domingo, 12 de diciembre de 2010

Por Ricardo Foster La esquizofrenia mediática, la democracia y la disputa por el sentido

Por Ricardo Foster

La esquizofrenia mediática, la democracia y la disputa por el sentido

La esquizofrenia de los medios de comunicación concentrados y hegemónicos de nuestro país se ha convertido en un insólito dato de la cambiante realidad nacional. De la noche a la mañana, y antes de que tuviéramos tiempo siquiera de darnos cuenta de lo que estaba sucediendo, la mayoría de los argentinos, entre incrédulos y complacientes lectores de las “verdades reveladas” que día tras día suelen escupir las rotativas de tan insignes diarios portadores del gen de la “libertad de prensa y de información” contra el virus de “la censura y el autoritarismo oficial”, nos enteramos de que no sólo el país ya no estaba “aislado del mundo”, girando en la noria de su propia autorreferencialidad provinciana, incomunicado con lo real del planeta y lejos de todos los mercados y de las “extraordinarias oportunidades” que el Gobierno desaprovecha a manos llenas, sino que era el centro de casi todas las preocupaciones del Imperio.

A través de las coberturas “objetivas y neutrales” del diario El País de España, una de las sedes centrales de la oposición mediática, verdadera usina que alimenta a nuestros periódicos “independientes” siempre atentos a sus reflejos de receptores colonizados, descubrimos, azorados, que la Argentina es el centro del mundo y que los 250.000 cables filtrados de la diplomacia estadounidense, si bien se referían, la abrumadora mayoría de ellos, a geografías muy distantes de la nuestra, en el fondo no hacían más que hablar de nosotros y, claro, de Néstor y Cristina Kirchner, pareja demasiado cara a los sentimientos corintelladistas de los informantes de la embajada gringa, asiduos lectores, por otra parte, de la revista Noticias y de las espléndidas, amplias y mesuradas columnas dominicales de Joaquín Morales Solá y de su compañero de página el insigne demócrata Mariano Grondona (de reojo, y quitándoles tiempo a sus ajetreados días, leían a los intachables columnistas de Clarín y de Perfil mientras repasaban las páginas, entre grotescas y absurdas, del libro, si vale tal calificativo, de Sylvina Walger dedicado a Cristina Fernández). ¿Estaremos ante una gigantesca estafa a los contribuyentes del país del Norte, siempre tan celosos desde los días de su independencia, de lo que el Departamento de Estado hace con su dinero, al comprobar que la mayoría de los cables sobre nuestro país parecen sacados de las charlas de quincho, de alguna reunión de consorcio de country o del correo de lectores de La Nación? Paupérrimos informes que delatan la mediocridad de los diplomáticos y, perdón por usar una palabra antigua y no muy simpática pero que parece caerles como anillo al dedo, el cipayismo de nuestros diarios de mayor circulación y de sus cadenas repetidoras de radio y televisión. Raro, que en tantos cables, no aparezcan los intentos de golpe en Venezuela o en Ecuador, ni el que triunfó en Honduras. Lo importante, como siempre, no es material para los giles, perdón, quise decir para los lectores.

La Argentina, para delicia de la autoestima nacional (bien diferente a aquella otra a la que hizo mención el presidente Lula al hablar de lo que los argentinos le debemos a Kirchner), no sólo no está aislada del mundo como creíamos leyendo y escuchando a tantos periodistas “serios, inteligentes y estupendamente bien informados”, de esos que hablan el lenguaje de la gente, sino que es el centro de las obsesiones imperiales además de ocupar, para algunos españoles, un lugar exponencialmente más significativo que el conflicto de Medio Oriente, los acontecimientos de Irak y Afganistán, la derrota electoral de Obama y las preguntas inquietantes de quién es el verdadero perjudicado ante tamaña filtración, o, más cerca de los propios españoles tan interesados en lo que sucede en nuestras tierras, las dimensiones colosales de la crisis económica que hoy golpea con fuerza inusitada a Grecia, Irlanda, Portugal y España y que amenaza con extenderse a otros países del viejo continente que parece más viejo que nunca.

Parecería que a los funcionarios de la diplomacia estadounidense les importa mucho más el chismoseo argentino, las charlas de peluquería de Barrio Norte, lo que se dice entre bocadillo y bocadillo en el Jockey Club o en oscuras reuniones de empresarios, que la profundización de una crisis global que tiene en vilo a las principales economías del planeta y, en primer lugar, a la propia. ¿Será que la Argentina es más importante para los intereses yanquis que China o Irán? ¿Y dónde quedó el encriptamiento kirchnerista? ¿Tan importante era la Argentina que no nos habíamos dado cuenta porque estábamos fuera del mundo? Extraña vicisitud psicológica la de cierta prensa corporativa que, además de concentrar monopólicamente poder y recursos, parece concentrar estupidez a manos llenas. ¿Será que considera que sus lectores están a la altura de su cortedad? ¿Habrá alguna complicidad en sus giros lamentables e impresentables y su representación del lector medio como una suerte de bobalicón irredimible? Supongo que muchos lectores de La Nación y Clarín, avezados hermeneutas de sus titulares y de los artículos de sus principales escribas, estarán comenzando a sospechar de esta gigantesca tomadura de pelo. Dios, lo sabemos desde hace algún tiempo, no es argentino, ni para el mal ni para el bien, pese a que entre El País, el diario “noble” y nuestra “tribuna de doctrina”, intentan hacernos creer, nuevamente, que el cielo o el infierno se encuentran en medio de nuestras pampas.

