domingo, 11 de diciembre de 2011

La razón de mi vida Por Eduardo Anguita


EN UN HECHO ÚNICO EN LA HISTORIA NACIONAL, EL KIRCHNERISMO COMENZÓ SU TERCER MANDATO

Vamos Argentina, vamos argentina

“Que se den por enterados: yo no soy la presidenta de las corporaciones, soy la presidenta de los 40 millones de argentinos”, dijo, vestida de luto, Cristina en el tramo más significativo de su discurso ante la Asamblea Legislativa. En ese sentido, hizo una referencia explícita a las cinco corridas bancarias que llevaron al Banco Central a vender 15.000 millones de dólares, como ejemplo del daño que pueden hacer las corporaciones financieras. Sin embargo, sin nombrar a la dirigencia cegetista, hizo algunas alusiones –una de ellas, sobre el derecho a huelga y la Constitución del ’49– que sonaron a estocada contra Hugo Moyano, quien estuvo ausente en el acto. Conmovida, luego de que su hija Florencia le colocara la banda presidencial, Cristina reiteró que, tal como había dicho Néstor el 25 de mayo de 2003, no dejará las convicciones en la puerta de la Casa Rosada. En un contexto internacional de gran incertidumbre, la Argentina apuesta a la Patria Grande, al mercado interno, a racionalizar los recursos y a aumentar la productividad y la competitividad. Mientras las plazas de Estados Unidos, Rusia, los países árabes y europeos se llenan de indignados y represión, la Plaza de Mayo fue escenario de una fiesta popular.
Pasadas las 11 del 10 de diciembre, en una mañana soleada con viento suave, a 28 años de la asunción del primer presidente de la democracia recuperada, Cristina, de riguroso color negro, bajó del helicóptero a metros de la Casa Rosada. Antes que ella, lo hicieron algunos colaboradores. Luego, sus hijos, Florencia y Máximo, y también la compañera de éste, María Rocío. La escena, aunque es de una trascendencia histórica, no dejaba de ser un cuadro familiar en el que la ausencia de Néstor resultaba fuertísima. Por eso, la expectativa de algunos apresurados que auguraban el día del fin del luto, se disipaba. Un rato después, y a tono con los horarios del protocolo, la Presidenta llegaba al Congreso. Allí se le unía su compañero de fórmula, Amado Boudou. Cristina recorrió los primeros metros con un gesto severo, reconcentrado. Esta mujer, habituada al mundo áspero de la toma de decisiones y acostumbrada a ser blanco de la mirada, parecía recorrer su propia vida personal, especialmente marcada por el hecho de que, exactamente cuatro años atrás, había subido los mismos peldaños y pisado el mismo parqué con una gran diferencia: aquella vez lo hacía al lado de Néstor quien, además, le entregaba la banda y el bastón ceremoniales. Del rictus de seriedad, Cristina pasó a una amplia sonrisa en el momento en que sus ojos descubrieron a las cuatro personas que la esperaban. Eran Beatriz Rojkés de Alperovich, que asumió como presidenta alterna del Senado; Julián Domínguez, flamante presidente de la Cámara de Diputados, y dos jóvenes camporistas que asumieron como diputados, Eduardo De Pedro y Andrés Larroque. Aunque pueda resultar un cruce intrascendente, el acontecimiento tuvo tres cosas para subrayar. Primero, porque sus presencias sacaron a la Presidenta del rictus de dolor; segundo, porque se trata de las dos espadas parlamentarias más fuertes en un Congreso con clara mayoría kirchnerista en ambas cámaras y que se abocará al tratamiento de temas filosos; tercero, porque la Presidenta pone especial énfasis en este mandato para promover a cuadros políticos surgidos de la militancia juvenil.
El juramento de posesión resultó un trámite. Cálido y original, porque nadie hubiera imaginado que su hija Florencia resultara la elegida para colocarle la banda. La chica, siempre se dijo, era la preferida del padre, y desde su muerte resulta una compañía importantísima para la madre. Florencia se sentó luego muy cerca de su madre, cerca de su abuela materna, Ofelia Wilheim. Un poco más atrás, estaba Giselle, la hermana de Cristina.
