los explotados sobre sus opresores. Los enemigos del pueblo carecen de esa cualidad épica. Un Magnetto, un Biolcati, jamás llegarán a convertirse en íconos populares. Ninguna solución tienen las clases más pudientes para ofertarle a las angustias del hombre contemporáneo. Mientras Néstor abandona el cuidado de su cuerpo por las urgencias propias de la vida política, y desatiende la elegancia en el vestir, y su enamorada Cristina lo rezonga por sus muecas al momento de asumir bajo estricto protocolo el mando máximo del Estado argentino, Macri se casa por tercera vez con la hija de un empresario textil, nena de papá que nada sabe de política; viaja a Europa en luna de miel, y casi se muere atragantado imitando a Freddy Mercury en su fiesta de bodas, en una lujosa estancia bonaerense. A la vez que Cristina y Néstor se aman, y uno asume generosa y militantemente el papel de rosquear con caciques pejotistas para que la otra se concentre en la gestión, la esposa de Rodríguez Larreta trafica la influencia de su marido para favorecer sus negocios privados.
Por cierto, no es un novelón rosado lo que las masas “compraron” el 27 de octubre y aledaños. La historia de amor entre Néstor y Cristina devuelve la posibilidad de componer una nueva moral, una renovada cosmovisión del hombre y su tiempo, una integridad totalmente diferente a la de las décadas precedentes, que permitan reconstruir la subjetividad profundamente dañada por el hipercapitalismo. Quizás el amor entre dos militantes sea a su conciencia “para sí” lo que la teoría del foco es a la guerra revolucionaria. En escala, ambas ayudan a crear las condiciones necesarias para el desarrollo de una lucha justa, quijotesca; el foco en la subjetividad de las masas; el amor de pareja en el imprescindible brío trasgresor que debe guiar el espíritu rebelde de sus protagonistas.   
Inclusive marxista y materialista-dialécticamente hablando, no está mal cierto ingrediente idealista en la reformulación de un nuevo sujeto popular transformador, del post neoliberalismo. En las horas residuales de la crisis de las clases subalternas como sujeto de cambio, de los paradigmas del fin de la Historia, del egoísmo extremo y la antisolidaridad, de la búsqueda patológica y desesperada de una otredad en las clases medias que regresan maltrechos en el perenne discurso de los medios hegemónicos, y en las rancias declaraciones xenófobas del jefe de gobierno porteño, el nítido y combativo amor entre Cristina y Néstor da aliento a las fuerzas del cambio progresista. Se ama en cantidad todavía. Si “toda poesía es hostil al capitalismo” –al decir de Juan Gelman–, el amor: ídem. En un sistema social que ha ido sofisticando sus mecanismos de creación de sufrimiento, todo acto de amor entre dos o más, de clase o de pareja, es hostil al capitalismo.
El poeta Roque Dalton escribió alguna vez, urgido entre las obligaciones de su militancia en la clandestinidad: “A quienes te digan/ que nuestro amor es extraordinario / porque ha nacido / de circunstancias extraordinarias / diles que sencillamente luchamos/ para que un amor como el nuestro / -amor entre compañeros de combate-/ llegue a ser en El Salvador / el amor más común y corriente. / Casi el único.”
Sin dudas, el amor es una categoría política que aporta al dispositivo subjetivo de las masas. Quien ama y es correspondido cree estar ante una situación óptima para emprender la ardua tarea de cambiar el mundo. El amor lo persuade de que hasta sea perfectamente posible lograrlo. Dos militantes unidos en amor se sienten un ejército popular, condición sine qua non para que el pueblo que componen resulte invencible. El mutuo amor entre Néstor y Cristina inspira los sentimientos más nobles y altruistas. “Toda la gente es buena y vamos a ganar”, se dicen dos que se aman antes de irse a dormir para continuar al día siguiente, en una misma secuencia, el amor y la militancia.