miércoles, 5 de enero de 2011

Auschwitz y San Pedro, Por Daniel Goldman *

Auschwitz y San Pedro, Por Daniel Goldman *

La fotografía de la tapa de Página/12 del domingo pasado no tiene nada que envidiarle a aquella que fue tomada en el momento en el que los aliados ingresan a la barraca de Auschwitz y encuentran a los esclavos recostados en sus literas con esos rostros y miradas donde ya nada los sorprende. Evidentemente hay un paralelismo entre ambas. Pero comencemos por el inicio: la célebre frase Arbeit Macht Frei (el trabajo libera) que utilizaban los nazis no es una mala expresión. Por el contrario, refleja de manera explícita y simple el hecho de que la vida en las sociedades decentes, al decir del profesor Avishai Margalit, se desarrolla únicamente cuando existe plena libertad de tránsito, de pensamiento, de impulso personal, de posibilidad de expresión, y fundamentalmente de elección de trabajo digno. Ahora, sepamos que la apropiación de aforismos como parte de una propaganda nunca indica ni implica una síntesis ideológica, sino que exterioriza un engaño de pura cosmética, y que esconde detrás de sí las nefastas formas que suponen lo que el peligroso sentido común desea escuchar. Así, las estructuras familiares, sociales y políticas se colocan en sintonía para cubrir y en última instancia justificar lo que acontece. Bien señala la socióloga Alice Miller, con mucho ingenio, que el discurso y las frases propagandísticas hitlerianas eran modelo de abuso precisamente porque cada una de sus palabras fue elegida minuciosamente, artísticamente, para que penetre y se vincule de manera sutil en la alimentación de los prejuicios que emanaban de la realidad cotidiana de la vida familiar media europea. Eran judíos prestamistas los de la antigua foto, y son indios ignorantes los del segundo retrato. Es así que el racismo se inserta y se fija hasta quitar entidad humana a nuestro semejante. Este riesgo lógico que manejan los predicadores del sentido común garantiza la pavimentación del camino que lleva a que la existencia de la esclavitud sea un fenómeno natural, aceptado y hasta institucionalizado. Desde ese lugar, y justamente para no abusar de las palabras, como forma de expresión tan potente y valiosa como lo es el de la imagen visual, y colocándome lejos del dominio de la certidumbre, me parece que deberíamos permitirnos repensar lingüísticamente que la carga valorativa que conlleva la idea de “trabajo” y “libertad” siempre debe ir de la mano hasta cruzarse y ser sinónimos, mientras que “trabajo” y “esclavitud”, indudablemente, deben resultar antónimos. Y cuidado (y lo digo sin soberbia), en la elección a la que conduce esta reflexión hay una carga ideológica tan densa que se nos puede ir la vida, o por lo menos, la de los seres dolientes esclavizados. Al esclavo no se lo hace trabajar, se le cercena la capacidad de elección, que junto con la actividad y el pago digno constituyen las herramientas medulares y vitales de la definición misma del trabajo. En síntesis, no existe trabajo esclavo. La actividad del esclavo es ontológicamente inefable, indecible, inexpresable. Es simplemente tautológica. La única aproximación sería que el esclavo “hace” esclavitud, o mejor dicho se lo somete “a”. Desde allí que estas dos imágenes convergen y se amalgaman en una misma correlación histórica. Lo que acontece en San Pedro no es otra cosa que una variante más de las formas de nazismo en esta Latinoamérica, y que a través de la denuncia de Página/12 y la pluma de Horacio Verbitsky permiten a la conciencia colectiva liberarse cada vez más de las soluciones finales que los autoritarismos de los que estuvimos manipulados tanto tiempo nos sometieron de facto a través de la psicopatología propagandística.
* Rabino.
FUENTE PAGINA/12