Comenzaba el discurso de la Presidenta a los pocos minutos, sin libreto, como de costumbre, pero sin atisbos de improvisación. Los primeros conceptos tuvieron un hondo sentido a propósito de la fecha –el día internacional de los derechos humanos– y las cámaras tomaban a Estela de Carlotto y a Hebe de Bonafini, sentadas en uno de los balcones que dan al hemiciclo y con Eduardo Duhalde al centro.
La presencia del vice saliente, Julio Cobos, ni siquiera resultó decorativa. En los minutos de la ceremonia no tuvo nada que hacer y, técnicamente, su mandato terminaba en el instante en que Boudou asumía. Su figura, en el mejor de los casos, pasará a la historia como la del único radical que, en estos 28 años continuos de elecciones, completa el mandato. Un análisis más sensato, lo mostrará como algo más peligroso y no exento de los desafíos de los próximos cuatro años: alguien sumado a las filas propias convertido en un traidor confeso y en un complotista a la luz pública. Un lugar tan frecuente como despreciable para la calificación de las conductas humanas. Cristina lo había ignorado hasta que un hecho casual trajo el nombre de Cobos. La chicharra que tiene el presidente de la Cámara de Diputados se activó a poco de empezar a hablar Cristina. Julián Domínguez fue el involuntario activador del timbre que se mezclaba con las palabras de la Presidenta. Domínguez pagaba derecho de piso por ser la primera vez que ocupaba ese sillón y trataba de hacer callar a la molesta chicharra, cuando Cristina le soltó: “Julián, con Cobos estas cosas no pasaban”. Domínguez debe haber pensado: pasaron algunas peores.
Escenarios. En estos cuatro años, la deslealtad de Cobos remite a uno de los temas clave de avanzar sobre los intereses del poder económico. Cristina advirtió, con un tono enfático, que no será funcional a las corporaciones. No hizo ninguna referencia a los intentos de derribar el gobierno cuando las patronales agropecuarias confrontaron de modo directo. Sí se refirió a algo más reciente y solapado: las corridas cambiarias. Confió lo que costó al Banco Central salir a apagar los incendios generados por quienes buscaron la devaluación por dólar propio. El organismo presidido por Mercedes Marcó del Pont tuvo que salir a vender billetes verdes por unos 15 mil millones. La sintonía fina es uno de los principales temas de agenda. No es fácil saber cuáles son los escenarios posibles de repercusión de la crisis europea en las finanzas y el comercio internacional, particularmente en los mercados de interés para la Argentina. El comercio exterior argentino tiene a Brasil y China como principales socios y no a la Comunidad Europea y Estados Unidos: ése es un buen dato. Se trata de economías ajenas a la primera línea de la crisis. Al igual que India, cuyo comercio con América latina crece de modo importante.
Sin embargo, parte de la sociedad argentina se guía con parámetros europeístas y Mauricio Macri ya se prepara para 2015 de la mano del triunfo del Partido Popular en España y de las retrógradas ideas promovidas por Sarkozy y Angela Merkel. Mientras Cristina mostraba orgullosa en Buenos Aires las mejoras de los jubilados y los niveles de inversión educativa, en Bruselas, los presidentes de la Eurozona aceptaban las recetas de los banqueros. La crisis los lleva a buscar recetas que ya fracasaron en Argentina. Hablan de “rigor fiscal” en vez de ajuste social. Cristina, en cambio, hablaba de productividad, competitividad y superganancias de los grandes empresarios.
En este contexto, adquiere relevancia la secretaría que tendrá Guillermo Moreno que pondrá el ojo sobre las maniobras empresariales para burlar el fisco. En particular, una de las más impunes: la fuga de capitales. En 2000, había 150 mil millones de dólares en el circuito ilegal. Hoy no hay motivos para que la Aduana, la Afip y otras oficinas públicas controlen los llamados mercados negros. Ésa no es parte de la sintonía fina. Es la sintonía fina.
