sábado, 12 de noviembre de 2011

UN RUMBO ESTRATÉGICO RATIFICADO, UNA OPOSICIÓN AGUACHIRLE Y CIPAYA

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La hegemonía en las urnas y en la calle, molesta a la oposición.
Cristina, Gramsci, 1.8-Carrió, el Uritorco
Por Pablo Bilsky.
Agitar el fantasma de una ominosahegemonía K es otra falacia del discurso opositor. Demuestra que se sigue en el mismo camino que condujo al papelón: deslegitimar siempre, sin proponer jamás alternativa alguna a las políticas implementadas ni al rumbo estratégico trazado. En el actual contexto mundial, con indignados ciudadanos protestando contra la más tangible y dañina de las hegemonías realmente existentes, la de los mercados, sostener que un gobierno que ganó en las urnas en forma contundente y tiene mayoría en el Congreso podría detentar la suma del poder público parece otra profecía de 1.8-Carrió.
Rumor de sardas cadenas. El enfurecido fantasma de Antonio Gramsci esparce estiércol y negra, ardiente pez, sobre los despojos de la denominada oposición al gobierno nacional. “Azufre, peste, lodo, mala saña y horror sobre Clarín y La Nación”, grita el ilustre espectro de Cerdeña. “¡Egemonia!”, braman sus cenizas desde la pequeña urna del Cimitero acattolico di Roma.
Un frufrú de sábanas que agitan manos temblorosas. Un buh cada vez más destemplado. Otro fantasmita, otra apelación al miedo de los malos perdedores que se niegan tozudos a la autocrítica y se disgregan y desintegran fagocitados por los crueles vahos sulfurosos de su propia podre.
Y detrás del fantasma, entre bambalinas, detrás de la denuncia de una presunta y temible hegemonía K, asoman en raída ropa interior los malos perdedores de siempre. Falsarios profetas del odio, resentidos alérgicos a las mayorías y los fenómenos masivos, mienten mienten y pocos les queda.
El problema de la hegemonía K es que se logró con un abrumador apoyo popular. El gobierno tiene a buena parte del pueblo de su lado. Eso es lo que molesta. No lo presuntamente antidemocrático de la hegemonía, un absurdo en sí mismo, sino todo lo contrario: el amplio consenso democrático alcanzado a través del retorno de la política es el hecho maldito de estos tiempos, el gran enemigo de las corporaciones, sus empleados, turiferarios y claques.
En ocho años de gobierno, lejos de acusar desgaste, se consolidó un proyecto, se profundizó, contra viento, marea y mentiras, un claro destino estratégico que convenció a las mayorías. Hacía mucho que los ciudadanos argentinos no sentían que se gobernaba a favor de ellos, que había un gobierno que estaba de su lado.
Lo que molesta en verdad es, obviamente, que las mayorías democráticas intenten desafiar la hegemonía tradicional de los poderes fácticos que venían gobernando la Argentina hasta 2003. Pero como esto, al igual que su proyecto de país, es inconfesable, la denominada oposición tiene que recurrir al mismo blablá inconsistente que los condenó al fracaso.
Los denominados opositores denuncian una presunta terrible hegemonía K, rodean el concepto de hegemonía de demonios y monstruos, lo adjetivan hasta hacerlo parecer temible, intentan convertirlo en una amenaza para la democracia. Pero sus mal adheridas caretas se corren y muestran la triste, desoladora verdad detrás de las cortinas de humo y barro de los medios hegemónicos: quienes agitan esos espectros son, en realidad, defensores de otra hegemonía, la de las corporaciones, los poderes fácticos y los medios de comunicación monopólicos.
Quienes intentan asustar con la hegemonía K defienden otros poderes, menos democráticos, ilegítimos, en muchos casos ilegales. Nada tiene de antidemocrático lograr amplios consensos y cosechar la aceptación popular a través de elecciones limpias y luego de ocho años de gestión. Todo lo contrario.
Un esperpento digno de Valle-Inclán: se denuncia “hegemonía” desde un conglomerado monopólico de 264 medios.
A la luz de la situación internacional, con históricas protestas contra la hegemonía de los mercados y el capitalismo financiero en Chile, Estados Unidos y Europa, la denominada oposición argentina queda desnuda, con todas sus vergüenzas al aire.
Y lo que se deja ver no es alentador. Teniendo tanto para ocultar, los que se oponen al modelo implementado desde 2003 tienen poco para mostrar, poco y soso. Al no poder decir que defienden las recetas que hoy hacen vomitar bronca a millones de ciudadanos del Primer Mundo, poco les queda. Es comprensible: sólo resentimiento, mentirijillas, chuchos, cipayismo aguachirle y mucha nada. Un banquete indigesto incluso para Calígula y Atila.
El concepto de hegemonía de Gramsci podría ser un interesante punto de partida para discutir y reflexionar sobre la construcción de amplios consensos en el marco de la democracia. La noción del pensador italiano hace especial hincapié en la batalla cultural, el sistema de alianzas y el poder de la sociedad civil. La hegemonía podría ser útil disparador para pensar los aspectos morales, éticos y gnoseológicos de la política, la diferencia entre sectores dirigentes y dominantes, la conformación de una conciencia crítica y la batalla democrática y cultural. Para Gramsci, la hegemonía es el resultado de un proceso, y está en las antípodas del poder coercitivo.
