domingo, 11 de diciembre de 2011

La alegría peronista Por Hernán Brienza

Fue uno de los días más importantes de la historia reciente argentina. El día en que por primera vez en democracia asumió el Poder Ejecutivo una persona –mujer, a la sazón– que no sólo no contaba con el apoyo de los medios hegemónicos si no que tenía al Grupo Clarín –y a Héctor Magnetto– en contra; el día en que por primera vez la mayoría del pueblo pudo elegir la continuidad de un gobierno de la línea nacional, popular y democrática por un tercer período consecutivo.
 

Espero se me permita en un día como hoy –esta columna fue escrita ayer, apenas unas horas después de la reasunción del mando de Cristina Fernández de Kirchner– abandonar el frío –objetivo, neutral, independiente– análisis periodístico y escribir como un ser humano mortal y (des)anónimo. Pido permiso para escribir en letras de molde –esas a las que según la presidenta no hay que hacerle mucho caso– como si yo fuera un simple mortal –y no un periodista infalible–, con convicciones propias, con miedos y esperanzas, con felicidades y melancolías, que pueda domesticar la razón y ponerme a celebrar uno de los días más importantes de la historia reciente argentina. El día en que por primera vez en democracia asumió el Poder Ejecutivo una persona –mujer, a la sazón– que no sólo no contaba con el apoyo de los medios hegemónicos si no que tenía al Grupo Clarín –y a Héctor Magnetto– en contra; el día en que por primera vez la mayoría del pueblo pudo elegir la continuidad de un gobierno de la línea nacional, popular y democrática por un tercer período consecutivo. Permítanme demostrar mi entusiasmo cantando esa canción que me vino a la cabeza desde vaya uno a saber qué mágica melancolía: “Canto arena, roca que luego es multitud del agua buena. Y canto espuma, cresta que cuando logra ser ya no es ninguna.” Y permítanme, también, que mi alegría se pierda en tantas alegrías de otros y de otras.

“Hoy continué domesticando la razón
llena de asombro ante el día sucedido
proyecto un rápido boceto de la acción
trazo versiones que capturo del olvido”.

Alguna vez, dialogando con Luiz Alberto Moniz Bandeira, uno de los intelectuales más importantes de Brasil, autor de libros fundamentales como La formación de los Estados en la cuenca del Plata, De Martí a Fidel o Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur, le pregunté por qué Brasil había logrado tener el desarrollo industrial de hoy y la Argentina no, y él me contestó de forma lacónica: “Porque ustedes han interrumpido el proceso industrializador del peronismo en el ’55, en cambio, Brasil aprendió del peronismo y ni siquiera los militares del golpe del ’64 impidieron el proceso de industrialización.” Siempre pensé en esa reflexión de Moniz Bandeira, un hombre que estuvo siempre cerca del PT y de Luiz Inácio da Silva, porque me devolvió una mirada que yo sospechaba de mi propio país pero que, como siempre nos pasa a los argentinos, necesitaba complicidad exterior. Recuerdo ahora esas palabras porque por primera vez en muchísimos años, nuestro país tiene la oportunidad de mantener durante más de ocho años un mismo proceso político y económico, es decir, imponer con la fuerza de los votos, un proyecto de país alternativo al de los sectores de la economía concentrada que siempre han apostado por el liberalismo conservador y lo han impuesto mediante el terror militar, económico o mediático.
“He puesto filo al anhelante corazón
arrojo estrellas a mecharse contra vientos
el sueño ha desencadenado la canción
y la canción de hoy me sabe a juramento.”

Y es que allí, sobre el filo de su juramento por Dios, por la Patria y por su compañero fallecido, la presidenta Cristina volvió a prometer un país como el que los argentinos estamos construyendo bajo la decisión política de Néstor Kirchner, primero, y luego de ella misma. Un país con un proyecto colectivo y productivo que “apueste a la economía real” no a la rueda financiera que está destrozando al capitalismo del primer mundo. Es cierto que no es una utopía de aliento largo, de metas extraordinarias y funambulescas, si no apenas del grandilocuente sueño de que no sea nunca más necesario el modelo nacional y popular. Porque como dijo ayer la presidenta, mientras haya un solo pobre en la Argentina el modelo no habrá terminado. Y permítanme anhelar a mí también con la posibilidad de que sea posible que el modelo nacional y popular se acabe y pueda descansar en paz, abolidas ya ciertas dialécticas fraticidas entre los argentinos.
“No soy la presidenta de las corporaciones –dijo Cristina Fernández en una de las frases más alumbradoras de todo su discurso–, soy la presidenta de los 40 millones de argentinos”. Y allí mismo dijo que no es la presidenta de los poderosos, de los que defienden los intereses sectoriales, de los que tienen prerrogativas personales y allí, con su republicanismo furioso –no el inocuo de las formalidades sino el sustantivo de la voluntad popular– afirmó que ella, la presidenta, la cabeza del Estado, estaba donde estaba para defender los intereses de los millones y millones de argentinos que trabajan, que sufren, que gozan, que ríen en estos años de país libre (“que solamente puede ser libre en esta tierra y en este instante”).

“La prisa lleva maravilla y lleva error
pero viajamos sobre rueda encabritada
he despertado en el ojo del ciclón
cuento millones de agujeros en el alma.”

