domingo, 3 de julio de 2011

¿QUIÉN AGUNATA 84 TAPAS DE CLARÍN? Por Eduardo Anguita


El portal especializado Diario sobre Diarios analizó todas las portadas de Clarín del primer semestre de 2011. Sólo nueve tapas tuvieron encabezados “positivos” respecto del gobierno. En cambio, 98 títulos fueron “neutros o informativos” y 84 fueron “negativos”. Lo interesante es que cuando se acuñó la temeraria afirmación de que “nadie aguanta tres tapas de Clarín en contra” el matutino de los Mitre solía ser menos virulento en la titulación. Pero, claro, la revelación y enjuiciamiento del saqueo de Papel Prensa, dejó La Nación muy lejos de ser un diario conservador. Así las cosas, en este semestre, el diario dirigido por Julio Saguier acumuló 82 titulares “informativos o neutros” y 77 “negativos”. Eso sí, Diario sobre Diarios consigna que los Mitre hicieron 30 tapas positivas.

En un año electoral, semejante andanada merece cotejarse con la evolución de la percepción de la sociedad tanto de la gestión gubernamental como de la imagen de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Y la respuesta debe congelar a quienes planearon tantas tapas negativas: en cualquier escenario, si las elecciones fueran hoy y no el 23 de octubre, la fórmula Cristina Fernández de Kirchner-Amado Boudou gana en primera vuelta. El análisis de este contraste no merece más que unas pocas palabras. Fueron los dos diarios de mayor tirada los que dilapidaron la idea del periodismo independiente o de los diarios objetivos. Esa idea, hay que decirlo, había calado muy profundamente aún en una amplia porción de ciudadanos que se dedican a las ciencias sociales y a la comunicación. Pero llegó el debate sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y a la agenda informativa se sumó el rol de los monopolios y las posiciones dominantes en la producción y circulación informativa. El Parlamento, por primera vez, debatió en el recinto estos temas y la votación salió a favor de quienes, por décadas, sufrieron la impotencia o el atropello de esos grupos económicos privilegiados. El haber utilizado los medios como herramientas de defensa de sus intereses empresarios expuso a Clarín y a La Nación a perder el –supuesto– lugar de la neutralidad. En ese sentido, lo que les quedaba era el miedo que podía generar el hecho de haber despertado a un enemigo peligroso, capaz de sepultar cualquier proyecto político que, en la era de la información y la comunicación por excelencia, prescindiera de los llamados medios hegemónicos. Vale la pena subrayar que una cosa es mantenerse primeros en el ranking de ventas y otra muy distinta es ser hegemónico. El primer caso responde a los registros de ventas. Y es cierto que Clarín y La Nación, aunque desciendan en la circulación (especialmente el primero) mantienen las tiradas más grandes de diarios de la Argentina.

En cambio, la palabra hegemonía, de raíz griega, quiere decir guiar y, por extensión, significa “liderar, comandar, estar al frente”. Antonio Gramsci revolucionó la doctrina marxista –o sus visiones dogmáticas– cuando planteó que las ideas y subjetividades de las personas o grupos sociales no son un reflejo directo del lugar que cada cual ocupa en relación al mundo del trabajo. Es decir, que la circulación de valores y creencias tienen una independencia –relativa– del vínculo económico con los medios de producción. Gramsci cuestionó fuertemente la idea de que el proletario debía pensar en términos de la clase obrera por el sólo hecho de vender su fuerza de trabajo. Eran tiempos de ascenso del fascismo italiano y de retroceso de las fuerzas comunistas.

Sin perjuicio del brillante teórico y militante italiano, a veces algunos no perciben que los dueños de los medios de mayor circulación perdieron –quizá de modo circunstancial– el lugar de la hegemonía. Es decir, que quedó vacante la identificación de la sociedad con respecto al poderío –supuesto– de los diarios que publican. Muchos de los lectores de Clarín, de acuerdo a diversas encuestas, tienen decidido votar por Cristina Fernández de Kirchner. Durante demasiados años, los editores de Clarín apelaron a las técnicas de marketing editorial –hacer la agenda y titular tapas sólo para “vender más”– que lograron que buena parte de sus lectores comprara “el diario” como un acto disociado de cualquier valoración crítica de los intereses empresarios del grupo o, incluso, de la propia visión política de quien lo compra.