Pero no: para habilitar una discusión política en términos políticos sería necesario contar con una verdadera oposición, que continúa negándose a existir en la Argentina. Quienes recurren al sonsonete y siguen fabricando fantasmas, y vacían de contenido la noción de hegemonía, continúan subestimando a los ciudadanos: allí, en esa actitud, está el núcleo duro e inconfesable de su ideología.
En el mundo de hoy esta quedando cada vez más claro quiénes tienen el poder. El poder político es apenas una parte de la cuestión, apenas una porción del poder total en juego. Y más allá del poder político, es decir más allá de la democracia, está el poder inmenso, intangible, globalizado, transnacional y muchas veces impune de los mercados.
Los mercados nada saben de democracia. La democracia no los toca, ni siquiera los roza. Los mercados son intangibles. Satelizan en un limbo, en una terra incógnita inasequible, inextricable, un más allá que no es ficción, un trasmundo en serio.
En los últimos días, los mercados demostraron que no sólo están al margen de la democracia sino que, además, están dispuestos, como siempre lo han hecho, a atentar de manera directa y flagrante contra cualquier forma de democracia.
El golpe de Estado de la Unión Europea contra Grecia es un ejemplo alevoso en este sentido. Ante la posibilidad de implementar un plebiscito para consultar al pueblo si soportaba otro ajuste, los mandatarios europeos le bajaron el pulgar al ex primer ministro griego, Giorgos Papandreun, que luego de aplicar varios ajustazos inconsultos, y muy resistidos por el pueblo en las calles, recordó que a sus antepasados se les habían ocurrido una vez una idea “Demos-krátos, demos-krátos…¿Qué era eso?” se preguntó Papandreu mirando hacia la Acrópolis.
Pero fue tarde y los banqueros le respondieron con una palabra que quizás no tenga raíces helénicas: “Minga”, le dijeron a Giorgos y a la democracia. Y le señalaron el helicóptero de Fernando De la Rúa.
La guerra de los mercados contra la política, es decir contra la democracia, está en uno de sus momentos más intensos en este planeta, es por estos días algo así como la pelea de fondo.
En medio de una crisis mundial de representatividad política, cuando millones de ciudadanos claman por el fortalecimiento del Estado y la política de verdad, en la Argentina la denominada oposición parece instalada en alguna otra galaxia, continúa con su guaso ritornello, cada vez más lejos de la autocrítica y más cerca de un nuevo papelón.
En el llamado Primer Mundo, los ciudadanos que salen a las calles a mostrar su indignación reprochan a sus dirigentes, justamente, que no los representan. Los indignados denuncian que los políticos no gobiernan para quienes los votaron, sino para los mercados. Los acusan de abandonar la política.
Esta crisis de representación hace que todos los oficialismos pierdan, ya sean de derecha o de izquierda. Por eso, los mandatarios europeos mostraron respeto, admiración y arrobo ante el 54 por ciento obtenido por Cristina Fernández, una quimera inalcanzable para la mayoría de ellos, que están siendo echados del poder.
En verdad, el problema es que las denominaciones derecha e izquierda han perdido sentido ya en Europa, donde la política perdió sentido y gobiernan los mercados. Tanto la derecha como la izquierda, con más o menos culpa, con más o menos verso, aplican los mismos ajustes y las mismas recetas, y este es otro síntoma claro de la crisis del sistema político europeo, que es como decir la crisis de la democracia, aquel interesante invento griego hoy acorralado, vejado y vaciado de sentido por la acción de los poderes fácticos, esos poderes intangibles e insondables cuya situación dominante algunos parecen no querer ver.
“Atendidos por sus propios dueños” parece ser el nuevo lema de la Unión Europea a la hora de mover fichas y echar empleados serviles pero inútiles. Sale Papandreu, que se dice socialista, y entra Lucas Papademos, banquero. Sale Silvio Berlusconi, que es y se dice de derecha, y entra Mario Monti, economista. Se van los políticos al servicio de los mercados y entran los tecnócratas al servicio de los mercados.
¿La democracia? Una cáscara vacía, una excusa, un discursito cada vez menos verosímil para justificar invasiones, matanzas y ajusticiamientos de dictadores ex amigos que de golpe aparecen como déspotas.
Y allí van al ataque el Imperio y las potencias europeas, los mismos que vaciaron la democracia, los mismos que reprimen a sus propios ciudadanos que protestan, allí van con sus bombardeos para llevar democracia y civilización a regiones del mundo atrasadas y sumidas en la barbarie.
Sólo en América latina, donde se están desarrollando procesos de cambio de paradigma que tienden a la inclusión social, aquella vieja y buena idea helénica tiene la posibilidad de volver a cargarse de sentido. Cada pequeña mejora en la vida de los ciudadanos, cada pequeña conquista hacia una más justa distribución de la renta, cada reparación de injusticias anteriores hace honor a la democracia y le da sentido. Esto ocurre, por ejemplo, en Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil y Venezuela.
Pero tras las elecciones del 23 de octubre, lejos de hacer una autocrítica y pedir disculpas a los ciudadanos, los dirigentes que se niegan a convertirse en oposición mostraron que no saben, no pueden, no quieren ser otra cosa que empleados serviles y bobos de los poderes fácticos. Y siguen con lo mismo: las profecías y catástrofes que nunca llegan. El futuro de la oposición argentina está en el Uritorco, Capilla del Monte.