miércoles, 17 de abril de 2013

PERIODISMO PARA TODOS Las dos caras de Lanata Por Horacio Çaró

Lanata es un Banana

Para toda una generación de lectores, e incluso de periodistas, Jorge Lanata representó una especie de referente respecto de lo que la sociedad “bien pensante” denomina “ética periodística” y –un tópico algo más concreto y valorable para el oficio– el tratamiento de la información. Pese a su reconocida trayectoria en el periodismo gráfico, el actual alfil del Grupo Clarín se inició en la radio, pero eso a nadie le importa, salvo a quienes saben que algunos vicios de ese formato suelen acompañar a aquellos que luego incursionan en la gráfica. No es una regla, ni mucho menos, pero los periodistas radiales a menudo dicen cosas que ningún redactor escribiría sin chequear, porque parecería que el éter se encarga de evanescer hasta las cuestiones más sensibles a la hora de establecer las necesarias diferencias entre lo verosímil y la mera sanata tirada “al aire”.
Su paso por el mensuario cooperativo El Porteño, donde tuve oportunidad de conocerlo, lo favoreció en varios sentidos. Ernesto Tiffenberg le enseñó a escribir, él mismo se animó a salir a las calles a hacer crónicas, y conoció a buena parte del elenco que más tarde convocó para hacer Página/12, vaciando la redacción de su cuna gráfica sin culpa alguna. Al fin y al cabo, se trataba de trabajo, pago y en blanco, che.
Su paso por el mejor matutino fundado en la Argentina en los últimos 100 años es conocido, su partida un poco menos, pero es muy difundido su encono con el Grupo Clarín, de quien siempre dijo que había sido comprador de Página/12 y al cual denostaba por su participación en Papel Prensa, su posición dominante en el mercado y por sus escandalosas prácticas empresariales.
Pero en este artículo me ocupa una etapa ciertamente reveladora, tanto de su personalidad como de su trayectoria como empresario periodístico. Luego de idas y vueltas en las que creó productos de mayor o menor calidad y diferentes formatos –muchos recordarán Hora 25, en radio, en la vieja Rock&Pop de Grimbank, o el exitoso ciclo televisivo Día D, emitido por canal América–, Lanata volvió a tener la oportunidad que pocos tienen en una sola vida: fundar otro diario, su segunda experiencia gráfica desde cero. Y fue así como nació Crítica, que llevaba la marca de aquel célebre matutino que Natalio Botana logró tornar masivo a costa de contenidos sensacionalistas pero sujetos a las reglas del viejo periodismo. De la mentira no se vuelve, decía el propietario del diario que tenía como insignia un tábano, por lo molesto que ese medio le resultaba al poder de turno.
Lanata transgredió largamente la consigna de Botana, y frente a la renuencia de un apoyo oficial que él debe haber puesto como seguro en el balance previo de factibilidad del proyecto, no trepidó en mentir las veces que fuera necesario con tal de, habrá sopesado, seguramente, torcer el brazo al incipiente kirchnerismo.
El tiempo se encargó de demostrar que no fue sólo la falta de apoyo económico oficial lo que le faltaba a Crítica para enamorar a la suficiente masa crítica –valga la insidiosa redundancia– que hace exitoso a un medio recién nacido. Las operaciones berretas, sus editoriales cada vez más autorreferenciales, la carencia de una línea editorial clara, más allá de la inquina personal contra el gobierno de Néstor Kirchner y su modo de construir poder y hacer política, lo convencieron de que debía abandonar la nave, como ya había hecho en proyectos como la revista XXI, dejando a muchos trabajadores de prensa en la calle.
Crítica, sin Lanata, duró poco. Y al cerrar sus puertas, dejó, nuevamente, un tendal de laburantes sin sueldos, obra social y jubilaciones. Una de sus víctimas, Ricardo Pérez Banega, recuerda algunos detalles que vienen a cuento en estas horas en que el creativo periodista se ufana de ser la vanguardia de la fuerza de choque con que Clarín ataca al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Así hablaba Pérez Banega en aquellas aciagas horas que sucedieron al cierre de Crítica:
