domingo, 12 de diciembre de 2010

Desde el llano, Por Ramiro Rearte, desde Tucumán

Desde el llano, 
Por 
 Ramiro Rearte, desde Tucumán

Después de haber leído la nota publicada por este diario la semana pasada, en donde se develó la participación del periodista Joaquín Morales Solá en la represión ilegal más cruenta de nuestro país, con foco en Tucumán, mi primera sensación fue de bronca. La segunda de acción.
Morales Solá fue clave en la construcción del discurso hegemónico que, lamentablemente, aún vive en una provincia arrasada por la dictadura del genocida, hoy reo, Antonio Domingo Bussi. Un criminal que, sin la colaboración del diario La Gaceta y algunos de sus periodistas, no hubiese tenido tanta adhesión y silencio de su parte.
Vienen a mi mente los momentos vividos en 2006, junto a Eduardo Anguita, Alberto Elizalde Leal y Roberto Prefumo, en la realización del documental El azúcar y la sangre, dirigido por Anguita, en donde se mostró el industricidio que sufrieron estas tierras desde 1966, con el cierre de los ingenios por Onganía, la llegada del Operativo Independencia y la dictadura militar de 1976. Como productor periodístico de ese trabajo me tocó la tarea de recorrer el Tucumán profundo, los sitios que el genocida Bussi utilizó como lugares “estratégicos” para llevar adelante su plan de exterminio. Me sorprendió que en pueblos como Santa Lucía la gente del lugar todavía dice reconocer a “los zurdos al escucharlos hablar”, según las enseñanzas de los militares-represores que se instalaron en ese pueblo que aún padece la desolación y la pobreza por el cierre total de sus fábricas y desaparición física de sus pobladores. Hay muy pocos jóvenes y el lugar de mayor circulación de gente es su centro de jubilados.
Aún persiste la matriz económica y social donde prevalecen las familias oligárquicas con apellidos de “estirpe”, dueñas de las mejores tierras (hoy utilizadas para el cultivo de soja) y de las empresas azucareras más grandes que siguen explotando a sus trabajadores cortando caña con machete, “de sol a sol, como le gusta al patrón”. En muchos casos, tienen relación con los Bussi hasta el día de hoy a través del partido político creado por el represor: Fuerza Republicana.
Para ese modelo de país trabajó sin cansancio, a través del periodismo, Joaquín Morales Solá.
Otra situación inolvidable es la de cuando cubrí los juicios por delitos de lesa humanidad en 2008 y 2010, donde se condenó a un importante grupo de represores militares y policiales entre los que estaban Luciano Benjamín Menéndez, Roberto Heriberto El TuertoAlbornoz y Bussi, por supuesto. No sólo era impactante escuchar las barrabasadas de los genocidas, sino también los rostros de los familiares de los desaparecidos y muertos por la dictadura. Sus caras de sorpresa, enojo e indignación por lo vivido era movilizador. Pero también ver cómo los presentes participaban activamente en cada audiencia, comunicando lo declarado por los testigos a los que no podían entrar por la capacidad reducida de la sala, conteniendo a los que se quebraban por no aguantar el dolor o por la espera de un familiar citado en la sala. Fue muy fuerte emocionalmente cubrir esos sucesos. Si Morales Solá hubiese estado presente en las audiencias hubiese tomado conciencia del daño que hizo a través de sus colaboraciones periodísticas a la dictadura en la provincia. Mirar cara a cara a un ser humano que perdió su familiar en manos de Bussi no es para cualquiera. Joaquín, te invito a que lo hagas.
Como tucumano y como periodista siento vergüenza e indignación que en Capital Federal todavía presten el oído a personajes como éste y lo llamen “formador de opinión”. Sobre todo, por el momento político y social que vivimos por estos días, donde se trata por todos los medios de comunicación hegemónicos de desestabilizar a la presidenta Cristina Fernández, quien marcó el camino (junto con Néstor Kirchner) de la recuperación de la memoria colectiva a través de los juicios a los genocidas y levantó la bandera de la recuperación económica a través de la política. Memoria le faltó a Morales Solá para dar a conocer la foto donde acompaña a los militares en la oscura escuelita de Famaillá.