Entre los lectores de La Nación, la mayoría tiene una identificación con la posición editorial de ese diario, claramente de derecha, antiperonista y cultor de “la gente seria”. Como los directivos del diario vieron que sufrían un drenaje de ventas en kioscos, intentaron paliarlo con una campaña claramente marketinera consistente en darles a los suscriptores al Club La Nación una cantidad de descuentos en restaurantes, cines y comercios diversos. Es decir, les propusieron a sus lectores que se miraran en un espejo que les devolviera la imagen de “gente linda” que sólo se interesa por el consumismo y cómo hacer una pichincha a la hora de ir al cine en vez de elegir una buena película.

Para la vieja guardia del diario de los Mitre es un poco vergonzoso sumar compradores sin ser parte de esa elite que se nutre de las notas de los Grondona o los Morales Solá. Pero, hay que decir en defensa de La Nación que nunca quiso entrar en el juego de monopolio multimediático de Clarín que terminó de armar un circuito que combina radios, canales de noticias, tele abierta, sitio de Internet y cualquier otro recurso de comunicación que pudiera construir poder económico y, en consecuencia, poder político. Un grupo de semiólogos se sumó a los periodistas de oficio para que la empresa de Héctor Magnetto pudiera orquestar desde titulares de diarios hasta zócalos de televisión pasando por entrevistados en radio y, por supuesto, series de ficción en sintonía con sus intereses políticos.

La realidad es que esas técnicas, que van desde la persuasión hasta la manipulación lisa y llana, tienen límites. Es más, producen un efecto de saturación. Y lo que sucedió es que hasta hace pocos años (dos o tres), el papel de las empresas de medios no era tema ni siquiera en los grupos o partidos políticos. Hoy es casi cuestión prioritaria en los debates de los jóvenes que se involucran en la política. No sólo porque se votó la ley de medios y porque aparecieron voces bastante potentes en otros medios. También porque el Grupo Clarín forzó la máquina y se salió de la matriz de tener medios generalistas para informar y entretener públicos (así se los define, como herramientas neutras) para convertir cada acontecimiento en un escándalo. Así, en poco tiempo, hasta los más cercanos a Magnetto reconocen que en los últimos meses gastaron todos los cartuchos en intentar castigar a la Presidenta y, en vez de caer su imagen y la confianza en su gestión, a tres meses y medio de las elecciones nacionales, todo el mundo habla de qué hará ella en el próximo mandato. Es más, se dio el gusto de anunciar que competirá en octubre por la reelección durante un acto en Casa de Gobierno en el que anunciaba la apertura de 220 canales de aire para los próximos meses. Es decir, ya ni importa en términos de imagen electoral quedar bien o quedar mal con lo que les parecerá esta verdadera revolución comunicacional a los titulares actuales de los canales. Del mismo modo que en las jornadas monetarias del Banco Central, no importa qué piensan los financistas del Banco Mundial o del FMI, porque la Argentina no está cautiva de la deuda externa.

Es difícil pensar que los cambios operados en el humor y las preferencias de la sociedad argentina hayan configurado una serie de valores estables que garantizan la hegemonía de ideas nacionales y populares en los próximos años. Es más, quienes piensan así o actúan sin siquiera valorar las complejas tensiones que existen, no ayudan en nada a la consolidación del proceso que vive la Argentina. Justamente, uno de los valores que triunfó en estos años es construir espacios plurales y participativos. Así como la comunicación debe pensarse con decenas y cientos de canales y radios potentes, públicas y privadas, hay muchísimos otros campos donde la política del Gobierno no está pensada ni diseñada de modo radial, partiendo de los intereses y visiones de quienes tienen –circunstancialmente– la responsabilidad de gobernar. Se trata, en definitiva, de construir una sociedad de protagonistas y de hacer una oferta política para una sociedad exigente que va, paso a paso, tomando más confianza en su propio. Miradas al Sur