Párrafo aparte merece la reacción de ayer de algunos medios al informar con verdadera mala leche sobre esta noticia. Es gracioso y patético verse corrido por izquierda por Clarín. Que el diario que convivió e hizo grandes negocios con los militares (Papel Prensa, junto a La Nación), gerenciado por la señora que se sospecha apropiadora de hijos de desaparecidos, que implementa el terror como política laboral (no tiene, por ejemplo, comisión interna) sostenga en un artículo sin firma que Crítica “moderó últimamente su posición sobre Kirchner”, es tan torpe que resulta cándido. “Lanata se va por la caída en las ventas”, dice Clarín, luego de aclarar que no tiene cifras del IVC sino afirmaciones del mercado. Crítica tiene, sin embargo, cifras del IVC: en febrero Clarín cayó 61.875 ejemplares los domingos y 26.213 de lunes a viernes. Cifras altas incluso para los 250.000 ejemplares promedio de Clarín. El diario que montó ilegalmente Radio Mitre, que obtuvo Canal 13 del menemismo y logró la fusión monopólica del cable con Kirchner nos acusa de falta de independencia. Clarín no soporta que no le tengan miedo. Me hubiera gustado, al menos, dar esta pelea con Roberto Noble, su creador, y no con su lobbista Héctor Magnetto y el genuflexo señor Kirschbaum, cada día más encorvado por decir que sí. Nada de lo que digan sobre nosotros cambiará la imagen que ustedes tienen al mirarse al espejo.
Palabras repletas del dolor que sólo conocen quienes perdieron su empleo y no se resignan a ver las persianas cerradas de su lugar de trabajo hasta poco antes de proferirlas.
Pérez Banega, además, recuerda otras reacciones de sus camaradas de Crítica:
Carla Castelo, hija del recordado Adolfo, utilizó su cuenta de Facebook con el objetivo de ser “escuchada”, y para darle a entender a Jorge Lanata lo que ella piensa sobre él. Una de las cosas que más le cuestiona es “traicionar cada una de sus ideas”.
E invita a leer la carta de Carla:
“Violencia”, dijo Lanata cuando le pregunté qué quería de la nota que me había encargado para la revista XXI, 24 horas en una patrulla bonaerense. Fui varias semanas para encontrar violencia, porque los canas eran unos gordos mamertos.
Después me encargó la investigación del crimen de Cabezas. Lo hacía con un compañero. Nos metimos hasta los huevos. Cuando le llevamos la investigación, que conducía a la Policía Bonaerense y entonces a Duhalde, decidió que no iba a ser publicado y me mando a cubrir desfiles de moda y a mi compañero lo echó impunemente.
Pero hay un dato poco conocido del ahora periodista estrella de Clarín. Y Pérez Banega lo revela de forma cruda y directa:
Jorge Lanata nació el 12 de septiembre de 1960 en Mar del Plata y fue registrado con el Documento Nacional de Identidad Nº 14.234.966. Durante años manejó libremente su economía personal y profesional con ese DNI –y su consecuente CUIT–, firmando diversa cantidad de contratos y préstamos a efectos de realizar infinidad de emprendimientos comerciales.
Pues bien, algo cambió, según el ex trabajador de Crítica:
En el marco del fracaso que fueron algunas de sus iniciativas, Lanata comenzó a tener serios problemas financieros, lo cual llevó a que fuera inhabilitado por el Banco Central, especialmente después deprovocar la quiebra –supuestamente fraudulenta– de dos de sus empresas: Data54.com y Comunicacion Grupos Tres SA.
Pérez Banega remata su relato con una denuncia mucho más grave que la bomba de humo con que dio inicio a su ciclo 2013 de Periodismo Para Todos:
A raíz de los inconvenientes ocasionados por esta situación –necesitado de seguir manejando cuentas personales y tarjetas de crédito–, Lanata no tuvo mejor idea que “usurpar” el DNI de otra persona, una mujer llamada Sara Esperanza Osuna, con domicilio en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Este nuevo documento es casi idéntico al anterior, salvo por un número: el original –de nacimiento– es 14.234.966. El usurpado, 14.234.965.
Para quienes quieran constatar la doble cara de Jorge Lanata, Pérez Banega, brinda su fuente sin problema alguno. Sólo hay que hacer click acá.