Su aporte a los militares fue clave para la instalación definitiva de un modelo que duró más de treinta años y que en lugares como Tucumán aún cuesta sacar del imaginario popular. Frases como “el general (por Bussi) se levantaba muy temprano y visitaba los hospitales”, “acá la mayoría somos católicos, no zurdos”, se repiten en las conversaciones de café en las tórridas tardes provincianas. Es más, mientras en 2003 asumía como presidente de la Nación Néstor Kirchner, en San Miguel de Tucumán ganaba las elecciones por cien mil votos el represor Antonio Domingo Bussi.
La foto de tapa de Miradas al Sur del domingo pasado es contundente, pero también vergonzosa. Es increíble que hoy en día Morales Solá dé cátedra de institucionalidad y democracia en los medios de comunicación-empresariales para los que trabaja.
Consultado para esta nota, Oscar Gijena, secretario general del Sindicato de Prensa de Tucumán, me relató cómo funcionaba la redacción del diario tucumano. “Había algunos periodistas que por miedo o temor a perder sus familias publicaban todo lo que Bussi les decía en las reuniones que se realizaban en su despacho militar. Lo hacían porque no les quedaba otra. Pero había casos como el de Joaquín Morales Solá, que lejos de tener miedo, alentaban la publicación de los escritos militares o mejor dicho arengaban a la tropa”, recordó. De hecho, la foto que este diario reflejó muestra más una actitud militar que periodística.
Tucumán tiene dos periodistas desaparecidos: Maurice Jeger tenía 36 años, trabajaba de corrector en el diario La Gaceta y está desaparecido desde la noche del 8 de julio de 1975. Es, junto con Marianne Erize, las monjas Alice y Léonie, y otros casos, uno de los 15 franceses que desaparecieron en la Argentina durante el nefasto golpe cívico-militar. Todavía se espera que el matutino lo reconozca a Jeger como víctima del terrorismo de Estado y le rinda un homenaje.
El otro fue Eduardo Ramos, trabajó en Canal 10, tenía 21 años y el 1º de noviembre de 1976 fue secuestrado de su casa junto a su esposa Alicia Cerrota. En ambos casos, la Asociación de Prensa de Tucumán se presentó como querellante en los tribunales federales para que se investigara la desaparición de los trabajadores de prensa en el marco de los juicios por delitos de lesa humanidad.
Este es el momento histórico para transformar nuestro país, en donde haya cada vez menos pobres pero también menos ricos. Desde 2003, vivimos una transformación profunda e incesante desde las políticas emanadas por nuestros dos presidentes; de igual manera cambió también Latinoamérica. El periodismo necesita cambiar, necesita volver a contar lo que realmente pasa en cada barrio, en cada ciudad y no ser parte de las corporaciones económicas que destruyeron e hipotecaron nuestro futuro. Soy de la generación que vivió en carne propia el desguace del Estado, mi viejo era ferroviario cuando cerraron los ferrocarriles y tuvimos que tomar mate cocido amargo durante siete meses, hasta que papá pudo cobrar su indemnización en cuotas. Viví en carne propia la gobernación de Bussi en democracia sin poder entender que la gente festejara en las calles su victoria. Era 1995 y tenía 16 años. También padecí como periodista y como trabajador el estallido de 2001. Observé, atónito, cómo un gendarme le volaba la cabeza a un pibe que trababa de sacar comida de un supermercado. En la radio donde trabajaba, me pagaban los viernes en bonos provinciales, igual que a los jornaleros.
Estas palabras están escritas por un trabajador de prensa del interior del país, que milita por un país mejor y más justo a través del periodismo, estando del lado del pueblo y convencido de que cada uno desde su lugar puede transformar la realidad. Que sabe que no hacen falta los cargos importantes, que sólo es necesaria la voluntad de hacer. Y que sabe que hay que levantar la bandera de aquellos que hoy no están y que serían importantes en este proceso. Es decir, palabras escritas desde el llano.