miércoles, 25 de enero de 2012

Yabrán: De empresario a asesino.

yabran La terminal blog

Alfredo Yabrán era un poderoso empresario vinculado al correo privado y a las explotaciones agropecuarias, entre otras actividades. Acusado por la Justicia de ser el instigador del asesinato de José Luis Cabezas, fotógrafo de la revista “Noticias”, se suicidó el 20 de mayo de 1998 en una de sus estancias de Entre Ríos. El desenlace dejó la causa sin una conclusión convincente de su responsabilidad, y dio nacimiento al mito de su existencia. “Yabrán está vivo”, aseguran muchos, haciendo trascender su poder más allá de la muerte. Pero el misterio es su propia vida y la absurda manera en que murió.
yabran cabezasDon Alfredo, negó los cargos hasta el último minuto. Los perdigones que se disparó en la cabeza eran los únicos que lo liberaban de un calvario que empezó el 25 de enero de 1997, cuando sus custodios emboscaron al fotógrafo, le pegaron dos tiros en la cabeza y lo incendiaron dentro del auto. Lo que pudo haber sido un exceso de esos ex policías, se transformó para la opinión pública en una operación siniestra dirigida por un empresario desconocido, cuya imagen no podía trascender. ¿Una foto sacada por Cabezas justificaba desatar semejante hecho?.
Yabrán era un hombre que se hizo a sí mismo. Sus negocios no eran ilegales, aunque se desarrollaron en una Argentina corrupta. Crecieron en la época de la plata dulce, del descalabro de la inflación, de la tablita de Martínez de Hoz, de los planes económicos estrepitosos… Durante esas épocas las empresas de correo y transporte de valores de Yabrán prestaron servicio al estado. Luego el desmantelamiento del correo oficial le permitió ganar un terreno fértil que amplió su capacidad y riqueza. ¿Quién iba a pensar que un hombre con semejante poder, se entregaría a la muerte al encontrarse absolutamente solo?.
cavalloCuando en 1991 el ministro de economía de Menem, Domingo Cavallo, decidió dar el aval para que la multinacional Federal Express ingrese a los mismos negocios que explotaba Yabrán, el empresario entrerriano se transformó en un enemigo, al acusarlo de ser jefe de una mafia. Ya sus negocios no eran compatibles con el gobierno de turno.
cabezasCinco años después apareció el cadáver de Cabezas, cerca de la casa de descanso del Gobernador Bonaerense Eduardo Duhalde. El personal de seguridad de Yabrán quedó vinculado al asesinato.
A partir de allí Yabrán fue objeto de innumerables crónicas que hablaban de su ejército privado, de sus empresas manejadas por “testaferros”, de los aprietes, de los “aportes” a políticos y fuerzas de seguridad, de su siniestra manera de monopolizar el mercado postal y de su fortuna inconmensurable. Historias que lo vinculan con los más importantes políticos, militares y hasta obispos de las décadas de 70 y 80.
Con todo esto, Yabrán no sería solo Yabrán. Para la percepción pública, el empresario escondía una maraña de intereses, vehículo para los negocios fáciles, una fuente de financiamiento para campañas políticas y para el enriquecimiento rápido de ciertos funcionarios. Un financista de los negocios políticos. Una figura invisible detrás del poder real  de la Argentina. ¿Porqué con tanto poder no pudo evitar ser acusado de un crimen?.
Sobreviven las dudas.
La muerte de Yabrán no es un misterio. Su cadáver fue visto por cientos de personas que no dudaron en su identidad, porque lo conocieron. Su misterio más grande es su vida. ¿Cómo un joven emprendedor que supo ganarse su salario con habilidad y destreza se transformó en una figura que queda perpetuada como un gánster?. ¿Por qué poner en riesgo una carrera empresarial exitosa involucrándose en un delito de baja estopa?. ¿Quienes quedaron favorecidos con su suicidio?.
foto duhalde menem yabranQuienes levantaron sus dedos acusadores sobre su “rol mafioso” no son precisamente santos de ninguna devoción. Si pusieron la lupa sobre Yabrán, era porque ya no les resultaba útil. Porque su presencia molestaba y debía ser sacado del escenario de cualquier manera. O porque sabía demasiado sobre ciertas cosas.
Muchas fortunas en este país puede ser más dudosas que la de Yabrán, pero siguen creciendo al amparo de un silencio cómplice. Los negocios turbios no desaparecieron con su muerte, ni los negociados, ni la corrupción, ni los crímenes mafiosos.
El país siguió asistiendo al misterioso enriquecimiento de figuras públicas, a las políticas que permitieron que los especuladores se alzaran con el dinero ajeno y a la entrega del capital nacional a multinacionales.
La hermana.
yabran beatriz - La Terminal blogA Beatriz Yabrán la conocí en Gualeguaychú. Me la presentó Fabián Magnotta, un periodista de esa localidad.
