miércoles, 23 de noviembre de 2011

Asignación Universal y prejuicios vigentes POR JORGE RIVAS


“Es una medida positiva: en muy poco tiempo ha reducido drásticamente la brecha entre los que más y los que menos tienen, y ha sacado de la indigencia a un millón de niños.” Nunca está de más insistir en que el mayor de los dramas que enfrenta nuestra sociedad es la desigualdad, y que no se debe ahorrar ningún paso que pueda darse para remediarla. 
En ese sentido, la Asignación Universal por Hijo es una medida positiva: en muy poco tiempo, y entre otros logros que se han hecho públicos recientemente, ha reducido drásticamente la brecha entre los que más y los que menos tienen, y ha sacado de la indigencia a un millón de niños.
Con eso solo bastaría para que los socialistas la apoyáramos sin restricciones, aunque acordemos con que se la debe considerar un punto de partida, no de llegada. Hace tiempo, antes del cataclismo que generaron las políticas de exclusión social que inauguró la última dictadura cívico-militar y que llegaron al fondo en los años noventa, tal vez habríamos renegado de la Asignación por asistencialista, y habríamos reclamado transformaciones estructurales. Y no es que no las reclamemos ahora. Es que la desolación de la pobreza que se abatió sobre las mayorías populares en nuestro país –un país que había sabido alcanzar niveles de integración social inusuales para la región– instala el problema en el terreno de la urgencia, de lo impostergable.
La asistencia del Estado a los más desprotegidos es simplemente indispensable (mientras se avanza por otros frentes, agregamos, hacia una sociedad igualitaria). No obstante, las disquisiciones, las dudas, aun los cuestionamientos en torno de las políticas de asistencia social expresan diferencias de opinión, naturalmente atendibles. Otra cosa son los prejuicios, nunca inocentes, que los privilegiados en la vida y reaccionarios en la política han solido difundir en nuestro país. Lugares comunes que repugnan al corazón y a la cabeza, como “los pobres son pobres porque son vagos”, “acá no trabaja el que no quiere”, “lo que pasa es que se les da demasiado y no lo merecen”, “mandan a los hijos a pedir para gastarse lo que traigan en vino”, o el histórico “les das una casa y levantan el parquet del piso para hacer un asado”, se ubican en el subsuelo de la dignidad y de la inteligencia. En esa línea se puede inscribir la desdichada declaración del senador radical mendocino Ernesto Sanz acerca de que el dinero de la Asignación se va, en el conurbano bonaerense, “por la canaleta de la droga y del juego”.
Después de la explicitación de su prejuicio, ofensivo para quienes cobran la Asignación, pero de verdad descalificador para él mismo, Sanz añadió una afirmación que aporta cierta luz acerca de cuál sería su programa económico. El gobierno, dijo, cree que la distribución de la riqueza pasa por distribuir plata con planes sociales, pero en realidad hay que apostar por los sectores que generan la riqueza. Por lo visto, el senador no cree que sean los trabajadores quienes lo hacen. Y postula la misma doctrina que empujó a la Argentina hasta el colapso de 2001: que los capitalistas hagan fortunas, que luego ella se derramará sobre el resto.
Ya hemos comprobado en carne propia, sin embargo, que si se lo deja solo, al capital no se le cae ni una gota. Curiosamente, al tiempo que decía esas cosas, Sanz andaba proclamando la necesidad de armar una coalición progresista que pudiera gobernar el país. Y dolorosamente para nosotros, una de las patas de esa alianza es el presidente de la conducción nacional de nuestro partido, el Socialista.
Si el senador Rubén Giustiniani se sale con la suya, entonces, el Partido Socialista integrará una fuerza política con el dirigente que cree que no hay que atender al derecho de los trabajadores empobrecidos mediante la Asignación Universal por Hijo, porque ellos se gastan la plata en drogas y en juego. Y que más bien hay que concentrarse en favorecer las ganancias del capital.
La mayor parte de los socialistas del país pensamos lo contrario, y nos proponemos volver a colocar a nuestro partido en las filas de quienes luchan por los derechos del pueblo trabajador. Creemos que tenemos que cerrar filas con todas las fuerzas, provenientes de la tradición nacional y popular o de la izquierda democrática, que están empeñadas en profundizar los cambios que se han producido en los últimos años y en impulsar todos los que faltan.