Del mismo modo que se desvanecieron en el aire, y con rapidez inesperada, otras “operaciones” soñadas como el principio del fin de la bestia negra kirchnerista, la apropiación en clave argentina de los miles de cables lanzados hacia todas las latitudes y a través de los cinco principales diarios del mundo muy sospechosamente por WikiLeaks, será, qué duda cabe, otra ave de paso en la estrategia, cada día más impresentable y bizarra, de nuestros escribas profesionales. En esta ocasión desnudaron su profundo y esencial ADN colonizado, su predisposición sustantiva a leer la realidad a través de lentes prestadas por quienes sólo se ocupan de defender sus propios intereses, sean estos los del país del Norte o los que defiende el grupo Prisa desde España. Lo demás, como suele decirse, pertenece a la ficción o a las escrituras canallas de ciertos medios de comunicación.

Lo dice con humor crítico Eduardo Aliverti en su columna de Página 12 cuando señala que nuestros tanques mediáticos están cayendo en estrategias absurdas y rayanas en la imbecilidad, porque “¿en qué cabeza de cuál enajenado de la realidad puede caber no darse cuenta de que provocan la antítesis de lo deseado? Si titulan y agrandan que los yanquis están turbados por el estado psíquico de Cristina; si esparcen que el otrora ‘matrimonio presidencial’ se defecó en los consejos imperiales; si aluden a una España inquietada por la corrupción kirchnerista, en el exacto momento en que España revienta, entre otras no muchas cosas, por el pus de su venalidad empresarial, ¿cómo hacen para no percatarse, por si fuera poco en medio de un pico de popularidad cristinista, de que procediendo así son los mejores propagandistas gubernamentales? ¿Cómo hacen? ¿Dónde viven? ¿Es posible que las necesidades de virulencia corporativa, para enfrentar a un gobierno que les jodió intereses, alcance el límite de joderse a sí mismos por enceguecimiento inercial?”. Dentro de la visión esquizofrénica de la realidad eso y más es posible. El odio, la ceguera, la vieja impunidad de la que gozaban para hacer y deshacer a su antojo comenzó a cambiar y a confundirlos más y más. No es fácil descubrir que algo diferente ha sucedido y que la homogeneidad discursiva ya no funciona y que se van abriendo brechas cada vez más significativas en el interior de una sociedad que ya no responde a la monotonía de una visión obsesionada con horadar al Gobierno. El sentido común que funcionó durante mucho tiempo en consonancia con la corporación mediática comenzó a desequilibrarse y a producir otras alternativas que vuelven cada vez más inviable la construcción de un relato brutalmente sesgado.

Es saludable reconocer que esa monotonía ya no logra expandirse sobre la conciencia social. Estos últimos años han sido intensos y decisivos allí donde se han podido poner en discusión cuestiones fundamentales que han tendido a redefinir áreas centrales de la propia vida democrática. Uno de esos debates que alteró profundamente cierta inercia que venía condicionando desde hace muchos años la circulación más libre e igualitaria de la palabra y la imagen fue, sin dudas, el que culminó con la promulgación de la ley de servicios audiovisuales, ley que contribuyó a quebrar el muro de la univosidad ideológica que presentaba el universo mediático argentino habilitando otras miradas que han posibilitado que millones de ciudadanos puedan acceder a perspectivas múltiples y diversas. Estalló la hegemonía que, con variantes menores, vino dominando la realidad argentina desde hace muchas décadas, y en el interior de ese estallido lo que también quedó deshabilitada fue la impunidad narrativa con la que solían bombardear a la población y, en particular, a las clases medias.

Contra esa violencia retórica comenzó a rebelarse un país que si bien sigue teniendo problemas irresueltos y zonas opacas, va descubriendo que el presente no se parece en nada a lo que intentan hacerle creer los grupos hegemónicos. Un país que sigue debatiendo cuestiones fundamentales y que sabe que para expandir todavía más la democracia es fundamental avanzar hacia una mejor distribución de la riqueza al mismo tiempo que se asume un combate de frente contra toda forma de impunidad, sea la mediática o la de aquellos que intentan quitarles sus tierras ancestrales a los pueblos originarios. La democracia, su continua reinvención, supone entrelazar las distintas reivindicaciones y derechos para seguir haciendo visibles a los invisibles de la historia. Seguimos instalados, como en otros momentos clave de nuestra historia, en la disputa decisiva por el sentido. Algo del deslizamiento esquizoide de los medios corporativos va mejorando las posibilidades de un relato matricialmente democrático y emancipador.