Beatriz es la hermana de Alfredo, y nunca estuvo vinculada a los negocios de su hermano. Es psicóloga, y cuando la historia de su hermano se transformaba en mito, escribió el libro “Yabrán, La Otra Campana”.
No habla del empresario, sino del ser humano que muchos conocieron y que se contrapone a la figura que dibujaron sus enemigos. Reconoce que fue abandonado por su familia en sus momentos finales y que su decisión responde a salvar el “honor” que había sido manchando injustamente.
Escribió sobre los hechos turbios que rodearon el caso.
Era una calurosa tarde de febrero. del año 2001.
El remise me dejó en un tranquilo balneario ubicado sobre el río Gualeguaychú. Allí me senté junto al agua. Mojé mis pies. Era una tarde ideal para alejarse de todo y no pensar demasiado. Pero… las pasiones terminan por acompañarnos como una sombra. Es inevitable.
Tomé dos palitos, dos ramitas, para jugar en el agua, mientras disfrutaba del sol y encendía la radio. Busqué música, la compañía ideal para el momento.
¿Saldría algo del río si insistía un rato largo con los palitos, como si ellos fueran cañas de pescar? ¿Un mensaje perdido? ¿La media de un náufrago? ¿Una mojarrita?
Todo era paz, casi ensueño. La imaginación volaba entre los potentes rayos del sol de Gualeguaychú. De pronto, la radio trajo su boletín informativo.
“Se investiga el misterioso doble crimen de Cariló”, informó el locutor. “Se analiza su posible vinculación con el lavado de dinero”. La noticia se refería al doble homicidio del millonario Mariano Perel y de su esposa, ocurrido en una cabaña de Cariló en esos días.
Los cuerpos del financista Isidoro Mariano Perel —56 años, dos hijos— y su esposa Rosa Berta Golodnitzky —49 años, psicóloga— aparecieron en la mañana del domingo 4 de febrero de 2001 en la cabaña que alquilaban en el apart hotel Puerto Hamlet, de Cariló. Habrían estado durmiendo cuando alguien entró en su habitación y les disparó un tiro en la nuca a cada uno. Lógicamente, crímenes por encargo.
¿Qué relación tenía esa noticia fugaz con mi libro? Aparentemente ninguna. Sin embargo, llegaron a mi cabeza algunas preguntas.
Pocos días antes, justamente, una amiga que volvió de sus vacaciones en Punta del Este me contó que había leído un cuento titulado “Féretros tallados a mano”, del novelista y periodista norteamericano Truman Capote, en el que los investigadores des cubrían unos crímenes en serie a partir de lo que significaba el río en esa historia.
Es que el río —reflexioné sentada sobre la costa— trae preguntas y respuestas.
¿Y qué tenían que ver Perel y Cariló con la historia de mi hermano y el crimen de José Luis Cabezas? Muy simple: todo estaba unido por la costa atlántica y la Policía Bonaerense…
No diré nada nuevo si recuerdo todo lo que se ha dicho sobre el accionar de muchos efectivos de la Policía Bonaerense en la costa atlántica. Pinamar, Cariló, Miramar… Participación en crímenes, violaciones, coimas, robos para lograr socios para la cooperadora policial, para conseguir trabajos de seguridad privada y campañas indirectas de venta de alarmas…
Y con las ramitas en la mano pensé en el infortunado José Luis Cabezas, y en chicas que aparecieron violadas y muertas, y en Perel… y en Alfredo. ¡Cuántas cosas secretas pasan en esas hermosas costas del mar!
Y pensé también si para cerrar la ofensiva contra Alfredo no les faltaba un muerto… Habían intentado con el caso del brigadier Etchegoyen. Pero no fue suficiente.
El brigadier Rodolfo Etchegoyen, quien fuera encontrado muerto —suicidio o crimen—, el 13 de diciembre de 1990, fue titular de la Aduana. Buena parte de la prensa intentó relacionar ese hecho con mi hermano Alfredo.
Quizás el fotógrafo que le sacó la foto de incógnito a mi hermano era el ideal para cerrar el cerco.
Los palitos, las ramitas con las cuales jugaba en al agua, comenzaban a traerme respuestas e inquietudes. El caso Perel demostraba, una vez más, que hay gente dispuesta a todo, y que no tiene límites a la hora de aceptar “trabajos”.
¿Qué hizo la Policía de la provincia de Buenos Aires en ese hecho? ¿No es llamativa la tendencia a decir que hay casos imposibles de descubrir en la Costa?
Mientras lo pensaba, recordé que en aquel verano de la muerte de Cabezas, ya se hablaba sobre la reelección del entonces presiden te Carlos Menem.
Recordé también que la revista Noticias —y especialmente José Luis Cabezas— estaban dedicados a una investigación sobre los robo a los famosos en la Costa —puntualmente en Pinamar— y la participación de policías, lo que quedó plasmado en una serie de notas periodísticas publicadas antes de la muerte del fotógrafo.
