martes, 24 de enero de 2012

GRONDONA, FRAGA IRIBARNE, PIÑERA, Y SU DESEO DE VER A MACRI PRESIDENTE!!!



LA NOTA PANFLETARIA DE CADA DIA DE MARIANITO GRONDONA, Y SU AMOR POR EL "BIPARTIDISMO" DE IZQUIERDA Y SU DERECHA MACRISTA!!!

Nadie asume la centroderecha y eso es necesario para el bipartidismo

La renguera política argentina

Por Mariano Grondona | LA NACION

Se ha vuelto un lugar común sostener que la distinción entre izquierda y derecha es anacrónica. ¿Es esto verdaderamente así? La pregunta es válida porque, consciente o inconscientemente, seguimos ubicando a un partido o a un líder "a la izquierda de" o "a la derecha de" algún otro. Pero este hábito, que es bienvenido entre nosotros por los hombres y las mujeres "de izquierda", es resistido en el territorio de "la derecha".
Son muchos más los intelectuales, como aquellos nucleados en Carta Abierta y como los artistas argentinos que aplauden a la presidenta Kirchner, que prefieren ser llamados "de izquierda" que los que evitan cuidadosamente que se los califique "de derecha" aunque en verdad lo sean, porque ser de derecha se ha convertido en la Argentina en una herejía expuesta a la excomunión política.
Negar la distinción entre izquierdas y derechas es un recurso que emplean los derechistas, para evitar la demonización. Los izquierdistas están orgullosos de que así se los llame porque de este modo se sienten "progresistas". Los derechistas no quieren, en cambio, ser alojados a la derecha del cuadro político porque no desean que se los llame "reaccionarios". Aceptan, eso sí, que se los ubique en el "centro". Pero el "centro", ¿no es, después de todo, una derecha vergonzante? El debate ideológico entre la izquierda y la derecha es una cancha inclinada en favor de aquélla y en contra de ésta.
Lo que observamos en la Argentina no pasa, sin embargo, en otros países. A los conservadores ingleses no les da vergüenza que los consideren de derecha, mientras a su izquierda se ubican los laboristas. En los Estados Unidos, nadie niega que los republicanos están situados a la derecha de los demócratas. En España, la derecha del Partido Popular acaba de reemplazar en el poder a la izquierda del Partido Socialista (PSOE) y viene de despedir con abierto dolor a uno de sus grandes líderes, Manuel Fraga Iribarne. En Chile, la izquierda de la Concertación Democrática fue derrotada en enero de 2010 por Sebastián Piñera, un político y empresario de derecha, en tanto que, en Francia, el presidente Nicolas Sarkozy luchará desde la derecha por la reelección frente al socialista François Hollande. Pareciera normal en otros países que la derecha y la izquierda se reconozcan mutuamente como adversarios legítimos y se alternen periódicamente en el poder, pero esto no ocurre en la Argentina, donde sería políticamente suicida confesarse de derecha. ¿Por qué la Argentina es diferente de otras naciones en esta materia?
Que otros países cuenten con una derecha y una izquierda dispuestas a competir entre ellas sin por eso descalificarse mutuamente es normal en las democracias bien balanceadas. La vida política de las democracias bien balanceadas se parece al andar de un caminante no aquejado de renguera que, para avanzar, se apoya alternativamente en sus dos piernas. La "pierna derecha" de las democracias ama el orden y enfatiza la inversión. La "pierna izquierda" ama el predominio de lo social sobre lo individual y enfatiza la distribución. ¿Quién decide cuándo le toca el turno de gobernar a cada una de estas expresiones de la vida política? El pueblo. En las democracias bien balanceadas, el papel del pueblo es asignar los turnos cuando le toca votar.
¿Por qué la Argentina no ha logrado formar, como otros países, un bipartidismo equilibrado? Quizá sea por la culpa concurrente de los conservadores, los radicales y los peronistas, sus tres partidos históricos. En 1928, la democracia argentina era bipartidaria: conservadora y radical. Sin embargo, en 1930 los conservadores desesperaron de la democracia y cometieron el mayor de sus pecados al llamar a escena a un nuevo actor, el árbitro militar. Esto les valió a los conservadores que los radicales primero y los peronistas después descalificaran a los años 30, llamándolos "la década infame".