Ayer, mientras la presidenta juraba, mientras los hombres importantes de la patria celebraban los fastos de la asunción en el Congreso primero y luego en la Casa Rosada, me sumergí en las calles del centro de Buenos Aires, allí con esas miles de personas con agujeros en el alma, entre aquellos que como yo sufrieron los años oscuros de la dictadura, la domesticación del menemismo, esa generación X que nació con el asesinato de Walter Bulacio en la puerta de Obras, en un recital de los Redondos, y murió con los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el Puente Pueyrredón. Pero también había hombres y mujeres que habían sufrido la proscripción del peronismo, la esperanza trunca del gobierno alfonsinista, había mujeres que habían soñado con revoluciones no tan lejanas, niños que no sabían de viejos dolores de artritis en el alma de un país que nunca había podido disfrutar de la prisa que a veces lleva maravilla y también errores.
Porque eso también es la democracia: maravillas y errores. Esa democracia que luego de más de 170 años de historia los argentinos hemos podido conseguir. Nunca antes habíamos podido vivir en democracia: Entre 1810 y 1853, por falta de constitución y por las guerras civiles, entre 1854 y 1916, porque los sectores dominantes habían decidido de qué forma debía votar el pueblo, y sobre todo a quién debía votar mediante elecciones fraudulentas que convertían al sistema republicano en una pantomima. Y entre 1916 y 1983, el brazo militar del liberalismo conservador impidió todos los procesos democráticos elegidos libremente.
Y por eso las grandes mayorías argentinas durante muchísimas décadas hemos sido la rabia: “La rabia simple del hombre silvestre, la rabia bomba –la rabia de muerte–, la rabia imperio asesino de niños, la rabia se me ha podrido el cariño, la rabia madre por dios tengo frío, la rabia es mío –eso es mío, sólo mío–, la rabia bebo pero no me mojo, la rabia miedo a perder el manojo, la rabia hijo zapato de tierra, la rabia dame o te hago la guerra, la rabia todo tiene su momento, la rabia el grito se lo lleva el viento, la rabia el oro sobre la conciencia, la rabia –coño– paciencia paciencia”.
Quizás es por eso que el día de ayer es como un aleph democrático: porque recuerda las otras asunciones democráticas –la de Raúl Alfonsín, las de Carlos Menem, la de Fernando de la Rúa, la de Néstor Kirchner–, porque recuerda también los errores de estos años –la desilusión que generó Alfonsín a la voluntad general con su economía de guerra y su defección frente a los militares; la brutal transferencia de recursos de los sectores populares a los poderes concentrados que realizó el menemismo; la vergonzosa gestión de De la Rúa, la escandalosa sucesión de presidentes en pocos días, y también hereda las imposibilidades, los sueños quebrados por los golpes militares asesinos de 1930, 1955, 1966 y 1976. No en vano, la presidenta inició su discurso ayer recordando a Ana Teresa de Diego y reafirmando una vez más su compromiso como líder del Estado –no como Cristina Fernández– con los Derechos Humanos.
Por eso ayer mientras caminaba entre esa mágica iluminación que ofrece el pueblo cuando toma las calles; entre la alegría de los padres que llevaban a cococho a los pibitos con los dedos en V, de las militantes bonitas, entre la romería de “desangelados” en los últimos tiempos, entre los gordos sudorosos como yo, las feas, los laburantes felices, los policías divertidos, los turistas curiosos y fascinados, los viejos con sus ojos sabedores, las viejas con sus sonrisas fecundas, las parejas jovencísimas que se besaban como si estuvieran descubriendo el amor, entre esa colección de cursilerías que reparte un pueblo cuando es feliz, digamos; decidí que esta no iba a ser una columna política. Que no iba a hablar de los números macro-económicos que arrojó la presidenta en su discurso ni de la reafirmación del modelo industrialista popular, ni de los latigazos a la conciencia que dio cuando enumeró el comportamiento del sistema financiero y habló de las cinco corridas bancarias que sufrió el Estado. Tampoco voy a hablar del llamado que hizo a los argentinos a que no escupamos al cielo –significativa frase en tono popular–, que seamos responsables en la relación intersectorial, en la puja sectorial, ni del llamado a la lealtad que hizo a los dirigentes del Partido Justicialista ni de la exigencia a los líderes gremiales de que utilicen el derecho de huelga pero que no lo hagan como mecanismo de chantaje o extorsión y que, sobre todo, no le hagan perder millones de dólares al Estado. Y tampoco voy a hablar del dolor humano de esa familia que contenía el llanto con cada palabra; de Cristina fundiéndose en un abrazo interminable con su hija, de Máximo mirando al cielo y tragando firme para que los ojos anegados no lo traicionaran por el recuerdo de su viejo.
Pensé en lo que días atrás habíamos conversado con el artista plástico Daniel Santoro en el programa de Julita Mengolini por Radio Nacional. Habíamos hablado sobre la alegría peronista. Y habíamos concluido que quizás esa era la gran revolución que había significado ese movimiento político en la historia argentina: no sólo el recuerdo melancólico de que los días más felices para el pueblo habían sido los del primer peronismo, sino también por la relación entre la alegría y la culpa. El peronismo había demostrado que los pobres tenían derecho a la alegría. Pero había algo más. Que esa alegría, ese gozo, jamás podía generar culpa. El peronismo es siempre fiesta en las calles. Se hacía tarde y debía sentarme a escribir esta nota de la cual, seguramente el domingo a la noche ya empiece a avergonzarme.
Emprendí el regreso a mi casa con la conciencia de saber que en esas calles del centro una multitud estaba defendiendo la alegría peronista como un estandarte “de la ajada miseria y de los miserables, de las ausencias breves y las definitivas, defenderla del rayo y la melancolía, de los males endémicos y de los académicos, del rufián caballero y del oportunista”, que la defendían “como una certidumbre, a pesar de dios y de la muerte, de los parcos suicidas y de los homicidas”, y, también, como no podía ser de otra manera “del dolor de estar absurdamente alegres”.
Perdón, una vez más. Es que pocas, muy pocas veces, la política se convierte en un acto poético. Ayer fue uno de esos pocos días en que eso sucede. Espero sepan disculparme.