Me detuve además en la utilización política de determinados episodios, algo que en la Argentina es tan tradicional como el mate amargo que yo tomaba junto al río en esa tarde de verano…
El crimen de Cabezas, los del matrimonio Perel, los robos en la Costa; las violaciones, las alarmas y la cooperadora… ¿no estaban unidos por un oscuro hilo conductor? ¿No rozaban todos esos hechos a la Policía Bonaerense que tanto había elogiado Duhalde y a la cual la revista Noticias (con fotos de José Luis Cabezas) denominara con la tan conocida frase: “Maldita Policía”? ¿No quedan demasiadas dudas sobre quienes fueron designados para investigar esos hechos?
Esas eran las preguntas —y en buena medida las respuestas— que me traía el río.
Miré otra vez las dos ramitas que tenía en la mano. Recordé que así fue -como encontraron —al menos de ese modo lo informaron públicamente— la cámara del fotógrafo José Luis Cabezas. Y me preguntaba también por qué la segunda autopsia al cuerpo del fotógrafo dio datos que la primera no había brindado…
¿No es como que todos los caminos conducen a Roma? ¿No hay —insisto— un hilo conductor?. ¿No ocurre, como en el cuento de Truman Capote, que todo lleva al mismo destino?. ¿Acaso mi hermano, Alfredo Yabrán, tenía poder como para desviar una autopsia realizada por la Policía Bonaerense de Duhalde?.
Si ellos encontraron con dos ramitas la cámara de fotos que buscaba el país… ¿cómo yo no puedo encontrar algunas respuestas?— me pregunté mientras seguía con los pies en el agua.
El sol pegaba fuerte sobre el río. Los rayos reflejaban en el verde. El mate ya estaba lavado. No había podido olvidarme del libro ni de mi hermano. Pero estaba conforme con las respuestas que había encontrado en esa tarde de paz.
La radio, las ramitas y el río —o la Costa…— me terminaban de convencer de muchas cosas…
De pronto —ya otra vez metida decididamente en el tema—, abrí el libro de Bonasso en cualquier parte. Hojeando, me encontré con el epílogo. ¡No podía creer lo que estaba leyendo…!
Es que en el epílogo, el periodista Bonasso afirma clara y contundentemente que Alfredo no tuvo nada que ver con aquel horrendo crimen del 25 de enero de 1997 en Pinamar.
¿Quién mató a Cabezas?”, pregunta y se pregunta. ¡Pero, si ése es el título de uno de mis capítulos!, me dije… Devoré los renglones. Seguía sin poder creerlo. Con razón —pensé— esta persona fue citada a declarar en el juicio oral.
Seguí leyendo con avidez para darme cuenta, por fin, de que Bonasso desde su lugar de periodista y yo desde mi lugar de hermana y psicoanalista llegamos a la misma conclusión: la inocencia de Alfredo.
También llega a ella el Dr. Marcelo A. Sancinetti, un prestigioso docente de Derecho Penal y Procesal de la UBA en su libro “Análisis crítico del caso Cabezas”. El docente del Derecho señala en el tomo 1, bajo el título “La Instrucción”, que mi hermano Alfredo fue “elegido” para la persecución penal, que existió manipulación y que además ante -la- opinión pública un poderoso siempre es agredido de una forma particular. Desliza además Sancinetti que en la psicología popular también existe una búsqueda de “castigo” hacia quien ha triunfado económicamente, como si fuera a priori “culpable”.
El razonamiento es apasionante: en un país largamente frustrado, quien triunfa debe ser “culpable” de algo… Y ello lleva, advierte el autor, a que se termine vinculando ligeramente con homicidios a cualquier poderoso.
El Dr. Sancinetti concluye, por otra parte, que Alfredo “fue condenado a la autodestrucción”, y que no existía ningún fundamento jurídico serio para su encarcelación, como tampoco lo había contra Gregorio Ríos.
Bonasso, Sancinetti y yo habíamos llegado a la misma conclusión: mi hermano no ordenó la muerte de Cabezas.
Entonces recordé con pesar los últimos renglones de la solicitada que no fue, cuando en ellos Alfredo escribiera:
“MIENTRAS TANTO, QUE GRAN PARTE DEL PERIODISMO NO SE OLVIDE DE CABEZAS AL CONDENAR SOCIALMENTE A UN INOCENTE”.
El caso Cabezas despertó en el periodismo una furia contra quienes intentaban obstruir la libertad de prensa. Fue el reclamo de una sociedad contra la impunidad.
El Caso Yabrán  mostró la superficialidad de la prensa, influenciada por el poder de turno. Exhibió como sus noticias eran funcionales al gobierno, condenando sin pruebas contundentes y descuidando el deber de informar con responsabilidad.
Ni la muerte de Cabezas evitó los excesos que avasallan hasta hoy a la prensa. Ni la muerte de Yabrán nos libró de los abusos de poder.
Claudio Scabuzzo
La Terminal
 
Foto principal y Beatriz Yabrán: Libro “Yabrán, la Otra Campana”, de Beatriz Yabrán.  Otras fotos: WEB
FUENTE: http://laterminalrosario.wordpress.com