A partir de 1946, cuando Perón ganó las elecciones presidenciales, pudo haberse formado un bipartidismo peronista-radical en lugar del frustrado bipartidismo conservador-radical, pero esto tampoco fue posible por la culpa compartida de los radicales y los peronistas. La culpa radical se manifestó al poco tiempo de triunfar Perón, cuando la Unión Cívica Radical, en lugar de ponerse a la derecha del peronismo para constituir con él un nuevo binomio "clásico" de una izquierda peronista y una derecha radical, viró también hacia su izquierda y no se declaró "alvearista" -la derecha radical-, sino "yrigoyenista" -la izquierda radical-. De ahí en más intentó competir con el peronismo a la izquierda del centro, de modo que el país no contó con un bipartidismo de izquierda y de derecha, sino con dos partidos inclinados hacia la izquierda, algo así como un "bipopulismo". En esta extraña configuración política, el peronismo llevó casi siempre las de ganar.
Pero también al peronismo le cabe su parte de culpa por la impotencia argentina en la tarea de conformar un bipartidismo "normal". Esta culpa consistió, de un lado, en la tendencia autoritaria del peronismo, que nunca aceptó compartir el protagonismo con otro partido salvo en el fugaz abrazo de Perón y Balbín en 1973 y, del otro lado, en el "movimientismo" que caracterizó al peronismo, bajo cuyo impulso se "movió" de izquierda a derecha, o viceversa, según se lo aconsejaran las circunstancias, ocupando de este modo una suerte de pole position que lo llevó a ser de derecha bajo Menem en los años 90 y a ser de izquierda bajo los Kirchner en los años 2000, sin dejar de este modo ningún resquicio para que otro partido compartiera con él un sistema binario.
Es como si el caminante del ejemplo que dimos más arriba, en lugar de pisar con su pierna derecha y con su pierna izquierda sucesivamente, permitiendo así que ambas piernas participaran de la caminata, se hubiera armado de un "bastón" para reforzar a veces a su pie izquierdo y otras veces a su pie derecho, impidiendo de este modo que un segundo protagonista compartiera con él la responsabilidad de asegurar la marcha armónica del sistema político.
En tiempos de la Guerra Fría, la Unión Soviética, situada a la izquierda, compitió con los Estados Unidos, situados a su derecha, por el poder mundial. Los dos grandes rivales de la Guerra Fría se necesitaban en cierto modo uno al otro, y por eso el tratadista Raymond Aron los llamó "hermanos-enemigos" hasta que, en 1991, la Unión Soviética murió por implosión.
Cada uno a su turno, nuestros tres partidos históricos no consiguieron vertebrar un sistema que tuviera a dos de ellos como hermanos-enemigos. El dualismo político no consiguió afianzarse entre nosotros. Vivimos en consecuencia en un país asimétrico, en el cual a la izquierda se le permite ser de izquierda extrema y de centroizquierda, mientras que cada vez que se habla de la derecha en la Argentina se la considera casi automáticamente "fascista", de extrema derecha.
Esto es irracional porque un sistema bipartidario bien equilibrado debe estar formado por una centroizquierda y una centroderecha mutuamente tolerantes. Por eso llama la atención que el kirchnerismo, hoy en el poder, tenga el deseo inocultable de erradicar al macrismo en vez de reconocer que lo necesita para formar un sistema de "hermanos-enemigos" junto con él.
Si se llegara a configurar un sistema binario kirchnerista-macrista, sería además una buena manera de darle al kirchnerismo algunos años más en el poder hasta el día aún lejano en que a Macri o a sus sucesores les llegue la misma oportunidad que tuvo Piñera en Chile después de luchar veinte años desde la oposición.
¿Tendrá el kirchnerismo la sabiduría de facilitar el acceso del macrismo a un sistema binario de poder, o querrá monopolizar sin término nuestra vida política, cayendo en el absurdo de querer el poder solamente para él y para siempre e ignorando así que la aspiración de un poder absoluto y "eterno", que caracterizó a todos los poderosos de cualquier signo, tanto militares como civiles y tanto peronistas como antiperonistas, desde 1930 en adelante, fue la causa recurrente de nuestras catástrofes institucionales?
¿Lograremos armar finalmente un sistema político que, como el caminante que no cojea del ejemplo, marche con la ayuda de sus dos piernas, o seguiremos siendo la nación inmadura, políticamente "renga", que hemos sido desde la fatal jornada del 6 de septiembre de 1930?