Ministros y Estado. La ratificación de la mayoría del equipo gubernamental confirma algo que se respira: no hay internas ni ambiciones que estén por encima de la gestión de administrar y transformar el país. Sabido es que varios ministros y secretarios, tras ocho años y medio, se veían fuera de la gestión o al menos en alguna tarea menos fragorosa. Es más, hasta último momento, le consta a quien escribe estas líneas, no tenían ninguna señal concreta de si serían relevados o no. Cuando Cristina habló del “Estado bobo” habló de algo que forma parte de los aparatos burocratizados. No es fácil pensar en una reforma de la gestión pública que se proponga mayor rendimiento, organización, transparencia y productividad. Sin embargo, puede advertirse que, por ejemplo, muchísimos empleados de Anses se vieron de la noche a la mañana gestionando la Asignación Universal por Hijo. Del mismo modo que muchos docentes tuvieron que trabajar con las notebooks sin tener demasiada experiencia pedagógica con el mundo virtual.
La cultura política argentina no difiere a la de otras latitudes pero todavía tiene un Estado con muchos agujeros. Incluso con deudas como una normativa transparente para el libre acceso a la información pública. Lo cierto es que, comparado con el sector privado, el Estado jugó, en estos años, un rol decisivo. En materia de inversión (lo destacó Cristina cuando aclaró que no se trata de gasto público, sino de inversión), pero también en cuanto a rescatar el espacio público como algo que es de todos pero que tiene como motor a los estados, tanto municipales como provinciales como el Estado central. Es un poco rimbombante hablar de “la” reforma del Estado cuando en verdad se vive en estos años una transformación constante del rol de lo gubernamental, lo estatal y lo público. Parece más un tema cultural, por sus tiempos, que de un “paper” académico.
¿Y Moyano? No debería despertar rumores la ausencia a la jura del diputado Héctor Recalde, quien sufrió una perforación de intestino seguida de una infección y se está recuperando. Si bien estuvieron algunos dirigentes sindicales cercanos a Hugo Moyano, como el del gremio de taxistas Omar Viviani, el silencio del secretario general de la CGT no es un dato menor. las referencias, fuertes, de la Presidenta a la Constitución del ’49 y el derecho de huelga , ella habló de los costos del conflicto docente y petrolero en Santa Cruz. Se trata de un ejemplo cuyos dirigentes están lejos de la conducción cegetista. Ayer, los referentes de Moyano, y él mismo, cerraron los teléfonos. Julio Piumato twiteó que comenzaba una nueva etapa para la justicia social en la Argentina. No deja de ser un guiño. Pero no resulta mucho de cara a las tensiones existentes entre Gobierno y central obrera. A su vez, las relaciones entre la Cámpora y la Juventud Sindical no pasa por un buen momento. Los que sí estuvieron en los balcones de Diputados fueron Hugo Yasky y otros dirigentes de la CTA, así como José Luis Lingieri, de Obras Sanitarias; Andrés Rodríguez, de Upcn; Antonio Caló, de la UOM, todos dirigentes cegetistas con buen diálogo con el Gobierno. Luego, en el acto de jura de los ministros estuvieron Víctor Santamaría, de encargados de edificios, y Gerardo Martínez, de la construcción. Funcionarios del área del ministerio de Trabajo aseguran que, en estos días, no supieron de llamados o mensajes de parte de Moyano. El acto del jueves próximo, en Huracán, por el día del camionero, será una señal clara de hasta dónde se tensa la cuerda en este terreno. Para el peronismo es más fácil una pelea con los empresarios de la Sociedad Rural que una tensión entre el Gobierno y la conducción de la CGT. De todos modos, si ese conflicto no cobra intensidad servirá para que los editorialistas de Clarín y La Nación puedan escribir muchos artículos. Los empresarios de esos dos diarios necesitan conjurar dos temas que les llenan de preocupación: la segura sanción de una ley que declare de interés público la producción de papel de diario y la decisión de la Cámara Federal porteña de darle la causa de Papel Prensa al juez Julián Ercolini.